jueves, 18 de agosto de 2016

NESTORIO EL HERESIARCA Y EL NESTORIANISMO





Nestorio, que dio su nombre a la herejía nestoriana, nació en Germanicia en Siria Eufratense y murió en la Tebaida, Egipto cerca del año 451. Vivía como sacerdote y monje en el monasterio de Euprepio cerca de las murallas, cuando fue elegido por el emperador Teodosio II como patriarca de Constantinopla, para suceder a Sisinio. Era famoso por su elocuencia, y la popularidad de la memoria de San Juan Crisóstomo entre la gente de la ciudad imperial pudo haber influido para que el emperador eligiera a otro sacerdote de Antioquía como obispo de la corte. Fue consagrado en abril de 428 y parece que dejó una excelente impresión.
No perdió tiempo en mostrar su celo contra los herejes. A los pocos días de su consagración mandó a derrumbar una capilla arriana, y persuadió a Teodosio que emitiera un severo edicto contra la herejía al mes siguiente. Confiscó las iglesias macedonias en el Helesponto, y tomó medidas contra los cuartodecimanos (N. del T.: los que celebraban la Pascua en la luna de marzo, aunque no cayese domingo) que quedaban en Asia Menor. También atacó a los novacianos a pesar de la buena reputación de su obispo. Sin embargo, no expulsó a los refugiados pelagianos de Occidente, por no estar bien informado de su condena diez años antes. Le escribió dos veces al Papa Celestino pidiendo información sobre el tema. No recibió contestación, pero Mario Mercator, un discípulo de San Agustín, publicó una memoria sobre el asunto en Constantinopla, y la presentó al emperador, que debidamente proscribió a los herejes. 

A finales de 428 o a más tardar a principios de 429, Nestorio predicó el primero de sus famosos sermones contra la palabra Theotokos, y detalló su doctrina antioquena sobre la Encarnación. El primero en levantar la voz contra él fue Eusebio, un laico, después obispo de Dorileo y acusador de Eutiques. Dos sacerdotes de la ciudad, Felipe y Proclo ambos candidatos fracasados al patriarcado, predicaban contra Nestorio. Felipe, conocido como Sidetes, por Sides, su lugar de nacimiento, autor de una historia larga y discursiva, hoy perdida, acusó al patriarca de herejía. Proclo (que le sucedería más tarde en la candidatura) predicó un florido pero perfectamente ortodoxo sermón, existente, al que Nestorio respondió en un discurso improvisado que también se conserva.
Todo esto causó, naturalmente, gran conmoción en Constantinopla, sobre todo entre el clero, que no estaba bien dispuesto hacia los forasteros de Antioquía. San Celestino condenó inmediatamente la doctrina. Nestorio había acordado con el emperador en 430 la reunión de un concilio. Ahora intentó acelerarlo y se emitieron las convocatorias a los patriarcas y metropolitanos, antes de que la sentencia del Papa, entregada a través de San Cirilo de Alejandría, se hubiera comunicado a Nestorio . Nestorio fue condenado y el emperador, tras mucho retraso y vacilación, la ratificó y fue confirmada por Sixto III.
La suerte de Nestorio era una muy ardua. Había sido entregado por el Papa a la misericordia de su rival Cirilo; se le había conminado a aceptar antes de diez días, bajo pena de deposición, no una definición papal, sino una serie de anatemas redactados en Alejandría bajo la influencia de falsificaciones de apolinaristas. No todo el concilio le había condenado, sino sólo una parte, que no había esperado a la llegada de los obispos de Antioquía. Él se había negado a reconocer la jurisdicción de este número incompleto y había rehusado a comparecer o presentar alguna defensa. No fue expulsado de su sede porque el débil emperador cambió de idea.
Pero Nestorio era orgulloso: no dio muestras de ceder o ponerse de acuerdo, no presentó ningún recurso de apelación a Roma. Se retiró a su monasterio de Antioquía con dignidad y aparente sensación de alivio. Sus amigos; Juan de Antioquía y sus partidarios, le abandonaron y por el deseo del emperador, a principio de 433 hizo las paces con Cirilo y después con Teodoreto. Los obispos sospechosos de apoyarle fueron depuestos y un edicto de Teodosio II, del 30 de julio de 435, condenó sus escritos a la hoguera. Unos años después, Nestorio fue obligado a dejar su retiro y fue exiliado al Oasis. Una vez en una incursión de los nubios (no los blemis) se lo llevaron y lo devolvieron a la Tebaida con una mano y una costilla fracturadas. Se entregó al gobernador para que no se le acusara de haber huido.
