lunes, 24 de febrero de 2020

EDWARD GIBBON Y LA HISTORIA DE LA DECADENCIA DEL IMPERIO ROMANO



Hay historiadores que además de hacer Historia pareciera que han sido testigos de lo que cuentan. Quizás por ello se ha afirmado que no puede haber historiador sin imaginación. Tampoco filósofo, algo que algunos olvidan.Edward Gibbon (1737-1794) fue uno de esos historiadores que suscitan en el lector la sensación de asistir a los hechos, y sin duda fue el primero de los grandes historiadores ingleses. No fue como su maestro Hume, un hombre de ideas abstractas –aunque el filósofo y autor de Historia de Inglaterra (1778) supo también ser concreto y ameno–, pero sí un reflexivo. Decadencia y caída del Imperio Romano apareció entre 1776 y 1788 en seis volúmenes. En España se publicó, traducida por José Mor Fuentes, en 1842.




Para ser una obra que tuvo una importancia inmediata y continuada en la lengua inglesa y una repercusión notable en Europa, la traducción al español fue tardía. Salvo una edición abreviada que condensa sobre todo la primera mitad de la obra original, hasta ahora no se había vuelto a traducir. Así que esta edición de Atalanta, en dos gruesos volúmenes, a cargo de José Sánchez de León Menduiña, es un verdadero acontecimiento literario, sobre todo porque la traducción de Mor Fuentes, apegado a la lengua y la literatura de la época, es desde hace tiempo algo ilegible.



Los interesados en la figura de Gibbon pueden leer sus Memorias de mi vida, escritas al finalizar su gran proyecto. Gibbon fue el único superviviente de seis hermanos. Murió sin descendencia y probablemente sin haber tenido ninguna relación.Philip Guedalla afirmó que Gibbon vivió su vida sexual en las notas a pie de página. Huérfano de madre desde los diez años, no encontró en su padre el suficiente afecto ni comprensión. «Filósofo sobrio, discreto y epicúreo», como lo define Sánchez de León, pasó muchos años en Lausana, donde aprendió tan bien el francés que escribió en esta lengua su primera obra, Ensayo sobre el estudio de la literatura, y casi escribe el resto (algunos hablan de la influencia de la lengua francesa en el inglés de Gibbon).



SUZANNE CURCHOD

En Lausana, se enamoró de Suzanne Curchod, la que sería la esposa del financiero Necker y madre de la escritora madame Staël. El padre de Gibbon se opuso al matrimonio y él acató como si oyera sus propios instintos; al fin y al cabo, confesó que «una alianza matrimonial siempre ha sido para mí más bien objeto de terror que de deseo». No fue un inglés excéntrico ni un defensor a ultranza de las peculiaridades inglesas, tampoco un patriota, sino que aspiró a ser un ciudadano del mundo.

                                                                            SAMUEL JOHNSON

Perteneció al club literario fundado por Samuel Johnson, al que asistían entre otros Edmund Burke, Richard Sheridan, Adam Smith y Boswell, que lo detestaba. En Francia alternó con D’Alembert, Diderot, Helvétius y D’Holbach, y frecuentó los salones de las señoras Geoffrin y Du Deffand. No fue un hombre sagaz en la comprensión de la política de su tiempo, pero vio con agudeza la del pasado, en el que penetró con una ironía sugerente que aún sigue siendo fructífera.
A Gibbon, escéptico, lo desveló la irracionalidad de la Historia humana, indagó en la fuerza de los prejuicios y buscó «detectar a quienes detestan en un bárbaro lo que admiran en un griego, y denominarían impía la misma Historia si la escribió un infiel y sagrada si la redactó un judío». Gibbon era realmente civilizado. Su magna obra abarca desde los días de los primeros emperadores hasta la extinción del Imperio de Occidente, pero también se ocupó del Imperio de Oriente, la llegada del mahometismo, las cruzadas y mil hechos más fronterizos con la romanización, es decir: un periodo que va del siglo I antes de Cristo al año 1500.



La gran obra de Edward Gibbon se compone de seis volúmenes , pero suele ser dividida en dos partes: la primera y más extensa de ellas narra la historia de Roma desde el final de la República hasta el año 476, cuando Odoacro depuso a Rómulo Augústulo y envió las insignias imperiales a Constantinopla, poniendo fin formalmente al Imperio Romano de Occidente; la segunda, más breve, comprende desde ese año hasta 1453, cuando Constantinopla fue tomada por los turcos y llegó a su fin el Imperio oriental. Algunas de las críticas que se realizan en ocasiones a la obra tienen que ver con esa desigualdad en el tratamiento a los dos imperios (es evidente que, al menos para el historiador, Roma es principalmente su Imperio occidental); otras (que Gibbon rebatió desdeñosamente en vida) se deben a la que es la principal hipótesis del libro: la de que, además de a factores políticos (la sucesión de príncipes débiles y odiados, las invasiones bárbaras y la dependencia cada vez más estrecha de los volubles ejércitos de auxiliares mercenarios), demográficas (la disminución de la población a causa de los estragos de la guerra) y económicas (la pérdida de las provincias tributarias de África y Egipto y la ruina de la agricultura en Italia), la decadencia y caída del Imperio Romano se debería principalmente al triunfo del cristianismo, con su desprecio por la vida terrena, su moral piadosa, su resistencia al progreso social y tecnológico y su absorción de las estructuras centralizadas del Estado.
Aunque Gibbon parece venir a decir que la caída del Imperio era necesaria para el ascenso del cristianismo, la suya no es, en sustancia, una obra dogmática; por el contrario, para el lector de nuestros días es particularmente placentero comprobar que Gibbon no juzga a sus personajes, o al menos no lo hace de forma deliberada y que ni siquiera se aferra demasiado a sus conjeturas. En palabras de Jorge Luis Borges,
“Gibbon parece abandonarse a los hechos que narra y los refleja con una divina inconsciencia que lo asemeja al ciego destino, al propio curso de la historia. Como quien sueña y sabe que sueña, como quien condesciende a los azares y a las trivialidades de un sueño” 
No es el único mérito de la obra. Gibbon narra con una plasticidad y una elegancia que se vislumbran en sus mejores traducciones; sus referentes son clásicos, naturalmente, y Gibbon los mejora con un uso de la ironía y del epigrama que son comparables con sus contemporáneos franceses como Denis Diderot y Voltaire. Según José Sánchez de León Menduiña, la Decadencia y caída del Imperio Romano es “tal vez la única obra histórica occidental que continúa siendo leída frecuentemente por el público no especializado” (XCV), lo que se debe casi excluyentemente a la belleza de su prosa y a un mérito adicional, que Borges resume de la siguiente forma: al leer su obra, “no solo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero inglés del siglo XVIII”.


Leer Decadencia y caída del Imperio Romano tiene un doble atractivo para el lector contemporáneo: el de conocer de qué forma Roma narró su historia (reflejada en cientos de fuentes que Gibbon consultó y resumió en su obra), pero también la forma en que ésta podía ser narrada en la época del autor. Aquí y allá, esa época se entromete en la historia del Imperio Romano, por ejemplo allí donde el historiador afirma que “la posesión y el disfrute de la propiedad son las garantías que convierten a un pueblo civilizado en un país de provecho” , cuando sostiene que “la relación entre el trono y altar es tan íntima que muy pocas veces la bandera de la Iglesia ha sido vista del lado del pueblo” , cuando dice que “de los primeros quince emperadores Claudio fue el único cuyas aficiones amorosas eran totalmente correctas”  (lo que lleva al lector a conjeturar qué era lo que la moralidad pública inglesa consideraba “correcto” en ese contexto) o cuando afirma que Hispania “floreció como provincia y decayó como reino” , una afirmación que los más de doscientos años que median desde la época de Gibbon y la nuestra posiblemente sólo ratifique.


