miércoles, 6 de mayo de 2026

MOTIN DE LA GRANJA....LA REVELIÓN DE LOS SARGENTOS DE LA GRANJA






Sublevación militar, también conocida como el Motín de los Sargentos de La Granja, llevada a cabo por el Regimiento de la Guardia Real del palacio de La Granja (Segovia) el 13 de agosto del año 1836, del que salieron los sargentos que exigieron a la reina regente María Cristina de Borbón la derogación del Estatuto Real, promulgado el 10 de abril del año 1834, y el restablecimiento de las leyes y valores constitucionales del año 1812.


El sistema político de la Regencia de María Cristina, basado íntegramente en el Estatuto Real del año 1834, se había mostrado totalmente ineficaz e insuficiente a la hora de llevar a buen puerto la transición política entre el Antiguo Régimen y el Estado Liberal, lo que produjo toda una serie de movimientos de oposición progresistas a partir del año 1835. Ante la situación revolucionaria del mes de agosto de ese mismo año, la Corona confió el poder a Mendizábal, ministro con un pasado liberal radical, quien se propuso retomar las acciones de Gobierno llevadas a cabo durante el Trienio Liberal (1820-23), especialmente en el terreno judicial. Pero, a causa de un proyecto de ley electoral que fue presentado en las Cortes y de la derrota de los seguidores de Mendizábal en una posterior votación, se planteó la cuestión de confianza al Gobierno de éste. La Corona se encontró en la tesitura de elegir entre cambiar por entero el Gabinete o disolver las cámaras y proceder a una nueva elección. María Cristina, enfrentada desde un primer momento a la política y figura de Mendizábal, lo tuvo fácil: optó por la segunda solución. Aunque en las elecciones posteriores, celebradas en febrero del año siguiente, Mendizábal volvió a ganar, éste se vio forzado por la propia regente a dimitir debido a la negativa de la reina a ceder a las exigencias del ministro Fermín Caballero de llevar a cabo una amplia renovación de los altos cargos militares.
María Cristina nombró como sustituto de Mendizábal a Francisco Javier Istúriz, antiguo liberal progresista que se había pasado, como tantos otros, al bando moderado, y que además era mucho más afín a los gustos y concepciones políticas de la propia regente. El nombramiento de Istúriz produjo en todas las filas progresistas del país una reacción de protesta unánime que se tradujo en una clara y abierta oposición a su política en las Cortes; se utilizó incluso el voto de censura para intentar derribarlo, política que a la larga resultó estéril. Istúriz respondió a los ataques solicitando a la Corona del decreto de disolución de las Cortes, a lo que la regente accedió gustosamente adoptando, además, una postura claramente beligerante en la cuestión política al publicar un manifiesto condenando con términos muy duros e inequívocos la actuación del estamento progresista y poniéndose de parte de la política reaccionaria que venía practicando el Gobierno de Istúriz.
Las filas progresistas, lejos de arredrarse, redoblaron sus intentos de oposición al Gobierno de Istúriz y a la propia Corona, pero esta vez recurriendo al pronunciamiento militar como modo de operar. Muchos militares se acercaron a las filas progresistas convencidos de que los moderados no estaban actuando con las energías y decisión suficientes para hacer frente a la amenaza del carlismo y de que la única fuerza capaz de asegurar la retaguardia era la Milicia Nacional.




Dos días antes del motín, estalló en Madrid un pronunciamiento por parte de la Milicia Nacional que fue dominado, no sin gran esfuerzo, por el capitán general Quesada. Pero el germen contestatario contra el Gobierno de Istúriz ya estaba lo suficientemente arraigado dentro de las filas opositoras, hasta el punto de que se extendió como un reguero de pólvora a toda Andalucía, Zaragoza, Extremadura y Valencia. La Corona, mientras tanto, siguió haciendo oídos sordos al fuerte clima de oposición que se estaba montando contra ella y a los insistentes rumores sobre un posible levantamiento militar.
El día 12 de agosto del año 1836, la Corte se encontraba reunida en el palacio segoviano de La Granja. La reina regente María Cristina estaba acompañada del ministro de Gracia y Justicia, Manuel Bravo Ayuso. La guarnición del palacio estaba formada por dos compañías de la Guardia Real, dos de Granaderos, dos escuadrones de Guardias de Corps y un pequeño destacamento de Salvaguardias, todos ellos bajo el mando directo del general San Román, quien no se había enterado de la conspiración que se estaba fraguando delante de sus propias narices.
Así pues, a las diez de la noche, contraviniendo la orden que prohibía entonar himnos patrióticos y contrarios al régimen monárquico imperante, salieron formadas las compañías sublevadas con sus respectivos suboficiales, las cuales se dirigieron al Palacio Real a la par que cantaban himnos liberales mezclados con vivas a la Constitución del año 1812 y a la propia reina regente. Una vez dominado el palacio, se formó una primera comisión integrada por los argentos Alejandro Gómez y Juan Lucas, más un soldado raso. En esa primera reunión, la comisión explicó a la regente los motivos del pronunciamiento, las provincias que se habían adherido a la sublevación y los objetivos que se perseguían con ella, que no eran otros que la vuelta a la Constitución del año 1812. María Cristina intentó ganar tiempo al expedir una real orden al general San Román en la que prometía presentar un proyecto de Constitución para las próximas Cortes, propuesta que no gustó nada en las filas sublevadas ya que inmediatamente formaron una segunda comisión negociadora, esta vez presidida por el sargento Higinio García, que subió a conferenciar con la reina regente en términos muchos más duros. María Cristina no tuvo más remedio que firmar, pasadas las dos de la madrugada del día 13 de agosto, un Real Decreto en los siguientes términos: "Como Reina Gobernadora de España, ordeno y mando que se publique la Constitución del año 1812, en el ínterin que, reunida la nación en Cortes, manifiesta expresamente su voluntad o dé otra Constitución conforme a las necesidades de la misma. En San Ildefonso, a 13 de agosto de 1836. Yo, la Reina Gobernadora"
Al día siguiente, María Cristina procedió en el Real Sitio a la jura de la Constitución del año 1812. El Gabinete de Istúriz dimitió en bloque. Le sucedió otro, totalmente progresista, presidido por Calatrava, quien nombró a Mendizábal como ministro de Hacienda y, más tarde, ministro de la Marina. La sublevación había sido planeada por un funcionario del ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Mendizábal, Manuel Barrera, y por el periodista Ángel Iznardi, redactor jefe del periódico El Eco del Comercio.

 
El triunfo del movimiento progresista se reflejó inmediatamente en una serie de leyes (en su mayor parte con claro antecedente en las Cortes de Cádiz y en el Trienio Liberal) sobre aspectos como la desvinculación señorial, la desamortización, la propiedad agrícola, montes, señoríos, etc. Así mismo, se convocaron nuevas Cortes constituyentes cuyo fruto sería la Constitución del año 1837, más moderada, pero también más precisa que la de Cádiz y más progresista que el Estatuto Real del año 1834.