El descubrimiento de la versión siríaca de la (perdida) apología griega por Nestorio, escrita por él mismo, ha despertado nuevo interés sobre el asunto de su ortodoxia personal. El (mutilado) manuscrito, de una antigüedad de casi 800 años, conocido como el “Bazar de Héraclides” y reeditado como “Liber Heraclidas” por el P. Bedjan (Paris, 1910), revelan el persistente odio vinculado al nombre de Nestorio, que al final de su vida tuvo que sustituir por un pseudónimo. En esa obra proclama que su fe es la del famoso “Tomo”, o Carta de León Magno a San Flaviano y excusa su fallo de no apelar a Roma, por el prejuicio general del que fue víctima. Debemos citar aquí un bello pasaje en el “Bazar” sobre el Sacrificio Eucarístico que dice así: “Hay algo incorrecto en ti que quiero poner ante ti en una pocas palabras, para inducirte a corregirlo, porque eres rápido en ver lo que es apropiado. ¿Cuál es esta falta? Actualmente los misterios se presentan ante los fieles como la comida concedida por el rey a su soldados. Pero el ejército de los creyentes no se ve por ninguna parte, sino que el viento de la indiferencia los barre como paja junto con los catecúmenos. Y Cristo es crucificado en el símbolo [kata ton tupon], sacrificado por la espada de la oración del sacerdote; pero igual que cuando estaba en la Cruz, ve que sus discípulos han huido. Terrible es esta falta---una traición a Cristo cundo no hay persecución, una deserción de los discípulos que abandonan al maestro cuando no hay guerra.
Los escritos de Nestorio fueron originalmente muy numerosos. Como se dijo arriba, el “Bazar” se publicó en París en 1910 en la única traducción en que sobrevivió: la siríaca. Loofs examinó minuciosamente, juntó y editó el resto de los fragmentos de Nestorio. Sus sermones muestran una elocuencia real, pero queda muy poco del original griego. Las traducciones latinas de Mario Mercator son muy pobres de estilo y el texto está mal conservado. Batiffol ha atribuido a Nestorio muchos sermones que nos han llegado bajo el nombre de otros autores; tres de San Atanasio, dos de San Hipólito, tres de Anfiloquio de Iconio, treinta y ocho de Basilio de Seleucia, siete de San Juan Crisóstomo; pero Loofs y Baker no aceptan esa atribución. Mercati ha señalado cuatro fragmentos en un escrito de Inocencio, obispo de Maronia (ed. Amelli in "Spicil. Cassin.", I, 1887), y fragmentos armenios que han sido publicados por Ludtke.


LA HEREJIA
Nestorio era discípulo de la escuela de Antioquía y su cristología era esencialmente la de Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia, ambos obispos de Cilicia y grandes oponentes al arrianismo. Ambos murieron en la Iglesia Católica. Diodoro era un hombre santo muy venerado por San Juan Crisóstomo. Sin embargo, el Segundo Concilio general de 553 condenó a Teodoro tanto en persona como en sus escritos. En oposición a muchos arrianos, que enseñaban que en la Encarnación, el Hijo de Dios asumió un cuerpo humano en el que su Naturaleza Divina tomó el lugar del alma, y a los seguidores de Apolinar de Laodicea, que sostenían que la Naturaleza Divina proporcionaba las funciones del alma intelectual o superior, los antioquenos insistían en que el Verbo asumió la plenitud de la humanidad. Desafortunadamente representaban esta naturaleza humana como un hombre completo, y representaban la Encarnación como la asunción de un hombre por el Verbo.