César Aira sostuvo en cierta ocasión que la lectura de todo texto se articula en torno a tres fechas: la de su escritura, la de los hechos a los que se refiere y la de su publicación; si Decadencia y caída del Imperio Romano es una lectura imprescindible en nuestros días es (también) debido a la tercera de estas fechas, las de su publicación. Ante los hechos actuales (que tanto recuerdan a los narrados por Gibbon) el lector no puede sino preguntarse si acaso el historiador no hablaba también de épocas futuras cuando afirmaba que el período desde la muerte de Domiciano hasta el acceso al trono de Cómodo fue “el único de la historia en que la felicidad de un gran pueblo era el único objeto de gobierno” ; también cuando afirmaba que “su reinado está marcado con la rara ventaja de suministrar muy pocos materiales para la historia, la cual verdaderamente es poco más que el registro de crímenes, locuras e infortunios del género humano” .
Gibbon sostiene que “el poder de la instrucción rara vez es de mucha eficacia, excepto en aquellas disposiciones felices donde casi es innecesario”; si tuviese razón (y creo que la tiene), es posible que nuestra época no aprenda nada de la que vio caer al imperio más poderoso de la Antigüedad y la corrupción de su época en una Edad Media de ignorancia y fanatismo religioso. No importa. Sánchez de León Menduiña recuerda que Gibbon se veía a menudo “obligado a cerrar los volúmenes del historiador (David Hume) con una sensación mezcla de encanto y desesperación” . Decadencia y caída del Imperio Romano provoca en el lector una impresión similar; si nuestra época no tiene nada que aprender del “registro de crímenes, locuras e infortunios del género humano” que es la historia, quizás podamos al menos comprender esa época y sus terribles consecuencias.



Todo historiador está condenado a cometer lagunas, errores, pero algunos, como Gibbon, son rescatados incluso en sus carencias, debido a su fuerza literaria. «En el siglo II de la era cristiana, el Imperio de Roma abarca la parte más bella de la tierra y la más civilizada del género humano»: así comienza Gibbon su Historia y ustedes ahora pueden continuarla...

viernes, 21 de febrero de 2020

HISTORIA DE JUANA I DE CASTILLA Y SUS MUY RICAS HORAS



Durante casi cincuenta años, la reina legítima de España estuvo confinada en un palacio de Tordesillas: según algunos, víctima de una conspiración de sus parientes todopoderosos; según otros, a causa de una innegable enfermedad mental 
Con su rostro ovalado, su nariz fina y delicada, piel clara y el cabello rubio, Juana de Castilla fue atractiva desde su niñez. También era inteligente, ya que aprendió latín y poseía notables aptitudes para la música, que sería uno de sus escasos consuelos a lo largo de una vida cada vez más trágica. Lejos de mostrar ningún indicio que llevara a pensar en su futura condición de «reina loca» de España, Juana parecía predestinada a convertirse en un brillante ornamento en la corte de algún insigne príncipe europeo. Y así ocurrió en 1497 cuando, a los 17 años, se trasladó a los Países Bajos para contraer matrimonio con el archiduque de Austria, Felipe el Hermoso, heredero de las casas de Borgoña y Habsburgo. Los Reyes Católicos habían ideado una estrategia de alianzas matrimoniales en Europa con el propósito de rodear a su gran enemigo, la monarquía francesa, estrategia en la que Juana no era más que un peón. Pese a ello, y también a pesar de diferencias de carácter que dieron lugar a numerosas riñas, entre Juana y Felipe surgió un afecto intenso que se tradujo en constantes embarazos para la infanta, que acabó dando a luz a seis hijos.


El destino de Juana como archiduquesa y princesa en Flandes muy pronto se vio alterado por una serie de fallecimientos en el seno de su familia española. En octubre de 1497 murió su hermano mayor Juan, a los 19 años, según se dijo por sus excesos sexuales con su también joven esposa, Margarita de Austria; casi medio siglo después, el emperador Carlos V, hijo de Juana, advertiría a su vástago, el futuro Felipe II, que no debía cometer excesos en los primeros años de desposado porque aquello había matado al infante don Juan. Un año después falleció la otra hermana mayor de Juana, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Su hijo recién nacido, Miguel, quedaba como heredero de España y Portugal, pero murió antes de su segundo cumpleaños. De este modo, en 1500 Juana se convirtió en la única heredera de las coronas de Castilla y Aragón, por lo que su madre, Isabel, le imploró que regresara urgentemente de Flandes a España.
Por entonces nadie cuestionaba la capacidad de Juana para reinar. Sus arranques temperamentales eran del dominio público, pero se los consideraba un rasgo heredado de su imponente madre, también propensa a sufrir accesos de melancolía. Los dones de Juana solían recibir exaltados elogios.
En 1501, el obispo de Córdoba, enviado por los Reyes Católicos como embajador a Flandes, informaba de que era «habida por muy cuerda y por muy asentada». Ese mismo año, el embajador residente de España había llegado a decir que «en persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura».
En cuanto Juana y Felipe llegaron a España, la reina Isabel lo dispuso todo para que las Cortes de Castilla reconocieran a su hija como heredera legítima al trono. El archiduque Felipe, relegado ignominiosamente al rango de consorte, abandonó España seis meses más tarde, dejando a su mujer embarazada de su cuarto hijo, a quien se impuso el nombre de Fernando en honor de su abuelo materno. La intención de Isabel era que Juana la sucediese en Castilla como reina propietaria, con o sin el apoyo del archiduque; lo que no podía dilucidar de antemano era si tanto Felipe como Fernando el Católico (que legalmente era sólo rey de Aragón) aceptarían tal resolución. 



   
Las Cortes de Toledo reunidas en mayo de 1502 marcaron un punto de inflexión en la vida pública de Juana, pues fue entonces cuando empezó a ponerse en cuestión su idoneidad para gobernar. Cuando la reina Isabel redactó un último testamento poco antes de su muerte, el 26 de noviembre de 1504, existían serias dudas en torno a la salud mental de Juana. Aunque Isabel la confirmó como heredera de sus reinos, en el documento añadía que si la reina Juana, «estando en ellos, no quiera o no pueda entender en la gobernación dellos», sería Fernando quien ejercería la regencia en su nombre. En un nuevo intento de impedir una posible usurpación por parte de Felipe de Habsburgo, la soberana subrayaba su condición de extranjero y prohibía expresamente que se asignara cualquier cargo civil o eclesiástico a personas que no fuesen naturales de sus reinos. Poco importa que, sobre el papel, la expresión «o no pueda» sea sólo una apostilla de Isabel la Católica: constituye la señal más sólida de que ahora la madre de Juana dudaba de la capacidad de su hija para gobernar.
Muchos estudiosos han sostenido que la presunta «locura» de Juana obedecía únicamente a una conspiración política . Dado que suponía un obstáculo para que Felipe o Fernando ejercieran el control absoluto sobre Castilla, inhabilitarla satisfacía los intereses de ambos. Su trastorno mental, alegan, se exageró deliberadamente con objeto de hacerla inaceptable como soberana. Se ha argüido además que su conducta extravagante fue, en realidad, un intento legítimo de reafirmarse en un mundo dominado por los hombres.


