jueves, 22 de octubre de 2015

LOS FRANCOS... DE CLODOVEO AL ULTIMO MEROVINGIO




Los francos irrumpieron en la historia durante la crisis romana del siglo III. El origen del pueblo franco es difuso aunque diversas fuentes, como Ernest Bendriss, aseguran que surgieron como un conglomerado de tribus anteriores entre las que se encontraban pueblos como los bructeros o los catuarios. 
En el siglo III les encontramos entre los ríos Rin y Weser. Aprovechando la guerra civil de un Imperio Romano escindido entre el gobierno oficial de Roma y el rival de Colonia, los francos aprovecharon para invadir la Galia junto a los alamanes. Los emperadores ilíricos lograron reestablecer el orden, pero los francos ya no abandonarían la historia jamás.
A finales de la centuria se escindieron en dos ramas, la de los salios se dirigió a los Países Bajos y el noroeste de Alemania, los ripuarios pusieron rumbo a la región de Colonia. Los salios estuvieron en un contacto más directo con las autoridades romanas, a las que sirvieron en calidad de federados, por lo que sufrieron una romanización mayor que sus homólogos ripuarios.

Los francos defendían la frontera del Rin cuando fueron desbordados por los vándalos, suevos y alanos el 31 de diciembre del 406. A partir de entonces el Imperio Romano Occidental entra en un caos que permite el asentamiento de pueblos en territorios imperiales.
Por aquel entonces los francos eran un pueblo pagano, en el que la venganza regía la justicia, motivo por el cual no tardaron en establecerse compensaciones económicas para las víctimas de los crímenes o sus familias. El rey era un jefe ante todo militar rodeado por una comitiva de compañeros guerreros, llamados leudes, que elegían al mejor de ellos para gobernarles.
Los poderes de los monarcas eran amplios, especialmente en tiempos de guerra, gracias al ban, la prerrogativa de mandar y castigar en cualquier ámbito. Sin embargo, para poder establecer una ley necesitaba el permiso de la asamblea de los hombres libres, reunidos una vez al año.

                                                        CLODION

Los primeros registros sobre monarcas francos son muy confusos y teñidos del tono de la leyenda épica. La tradición afirma que el primer rey del pueblo franco fue Pharamond (420-428), sucedido por su hijo Clodion. Con este monarca se instala el símbolo de la realeza divina reflejada en la melena real, que tiene poderes mágicos. En otras palabras, el pelo largo se convierte en un emblema del monarca, hecho que será aprovechado en su momento para derrocar reyes.
Clodion avanzó hasta el norte de Francia apoderándose de Cambrai. Murió en 455 y fue sucedido por Meroveo, que da nombre a la primera dinastía real francesa: los Merovingios. Según la leyenda, fue criado por un monstruo marino mitad hombre, mitad toro. Participó en la Batalla de los Campos Cataláunicos.
Meroveo fue sucedido por Childerico, a quien le tocó afrontar el hito de la caída del Imperio Romano de Occidente. El reinado de Childerico no estuvo exento de dificultades, teniendo que hacer frente a una rebelión nobiliaria que le desposeyó del título y le envió al exilio. Con ayuda de Siagrio, último representante de la autoridad romana en la Galia, quien tenía situada su capital en Soissons, recuperó el trono.


                                    MEROVEO Y SU ESTIRPE

Tras la caída de Roma, Childerico juró lealtad al gobierno de Odoacro en Italia. Poco después falleció legando el trono a su hijo Clodoveo. Clodoveo fue sin duda uno de los gobernantes más capaces de los turbulentos tiempos posteriores a la desaparición del Imperio Romano de Occidente. Partiendo de un pequeño territorio al noroeste de Francia fue capaz de hacerse con un gran reino.
Una de las claves de su éxito fue su conversión, junto a la de su pueblo, al catolicismo, lo que le congració con la aristocracia galorromana. Derrotó a Siagrio y se apoderó del reino de Soissons. Posteriormente venció a los alamanes extendiendo su poder más allá del Rin. Tras ello su siguiente objetivo fue el reino visigodo.


                                            
Clodoveo había convertido a su reino en el más poderoso de Europa Occidental, motivo por el que fue nombrado cónsul por la corte del Imperio Romano de Oriente, que reconocía así la preponderancia militar y política que el reino franco había adquirido.
El gran reino franco se desvaneció a la muerte de Clodoveo en 511. La visión territorial franca, que consideraba todas las tierras propiedad del rey, y la tendencia a repartir los bienes en partes iguales entre los hijos ocasionó la partición del reino franco. Cuatro nuevos reyes reinaron sobre los despojos de aquel efímero reino: Teodorico, Clodomiro, Childeberto y Clotario.
 ras la muerte de Clodoveo, el antiguo reino franco fue dividido entre sus cuatro hijos: Teodorico heredó Reims con el nordeste de la Galia; Clodomiro el valle del Loira y Aquitania; Childeberto el valle del Sena y Normandía; Clotario se quedó el norte de la Galia y Bélgica.