http://ordorenascendi.blogspot.com.es/2012/06/el-motin-de-la-granja.htm
lhttp://www.enciclonet.com/articulo/sublevacion-de-la-granja/# 

http://www.lahistoriaconmapas.com/historia/biografia-de-sublevacion-de-la-granja-1836/
http://www.pronunciamientos.rizoazul.com/motingranja.htmlAntecedentes
El sistema político de la Regencia de María Cristina, basado íntegramente en el Estatuto Real del año 1834, se había mostrado totalmente ineficaz e insuficiente a la hora de llevar a buen puerto la transición política entre el Antiguo Régimen y el Estado Liberal, lo que produjo toda una serie de movimientos de oposición progresistas a partir del año 1835. Ante la situación revolucionaria del mes de agosto de ese mismo año, la Corona confió el poder a Mendizábal, ministro con un pasado liberal radical, quien se propuso retomar las acciones de Gobierno llevadas a cabo durante el Trienio Liberal (1820-23), especialmente en el terreno judicial. Pero, a causa de un proyecto de ley electoral que fue presentado en las Cortes y de la derrota de los seguidores de Mendizábal en una posterior votación, se planteó la cuestión de confianza al Gobierno de éste. La Corona se encontró en la tesitura de elegir entre cambiar por entero el Gabinete o disolver las cámaras y proceder a una nueva elección. María Cristina, enfrentada desde un primer momento a la política y figura de Mendizábal, lo tuvo fácil: optó por la segunda solución. Aunque en las elecciones posteriores, celebradas en febrero del año siguiente, Mendizábal volvió a ganar, éste se vio forzado por la propia regente a dimitir debido a la negativa de la reina a ceder a las exigencias del ministro Fermín Caballero de llevar a cabo una amplia renovación de los altos cargos militares.
María Cristina nombró como sustituto de Mendizábal a Francisco Javier Istúriz, antiguo liberal progresista que se había pasado, como tantos otros, al bando moderado, y que además era mucho más afín a los gustos y concepciones políticas de la propia regente. El nombramiento de Istúriz produjo en todas las filas progresistas del país una reacción de protesta unánime que se tradujo en una clara y abierta oposición a su política en las Cortes; se utilizó incluso el voto de censura para intentar derribarlo, política que a la larga resultó estéril. Istúriz respondió a los ataques solicitando a la Corona del decreto de disolución de las Cortes, a lo que la regente accedió gustosamente adoptando, además, una postura claramente beligerante en la cuestión política al publicar un manifiesto condenando con términos muy duros e inequívocos la actuación del estamento progresista y poniéndose de parte de la política reaccionaria que venía practicando el Gobierno de Istúriz.
Las filas progresistas, lejos de arredrarse, redoblaron sus intentos de oposición al Gobierno de Istúriz y a la propia Corona, pero esta vez recurriendo al pronunciamiento militar como modo de operar. Muchos militares se acercaron a las filas progresistas convencidos de que los moderados no estaban actuando con las energías y decisión suficientes para hacer frente a la amenaza del carlismo y de que la única fuerza capaz de asegurar la retaguardia era la Milicia Nacional.
La Rebelión de los Sargentos de La Granja
Dos días antes del motín, estalló en Madrid un pronunciamiento por parte de la Milicia Nacional que fue dominado, no sin gran esfuerzo, por el capitán general Quesada. Pero el germen contestatario contra el Gobierno de Istúriz ya estaba lo suficientemente arraigado dentro de las filas opositoras, hasta el punto de que se extendió como un reguero de pólvora a toda Andalucía, Zaragoza, Extremadura y Valencia. La Corona, mientras tanto, siguió haciendo oídos sordos al fuerte clima de oposición que se estaba montando contra ella y a los insistentes rumores sobre un posible levantamiento militar.
El día 12 de agosto del año 1836, la Corte se encontraba reunida en el palacio segoviano de La Granja. La reina regente María Cristina estaba acompañada del ministro de Gracia y Justicia, Manuel Bravo Ayuso. La guarnición del palacio estaba formada por dos compañías de la Guardia Real, dos de Granaderos, dos escuadrones de Guardias de Corps y un pequeño destacamento de Salvaguardias, todos ellos bajo el mando directo del general San Román, quien no se había enterado de la conspiración que se estaba fraguando delante de sus propias narices.
Así pues, a las diez de la noche, contraviniendo la orden que prohibía entonar himnos patrióticos y contrarios al régimen monárquico imperante, salieron formadas las compañías sublevadas con sus respectivos suboficiales, las cuales se dirigieron al Palacio Real a la par que cantaban himnos liberales mezclados con vivas a la Constitución del año 1812 y a la propia reina regente. Una vez dominado el palacio, se formó una primera comisión integrada por los argentos Alejandro Gómez y Juan Lucas, más un soldado raso. En esa primera reunión, la comisión explicó a la regente los motivos del pronunciamiento, las provincias que se habían adherido a la sublevación y los objetivos que se perseguían con ella, que no eran otros que la vuelta a la Constitución del año 1812. María Cristina intentó ganar tiempo al expedir una real orden al general San Román en la que prometía presentar un proyecto de Constitución para las próximas Cortes, propuesta que no gustó nada en las filas sublevadas ya que inmediatamente formaron una segunda comisión negociadora, esta vez presidida por el sargento Higinio García, que subió a conferenciar con la reina regente en términos muchos más duros. María Cristina no tuvo más remedio que firmar, pasadas las dos de la madrugada del día 13 de agosto, un Real Decreto en los siguientes términos: “Como Reina Gobernadora de España, ordeno y mando que se publique la Constitución del año 1812, en el ínterin que, reunida la nación en Cortes, manifiesta expresamente su voluntad o dé otra Constitución conforme a las necesidades de la misma. En San Ildefonso, a 13 de agosto de 1836. Yo, la Reina Gobernadora” (véase Constitución española de 1812 en el artículo Constitucionalismo español).
Al día siguiente, María Cristina procedió en el Real Sitio a la jura de la Constitución del año 1812. El Gabinete de Istúriz dimitió en bloque. Le sucedió otro, totalmente progresista, presidido por Calatrava, quien nombró a Mendizábal como ministro de Hacienda y, más tarde, ministro de la Marina. La sublevación había sido planeada por un funcionario del ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Mendizábal, Manuel Barrera, y por el periodista Ángel Iznardi, redactor jefe del periódico El Eco del Comercio.
El legado de la sublevación
El triunfo del movimiento progresista se reflejó inmediatamente en una serie de leyes (en su mayor parte con claro antecedente en las Cortes de Cádiz y en el Trienio Liberal) sobre aspectos como la desvinculación señorial, la desamortización, la propiedad agrícola, montes, señoríos, etc. Así mismo, se convocaron nuevas Cortes constituyentes cuyo fruto sería la Constitución del año 1837, más moderada, pero también más precisa que la de Cádiz y más progresista que el Estatuto Real del año 1834.
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Sublevación militar, también conocida como el Motín de los Sargentos de La Granja, llevada a cabo por el Regimiento de la Guardia Real del palacio de La Granja (Segovia) el 13 de agosto del año 1836, del que salieron los sargentos que exigieron a la reina regente María Cristina de Borbón la derogación del Estatuto Real, promulgado el 10 de abril del año 1834, y el restablecimiento de las leyes y valores constitucionales del año 1812.
Antecedentes
El sistema político de la Regencia de María Cristina, basado íntegramente en el Estatuto Real del año 1834, se había mostrado totalmente ineficaz e insuficiente a la hora de llevar a buen puerto la transición política entre el Antiguo Régimen y el Estado Liberal, lo que produjo toda una serie de movimientos de oposición progresistas a partir del año 1835. Ante la situación revolucionaria del mes de agosto de ese mismo año, la Corona confió el poder a Mendizábal, ministro con un pasado liberal radical, quien se propuso retomar las acciones de Gobierno llevadas a cabo durante el Trienio Liberal (1820-23), especialmente en el terreno judicial. Pero, a causa de un proyecto de ley electoral que fue presentado en las Cortes y de la derrota de los seguidores de Mendizábal en una posterior votación, se planteó la cuestión de confianza al Gobierno de éste. La Corona se encontró en la tesitura de elegir entre cambiar por entero el Gabinete o disolver las cámaras y proceder a una nueva elección. María Cristina, enfrentada desde un primer momento a la política y figura de Mendizábal, lo tuvo fácil: optó por la segunda solución. Aunque en las elecciones posteriores, celebradas en febrero del año siguiente, Mendizábal volvió a ganar, éste se vio forzado por la propia regente a dimitir debido a la negativa de la reina a ceder a las exigencias del ministro Fermín Caballero de llevar a cabo una amplia renovación de los altos cargos militares.
María Cristina nombró como sustituto de Mendizábal a Francisco Javier Istúriz, antiguo liberal progresista que se había pasado, como tantos otros, al bando moderado, y que además era mucho más afín a los gustos y concepciones políticas de la propia regente. El nombramiento de Istúriz produjo en todas las filas progresistas del país una reacción de protesta unánime que se tradujo en una clara y abierta oposición a su política en las Cortes; se utilizó incluso el voto de censura para intentar derribarlo, política que a la larga resultó estéril. Istúriz respondió a los ataques solicitando a la Corona del decreto de disolución de las Cortes, a lo que la regente accedió gustosamente adoptando, además, una postura claramente beligerante en la cuestión política al publicar un manifiesto condenando con términos muy duros e inequívocos la actuación del estamento progresista y poniéndose de parte de la política reaccionaria que venía practicando el Gobierno de Istúriz.
Las filas progresistas, lejos de arredrarse, redoblaron sus intentos de oposición al Gobierno de Istúriz y a la propia Corona, pero esta vez recurriendo al pronunciamiento militar como modo de operar. Muchos militares se acercaron a las filas progresistas convencidos de que los moderados no estaban actuando con las energías y decisión suficientes para hacer frente a la amenaza del carlismo y de que la única fuerza capaz de asegurar la retaguardia era la Milicia Nacional.
La Rebelión de los Sargentos de La Granja
Dos días antes del motín, estalló en Madrid un pronunciamiento por parte de la Milicia Nacional que fue dominado, no sin gran esfuerzo, por el capitán general Quesada. Pero el germen contestatario contra el Gobierno de Istúriz ya estaba lo suficientemente arraigado dentro de las filas opositoras, hasta el punto de que se extendió como un reguero de pólvora a toda Andalucía, Zaragoza, Extremadura y Valencia. La Corona, mientras tanto, siguió haciendo oídos sordos al fuerte clima de oposición que se estaba montando contra ella y a los insistentes rumores sobre un posible levantamiento militar.
El día 12 de agosto del año 1836, la Corte se encontraba reunida en el palacio segoviano de La Granja. La reina regente María Cristina estaba acompañada del ministro de Gracia y Justicia, Manuel Bravo Ayuso. La guarnición del palacio estaba formada por dos compañías de la Guardia Real, dos de Granaderos, dos escuadrones de Guardias de Corps y un pequeño destacamento de Salvaguardias, todos ellos bajo el mando directo del general San Román, quien no se había enterado de la conspiración que se estaba fraguando delante de sus propias narices.
Así pues, a las diez de la noche, contraviniendo la orden que prohibía entonar himnos patrióticos y contrarios al régimen monárquico imperante, salieron formadas las compañías sublevadas con sus respectivos suboficiales, las cuales se dirigieron al Palacio Real a la par que cantaban himnos liberales mezclados con vivas a la Constitución del año 1812 y a la propia reina regente. Una vez dominado el palacio, se formó una primera comisión integrada por los argentos Alejandro Gómez y Juan Lucas, más un soldado raso. En esa primera reunión, la comisión explicó a la regente los motivos del pronunciamiento, las provincias que se habían adherido a la sublevación y los objetivos que se perseguían con ella, que no eran otros que la vuelta a la Constitución del año 1812. María Cristina intentó ganar tiempo al expedir una real orden al general San Román en la que prometía presentar un proyecto de Constitución para las próximas Cortes, propuesta que no gustó nada en las filas sublevadas ya que inmediatamente formaron una segunda comisión negociadora, esta vez presidida por el sargento Higinio García, que subió a conferenciar con la reina regente en términos muchos más duros. María Cristina no tuvo más remedio que firmar, pasadas las dos de la madrugada del día 13 de agosto, un Real Decreto en los siguientes términos: “Como Reina Gobernadora de España, ordeno y mando que se publique la Constitución del año 1812, en el ínterin que, reunida la nación en Cortes, manifiesta expresamente su voluntad o dé otra Constitución conforme a las necesidades de la misma. En San Ildefonso, a 13 de agosto de 1836. Yo, la Reina Gobernadora” (véase Constitución española de 1812 en el artículo Constitucionalismo español).
Al día siguiente, María Cristina procedió en el Real Sitio a la jura de la Constitución del año 1812. El Gabinete de Istúriz dimitió en bloque. Le sucedió otro, totalmente progresista, presidido por Calatrava, quien nombró a Mendizábal como ministro de Hacienda y, más tarde, ministro de la Marina. La sublevación había sido planeada por un funcionario del ministerio de Hacienda, amigo íntimo de Mendizábal, Manuel Barrera, y por el periodista Ángel Iznardi, redactor jefe del periódico El Eco del Comercio.
El legado de la sublevación
El triunfo del movimiento progresista se reflejó inmediatamente en una serie de leyes (en su mayor parte con claro antecedente en las Cortes de Cádiz y en el Trienio Liberal) sobre aspectos como la desvinculación señorial, la desamortización, la propiedad agrícola, montes, señoríos, etc. Así mismo, se convocaron nuevas Cortes constituyentes cuyo fruto sería la Constitución del año 1837, más moderada, pero también más precisa que la de Cádiz y más progresista que el Estatuto Real del año 1834.
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lunes, 6 de abril de 2020