Existen, sin embargo, innumerables pruebas que sugieren que Juana de Castilla era efectivamente demasiado inestable para confiarle el gobierno. Muchas veces se ha argumentado que Juana heredó su locura de su abuela materna, Isabel de Portugal. Aunque no hay indicios suficientes para emitir un diagnóstico clínico, si nos limitamos a decir que Juana era excesivamente imprevisible para gobernar, entonces las evidencias de un comportamiento fuera de lo normal resultan abrumadoras. Lo cierto es que su actitud fue tan anómala que hasta sus últimos días su familia temió sinceramente que estuviera poseída por el diablo.
Fue en los meses inmediatamente posteriores al abrupto regreso de Felipe a los Países Bajos cuando, por primera vez, Isabel dudó seriamente de las aptitudes de su hija para gobernar. El ferviente deseo de Juana por reunirse con su esposo chocaba con las intenciones de su madre de que aprendiera a gobernar. Las discusiones entre ambas mujeres tuvieron un grave efecto en la salud de ambas, hasta el punto de que la reina sufrió serios dolores en el pecho. Juana fue confinada en el castillo de La Mota,una espléndida construcción de ladrillo ubicada en Medina del Campo, donde se produjo un incidente singular y desconcertante. Según el relato de la propia Isabel, su hija Juana estuvo en el recinto exterior del castillo, descalza y sin ropa de abrigo, hasta las dos de la madrugada de una de las noches más frías del año. Con este gesto, Juana forzó a su madre a concederle una entrevista y, en última instancia, a permitirle partir hacia Flandes en busca de su esposo el archiduque, pero logró su propósito a expensas de su dignidad personal, una cualidad imprescindible en cualquier gobernante.

En junio de 1506 ocurrió otro incidente similar. Su esposo y ella habían vuelto a España en abril, dieciséis meses después del fallecimiento de Isabel la Católica. El 28 de junio, Felipe le comunicó que había firmado con su padre la concordia de Villafáfila, en la que se estipulaba que si la nueva reina no quería o no estaba en condiciones de gobernar, Felipe asumiría total autoridad y hasta continuaría siendo rey a la muerte de su esposa. Fernando se comprometió a retirarse a Aragón, aunque conservó la mitad de las rentas que reportaba a Castilla el Nuevo Mundo, así como pleno control sobre las órdenes militares. En un principio a Juana le habían indignado estas negociaciones, pero luego pareció no prestarles atención. En lugar de pronunciarse, sólo pidió recorrer los jardines del conde de Benavente, famosos por su colección de animales. Cuando hubo visto los pavos reales, Juana se alejó a la carrera hasta topar con la casa de una mujer, de oficio tahonera. Refugiada en la cocina, se resistió a salir pese a las súplicas de su esposo y a que la casa quedó rodeada por los soldados alemanes de Felipe.
Estas dos anécdotas arrojan luz sobre los trastornos mentales de Juana. Desde la perspectiva del siglo XVI, es irrelevante que definamos su dolencia como locura o como una forma severa de depresión posparto. Juana se había revelado incapaz de cualquier pensamiento estratégico. Su mente ya no podía ir más allá de las circunstancias inmediatas. Su única obsesión era sentirse libre, pero libre ¿para qué? ¿Para gobernar o para ser gobernada? Ni las murallas de La Mota ni la casa de la tahonera cerca de Benavente llevaban a ninguna parte.


La muerte repentina de Felipe el Hermoso, el 25 de septiembre de 1506, supuso sin duda un tremendo golpe emocional para Juana, embarazada de su sexto hijo. No se han podido verificar las historias macabras sobre su empeño en reabrir el féretro del esposo, mientras lo trasladaba de un pueblo a otro de Castilla, a fin de examinar sus restos, quizá para evitar que se extraviaran o fueran robados. Por el contrario, es importante concentrarse en los aspectos políticos de su reacción frente a la muerte del archiduque en Burgos. Al día siguiente, cuando el presidente del Consejo de Castilla fue a ver a la reina, la soberana en persona le abrió la puerta del palacio donde se alojaba, la llamada casa del Cordón, y le dijo que volviera más tarde. Cuando los miembros del Consejo se presentaron de nuevo tuvieron que perseguir a Juana por toda la casa y, finalmente, despachar a través de una reja que comunicaba la capilla con sus aposentos. Al negarse a tratar los asuntos urgentes, independientemente de que fuera por falta de interés o por enfermedad, Juana de Castilla había demostrado una vez más su incapacidad para el gobierno. De este modo, Fernando el Católico se hizo con las riendas del gobierno de Castilla, además del de Aragón. A su muerte, en 1516, tras la breve regencia del cardenal Cisneros, el primogénito de Juana, Carlos, sería proclamado rey sin atender a los derechos dinásticos de su madre, que quedaría confinada en el castillo-palacio de Tordesillas desde 1509 hasta su muerte.
Cuando llegó a Tordesillas, Juana estaba acompañada de su hija menor, la joven infanta Catalina, y no se hallaba lejos del cadáver de su marido, depositado provisionalmente en el vecino monasterio de Santa Clara. Sin embargo, su primer guardián se ponía cada vez más nervioso cuando ella se negaba a colaborar, y en 1516 el cardenal Cisneros lo destituyó por maltrato.
A mosén Luis Ferrer, que así se llamaba, le aterraba que la cautiva muriese estando a su cargo y admitió «haber usado de violencia en alguna ocasión para preservarle la vida, pues se negaba a tomar alimento». El segundo gobernador de la casa de doña Juana,  Hernán Duque de Estrada, era un hombre culto que la trató con mayor compasión. Escribió al cardenal Cisneros que, si se tenía algo de paciencia, a veces la reina era capaz de períodos prolongados de lucidez, aunque confesaba que «lo que no cabe dudar es cuánto conviene razonarla con amor, porque si se quiere torcer su voluntad por fuerza, todo se desbarata». 


El más criticado en su función de guardián de Juana fue el marqués de Denia, cuya familia se encargó de vigilar a la reina hasta su muerte en el año 1555. Siguiendo órdenes de Carlos V, restringió a Juana el acceso a cualquier información políticamente sensible. Durante cuatro años no informaron a Juana de que su padre había fallecido. Denia apartó a la infanta Catalina del cuidado de su madre en 1525, y dos años después se llevó en secreto el ataúd de Felipe el Hermoso para sepultarlo en la Capilla Real de Granada.
En contra de la idea de una conspiración masculina contra Juana, cabe destacar el profundo apego que le mostró su familia. Entre 1535 y su muerte, la historiadora Bethany Aram ha calculado que recibió al menos dieciséis visitas de sus hijos y sus nietos, algunas de las cuales duraron varios días. Todos creían sinceramente que Juana sufría una enajenación, e incluso se sospechó que estuviera endemoniada.
Hacia el final de su vida, a su familia empezó a preocuparle que el alma de la reina estuviera en peligro. No quería comer, ni se peinaba, ni tan siquiera se aseaba o vestía y se negaba obstinadamente a oír misa. Desde 1534, su hijo Carlos había intentado en vano conseguir que se confesara. En 1554, Francisco de Borja, jesuita y antiguo conde de Gandía, fue enviado a Tordesillas por el futuro Felipe II con la misión de averiguar el porqué de su negativa a ir a la iglesia. El clérigo reprochó a la reina que viviera sin asistir a los oficios ni tener imágenes sagradas en sus estancias privadas, recordándole que su nieto era ahora rey de Inglaterra y subsistía el riesgo de que los protestantes de aquel país declarasen públicamente que su fe no difería de la de ella. Juana proclamó que las mujeres de la familia de Denia obstaculizaban  su vida religiosa y, tras acusarlas de ser «unas brujas empedernidas», demandó que fueran investigadas por la Inquisición.
Juana I de Castilla murió el Viernes Santo de 1555, a los 76 años, tras haber permanecido confinada casi medio siglo. Francisco de Borja atestiguó que sus últimas y balbuceantes palabras habían sido «Jesucristo crucificado, ayúdame». Juana luchó durante toda su vida para ser una buena hija, esposa y madre. Aceptó que enfermaba con frecuencia y que, cuando eso ocurría, era incapaz de gobernar sus múltiples reinos. El mayor tributo que puede rendirle la historia es reconocer sus debilidades. 