La misma forma de hablar era bastante común entre los escritores latinos (assumere hominem, homo assumptus) y lo usaban en un sentido ortodoxo. Aún cantamos en el Te Deum: "Tu ad liberandum suscepturus hominem", donde debemos entender "ad liberandum hominem, humanam naturam suscepisti". Pero los escritores antioquenos no querían decir que el “hombre asumido” (ho lephtheis anthropos) fuera elevado a una hipóstasis con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Ellos preferían hablar de synapheia, “reunión”, en vez de enosis, "unificación” y decían que las dos eran una persona en dignidad y poder, y deben ser adoradas juntas. La palabra persona en su forma griega prosopon puede significar una unidad jurídica o ficticia; no implica necesariamente lo que la palabra persona significa para nosotros, es decir, la unidad de la conciencia y todas las actividades internas y externas del sujeto. De aquí que no nos sorprenda encontrar que Diodoro admitía dos Hijos, y que Teodoro prácticamente hacía dos Cristos y aún así no se puede probar que hayan hecho dos sujetos en Cristo. Dos cosas son ciertas: primera, que, creyeran o no en la unidad del sujeto en el Verbo Encarnado, por lo menos explicaban esa unidad erróneamente; en segundo lugar, que utilizaron el lenguaje más desafortunado y engañoso cuando hablaron de la unión de la humanidad con la Divinidad---lenguaje que es objetivamente herético aunque la intención de los autores fuera buena.
Nestorio, como Teodoro, insistió repetidamente en que no admitía dos Cristos o dos Hijos y con frecuencia afirmaba la unidad de la prosopon. Al llegar a Constantinopla llegó a la conclusión de que la teología muy diferente en boga allí era una forma de arrianismo o error apolinarista. No se equivocó completamente en esto, como probó el brote de eutiquianismo veinte años después. En los primeros meses de su pontificado el pelagiano Julián de Eclana y otros obispos expulsados de su partido le imploraron que reconociera su ortodoxia y obtuviera su reinstalación. Escribió al menos tres cartas al Papa San Celestino I para averiguar si estos expulsados habían sido debidamente condenados o no, pero no recibió contestación (como se ha repetido frecuentemente), no porque el Papa se imaginara que él no respetaba la condenación de los pelagianos hechas por el Papa y por el emperador de Occidente, sino porque añadía en sus cartas, que se han conservado, denuncias de los supuestos arrianos y apolinaristas de Constantinopla y al hacerlo daban señales claras de los errores antioquenos que pronto se conocerían como nestorianos. En concreto, denunciaba a aquellos que empleaban la palabra Theotokos, aunque estaba listo para admitirla en cierto sentido: "Ferri tamen potest hoc vocabulum proper ipsum considerationem, quod solum nominetur de virgine hoc verbum hoc propter inseparable templum Dei Verbi ex ipsa, non quia mater sit Dei Verbi; nemo enim antiquiorem se parit." Tal admisión es peor que inútil, porque implica el completo error de que la Santísima Virgen no es la madre de la Segunda Persona de la Trinidad. Por lo tanto, es desafortunado que Loofs y otros que defienden a Nestorio apelen a la frecuencia con que repetía que aceptaría Theotokos sólo si se entendía apropiadamente. En la misma carta habla correctamente de “dos Naturalezas que son adoradas en la única Persona del Unigénito por una unión perfecta y clara”; pero esto no podía paliar su error de que la Virgen es madre de una naturaleza, no de la persona (un hijo es necesariamente una persona, no una naturaleza) ni la falacia: “Nadie puede dar a luz a un hijo mayor que uno mismo”.
El diácono León, quien como Papa definiría toda la doctrina veinte años después, dio esas cartas a Juan Casiano de Marsella, que inmediatamente escribió contra Nestorio sus siete libros, "De incarnatione Christi". Antes de completar su obra, había conseguido varios sermones de Nestorio, de los que cita en los libros. Él malinterpreta y exagera las enseñanzas de su oponente, pero su tratado es importante porque estereotipó para siempre la doctrina que Occidente aceptaría como nestorianismo. Después de explicar que la nueva herejía era una renovación del pelagianismo y del ebionismo. Casiano representa al patriarca de Constantinopla como enseñando que Cristo es meramente un hombre (homo solitarius) que mereció unirse a la Divinidad como premio a su Pasión. Casiano mismo expresa claramente tanto la unidad de persona y la distinción de las dos naturalezas, aunque la fórmula “dos naturalezas y una persona” no la enuncia él tan claramente como el mismo Nestorio y la discusión carece de distinciones y definiciones exactas.