LA VILLA EN "PRIMA PORTA" DE LA EMPERATRIZ LIVIA DRUSILA



En 1863 se desenterró al norte de Roma una antigua residencia imperial con unos hermosos frescos perfectamente conservados.
Allá verdea la dura piedra de Laconia, aquí el mármol líbico y frigio, más allá brilla el ondulado ónice y el mármol con vetas del mismo color que el mar profundo, y resplandecen rocas frente a las cuales palidece de envidia la púrpura de Ébalo». Así describía el poeta Estacio, a finales del siglo I d.C., las estancias de una lujosa residencia que ocupó Livia Drusila, la esposa del emperador Augusto. La villa –que hay que diferenciar de la Casa de Livia, en el Palatino de Roma– se hallaba al norte de la Urbe, en el término de la ciudad etrusca de Veyes. Era famosa por un prodigio que protagonizó Livia en su juventud cuando acudió una vez a la finca –que pertenecía a la familia de su padre– y «estando sentada, un águila dejó caer sobre su regazo desde lo alto una gallina de asombrosa blancura, que llevaba en su pico una rama de laurel llena de bayas». Los arúspices la instaron a plantar la rama y custodiarla religiosamente, como símbolo de la vitalidad de la dinastía Julio-Claudia que fundaría con su esposo. También debía alimentar al ave y a su prole de polluelos, tan numerosos que dieron nombre a la villa: Ad gallinas albas, "donde las gallinas blancas".


  

Siglos después, desaparecido ya el Imperio romano, quedaban aún rastros de la villa. Unos pocos kilómetros al norte de Roma, entre la vía Flaminia y la vía Tiberina, se hallaba la localidad de Prima Porta, que en la Edad Media se llamó Porta di Livia. En una colina cercana aún eran visibles algunas estructuras de la Antigüedad. En el siglo XVI, topógrafos como Henricus Camerarius y Antonio Fortanelli aceptaron la identificación de aquellos restos con la famosa villa de Livia, y así se plasmó en los primeros mapas del antiguo Lacio. Para corroborarlo, dos amantes de las antigüedades romanas, Gavin Hamilton y Thomas Jenkins, emprendieron en 1771 unas breves excavaciones, apenas documentadas.


Fue en 1863 cuando la fama de la villa de Livia recorrió el mundo entero a raíz de dos magníficos descubrimientos. Por aquel entonces, los terrenos en los que yacía la villa habían sido arrendados al conde Francesco Senni, quien decidió emprender junto a su socio Paolo d’Ambrogi «excavaciones para buscar objetos de antigüedad». Durante las primeras semanas desenterraron varias estancias pertenecientes al complejo termal y numerosos objetos, entre ellos dos bustos de época imperial, una cabeza de Apolo, una máscara sacerdotal y varias tuberías de plomo con inscripciones. Todo ello lo vendieron pronto en el mercado de antigüedades.