Este lujoso manuscrito de extraordinaria suntuosidad ilustrado por Rogier van der Weyden y el Maestro de las Escenas de David del Breviario Grimani, no solo es singular por ser uno de sus pocos encargos reales, sino también, porque de todos los primeros manuscritos de la época, es el más personalizado en texto e imagen.
Fue encargado, con motivo de su boda, por Juana I de Castilla, hija de la reina Isabel de Castilla y el rey Fernando de Aragón, madre de dos emperadores y cuatro reinas, esposa de Felipe el Hermoso, hijo del Santo Emperador romano Maximiliano de Austria y María de Borgoña.
El manuscrito contiene un número de textos que habitualmente no se suelen encontrar en libros de horas, incluyendo una serie completa de textos de catecismo que podrían haberse considerado apropiados para una esposa joven; un oficio de Ángel Custodio extremadamente inusual, acompañado por un retrato de Juana, tres series elaboradas de textos e iluminaciones sobre la Pasión de Cristo, y una oración a la Virgen poco común, acompañada por un segundo retrato de la archiduquesa.

Encuadernación, que se reproduce fielmente en el facsímil, en terciopelo de seda natural carmesí sobre tabla con herrajes y cierres de bronce bañados en oro puro de 24 quilates.
El único libro de horas de Juana I de Castilla.
Este es el único libro de horas del que se sabe con certeza que perteneció a Juana I de Castilla, y dicha atribución se acredita triplemente de la siguiente manera: En el fol. 26 se exhiben los escudos de armas vigentes desde la celebración del matrimonio en 1496, con la corona de oro en el caso de la reina de Castilla y sobre la birreta germánica la corona del Habsburgo Felipe el Hermoso, cuyo escudo se compone de la faja de plata austríaca y los colores borgoñones, bajo el pequeño escudo en forma de corazón del centro, con el león rampante de Flandes. Las iniciales P e I, por Felipe y Juana, van entrelazadas en un lazo de amor. Dos divisas enuncian una pregunta y ofrecen una respuesta, pues por dos veces se pregunta QUI VOULDRA, esto es ¿quién querrá? - y se responde una sola vez: IE LE VEUS, ¡yo quiero!. Respecto a la fidelidad del retrato de la orante; conocemos sus rasgos a través de varios retratos de pintores flamencos de hacia 1500 y la idealizada representación en la tumba de su suegro, el emperador Maximiliano, en la Hofkirche de Innsbruck. La identidad de Juana en las Muy Ricas Horas queda documentada porque no solo la está presentando su ángel de la guarda, sino también Juan Bautista, que fue elegido desde que la bautizaron como su santo patrón. En tercer lugar, la acreditada correspondencia con el manuscrito de una de las entradas del inventario de bienes de Juana, redactado en 1545. Allí se describe como: otro libro chiquito de paramino de mano mediano de muchas ystorias e iluminaciones, la primera ystoria es de como pecaron adan y heba y fueron hechados de paraíso comiença especulum conciencia e tiene las coberturas de terciopelo carmesí...



Casi inmediatamente tras su adquisición por la Biblioteca del British Museum en 1853, el manuscrito fue destacado por el historiador de arte alemán Gustav Friedrich Waagen (1794-1868). En su informe sobre los tesoros artísticos de la Gran Bretaña lo describió memorablemente como: una de las muestras más delicadas y elegantes de la escuela de Van Eyck. A partir de entonces, fue repetidamente mostrado en las galerías públicas del British Museum y posteriormente de la British Library, mencionado en los principales estudios de los manuscritos iluminados del Sur de los Países Bajos. Más estudios especializados se han centrado en los aspectos de la imaginativa ilustración del volumen, incluyendo la singular apertura del Speculum Conscientiae (fol. 15) y las copias del icono bizantino de la Virgen Hodegetria (fol. 176v), así como de la Virgen con el Niño (fol. 287v) de Rogier van der Weyden.
Además, el Libro de Horas de Juana I de Castilla (Add. 18852) está reconocido como una parte importante del patrimonio cultural español. Después de todo, es el único devocionario manuscrito que se conserva de las colecciones de una de las princesas más apreciadas del país. El presente códice continúa siendo el único que se puede relacionar con seguridad a ella. De hecho, es palmaria la existencia de dicha relación, no sólo porque se incluyó visiblemente el escudo de armas de Juana y de su esposo Felipe el Hermoso (fol. 26), más por la clara correspondencia con el objeto de una de las entradas del inventario de bienes de Juana I de Castilla, redactado en 1545.
Dr. Scot McKendrick. Conservador General del departamento de Manuscritos Occidentales. The British Library


Thomas Kren, conservador de la J.P.Getty, conjeturó ya en 1983 que la reina podría estar relacionada con un libro de horas, el Add. Ms. 35313 de la British Library de Londres. Por entonces aún estaba indeciso sobre si no debería vincularlo con Juan de Austria; sin embargo la miniatura de las Vísperas de difuntos indica que, probablemente, el destinatario era una mujer. La inusual miniatura es una copia a gran tamaño del Libro de horas de María de Borgoña, que se conserva en Berlín. Como el códice de María de Borgoña pasó a su hija Margarita de Austria, Kren conjeturó en el catálogo de la exposición de 2003 que la duquesa podría haber encargado el nuevo manuscrito para ella misma ó quizás para Juana I de Castilla. Fundamentándose en una sospecha tan vaga, la edición facsimilar del Add. Ms. 35313, publicada dos años más tarde, se aventuró sin más a presentar el volumen como el Libro de Horas de Juana I de Castilla, sin explicar siquiera su procedencia. Sin embargo cuando necesitó reproducir una imagen de la reina hubo de recurrir a una miniatura de nuestras Muy Ricas Horas de Juana I de Castilla, Add. Ms. 18852, la del fol. 288. (Ver C. Miranda García-Tejedor 2005, p.25).
E. König. Prof. Experto en manuscritos iluminados, Freie universität Berlin.
· Edición única y limitada a 500 ejemplares numerados y autentificados notarialmente, todos y cada uno de ellos correspondientes a la Serie Oro. Patrimonio es la única empresa del mundo que emplea auténticas piedras preciosas y oro de ley, acreditándolo notarialmente mediante análisis en laboratorio gemológico.
· Volumen de estudios a cargo del prestigioso Prof. Eberhard König. Introducción a cargo del Dr. Scot McKendrick, conservador general del departamento de manuscritos occidentales de la British Library.