Los francos, de Clodoveo

Tras la muerte de Clodomiro, Childeberto y Clotario se dividieron sus territorios. Teudorico, por su parte, apostó por la conquista de Germania. Los monarcas francos consideraban una cuestión de prestigio el agrandar el reino que recibieron como herencia.
Tras la muerte de Teodorico, le sucedió en el trono de Reims su hijo Teodoberto, quien se alió con Childeberto para enfrentarse contra Clotario. No sin dificultades, muertes y una larga cadena de sucesos violentos, Clotario logró reunificar el extenso reino de su padre. La unidad no duró mucho, puesto que a su muerte sus territorios fueron divididos de nuevo entre sus cuatro hijos: Sigiberto, Chilperico, Chariberto y Guntram.
Las esposas de los dos primeros mantuvieron una dura pugna que marcó la vida política de la Galia a finales del siglo VI. Bruniquilde y Fredegunda conspiraron la una contra la otra. La segunda ha pasado a la historia como una experta en el uso de los venenos, con los que asesinó a su cuñado Sigiberto. La contienda familiar no fue resuelta hasta que Clotario II, hijo de Fredegunda, apresó a su tía Bruniquilde y la sometió a un cruel tormento en el que fue arrastrada por un caballo de carga.


A comienzos del siglo VII el reino franco merovingio se reunió íntegro por última vez hasta la llegada al trono de los carolingios. Clotario II obtuvo todo el poder y consiguió traspasárselo a su hijo Dagoberto I. Por esta fecha se comenzaron a perfilar los dos principales reinos erigidos sobre la antigua Galia: Neustria, al oeste, y Austrasia, al noreste; cada uno con su respectivo rey y administración.
l siglo VII asistió a un progresivo debilitamiento del poder real y a una degeneración de las costumbres del clero. Fue una centuria violenta e inestable en el que el poder pasó a los Mayordomos de palacio, que ostentaban el poder relegando al monarca a un papel meramente nominal.
En esta época tenemos las primeras noticias sobre el patriarca de la futura dinastía Carolingia: Pipino de Landen, quien fue un destacado consejero del rey Dagoberto I. A su muerte le sustituyó su hijo Grimoaldo, quien fue asesinado cuando intentó traspasar la corona merovingia a su propia descendencia.


                                            
Diez años después, el poder recayó en Pipino de Herstal, sobrino de Pipino de Landen, quien fue elevado al cargo de Mayordomo de Palacio en Austrasia. Tras su triunfo en 687 en la batalla de Terty logró el cargo de Mayordomo de la corte de Neustria. Pipino gobernaba, por tanto, sobre la práctica totalidad de la Galia.
Los hijos legítimos de Pipino murieron antes que él. Por ello, a su muerte se corrió el riesgo de que cundiera un vacío de poder que los débiles monarcas merovingios, llamados los “Reyes zánganos”, eran incapaces de cubrir. Comenzó entonces una guerra civil entre la viuda de Pipino y su hijo bastardo, Carlos Martel, para hacerse con el poder fáctico.
El resonante triunfo de Carlos marcó el inicio del fin de la etapa merovingia. Su hecho más conocido fue su victoria en la Batalla de Tours o Primera Batalla de Poitiers de 732, en la cual detuvo el avance de los musulmanes por Europa. El esfuerzo bélico pudo ser soportado gracias a su ingente labor de confiscación del patrimonio eclesiástico, que le aportó suculentos ingresos.



Carlos Martel, auténtico rey de la Galia aunque la corona aún no ciñese su cabeza, legó el reino franco a sus tres hijos: Carlomán, Pipino el Breve y Grifo. Grifo fue recluido en un monasterio por sus hermanos que se dividieron el poder. Carlomán recibió años después la llamada de Dios y se marchó al monasterio de Monte Cassino, en Italia, donde parece que trabó amistad con el papa Zacarías.



Pipino quería acabar con la farsa merovingia y envió una carta al Papa preguntándole quién debía ostentar la corona: si el que tenía poder o quien no lo tenía. Zacarías, en un gesto político, pues necesitaba la ayuda franca para preservar la independencia del Patrimonio de San Pedro ante el avance lombardo, le respondió que la corona pertenecía legítimamente a aquel que efectivamente ostentase el poder.
Tras aquella misiva, Pipino convocó una asamblea a la antigua usanza en la cual fue elegido rey de los francos y ungido con los santos óleos a la manera de los reyes del Antiguo Testamento. El último merovingio, , fue tonsurado, perdiendo su mágica melena símbolo de la realeza, y encerrado en un monasterio. Así acabó la primera etapa de la historia de Francia, una época convulsa, sangrienta y complicada.
http://revistadehistoria.es/los-francos-primera-parte/
http://revistadehistoria.es/los-francos-de-clodoveo-al-ultimo-merovingio-ii/




1 comentario:

  1. hola, solo quiero decir que este blog es fantastico por que no habla sobre la historia de el grupo de los barbaros francos.

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