Más sensacional fue el hallazgo que hicieron el 20 de abril de 1863, a última hora de la tarde, cuando cerca del muro de cierre de la villa "se encontró una estatua que representa a César Augusto con vestimenta militar, de diez palmos de altura [2,04 metros], con un pequeño putto (cupido) desnudo a caballo de un delfín", según informó D’Ambrogi al ministro de Obras Públicas del Estado Pontificio. El conde Senni donó al papa Pío IX la estatua, que pasó de inmediato a engrosar las colecciones vaticanas; hoy es mundialmente conocida como el Augusto de Prima Porta. Poco después dos estudiosos italianos recordaban «el júbilo de los intelectuales italianos y extranjeros ante el anuncio del insigne descubrimiento de este singular monumento del arte pagano".



La buena fortuna de Senni y D’Ambrogi no acabó ahí. Diez días después del hallazgo de la estatua salieron a la luz dos habitaciones subterráneas. El asombro de los arqueólogos fue mayúsculo cuando en las paredes de una de ellas descubrieron unos frescos de extraordinaria factura y en perfecto estado de conservación. Las pinturas simulaban el interior de una gruta rodeada por todas partes por un exuberante jardín, en el que las más variadas especies botánicas florecían inverosímilmente a un mismo tiempo. Entre el ramaje de granados, melocotoneros, laureles y almendros, hasta sesenta y nueve especies de aves ponían a prueba los conocimientos de todos los que se reunían a comer allí, lejos del sol ardiente del verano.



En otoño de 1863, cuando se reanudaron las excavaciones bajo la dirección de Giuseppe Gagliardi, la sala subterránea comenzaba a tener problemas de filtración de aguas que afectaban a las pinturas. Los arqueólogos decidieron no extraer los frescos, y trataron de aislarlos y consolidarlos aplicando sobre ellos materiales como petróleo, soluciones alcohólicas, parafina o apósitos de miga de pan, que empeoraron en general su estado. Finalmente, las pinturas y los estucos de la bóveda, gravemente dañados durante la segunda guerra mundial, fueron extraídos en 1951 y, tras una intervención integral del Instituto Central para la Restauración, fueron trasladados al Museo Nacional Romano, en cuya sede del Palazzo Massimo se exponen actualmente.


Las sucesivas excavaciones arqueológicas han mostrado que la villa de Livia fue habitada durante varios siglos. Con una superficie de unos 14.000 metros cuadrados, se componía de ambientes privados en torno a un atrio y a un pequeño jardín interior; de grandes salas de representación, con vistas a un peristilo, y de amplias instalaciones termales dotadas de dos piscinas calientes y de una natatio, la piscina al aire libre. Como en cualquier lujosa domus romana, las estancias públicas estaban decoradas con los mármoles más preciados y con las más ricas pinturas, entre ellas las que hoy podemos admirar aún gracias al hallazgo de Senni y D’Ambrogi.

https://es.wikipedia.org/wiki/Villa_de_Livia
http://augusto-imperator.blogspot.com/2014/10/la-villa-de-livia-en-prima-porta.html
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/fascinante-villa-emperatriz-livia-prima-porta_6941/
https://elmundodelivia.wordpress.com/2018/11/17/la-villa-de-livia-en-prima-porta-i/
https://www.pinterest.es/pin/521362094338883334/


martes, 10 de marzo de 2020

CORPUS IURIS CIVILIS



El Corpus Iuris Civilis es una obra que vio la luz por primera vez entre los años 527 y 565, cuando Justiniano, en su afán de formalizar el ordenamiento jurídico del Imperio, llevó a cabo la mayor recopilación del derecho romano de la época...
En la actualidad, la mayoría de los Estados occidentales se precian de ser repúblicas democráticas con un sistema de derecho desarrollado, en el cual se tienen en cuenta las necesidades tanto del Estado, como de los ciudadanos que en él habitan. Sin embargo, a pesar de que este parece uno de los mayores logros de la modernidad, inspirada en la Revolución Francesa, sus orígenes se remontan mucho más atrás a la época de las antiguas Roma y Grecia.


"Corpus del Derecho Civil. Con las Pandectas corregidas de acuerdo con el Códice florentino. Y con las Instituciones, el Código y las Novellae, añadiendo el texto griego y de conformidad con las mejores ediciones. Anotado íntegramente por Dionisio Godofredo. Esta nueva edición se completó con los Edictos de Justiniano; las Novellae de León y de otros emperadores; los Cánones de los Apóstoles (en griego y en latín); los Libros sobre los feudos y las Leyes de las Doce Tablas y otros tratados relacionados con el Derecho. También se añadieron las Sentencias de Paulo, con notas escogidas de Jacques Cujas (latinizado Cujatius). A lo largo de todo el texto se incluyeron las observaciones de Antonio Anselmo sobre derecho civil, canónico, relacionadas cuando hay discrepancias con la práctica recibida. Finalmente se incorporan lecturas y anotaciones selectas de otros autores, debidas al cuidadoso trabajo de Simón van Leeuwen."


En el caso específico del derecho moderno, es necesario afirmar que este es un descendiente directo del derecho romano, puesto que su tradición se basa en el ordenamiento jurídico que regía a los ciudadanos de la antigua Roma, y posteriormente al Imperio Romano, y que llegó a nosotros gracias a la recopilación hecha por emperador Justiniano I del texto jurídico más importante de la época clásica, el Corpus Iuris Civilis.
El Corpus Iuris Civilis es una obra que vio la luz por primera vez entre los años 527 y 565, cuando Justiniano, en su afán de formalizar el ordenamiento jurídico del Imperio, llevó a cabo la mayor recopilación del derecho romano de la época. Esta acción fue el resultado de un proceso que venía desarrollándose desde el gobierno de Constantino , debido a que “la práctica (de los emperadores) llevó a un uso indiscriminado y generalizado de los rescriptos, (por lo que Constantino) afirmó que estos no podían contradecir el ius, el cual solo podía ser derogado por razones de equidad y en casos concretos por el emperador (CTh. I,2,2) asumiendo en forma exclusiva la atribución de examinar la interpretación interpuesta entre la equidad y el derecho” En otras palabras, el emperador Constantino dio el primer paso para declarar la superioridad del derecho sobre la casuística jurídica, lo cual llevó a que los juristas romanos se vieran obligados a acudir permanentemente a los edicta o leges generales, es decir a las normas de contenido general y abstracto dictadas por el emperador, para dirimir cuestiones jurídicas. 


Constantino


Este proceso fue llevado aún más lejos por los emperadores Valentiniano III y Teodosio II, quienes afirmaron que no todas las disposiciones imperiales tenían la misma importancia “toda vez que los rescripta y los decreta no debían considerarse derecho general (iura generalia) sino aplicables al asunto que resolvían, teniendo valor general solo los edictos o leges generales, rótulo que también cobijó a las orationes dirigidas al senado”En este sentido, cada vez más se iba formalizando lo que era y lo que no era derecho, dando al ordenamiento jurídico del Imperio mayor estabilidad. Sin embargo, este proceso no se vio culminado sino hasta la época de Justiniano y la recopilación del Corpus Iuris Civilis, formado por cinco recopilaciones: el Codex, el Digesto, las Institutas, el Codex Iustinianeus y las Novelas.
Luego de iniciar su mandato, Justiniano ordenó a los juristas Juan de Capadocia, Teófilo y Triboniano, entre otros, a elaborar un nuevo código (Codex) que recopilase toda la legislación imperial de la que se habló anteriormente, teniendo como fundamento los códigos Gregoriano, Hermogeniano y Teodosiano, así como las normas posteriores, modificándolas y adaptándolas a la legislación de la época de Justiniano.
Al publicarse esta obra, el emperador decretó que sería un crimen no basarse en la misma para dirimir cuestiones judiciales, bajo el cargo de falsedad del uso judicial, afirmando lo siguiente: “sepan absolutamente todos los jueces, que están bajo nuestra jurisdicción, que es ley no solo para la causa que fue proferida, sin además, para todas las análogas o, ¿quien parecerá que es idóneo para resolver los enigmas de las leyes, y para aclararlos a todos, sino aquel a quién únicamente está permitido ser legislador?