 ROMANCE DE LA REINA JUANA...

La reina Juana está hilando
apostada al ventanal.
Enfermó de mal de amores,
¡quién la pudiera sanar!
Cuando a tantos se persigue
ya no es de cuerdos amar.
Tomo el copo, lanza el huso
y otra vez vuelve a empezar.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Llegaron hombres de fuera
hablando un extraño hablar.
Si las encinas les niegan,
rasarán el encinar.
En Castilla ya no mandan
los que debieran mandar.
Vuelan grajos, vuelan tordos,
las palomas volarán.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Las campanas a rebato
llamando a la vencida.
Las siembras en la meseta
comienzan por buen segar.
Y a través de los pinares
se llega hasta el encinar.
Surgen horcas, surgen hoces,
las guadañas surgirán.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Acuden de todas partes
formando comunidad.
Populares comuneros
el pueblo en su dignidad,
ataja por los rastrojos
si hay afrentas que vengar.
El pueblo luchando sigue,
la reina en cautividad.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Castilla ya no es Castilla,
ya solo es tierra de pan.
La tierra ya no es la tierra
que tan sólo es propiedad
y su pan los castellanos
con sudor lo han de amasar
¡Ay, del pueblo, si quisiera
darse nuevo capitán!
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!




LA MUJER VIKINGA Y SU PAPEL EN LA SOCIEDAD



La sociedad vikinga no fue una sociedad matriarcal en absoluto, tampoco nos llevemos a engaño ni exageremos más allá de lo que realmente fue en un sueño romántico emborrachado de feminidad o feminismo, no obstante, tampoco podríamos tacharla de ser una sociedad “masculinista” en la que la mujer no tuvo ningún rol o papel más allá del reproductor, como sí sucedía en otras muchas sociedades contemporáneas y en muchas sociedades hasta hace, como se diría, cuatro días, o en algunas a día de hoy.
Lo que vamos a ver es el papel que jugó la mujer vikinga de clase media-alta, la esposa del bónði, el hombre libre con cierta posición y estatus dentro de la comunidad. Por supuesto, existieron otras mujeres de otras condiciones sociales como las esclavas, que no tenían apenas derechos, o las mujeres de los grandes jarls – nobles – o de los reyes que disfrutaron de muchas más prerrogativas que las mujeres libres, especialmente a nivel económico y social.
La mujer casada, la esposa del bónði que hemos mencionado, era la húsfreyja. Esta mujer mostraba su estatus privilegiado mediante ciertos elementos del vestuario que contenían un alto valor tanto funcional como práctico; por ejemplo, el manojo de llaves que colgaba de su cinturón o de los broches de sus vestidos, que no eran si no las llaves de los arcones, cofres, armarios o baúles de la casa, donde se guardaban las pertenencias importantes. Cuantas más llaves, más arcones y, por ende, más riqueza. Según el cronista y diplomático Ibn Fadlan – quien convivió con los vikingos del Este en el siglo X :

“cada mujer lleva en cada seno una caja de hierro, plata, cobre u otro; el valor de la caja indica la riqueza del marido. Cada caja tiene un anillo del que pende un cuchillo. Las mujeres llevan cadenas en el cuello de oro y plata, uno por cada 10.000 dírhams que su parido posee; algunas llevan muchos. Sus más preciados ornamentos son cuentas de cristal verde que se encontraban en los barcos”.

Detalle de la vestimenta de una vikinga; podemos observar los detalles, los objetos, y las cadenas.
Detalle de la vestimenta de una vikinga; podemos observar los detalles, los objetos, y las cadenas.
La húsfreyja era la señora, la dueña y la máxima autoridad de la casa; era la que mantenía el control y la organización de las propiedades sin necesidad del beneplácito o la aprobación del marido. Era la jefa en el interior de la casa, lo que los vikingos llamaban innan húss, y que, simbólicamente, significaba que era la señora “pasada la viga del umbral” o innan stokks, un elemento que delimitaba jurídicamente el territorio doméstico frente al territorio público. Más allá de la viga, esto es, fuera de la casa o útan stokks, el dominio era del hombre, sin embargo, la mujer también se convertía en la dueña de toda la granja en ausencia del marido o husbóndi, esto es, cuando éste se encontraba fuera por estar comerciando o de incursión. En estos casos se ayudaba de los esclavos y del resto del personal de la granja para poder organizarlo todo.

¿Cuáles eran estas tareas femeninas? Las mujeres se encargaban del aprovisionamiento de la granja, de la organización de los alimentos y su conservación tanto de los del día a día como del almacenamiento para los meses de invierno. Las mujeres eran las que cocinaban para la comunidad y los hombres, por lo general, eran los que llevaban la comida a casa, aunque las mujeres también participaban en ello, generalmente practicando algún tipo de pesca menor en ríos o en la costa y recolectando frutos secos y hierbas ya que, según parece, la medicina – si podemos llamarla así – era cosa de las mujeres también. Las mujeres atendían a los pobres y a los miserables y, en sus ratos libres ( o no tan libres ) tejían y bordaban en el telar ya que eran ellas las que se encargan de la fabricación de casi toda la ropa de la familia y de la casa; desde los pantalones hasta los tapices que colgarían de las paredes. Las mujeres más modestas realizarían estas tareas en pequeños grupos comunitarios y, si tenían, ayudadas por esclavas. Aquellas más pudientes, como las mujeres de grandes jarls o reyes no habrían desempeñado estos papeles más que de forma simbólica, esto es, simplemente supervisando, recayendo la tarea física en sus mujeres de compañía y esclavas.

Y no sólo a nivel económico u organizativo la mujer era importante, sino que la sociedad vikinga tenía grandes consideraciones morales para con ella; era el alma de la sociedad, mientras que el marido era el brazo, ella era la autoridad moral de la familia y el marido la fuerza. La mujer vikinga era la guardiana de las tradiciones familiares y sociales, la que de forma oral inculcaba a sus hijos los valores sociales y morales, la que les enseñaba religión y la que les transmitía las leyendas y la historia de los vikingos y sus antepasados. Era la guardiana del legado vikingo, la que educaba a los futuros vikingos y vikingas para que fuesen apoyándose en aquello que fueron. A los chicos les enseñaban las artes de la guerra o las tareas masculinas de la granja los padres o parientes masculinos, cierto es, no obstante, los importantísimos conceptos de honor y valor los aprendían también de las madres, especialmente durante los primeros años de vida. Ellas inculcaban la teoría que debían aprender para el día de mañana ser de facto vikingos y vikingas. Por supuesto, y aunque sea una obviedad, las niñas aprendían absolutamente todo de sus madres. Y no sólo se encargaban de los propios hijos, sino que criaban y educaban a aquellos huérfanos o a aquellos que estaban en régimen de intercambio o acogida procedentes de otras familias, algo muy común entre los clanes vikingos.