Mientras tanto, Nestorio era atacado por su propio clero y simultáneamente por San Cirilo, patriarca de Alejandría, que fue el primero en denunciarle, aunque sin dar su nombre, en una epístola a todos los monjes de Egipto, entonces le reconvino personalmente por carta y, finalmente, apeló al Papa. Loofs opina que Nestorio nunca se hubiera alterado a no ser por San Cirilo, pero no hay razón para relacionar a San Cirilo con la oposición al heresiarca en Constantinopla y Roma. Sus rivales Felipe de Side, Proclo y el laico Eusebio (después obispo de Dorileo), así como el romano León, parecen haber actuado sin ningún impulso de Alejandría. Se podía esperar que el Papa Celestino especificara ciertas herejías de Nestorio y que las condenara o que emitiera una definición de la fe tradicional que estaba arriesgando; desafortunadamente, no hizo nada de eso. San Cirilo había enviado a Roma las cartas entre él y Nestorio, una colección de los sermones del patriarca y una obra propia que había recién compuesto, en cinco libros "Contra Nestorium". El Papa las mandó a traducir al latín y entonces, tras reunir el acostumbrado concilio, se contentó con hacer una condena general de Nestorio y una aprobación general de la conducta de San Cirilo, mientras que entregaba la ejecución de este vago decreto a Cirilo, quien, como patriarca de Alejandría, eral el enemigo hereditario de la enemistad de los teólogos antioquenos y del obispo de Constantinopla.
Se le requirió a Nestorio que se retractara dentro de diez días. La sentencia era tan rigurosa como se puede imaginar. El mismo San Cirilo se sintió obligado a redactar una fórmula de retractación. Con la ayuda de un concilio egipcio formuló un conjunto de doce anatemas que simplemente epitoman los errores que ya había señalado en sus cinco libros "Contra Nestorio", pues el Papa parecía haber concordado con la doctrina de su obra. Es muy importante hacer notar que hasta este momento San Cirilo no había basado su caso sobre documentos apolinaristas y no había adoptado la formula apolinarista mia physis sesarkomene del Pseudo-Anastasio. No enseña en tantas palabras “dos naturalezas después de la unión”, pero su obra contra Nestorio, con la profundidad y precisión de San León, es una admirable exposición de la doctrina católica, digna de un Doctor de la Iglesia, que sobrepasa ampliamente el tratado de Casiano. Los doce anatemas no son tan afortunados, ya que San Cirilo era un escritor algo difuso y su solitario intento de brevedad hay que leerlo en conexión con la obra que resume.
Andrés de Samosata y el gran Teodoreto de Ciro atacaron inmediatamente los anatemas, a nombre de Juan, patriarca de Antioquía y en defensa de la escuela antioquena. El primero escribió en Antioquía; sus objeciones fueron adoptadas por un sínodo que tuvo lugar allí y fueron enviadas a San Cirilo como la postura oficial de todos los obispos orientales. San Cirilo preparó contestaciones por separado a estos dos antagonistas, y trató a Andrés con más respeto que a Teodoreto, con quien se mostró desdeñoso y sarcástico. Teodoreto era sin duda el mejor de toda la escuela de Alejandría en talento y sabiduría, pero en este momento no era rival para él como teólogo. Tanto Andrés como Teodoreto se mostraron capciosos e injustos; en el mejor de los casos prueban a veces que las palabras de San Cirilo eran ambiguas e inapropiadas.
Ellos sostenían la objetable fraseología antioquena, respetaban la unión hipostática (enosis kath hypostasin) así como la physike enosis tan heterodoxa como sin base bíblica. Esta última expresión es ciertamente inadecuada y puede confundir. Cirilo tuvo que explicar que no estaba resumiendo o definiendo la fe sobre la Encarnación, sino simplemente juntando los principales errores de Nestorio usando las propias palabras del hereje. En sus libros contra Nestorio ocasionalmente lo había tergiversado, pero en los doce anatemas hizo un retrato fiel de la postura de Nestorio, pues de hecho Nestorio no negó como propias las proposiciones, ni Andrés de Samosata ni Teodoreto negaron favorecerlas. Los anatemas fueron ciertamente aprobados en general por el Concilio de Éfeso, aunque la Iglesia nunca los adoptó formalmente. Nestorio por su parte respondió con un conjunto de doce contra-anatemas. Algunos iban dirigidos contra los enseñanzas de San Cirilo, otros atacan errores que San Cirilo ni siquiera soñó enseñarlos, por ejemplo que a través de la unión la Naturaleza Humana de Cristo se convirtió en no-creada y sin principio, una conclusión bastante tonta que después se asignó a la secta del monofisismo llamada Actistetae. En conjunto el nuevo programa de Nestorio enfatizaba su antigua postura, como también hicieron los violentos sermones que predicó contra San Cirilo.