Mosaico del emperador Justiniano.

Tras la publicación del Codex, la comisión de juristas de Justiniano tuvo como encargo hacer una recopilación de la jurisprudencia dada por grandes jurisconsultos romanos, dándoles carácter de ius generalis, es decir, que tenían el mismo peso que las disposiciones del emperador“cómo si sus opiniones proviniesen de de las constituciones imperiales y hubiesen sido pronunciadas por nuestra sagrada boca” De esta manera, se retomaron las opiniones de autores como Quinto Murcio Escévola, Aelio Galo, Ulpiano y Próculo entre otros, cuidándose de evitar contradicciones entre estas, surgiendo lo que hoy se conoce como el Digesto.
La existencia de estas dos grandes recopilaciones del derecho hizo necesaria la creación de un manual para el estudio de las mismas, motivo por el cual Justiniano encargó a Triboniano, Teófilo y Doroteo “elaborar un texto para uso escolar de primer año, que a semejanza del gayano fue llamado Instituciones (Institutas) y dividido en 4 libros” y al cual el emperador le otorgó el carácter de fuente del derecho.
Hasta ese momento, Justiniano había logrado oficializar y unificar todo el derecho romano de la época tardía, sin embargo, disposiciones imperiales más antiguas aún seguían siendo interpretadas libremente por los juristas romanos, motivo por el cual en el 534 d.C. el emperador promulga una nueva edición del Codex, que pasaría a conocerse como el Codex Iustinianeus y que contenía todas las constituciones imperiales, desde Adriano hasta Justiniano, en 12 libros. Este código “iniciaba regulando la actividad religiosa; continuaba con el procedimiento; los contratos; la familia; la situación jurídica de los esclavos y las herencias; bienes, procedimientos y pruebas ; los interdictos, garantías y aspectos vinculados al ejercicio de la potestad paterna ; derecho criminal; y aspectos tributarios, administrativos y, en general, aspectos del derecho público Si se observa detenidamente el contenido de este código, se puede observar que no difiere mucho de los códigos modernos, aspecto que trataremos más adelante.
Emperador Teodosio I “El Grande” según un grabado de 1836 

El último elemento que compone este Corpus Iuris Civilis son las Novelas, que consisten en las nuevas disposiciones hechas por Justiniano en materia jurídica y que versan de temas tan variados como disposiciones eclesiásticas y administrativas, hasta temas hereditarios, patrimoniales y penales, quedando así completo el compendio del derecho romano.
Como se ha podido ver, gracias a las recopilaciones hechas por Justiniano y a sus posteriores reproducciones medievales el derecho romano ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, ¿a qué se debe la afirmación de que este es el padre del derecho moderno? A continuación se presentarán algunos ejemplos que pretenden ilustrar este punto.
El primer elemento que analizaremos es el concepto de “ciudadanía”. Ciudadanía es una palabra que viene del vocablo “ciudad” cuya raíz es el latín civitas que hacía referencia en a la ciudad de Roma. En este sentido, la ciudadanía hace referencia a la pertenencia a una ciudad, el vínculo político con la misma y los derechos que este conlleva. De esta forma, así como la palabra tiene su raíz en la antigua Roma, la figura jurídica también. En Roma no todos los individuos habitantes de la ciudad eran ciudadanos, es decir, no contaban con el status civitatis. Este status civitatis traía consigo una serie de derechos que solo los ciudadanos romanos podían ejercer: el ius suffragii o derecho al voto, el ius comercii o derecho a hacer negocios y el ius conubii o derecho a matrimonio. Así mismo, solo los ciudadanos romanos tenían derechos políticos. En la actualidad las leyes de numerosos Estados occidentales tienen vestigios de esta tradición. Por ejemplo la constitución colombiana en su artículo 100 dice: “Los derechos políticos se reservan a los nacionales (ciudadanos), pero la ley podrá conceder a los extranjeros residentes en Colombia el derecho al voto en las elecciones y consultas populares de carácter municipal o distrital, es decir, que solo los ciudadanos pueden votar o acceder a cargos públicos, al igual que en la antigua Roma.



Dedicatoria de Simón van Leeuwen a los caballeros de Holanda y de la Frisia Oriental, que están en proceso de sacudir el yugo de la corona española, en el Corpus

Iuris Civilis

Los derechos políticos y la ciudadanía no son el único ejemplo de este punto. Otro caso similar se da en los temas de bienes, como en la usucapión. La usucapión, que se aplica en el derecho actual de la misma forma que se aplicaba en el derecho romano, implica que un sujeto tiene derecho sobre una cosa si ha ejercido el derecho de uso sobre ella por un tiempo determinado, “entendido el usus como posesión o señorío sobre una cosa sin violencia, clandestinidad ni en modo precario.Así como los jurisconsultos romanos otorgaban propiedad (potestas) sobre un bien a un ciudadano que cumpliese los requisitos antes mencionados, así mismo lo hace la ley colombiana 791 de 2002 refiriéndose a la usucapión o prescripción adquisitiva: “Artículo 2532. El lapso de tiempo necesario para adquirir por esta especie de prescripción, es de diez  años contra toda persona y no se suspende a favor de las enumerados en el artículo 2530″, es decir, que si una persona ejerce derecho de uso sobre una propiedad por más de 10 años, esta pasa a ser de su propiedad, tal como en la época romana.
El Archivo Histórico del Rosario cuenta con numerosas versiones antiguas del Corpus Iuris Civilis que se utilizaron a través de la historia de la Universidad para dictar la asignatura de “Derecho Romano”
Existen innumerables ejemplos como los anteriores, como es el caso de la acción de tutela, el concepto de “Constitución” y los contratos matrimoniales, que no explicaremos aquí por falta de espacio, pero que el lector puede indagar con mayor profundidad. Dada la importancia del derecho romano en el ordenamiento jurídico actual, la enseñanza del mismo es una de las partes vitales en la formación de todo abogado, y la Universidad de Rosario no es la excepción.

El Archivo Histórico del Rosario cuenta con numerosas versiones antiguas del Corpus Iuris Civilis que se utilizaron a través de la historia de la Universidad para dictar la asignatura de “Derecho Romano”. Sin embargo, existe una edición de 1663 que vale la pena resaltar por su calidad de impresión y por la importancia de sus editores. Este texto cuyo título completo en latín es: Corpus Iuris civilis. Pandectis ad florentinum archetypum expressis, Institutionibus, Codice et Novellis, addito textu græco, ut et in Digestis et Codice, legibus et constitutionibus græcis, cum optimis quibusque editionibus collatis; cum notis integris (…) Dionysii Gothofredi, JC. Præter Justiniani Edicta, Leonis et aliorum imperatorum novellas ac Canones Apostolorum, græcè & latinè, Feudorum libros, Leges XII tabul. et alios ad jus pertinentes tractatus. huic editioni novè accesserunt Pauli receptæ Sententiæ cum selectis notis J. Cujacii et sparsim ad universum Corpus Antonii Anselmo (…) observationes singulares, remissiones & notæ juris civilis, canonici, & novissimi ac in praxi recepti differentiam continentes. Denique lectiones variæ et notae selectae  aliorum opera & studio Simonis van Leeuwen, es una edición que cuenta con una encuadernación rígida de primera calidad (a la romana): cartón duro forrado en pergamino fino blanco con un ligero deterioro en las esquinas y en la unión con el lomo. Lomo con repujados decorativos; nervaduras sobre costuras y un tejuelo de piel, para el título de la obra, en dorado. Las tapas tienen repujados sencillos en los bordes, en forma de marco y un repujado muy especial en el centro de ambas tapas, donde se muestra una mujer con un ancla, rodeada de emblemas de la abundancia (cornucopias). (Se tiene información de que la encuadernación de este libro estuvo sometida a trabajos de restauración)


