martes, 27 de octubre de 2015

EXPLORADORES GRIEGOS....NACIMIENTO DE UNA GEOGRAFIA MÍTICA






Los griegos concibieron el mundo como un espacio limitado en todas direcciones por las aguas del océano. Ésa era la imagen que había transmitido la poesía épica y la que mayor difusión alcanzó gracias al papel que la Ilíada y la Odisea, los poemas de Homero, desempeñaron en la educación de la antigua Grecia. Pero el océano no era un simple mar, sino el río poderoso y primordial, origen de todos los ríos y de carácter casi divino. Las tierras que lo bordeaban adquirían cualidades excepcionales: fertilidad, abundancia y riqueza de toda clase de bienes. Eran lugares extraordinarios, casi completamente inaccesibles para los seres humanos, un espacio reservado a los héroes, que podían llegar hasta allí con la ayuda de los dioses.


 Fue así como Heracles alcanzó la isla de Eritía (roja con el color del atardecer), situada en los confines occidentales del orbe, donde moraba el temible Gerión, un gigante tricéfalo que custodiaba unas magníficas vacadas. Y así viajó Perseo hasta la morada de las terribles Gorgonas, situada también en el extremo Occidente, para matar a Medusa, la única mortal y la más poderosa de todas ellas.
La condición privilegiada de estos territorios limítrofes con el océano aparecía compensada con la condición monstruosa de muchos de sus habitantes. De hecho, los dioses olímpicos habían expulsado hacia esos confines a los seres primordiales  a los que habían derrotado tras su disputa por el dominio del universo: titanes, monstruos y gigantes.




En la época arcaica, entre los siglos VIII y VI a.C., el limitado horizonte geográfico de los griegos se amplió  gracias a las colonizaciones, que los llevaron hasta las costas del mar Negro por Oriente y hasta la península Ibérica por Occidente. Algunos escenarios míticos, como el destino de los Argonautas o la morada de Gerión, antes situados de manera difusa en los confines del orbe, fueron localizados en territorios concretos como la costa oriental del mar Negro (la actual Georgia) o las islas cercanas a la ciudad fenicia de Gades (Cádiz). Pero el viaje hacia los confines se continuó percibiendo como un acontecimiento de naturaleza heroica o mágica. 



Así lo evidencian periplos como el de Coleo de Samos hasta Tartessos a mediados del siglo VII a.C., que fue conducido allí con la complicidad divina mediante los vientos que lo desviaron repetidamente de su ruta hacia Egipto, o el de Aristeas de Proconeso hacia las regiones más remotas del norte del mar Negro, a donde llegó «inspirado» por Apolo, que lo convirtió en una especie de chamán o de mago capaz de aparecer muerto en un lugar y reaparecer con vida en otro situado a cientos de kilómetros de distancia.
Los confines del orbe iban así adquiriendo entidad geográfica al situarlos en las costas de la remota Iberia o en las interminables estepas rusas. La aparición en escena del Imperio persa significó un importante salto en este terreno. La expedición de Cambises a Egipto, así como las conquistas de Darío I hasta la India y su campaña contra los escitas de las estepas comportaron un avance espectacular en el conocimiento geográfico de los griegos, y éstos identificaron como los extremos del mundo territorios que hasta entonces resultaban prácticamente desconocidos.

Sin embargo, el aspecto mítico que rodeaba estos lugares apenas experimentó variaciones. En la Historia de Heródoto, las riquezas extraordinarias de los confines comparten espacio con pavorosos peligros que allí acechan a los viajeros. Así, unas terribles hormigas, «de un tamaño menor que el de un perro y mayor que el de una zorra» custodiaban el oro de la India. «Cuando llegan los indios con sus costales al lugar los llenan de la arena [de oro] y a toda prisa se marchan de vuelta porque las hormigas, según dicen los persas, les rastrean por el olor y les persiguen. Dícese que ningún otro animal se les parece en velocidad, hasta el  punto de que si los indios no cogieran la delantera mientras las hormigas se reúnen, ninguno de ellos se salvaría» 