En este sentido y para algunos investigadores, las mujeres habrían sido las iniciadoras de la poesía escandinava derivado de esta tradición oral que mantenían viva. También eran las que llevaban a cabo la magia seiðr, un tipo de magia que los dioses aesir aprendieron de la diosa vanir Freyja y que habría quedado exclusivamente para el género femenino, no estando muy bien visto que la practicasen los hombres

Además, la mujer también defendía activamente el honor de su clan, ya que si bien no podía emprender o exigir acciones judiciales en el Thing o asamblea de gobierno, sí podía instar a su marido, padre o familiares masculinos a hacerlo. Y lo hacía. El hecho de estar excluidas de los asuntos públicos de índole gubernamental respondía principalmente a razones físicas ya que para los vikingos el orden lo componían la fuerza y la ley, y no radicaba en cuestiones de inferioridad a la hora de considerar a las mujeres. Y no participaban en el Thing porque, curiosamente, las vikingas no tenían derecho a  portar armas, hecho que radicaba, se cree, en un concepto importantísimo en la idiosincrasia de los vikingos, el concepto del honor. Uno de los derechos fundamentales de la sociedad vikinga era el de portar armas; todos los hombres libres podían – y debían – llevar consigo un arma. Los campesinos las portaban mientras realizaban las tareas de la granja y muchos hombres las colgaban de la pared al lado de sus camas, para tenerlas a mano en todo momento. El propio Hávamál reza:

“Don’t leave your weapons lying about behind your back in a field; you never know when you may need all of sudden your spear”


Sin embargo, este derecho tenía excepciones; mujeres y esclavos quedaban fuera del privilegio (y el deber ) de portar armas. Los esclavos está bastante claro, pero ¿por qué estaba prohibido que una mujer llevase armas? Se cree que esta prohibición no era tanto una cuestión de desprecio o subordinación como de protección contra la violencia hacia las mujeres. Para los vikingos, dañar a una mujer era vergonzoso incluso aunque fuese accidentalmente, no porque fuesen inferiores, sino porque eran consideradas importantes. Como un vikingo, por honor, no atacaría jamás a un hombre desarmado – a un semejante vikingo, se entiende, otra cosa eran cristianos y aquellos habitantes de los lugares donde saqueaban –, prohibir que las mujeres llevasen armas era un medio de protección para evitar que ningún hombre se sintiese tentado de lastimarlas de ninguna manera. En el caso de que el daño o el ataque se produjese, el hombre que lo había cometido era castigado y la deshonra le perseguía.  No obstante, bien es cierto que en una época tan dura como la Era Vikinga y en una sociedad en la que las mujeres pasaban muchos veranos solas en las granjas o acompañadas de niños, ancianos y esclavos cuando los hombres se iban de expedición, todos y todas sin excepción sabían defenderse con las armas; una cosa es que de forma habitual no pudiesen llevarlas encima, y otra muy distinta que no las supiesen utilizar y que no dudasen en hacerlo cuando fuese necesario para protegerse a ellas mismas o a los suyos. Conceptos como el honor, el coraje, la fuerza y la independencia eran cualidades altamente valoradas tanto en hombres como en mujeres en la sociedad escandinava durante la Era Vikinga

Como podemos ir observando, al contrario que en muchas sociedades coetáneas, las mujeres no eran consideradas un mero o un simple objeto de placer, no eran vistas como simples paridoras cuyo único cometido era el de ser perpetuadoras de la especie, si no que éstas estaban enormemente respetadas por sus semejantes masculinos en parte, precisamente, porque eran las madres de los futuros vikingos y vikingas. Incluso en términos puramente sexuales, las mujeres gozaban de respeto y libertad. La mujer en la sociedad vikinga era la que daba la condición social de los hijos, esto es, de madre esclava, hijos esclavos, y de madre libre, hijos libres, no siendo determinante la condición social del padre más que en algunos casos puntuales. Además, la categoría social y el estatus de un hombre podía basarse en la categoría de la futura esposa y por ello conseguir riquezas, a base de comercio o de expedición, para concertar un buen matrimonio era tan importante. Los matrimonios sólo se producían entre familias o clanes de similar condición económica, si uno quería casarse con la hija de un jarl o un rey, debía aportar una suma de dinero al contrato matrimonial equivalente a la que aportaría la esposa.

El cuerpo de las mujeres no era un bien masculino y, de hecho, la violación de una mujer libre era uno de los pocos motivos en los que los vikingos y su asamblea de gobierno contemplaban la pena de muerte. Más allá aún, las crónicas árabes andalusíes que hacen referencia a los vikingos nos hablan de una moral sexual mucho más laxa de la que podríamos pensar, influidos por la moralidad cristiana, pero no sólo para los hombres, de los que sabemos tenían concubinas e, incluso, más de una esposa en ocasiones, sino también para las mujeres quienes, como sabemos, podían pedir el divorcio no sólo si el marido era impotente y  no podía darles hijos (algo sumamente importante para la sociedad escandinava) sino también si el marido no las satisfacía .

Enlazado con esto, debemos matizar que la poligamia estaba aceptada en algunos casos (debemos desechar de nuestra mente todo concepto de amor y relación de pareja actual), sin embargo, generalmente esta poligamia la practicaban los hombres con concubinas esclavas que apenas tenían derechos, aunque existía ( según los cronistas normandos ) el matrimonio more danico; un matrimonio en el que el vikingo tenía más de una esposa y, si bien no sabemos si se consideraba oficial o no, los hijos fruto de este matrimonio sí eran reconocidos oficialmente e, incluso, tenían acceso a la herencia y al trono.




Emparentado con el matrimonio, algo que mucha gente no conoce de los vikingos es que en esta sociedad existía el divorcio y que los matrimonios podían disolverse si no eran satisfactorios por cualquiera de las dos partes implicadas. El único requisito para poder divorciarse era solicitarlo en presencia de algunos testigos, esto es, las mujeres podían exigir la separación del marido y, más aún, generalmente eran ellas quienes lo hacían ya que, como veremos, divorciarse llegaba a salirle muy caro a algunos hombres...  Considerar un matrimonio insatisfactorio podía pasar por muchos motivos, siendo los más comunes según sabemos la infertilidad, la impotencia, los malos tratos o mala gestión económica de la granja, de hecho, los malos tratos suponían un motivo de divorcio ipso facto. Una vez casada, la mujer seguía perteneciendo a su clan de origen por lo que, si se solicitaba el divorcio, la mujer vikinga estaba en su derecho de solicitar de vuelta todo el monto que había aportado al matrimonio. Cuando se acordaba una boda en la sociedad vikinga, cada parte aportaba una suma al matrimonio: los vikingos el “mund” (o el precio de le novia) y las vikingas el “heimangerð” (o la dote). Al divorciarse, las vikingas tenían el derecho de recuperaban su dote y, además, si la culpa del divorcio era considerada del marido, éstas podían exigir su parte también. Así, una vikinga divorciada tenía suficiente independencia económica como para sobrevivir y volverse a casar si así lo deseaba, aunque sabemos que las segundas nupcias no fueron muy habituales. Las Sagas nos cuentan que el divorcio llegaba a suponer la ruina de algunos hombres y que éstos habrían hecho todo lo posible no separarse de sus mujeres.

Aunque hemos visto que, por lo general, las mujeres no llevaban armas y no luchaban, debemos hacer honor a la realidad (según las Sagas ) de la existencia de algunas mujeres guerreras; las famosas escuderas o skjaldmö. Algunas mujeres acompañaron a sus hombres en las incursiones o en las batallas, como meras acompañantes, para atender heridos, preparar comidas, resguardar los campamentos y demás tareas domésticas y, a veces también, para luchar. En este último sentido encontramos la semilegendaria figura de las skjaldmö, las doncellas escuderas vírgenes que peleaban junto a los guerreros en el ideario mitológico nórdico. Algunas skjaldmö famosas fueron Lagertha o Freydís Eiríksdóttir, hija de Eirik el Rojo. Sin embargo, a día de hoy las únicas referencias que tenemos de ellas son en escritos como las Sagas o el Gesta Danorum de Saxo Gramático, y no podemos sustentarnos en evidencias arqueológicas.