Repujado que representa una mujer con un ancla, rodeada de emblemas de la abundancia (cornucopias)

Antes de la portada, hay un grabado espectacular, de una página entera: en la parte superior de una composición de arquitectura clásica, la figura que representa a la justicia; ésta se apoya en un medallón con la efigie del Emperador Justiniano. Rodeada por otras dos figuras femeninas (¿alegorías del trabajo y de la sabiduría?), y una cartela con algunos datos sobre la obra. En la parte inferior, se encuentran los emblemas de la abundancia, junto con el casco alado y el caduceo de Mercurio y vuelve a aparecer el ancla. El grabado está firmado: “Lo grabó C. van Dalen”. Datos que aluden al famoso grabador holandés Cornelis van Dalen (1638-1664), considerado uno de los representantes de la edad de oro del grabado holandés.



                                                 Grabado previo a la portada de esta edición.

La portada es sencilla, impresa en negro, con tipos de diverso tamaño. Cuenta con un grabado sencillo que representa una puesta de sol (¿o un amanecer?), enmarcado por un elemento decorativo clásico, en cuyos bordes se lee, escrito en latín “Que todo lo demás se haga a un lado”. Así mismo, nos recuerda que este libro fue impreso como Privilegio Imperial de Leopoldo I (Viena, febrero 1662). Por otra parte, hay una dedicatoria de Simón van Leeuwen a los caballeros de Holanda y de la Frisia Oriental, que están en proceso de sacudir el yugo de la corona española.


Portada de la edición

Los textos jurídicos que van a ser comentados, están impecablemente impresos (caracteres romanos), en las dos columnas centrales, separadas por una línea vertical. Los comentarios y anotaciones respectivos, como era muy tradicional, están impresos con letra romana más pequeña, en columnas que enmarcan y rodean el texto que se comenta. Según los casos, texto impreso en cuatro, cinco o seis columnas, todo un alarde de composición e impresión, si se tiene en cuenta que es un período en el que cada página aún se componía a mano.
Sin embargo, lo que enmarca esta edición de una mayor importancia son sus editores-impresores Blaeu y Elzevier. Willem Blaeu pertenece a la familia a de los más importantes impresores de mapas de la época y fue un reconocido cartógrafo holandés, cuyos mapas conformaron el que hoy se conoce como el Atlas Maior, y son elementos ambicionados por los coleccionistas actuales. Por su parte, la estirpe de los Elzevier corresponde a los editores-impresores más importantes del momento en la parte de los Países Bajos que se separa (Holanda) de Flandes, por razones de religión. Estos editores se caracterizaron por la impresión de libros en formatos pequeños y de precios accesibles, lo cual les dio una gran popularidad en su época. Sin embargo, los Elzevir también se caracterizaron por impresiones fraudulentas, de libros con títulos que no correspondían al contenido o por plagio a obras de otros grandes impresores de la época. A pesar de esto, tan importante es el editor que en el tejuelo del lomo la obra se identifica por su título y por el nombre del editor; no por el del autor de los comentarios.

Tejuelo del lomo la obra se identifica por su título y por el nombre del editor; no por el del autor de los comentarios.
               
Aunque esta edición es la que se encuentra en mejor estado de conservación, no todas las ediciones de la Biblioteca Antigua corrieron con la misma suerte. De hecho, dado el amplio uso que se hacía de los Códigos, la mayoría de ejemplares se encuentran muy deteriorados aunque aún conservan características extraordinarias. Claro ejemplo de lo anterior es el ejemplar de 1595 titulado Corpus Iuris Civilis. Prudentum responsa caesarumque rescripta complectens. In quatuor tomos distributum. Adjectae sunt praeter accursii glossas clarissimorum iurisconsultum Goveani, Conani, Duarenii, Cuiacii et Hottomanni aliorumque eximiae observatione, el cual cuenta con una encuadernación en pergamino que se encuentra desencuadernada y presenta deterioro del pergamino en lomo y en las pastas. Así mismo la obra presenta deterioro en las primeras páginas, por lo que solo se conservan fragmentos recompuestos de la portada. 


Portada a dos tintas, muy deteriorada y con reparaciones precarias.

Sin embargo, lo que cabe resaltar verdaderamente de este ejemplar, es la impresión de gran calidad para la época, la cual fue realizada a dos tintas, rojo y negro, y en siete columnas. El texto por comentar se incluye en el centro y los comentarios se hacen en columnas que lo enmarcan, y a pesar del deterioro, el texto de la obra está completo. Así mismo, cabe resaltar que en la anteportada, se leen las siguientes marcas de propiedad: “El Doctor Don Joaquín Caycedo. Año de 1730″ ; “Doctor Don Miguel Rocha” ; “Del Real Mayor de Nuestra Señora del Rosario” y en los restos de la portada, vuelve a encontrarse la misma marca del Doctor Caycedo. Debido a estas carácterísticas esta edición es de gran valor, y su regular estado de conservación demuestra el gran uso que se le dió en su época.






EL EMPERADOR TRAJANO Y SU COLUMNA


Una larga historia de éxitos militares, y de gobierno que llevan a un hombre, en vida,   a las máximas alturas políticas y, a su muerte, a ser considerado un dios.
¿Cómo nombraríamos al hombre que llevó al más poderoso imperio que han conocido los siglos, a su mayor momento de gloria?
Al hombre que en vida fue nombrado "Primus Príncipe" (el primer príncipe) y, que al morir lo elevaron a la categoría de dios...Marco Ulpio Trajano.
Emperador romano nacido en Italica, provincia de Bética, el 18 de septiembre del año 53 d.C. y muerto en Selimonte, Cilicia, el 8 de agosto del 117 d.C. Fue el primero de los emperadores romanos nacido en una de las provincias del Imperio. Descendiente de una distinguida familia militar arraigada en el sur de Hispania, se crió como militar en los cuarteles a las órdenes de su padre, al cual sirvió durante diez años mientras aquel fue gobernador de Siria. En el año 89 d.C., durante el gobierno de Domiciano, Trajano alcanzó el cargo de pretor, momento en el que fue promovido como legado de la VII Legio Gemina establecida en Hispania. El mismo Domiciano envió al prometedor Trajano a la Germania superior para sofocar la revuelta protagonizada por su gobernador, Antonio Saturnino. Al llegar, la rebelión había sido de hecho controlada por el gobernador de la baja Germania, pero aquello no fue óbice para que se ganase el favor de Domiciano, que en el año 91 d.C. le nombró cónsul.
Tras el asesinato de Domiciano fue elegido para sucederle el anciano Nerva, que en octubre del año 97 d.C. adoptó y asoció al poder a Trajano, que por aquel entonces era gobernador de la baja Germania y gozaba de un excelente prestigio entre las tropas. En enero del año 98 d.C. Nerva muere repentinamente, momento en el que es sucedido por Trajano. Éste recibió del Senado el apelativo de "optimus principium", queriendo realzar con ello las cualidades de su gobierno y su aceptación tanto por las tropas como por el Senado. El gobierno de Trajano se caracterizó por la estabilidad, tranquilidad y continuidad respecto de la política de su antecesor Nerva. Del mismo modo, mantuvo buenas relaciones con el Senado, donde se debatían sus propuestas.