También en Arabia, la última de las tierras pobladas hacia el sur, abundan los aromas y las especias, pero los árabes las recogen con dificultad.«Recogen el incienso con sahumerio [del árbol] de estoraque, que los fenicios traen a Grecia; con este sahumerio lo cogen, porque custodian los árboles del incienso unas serpientes aladas de pequeño tamaño y de color vario, un gran enjambre alrededor de cada árbol. No hay medio alguno de apartarlas de los árboles, como no sea con el humo del estoraque» . En los confines del orbe habitaban también pueblos y gentes de fisonomía y condiciones extraordinarias. Así, en el norte «se cuenta que a los grifos les roban el oro los arimaspos, los hombres que tienen un solo ojo» , y que «al pie de unos altos montes, viven unos hombres de quienes se cuenta que son todos calvos de nacimiento, lo mismo los hombres que las mujeres, de narices chatas, mentón grande y de lenguaje particular  cada cual vive bajo un árbol Estos calvos dicen, aunque para mí no son creíbles, que en aquellos montes viven los hombres con pies de cabra, y pasando estos hay otros hombres que duermen seis meses al año»

Hacia el extremo sur habitan los etíopes, longevos y afortunados, que tienen a su disposición los manjares sin fin que les proporciona de forma espontánea una pradera especial denominada la Mesa del Sol, o una fuente extraordinaria: «Quienes se bañaban en ella salían más relucientes, como si fuese de aceite, y que exhalaba aroma como de violetas, el agua era tan sutil que nada podía sobrenadar en ella» .


Las conquistas de Alejandro Magno significaron otro momento decisivo en la ampliación de los horizontes geográficos. Además, los griegos que viajaron hasta aquellos lejanos territorios formando parte de su expedición de conquista fueron numerosos y tuvieron la oportunidad de comprobar en persona la realidad de aquellas tierras, y de  desmentir las fabulaciones que habían circulado hasta entonces.
 A pesar de todo, las historias fabulosas que se habían contado sobre aquellas tierras perduraron. Los relatos que de las conquistas de Alejandro hicieron quienes habían participado en ellas repitieron casi los mismos tópicos y fantasías que sus antecesores, que no habían viajado hasta allí. Autores como Onesícrito y Nearco mencionaron de nuevo a las hormigas guardianas del oro, las enormes serpientes de la India, los monstruos que moraban en las aguas del océano, los salvajes que se alimentaban sólo de pescado y construían las casas con sus espinas y raspas, o la existencia de individuos dotados de gran sabiduría: los gimnosofistas o sabios desnudos, que pasaban el día sentados bajo el tórrido sol sin que les afectasen el cansancio o las necesidades materiales.


 
De todos modos, introdujeron algunas precisiones y matizaciones dentro de este esquema mítico para racionalizarlo en la medida de lo posible. Por ejemplo, no vieron directamente a las famosas hormigas, sino tan sólo sus esqueletos colgados en un campamento indio, o asignaron medidas concretas a la longitud de algunas serpientes. Pero la imagen de una tierra extraordinaria dotada de una flora y fauna excepcionales y habitada por gentes salvajes y sabias con costumbres exóticas y variopintas perduró durante toda la Antigüedad, avalada ahora por el testimonio de los expedicionarios que afirmaban haber contemplado con sus propios ojos tales maravillas.
De esta forma, ni el avance de los conocimientos geográficos ni el carácter racionalista y escéptico de algunos autores que deseaban establecer una línea de separación clara entre la verdad y la ficción pudieron eliminar del todo esta imagen mítica y fabulosa de los confines. Éstos conservaron a lo largo de toda la Antigüedad y también durante la Edad Media el aspecto extraordinario con que los exploradores y viajeros griegos percibieron en su día los lugares más remotos del mundo. 
BIBLIOGRAFIA:
  Francisco Javier Gómez Espelosín. Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Alcalá
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/grandes_reportajes/10675/exploradores_griegos.html

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