                           
                               Freydis luchando contra los Skraelingar.

Lo que sí nos ha revelado la arqueología hasta la fecha es que existieron mujeres de alto estatus a las que se les prestaron grandes atenciones en el funeral, algo que podemos ver a través del ajuar. Ser enterrada con tales bienes hace suponer a los historiadores que también los disfrutaron en vida y un gran ejemplo de ello es el conocido barco funerario de Oseberg, uno de los hallazgos arqueológicos más fascinantes y fastuosos en cuanto a contenido hallado en el ajuar funerario y que, precisamente, se corresponde con un entierro de dos mujeres. Además, gracias a las imágenes plasmadas en las piedras rúnicas podemos conocer aspectos tan dispares como las vestimentas femeninas o algunas de sus ocupaciones, como los telares y la costura.

Barco funerario de Oseberg, hallado en la región de de Tønsberg (Vestfold, Noruega) a principios del siglo XX . Se encuentra visitable en el Museo de barcos vikingos de Oslo.
Barco funerario de Oseberg, hallado en la región de de Tønsberg (Vestfold, Noruega) a principios del siglo XX . Se encuentra visitable en el Museo de barcos vikingos de Oslo.


Como nota curiosa y aunque ambos son vikingos; parece ser que las mujeres de los varegos o de los rus ( los escandinavos que se instalaron en el Este, en las zonas eslavas ), estuvieron muy alejadas en cuanto a consideración y derechos en la sociedad de las mujeres vikingas de los países escandinavos o de las colonias en Inglaterra, Islandia y demás. ¿Qué pasó para que las vikingas dejasen de tener este estatus o esta condición? La mujer vikinga fue perdiendo sus prerrogativas, esas que la hacían característica y distinta a las mujeres de muchas sociedad medievales coetáneas, conforme el cristianismo avanzó y penetró en la sociedad escandinava, relegando el papel de la mujer e imponiendo la visión cristiana de ésta, mucho más sumisa, recatada y apartada del ente público. Curiosamente, los países escandinavos son actualmente los principales promotores de los movimientos feministas.


miércoles, 19 de febrero de 2020

EL NACIMIENTO DE UNA CIVILIZACIÓN Y SUS PRIMERAS CIUDADES


Primero fueron modestas aldeas con casas de adobe, y Luego, poblados amurallados. Por fin, hacia 3500 a.c., surgieron en Mesopotamia ciudades de miles de habitantes, con grandes templos y un poder central
En el II milenio a.C., los habitantes de Babilonia recordaban una época anterior en la que sus antepasados habían vivido de modo muy distinto al suyo. «No se había construido ningún templo, / No había brotado ningún junco… / no se había construido ninguna casa, no se había creado ninguna ciudad… / el mundo era un marjal y un cañaveral…», decía un poema en honor del dios Marduk. Fue justamente la aparición de esta divinidad la que cambió la situación creando la primera ciudad de la historia: «Entonces Marduk construyó Uruk, él creó Eanna».
La leyenda babilónica puede verse como el reflejo de un hecho fundamental de la historia de la humanidad: el surgimiento en Mesopotamia de las primeras ciudades propiamente dichas. Desde luego, este fenómeno no fue obra de un dios, ni tampoco se produjo de forma repentina, como sugiere el poema. Al contrario, lo que los historiadores denominan a veces «revolución urbana» constituyó un proceso gradual que, aunque alcanzó su punto de cristalización en Mesopotamia, se inició anteriormente en diversos puntos a lo largo del Próximo Oriente, desde el Levante hasta Irán. Allí fueron surgiendo poblados de dimensiones cada vez más considerables, basados en la producción agrícola, a menudo defendidos con murallas y con prácticas religiosas complejas. Según algunos historiadores, Jericó, Çatal Hüyük o tal vez Eridu habrían sido las primeras ciudades de la historia, aunque la definición de lo que es una ciudad sigue siendo hoy en día tema de controversia entre los arqueólogos.


                               




Las murallas de Jericó

Los primeros pasos en el proceso de urbanización se registran en el área de la actual Siria y Palestina. Allí, entre 12000 y
7500 a.C., grupos de cazadores-recolectores abandonaron por primera vez su modo de vida itinerante, el único que había conocido la humanidad durante el largo período del Paleolítico, para instalarse en pequeños poblados en los que se desarrolló una economía agrícola y ganadera, característica del Neolítico. Las casas, a menudo redondas, tomaron la forma de cabañas semienterradas. También se observan enterramientos individuales y colectivos que sugieren que el sentimiento religioso de los habitantes de estas aldeas estaba relacionado con un sentido de pertenencia a un lugar.

El ejemplo más impresionante de los asentamientos de este período se encuentra en Tell es-Sultan, en el valle del Jordán. Desde la década de 1950, la arqueóloga británica Kathleen Kenyon excavó el yacimiento y lo identificó con Jericó, la primera ciudad de Palestina que conquistaron los israelitas tras abandonar Egipto, según el relato del Antiguo Testamento. Éste cuenta que Josué, el sucesor de Moisés, sometió la urbe a asedio y que sus murallas fueron derribadas al son de las trompetas. Este episodio se situaría históricamente entre 1400 y 1260 a.C., pero el yacimiento estudiado por Kenyon y arqueólogos posteriores –en particular, la misión italiana de la Universidad de Roma-La Sapienza– posee niveles mucho más antiguos, que se remontan al VIII milenio a.C.

Para entonces, Jericó constituía un enclave densamente poblado, con casas circulares de ladrillos de adobe hechos a mano. Además, contaba con una muralla de piedra y una torre circular de nueve metros de altura, una obra que presupone el trabajo colectivo de toda la comunidad. Cabe destacar asimismo el hallazgo de unos impactantes cráneos humanos, con el rostro cubierto de arcilla moldeada y las cuencas de los ojos rellenadas con conchas; un indicio de que los habitantes de Jericó practicaban ritos funerarios y, por tanto, tenían una preocupación profunda por el Más Allá, algo común en otras regiones del Levante.

¿Es la Jericó del VIII milenio a.C. la primera ciudad de la historia, como sostuvo Kathleen Kenyon? Hoy día se piensa que no sería

correcto considerarla como tal. Su tamaño era modesto –cuatro hectáreas de superficie– y ni siquiera parece que sus no más de 2.000 habitantes practicaran la agricultura, sino que dependían para su subsistencia de la caza y la recolección, aunque en cambio consta que se dedicaban al comercio. Su sociedad, en fin, tampoco estaba jerarquizada, pues no se han documentado palacios ni templos.


                   




El misterio de Çatal Hüyük


En el período que va de 7500 a 6000 a.C. aproximadamente, las experiencias de urbanización se ampliaron notablemente, alcanzando no sólo el Levante, sino también Turquía, Mesopotamia e Irán. Las dimensiones de los núcleos habitados también aumentaron, como se aprecia en el yacimiento más destacado de este período, Çatal Hüyük, en el centro de la actual Turquía, descubierto por James Mellart en la década de 1950. Se trata de un impresionante poblamiento, de 13 hectáreas de superficie, el triple de Jericó, y se calcula que albergaba entre 5.000 y 7.000 habitantes. Las casas eran rectangulares y bastante estandarizadas, y estaban adosadas unas a otras. Los habitantes de Çatal Hüyük fabricaban cerámica y su economía era diversificada, con la agricultura como base principal.