Aunque se mantuvo el respeto formal al Senado, la última palabra partía del emperador y de un reducido grupo de colaboradores, los "amici principi", elegidos personalmente por Trajano. En el terreno fiscal procuró bajar los impuestos, redujo el oro coronario y puso en explotación numerosas tierras del fisco imperial. En cuanto a la justicia, se preocupó por reducir al mínimo el tiempo de las detenciones preventivas y, tal y como hizo Nerva, emitió severas leyes que castigaban las falsas denuncias. Continuó la obra social de su antecesor con los "puerii alimentarii", instituciones encargadas de prestar ayuda estatal a los niños más necesitados; o los préstamos a bajo interés. Se mostró muy meticuloso con la administración imperial, donde proliferó el número de funcionarios, los "procuratores equestres", que relegaron en muchas competencias a los senadores. Adriano incluso llegó a mandar gobernadores especiales a aquellas provincias con mayores dificultades económicas. Uno de ellos fue su amigo Plinio el Joven, enviado a Bitinia y con el que mantuvo una intensa correspondencia sobre los asuntos de gobierno.
Adriano se dedicó a embellecer y mejorar la calidad de las ciudades mediante la construcción de numerosas obras públicas. Así fueron levantados el foro de Trajano, la basílica Ulpiana, la columna Trajana, el puente de Alcántara, bibliotecas, las termas del Esquilino, la vía Traiana de Benevento a Bríndisi, además de restaurar la vía Appia y ampliar el puerto de Ostia. Donde destacó principalmente el emperador Trajano fue en el aspecto militar. No sólo renovó el ejército romano con la creación de nuevas legiones como la II Traiana y la XXX Ulpia, así como una nueva guardia imperial "equites singulares", sino que extendió las fronteras territoriales del Imperio ayudado por sus principales generales. En el año 101 d.C. inició la conquista de Dacia en dos campañas sucesivas. En la primera, Trajano consiguió vencer al rey Decébalo en la batalla de Tapae y tomar su capital, Sarmizegethusa. Tras la victoria, la región fue repoblada por veteranos y convertida en una nueva provincia defensiva contra los nómadas del sur de la actual Rusia. En el año 105 Decébalo intentó librarse de la “alianza” con los romanos, pero tras ser vencido, se suicidó. El limes danubiano fue reorganizado y pasó a estar defendido por diez legiones. Trajano construyó, para facilitar la labor, las colonias de Ulpia Traiana (actual Xanten), Ulpia Noviomagnus (hoy Nimega) y dividió la Panonia en superior e inferior. La anexión en 105 d.C. del reino de Nabatea y su posterior conversión en la provincia de Africa, provocó que el rey parto Cosroes depusiera al rey de Armenia y declarara la guerra contra Roma. En 113-114, Trajano inició la expedición que le llevaría a anexionar el norte de Mesopotamia (115 d.C.) y conquistar las ciudades de Babilonia, Ctesifonte y Seleúcida, territorios con los que formó las provincias de Mesopotamia, Armenia y Asiria. Aquella serie de campañas que llevaron al emperador a los pies del Golfo Pérsico, tal y como su admirado Alejandro Magno, Trajano adoptó el sobrenombre de "Pártico". Una violenta y repentina sublevación judía en el año 117 d.C. hizo peligrar las recientes conquistas. Trajano se vio obligado a retirase precipitadamente a Roma, mientras que los ejércitos trataban de mantener las posiciones. Agotado por la edad, murió en el camino de regreso a Roma.

Entre las magnas obras que el emperador Trajano mandó construir fué un foro presidido por una columna de mármol de 38 metros de altura y decorada con 155 bajorrelieves para conmemorar sus victorias sobre la Dacia.
La guerra de Trajano contra los dacios fue el hito por antonomasia . De ella regresó con un botín fabuloso. Un cronista de la época se jactaba de que la conquista había reportado cerca de 250.000 kilos de oro y casi medio millón de kilos de plata, además de una fértil provincia nueva.
Tamaño botín de guerra cambió el paisaje de Roma. Para conmemorar la victoria, Trajano mandó construir un foro que incluía una amplia plaza columnada, dos bibliotecas, un enorme edificio público conocido como la basílica Ulpia y es posible que incluso un templo. El foro era "único en el mundo", escribía extasiado un historiador antiguo, con construcciones "indescrip­tibles e imposibles de repetir por otros mortales".
Imponente, se erguía por encima de todo una columna de piedra de 38 metros de altura, coronada por una estatua de bronce del conquistador. Ascendiendo en espiral en torno a ella se desplie­ga un relato de las campañas dacias: miles de romanos y dacios esculpidos con todo detalle marchan, construyen, luchan, navegan, se escabullen, negocian, suplican y perecen en 155 escenas. 


Es difícil distinguir los erosionados bajorrelieves más arriba de las primeras secuencias de la historia, se alza solitaria en medio de ruinas, pedestales vacíos, losas hendidas, pilares quebrados y esculturas fracturadas que permiten adivinar la magnificencia original del foro de Trajano, hoy vallado y cerrado al público, testimonio de pretéritas glorias imperiales.


Es una de las esculturas monumentales más distintivas que sobrevivieron a la caída de Roma. Durante siglos los clasicistas han visto en los bajorrelieves una historia visual de las guerras, con Trajano en el papel de héroe y Decébalo, rey de los dacios, como su digno adversario. Los arqueólogos han examinado las escenas para obtener información sobre los uniformes, las armas, los pertrechos y las tácticas del ejército romano.


La columna ejerció una enorme influencia, pues inspiró monumentos posteriores tanto en Roma como a lo largo y ancho del Imperio. Con el paso de los siglos, a medida que los monumentos emblemáticos de la ciudad se iban desmoronando, la columna continuó fascinando e impresionando. Un papa renacentista sustituyó la estatua de Trajano por una de san Pedro para santificar el monumento. Los artistas se descolgaban desde lo alto, dentro de cestos, para estudiar de cerca los bajorrelieves. Más adelante la columna se convirtió en un importante hito tu­­rístico; Goethe subió los 185 escalones interiores en 1787 para "disfrutar de unas vistas incompara­bles". En el siglo XVI empezaron a hacerse vaciados en yeso de las escenas, y gracias a esos moldes se conservan detalles que han sucumbido a la lluvia ácida y la contaminación.


La construcción, el significado y, sobre todo, la exactitud histórica de la columna continúan siendo objeto de debate. A veces se diría que hay tantas interpretaciones como figuras en los relieves, y hay 2.662 figuras.
Cuando se construyó, la columna se alzaba entre las dos bibliotecas, donde quizá se cus­todiase el relato sobre las campañas dacias escrito por el propio emperador-soldado. En la interpretación que hace Coarelli, los bajorrelieves se asemejan a un rollo, un formato más que probable del diario de guerra de Trajano. "El artista (y en aquella época los artistas no hacían lo que les viniera en gana) tuvo que actuar según los deseos de Trajano", apunta.
Trabajando bajo la supervisión de un maestro, prosigue Coarelli, los escultores siguieron un plan: crear una versión gigantesca del rollo de Trajano en 17 tambores de mármol de Carrara.
El emperador es el héroe de la narración. Aparece 58 veces, representado como comandante astuto, estadista consumado y soberano piadoso: arengando las tropas, en meditabunda consulta con sus consejeros, supervisando un sacrificio a los dioses… "Es el intento de Trajano de no quedarse en un mero hombre de armas y ser también un hombre de cultura", dice Coarelli.
Huelga decir que Coarelli está especulando. Fuera cual fuese su formato, las memorias de Trajano desaparecieron hace una eternidad. De hecho, ciertos detalles de la columna y varios hallazgos arqueológicos de Sarmizegetusa, la capital dacia, sugieren que los relieves hablan más de los afanes romanos que de su historia.




Jon Coulston, experto en iconografía, armas y equipo militar romanos de la universidad escocesa de Saint Andrews, dedicó meses al estudio de la columna desde el andamio levantado para su restauración en las décadas de 1980 y 1990. Su tesis doctoral versó sobre ella. Desde entonces ha seguido fascinado por la columna de Trajano… refutando interpretaciones ajenas con pertinacia. "La gente está empeñada en verla como el “telediario” de la época o como una película (dice). Y caen en sobreinterpretaciones, como siempre. Los relieves de la columna son genéricos, la obra de obreros ordinarios. No podemos creer ni una palabra de lo que vemos en ella".
Coulston sostiene que los relieves no sa­­lieron de una mente maestra. Ligeras diferencias de estilo y errores de bulto (ventanas en medio de una escena o desproporciones de altura) lo han convencido de que los escultores labraron la columna sobre la marcha, basándose en lo que habían oído sobre las guerras. "Por mucho que guste la idea a los historiadores del arte, no hubo un gran intelecto creativo al mando de la obra (dice). La composición la crean los canteros in situ a golpe de cincel, no se proyectó en un estudio".
En su opinión, se trata de una obra de arte "inspirada" y no "basada" en la historia de Trajano. Basta observar la temática de los relieves: relatan la historia de dos guerras, pero no se ven demasiados combates. Las batallas y los asedios no suponen ni la cuarta parte del friso, y en ningún momento aparece Trajano en plena lid.
Por el contrario, los legionarios (la altamente cualificada espina dorsal de la maquinaria de guerra romana) se dedican a construir fuertes, puentes, calzadas e incluso a cultivar la tierra. La columna los presenta como una fuerza de orden, civilizadora, no destructiva y conquistadora. Y se diría que también invencible, ya que no se ve ni un solo soldado romano muerto.


La columna subraya la vastedad del Imperio romano. Las huestes de Trajano incluyen jinetes africanos con rastas, iberos armados con hondas, arqueros del Levante mediterráneo con cascos aguzados y germanos con el torso desnudo, algo que debía de antojarse exótico a ojos de los romanos togados. Todos ellos hacen la guerra a los dacios, transmitiendo el mensaje de que cualquiera, por estrafalario que fuese su pei­nado o su atuendo, podía convertirse en romano. (El propio Trajano, hijo de padres romanos, nació en Hispania.)
Algunas escenas son ambiguas y de interpretación controvertida. ¿Alargan la mano los da­cios asediados para asir un cáliz con ponzoña y quitarse la vida antes que verse humillados a manos de sus conquistadores? ¿O simplemente tienen sed? Cuando los nobles dacios se congregan alrededor de Trajano en una escena tras otra, ¿están rindiéndose o negociando?
¿Y qué decir de la sobrecogedora estampa de unas mujeres torturando con teas encendidas a unos cautivos descamisados y atados? Expertos italianos interpretan que son romanos cautivos atormentados por mujeres bárbaras. Ernest Oberländer-Târnoveanu, director del Museo de Historia Nacional de Rumania, les lleva la contraria: «Sin la menor duda son prisioneros dacios torturados por las furibundas viudas de los soldados romanos caídos». Como en buena parte de la columna, cada cual ve una cosa en función de lo que opine sobre los romanos y los dacios.
Entre los políticos romanos, "dacio" era sinónimo de "doblez". El historiador Tácito habló de los dacios como de "un pueblo que nunca es de fiar". Eran famosos por sus extorsiones: cobraban del Imperio en concepto de protección al tiempo que sus guerreros saqueaban las ciudades fronterizas. 
Las campañas fueron terribles, muy violentas (afirma Roberto Meneghini, el arqueólogo italiano al frente de las excavaciones del foro de Trajano). "Fíjese en los romanos que combaten con una cabeza decapitada entre los dientes". La guerra es la guerra. Las legiones romanas eran conocidas por su violencia y ferocidad.
Una vez derrotados, los dacios se convirtieron en un tema favorito de los escultores romanos. El foro de Trajano alberga decenas de estatuas de gallardos y barbudos guerreros dacios, un orgulloso ejército de mármol en el corazón de Roma.
El mensaje parece ir dirigido a los romanos, no a los dacios supervivientes, la mayoría de los cuales fueron vendidos como esclavos. "Los da­cios que quedaron no habrían podido admirar la columna (dice Meneghini). Se erigió pensando en la ciudadanía romana, para hacer exhibición del poder de la maquinaria imperial, capaz de conquistar un pueblo tan noble y aguerrido."


Bien puede ser que la columna de Trajano sea pura propaganda, pero los arqueólogos identifican en ella un componente de verdad. Las excavaciones de yacimientos dacios, entre ellos Sarmizegetusa, no dejan de revelar vestigios de una civilización mucho más sofisticada de lo que podría sugerir el término "bárbaro", la despectiva calificación que les dedicaban los romanos.
Los dacios carecían de escritura, de modo que todo cuanto sabemos de ellos pasa por el filtro de las fuentes romanas. Hay sobradas pruebas de que durante siglos constituyeron toda una potencia regional que saqueaba y gravaba a sus vecinos. Eran hábiles metalúrgicos que extraían y fundían hierro y lavaban oro, y con ambos metales creaban ornamentadas joyas y armas.
Sarmizegetusa era la capital política y espiritual dacia. Sus ruinas yacen en los montes de la Rumania central. En tiempos de Trajano los 1.600 kilómetros que la separaban de Roma se traducían en un mes de viaje como mínimo. 


Desde hace algunos años Gelu Florea, arqueólogo de la Universidad de Babeș-Bolyai en Cluj-Napoca, pasa el verano excavando en el yacimiento. Las ruinas desenterradas, junto con piezas saqueadas y posteriormente recobradas, hablan de un animado centro manufacturero y ritual. Florea y su equipo han hallado pruebas de que a Sarmizegetusa habían llegado la tecnología militar romana y la arquitectura e influencias artísticas griegas. Con ayuda de imágenes aéreas, han identificado más de 260 bancales artificiales que se extienden casi cinco kilómetros valle abajo. El asentamiento entero ocupaba más de 280 hectáreas. "Es asombroso comprobar lo cosmopolitas que eran en las montañas (dice Florea). Es el asentamiento más grande, más representativo y más complejo de la Dacia".
No hay indicios de que los dacios cultivasen a esa altitud. No hay terrenos agrícolas. En lugar de eso, los arqueólogos han localizado restos de talleres y viviendas, además de hornos para el refinado de mena de hierro, toneladas de torchos listos para la fragua y decenas de yunques. Da la impresión de que la ciudad era un centro metalúrgico que suministraba al resto de los dacios armas y herramientas a cambio de oro y grano.
La caída de Sarmizegetusa concluyó con la destrucción de los templos sagrados. "Los romanos lo desmantelaron todo (dice Florea). En la fortaleza no quedó un edificio en pie. Fue una demostración de poder." El resto de la Dacia también quedó devastado. Cerca del ápice de la columna se vislumbra el desenlace: una aldea arrasada por las llamas, dacios huyendo, una provincia en la que solo quedan vacas y cabras.
Necesariamente las dos guerras tuvieron que saldarse con decenas de miles de muertos. Un contemporáneo dejó escrito que Trajano hizo 500.000 prisioneros, 10.000 de los cuales transportó a Roma para que combatiesen en los juegos de gladiadores que durante 123 jornadas celebraron la victoria.
El orgulloso rey de la Dacia no quiso verse humillado y rendido. Su final está esculpido en la columna de su archienemigo. Arrodillado al pie de un roble, se traspasa el cuello con un cu­chillo largo y curvo. "Ocupada su capital y todo su territorio, en peligro de caer cautivo, Decébalo se quitó la vida; su cabeza fue llevada a Roma (escribió el historiador romano Dion Casio un siglo más tarde). De este modo la Dacia quedó bajo dominio romano."