                            



Con todo, el aspecto más llamativo de Çatal Hüyük es el de sus prácticas religiosas. Por un lado, se han encontrado enterramientos cuidadosamente dispuestos bajo el suelo de las casas, indicio de una preocupación por los difuntos, como ya ocurría en Jericó. Además, parece que había edificios específicamente dedicados al culto. Se ha observado que las paredes de algunas viviendas estaban decoradas con grupos de cabezas de animales como toros, jabalíes, buitres y comadrejas, elaboradas a partir de sus cráneos, así como con pinturas murales de gran interés, en las que se adivinan formas de manos, toros, ciervos, jabalíes, onagros, lobos, osos y leones; hay una especialmente interesante en la que se aprecian unos buitres devorando unos cuerpos humanos, algunos de ellos decapitados. 


                                             

Igualmente sorprendente es el hallazgo de estatuillas femeninas y símbolos de fecundidad como un pecho modelado, lo que ha sugerido la existencia de un culto a la «diosa madre». Pese a ello, no es seguro que esas casas de Çatal Hüyük fueran «santuarios» ni que hubiera una clase de «sacerdotes»; más bien se trata de un culto doméstico.

Sin duda, Çatal Hüyük representa un salto cualitativo respecto a los asentamientos precedentes, pero cabe señalar que aún carece de los rasgos que nos permitirían definirlo como una ciudad. El dato más elocuente al respecto es que en un momento dado el núcleo fue abandonado por sus habitantes y en su lugar surgieron pequeños poblados en la llanura circundante, como si Çatal Hüyük hubiera alcanzado el máximo crecimiento posible con los recursos disponibles. 


                              

Como escribe Charles Redman, Çatal Hüyük fue «un prematuro destello de esplendor y complejidad que tuvo lugar con mil años de antelación».

La llanura mesopotámica

El salto hacia la urbanización no se produciría en Levante ni en Anatolia, sino en las tierras situadas entre el Tigris y el Éufrates. Entre los milenios VI y V a.C., grupos de agricultores y ganaderos abandonaron las estribaciones montañosas en torno a Mesopotamia, como los Zagros, para instalarse en la llanura. En estas fértiles tierras aluviales se desarrolló una economía agraria de gran rentabilidad, que tuvo como requisito una organización social capaz de crear un complejo sistema de canales de riego y de diques para controlar las crecidas estacionales de los ríos. Ello favoreció la producción masiva de cereal, la aparición de excedentes destinados a la comercialización y, en fin, un crecimiento demográfico sostenido, que dio lugar a poblados cada vez más nutridos y, en último término, a auténticas ciudades.
En todo este proceso se observan en Mesopotamia tres culturas principales que en parte son contemporáneas: las de Hassuna, Samarra y Halaf, así llamadas por el yacimiento principal de cada una.


                               

 La cultura de Hassuna, en la alta Mesopotamia, corresponde a los primeros desplazamientos de población desde las tierras altas a las bajas. Los poblados estaban formados por casas de forma rectangular, bastante regulares, y sus habitantes se dedicaban a la agricultura de secano, la ganadería y también a la caza. Se ha documentado el uso del metal, concretamente del cobre, y la presencia de materiales como la obsidiana o el cristal de roca, lo que prueba la existencia de amplios contactos comerciales en el Próximo Oriente.





La cultura de Samarra, por su parte, se desarrolló en una zona más meridional, en la que se practicaba ya la agricultura mediante irrigación. La población se concentraba en pequeñas aldeas, pero también encontramos un enclave de mayores dimensiones, Tell es-Sawwan, con una arquitectura más compleja. Las casas estaban construidas con adobes regulares, hechos con molde y reforzados en el exterior, una característica que perdurará en las ciudades mesopotámicas. Además, el poblado estaba rodeado por una muralla defensiva y contaba con una cerámica decorada notablemente elaborada.



                                                 


En Choga Mami se ha hallado otro núcleo de dimensiones también importantes, con una población en torno al millar de personas; insuficiente, sin embargo, para hablar de una ciudad. Lo mismo puede decirse de los poblados de la cultura de Halaf, que sustituyó a la de Hassuna en el norte de Mesopotamia y cuya característica cerámica, de enorme calidad, se ha hallado en Irak y Siria. Sus asentamientos, como el de Arpachiyah, estaban formados por viviendas pequeñas de planta circular que no superaban los doscientos habitantes.



                     


En torno a 4500 a.C. surgió en el norte de Mesopotamia, sustituyendo a la cultura de Halaf, una nueva cultura, la de Obeid, que se expandiría ampliamente hacia el sur. Su nombre procede del yacimiento de Tell el-Obeid, pero hoy sabemos que su origen se encuentra en Eridu, un lugar habitado al menos desde 5000 a.C. Según el mito mesopotámico del diluvio, Eridu aparece como la primera de las ciudades antediluvianas: «Después de que la realeza descendiera del cielo, ésta residía en Eridu». En una composición posterior, conocida como el Génesis de Eridu, la ciudad es mencionada de nuevo como la más antigua de todas las urbes, planificada por los dioses y sede del dios Enki.



                     


La primera metrópoli

Con una población entre 2.000 y 4.000 personas, Eridu era ciertamente más que una aldea, pero no alcanzaba aún las dimensiones de las ciudades que pronto surgirían. Quizás el recuerdo milenario de Eridu como una ciudad de gran antigüedad se debe a su especial significación religiosa, pues fue allí donde nacieron los primeros templos, recintos monumentales dedicados exclusivamente al culto, con mesas de ofrendas y cerámica de calidad, y que se consideran el precedente de los zigurats mesopotámicos.
Tras el largo período de pervivencia de la cultura de Obeid –unos mil quinientos años–, germinó al fin la primera experiencia urbana completa, durante el llamado período de Uruk (3500-2900 a.C.). Fue entonces cuando en la baja Mesopotamia se creó una completa red de canales que permitió una expansión económica y demográfica sin precedentes, así como la aparición de sociedades jerarquizadas, dominadas por burócratas y sacerdotes que controlaban los recursos. Sin duda, fue una época de grandes transformaciones: se desarrolló la escritura, surgieron sistemas religiosos completos y, sobre todo, aparecieron las primeras ciudades de la historia propiamente dichas.



                           


La principal de ellas fue Uruk. Se trata de un asentamiento que ya había sido ocupado en el período de Obeid, aunque entonces sus dimensiones eran modestas. Durante el período de Uruk, el núcleo creció rápidamente, hasta alcanzar los 10.000 habitantes, cifra que hacia 2700 a.C. ascendió a entre 50.000 y 80.000. En su extenso término, con una superficie de 400 hectáreas y rodeado por una muralla de diez kilómetros de longitud, se han hallado diversos recintos sagrados de grandes proporciones, así como un zigurat.

Uruk, y poco después los grandes núcleos sumerios de la baja Mesopotamia, alumbraron así la primera experiencia completa de vida urbana de la historia, un proceso que enseguida se extendería por amplias regiones del Próximo Oriente –como muestran el yacimiento sirio de Telrak  el turco de Arslantepe y el iraní de Susa– y transformarían para siempre el curso de la civilización.