No tenemos dificultad en definir la doctrina de Nestorio hasta donde a palabras se refiere: María no dio a luz a Dios como tal (verdad) ni al Verbo de Dios (falso), sino al órgano, el templo del Dios Padre. El hombre Jesucristo es el templo “la púrpura animada del rey”, como dice en un elocuente pasaje. El Dios Encarnado ni sufrió ni murió, sino que levantó de entre los muertos a Aquel en quien se había encarnado. El Verbo y el Hombre han de ser adorados juntos, y añade: dia ton phorounta ton phoroumenon sebo (A través de Aquel que lleva adoro al que es llevado). Si San Pablo habla del Señor de la Gloria crucificado, quiere decir el hombre por “el Dios de la Gloria”. Hay dos naturalezas, dice, y una persona; pero de las dos naturalezas se habla regularmente como si fueran dos personas y las palabras de la Escritura sobre Cristo deben ser adjudicadas unas al hombre, otras al Verbo. Si se llama a María Madre de Dios, sería endiosarla y los gentiles se escandalizarían.
Esto es todo malo en lo que a palabras se refiere. Pero ¿no quiso Nestorio decir algo mejor que lo que expresaron sus palabras? No todos los obispos orientales eran no creyentes en la unidad de sujeto en el Cristo Encarnado y de hecho San Cirilo hizo las paces con ellos en 433. Uno puede señalar que Nestorio enfáticamente declaró que hay un Cristo y un Hijo, y San Cirilo mismo preservó para nosotros algunos pasajes de sus sermones que el santo admite como perfectamente ortodoxos y, por lo tanto, completamente inconsistentes con el resto. Por ejemplo: “¡Grande es el misterio de los dones! Pues este infante visible, que parece tan joven, que necesita pañales para su Cuerpo, que en la sustancia que vemos es recién nacido, es el Hijo Eterno, como está escrito, El Hijo que es el Hacedor de todo, el Hijo que junta en los ropajes de su poder toda la creación que de otra manera se disolvería en la nada”. Y en otra ocasión: “Hasta el Niño es el Dios Todopoderoso, y así, oh, Arrio, es Dios Verbo de ser sujeto de Dios”. Y: “Reconocemos la humanidad del Niño y su Divinidad; la unidad de su filiación la guardamos en la naturaleza de la humanidad y divinidad.”
Probablemente sólo hubiera sido justo para Nestorio admitir que intentó completamente salvaguardar la unidad de sujeto en Cristo; pero dio explicaciones equivocadas respecto a la unidad y sus enseñanzas llevaron lógicamente a dos Cristos, aunque él no admitiría este hecho. No sólo sus palabras son inductoras al error, sino también la doctrina subyacente en ellas, y tienden a destruir el significado completo de la Encarnación. Es imposible negar que tanto las doctrinas como las palabras que llevan a tales consecuencias constituyen herejía. Por lo tanto, fue condenado inevitablemente. Reiteró los mismos puntos de vista veinte años después en el "Bazar de Heráclides", lo que muestra que no hubo cambio de opinión, aunque declara su adhesión al Tomo de San León.
Después que el emperador había convertido en ley el Concilio de 431, el partido antioqueno no cedió inmediatamente. Pero el Papa San Sixto III, que había sucedido a San Celestino, confirmó el concilio, el cual fue aceptado por todo Occidente. Antioquía quedó así aislada y al mismo tiempo San Cirilo se mostró dispuesto a dar explicaciones. Los patriarcas de Antioquía y Alejandría acordaron un “credo de unión” en 433 (ver Eutiquianismo). Andrés de Samosata y otros no lo aceptaron, sino que declararon que la palabra "Theotokos" era herética. Teodoreto reunió un concilio en Zeuguma que rehusó anatematizar a Nestorio. Pero el prudente obispo de Ciro luego de un tiempo percibió que en el “credo de unión” Antioquía ganaba más que Alejandría, así que aceptó el un tanto vacío compromiso. Él mismo dice que recomendaba la persona de Nestorio mientras anatematizaba su doctrina.
Al morir San Cirilo en el año 444, surgió un nuevo estado de cosas al desaparecer la mano firme que refrenaba a sus intemperantes seguidores. El amigo de Nestorio, el conde Ireneo, se había convertido en obispo de Tiro y era perseguido por el partido de de Cirilo, al igual que Ibas, obispo de Edesa, que había sido un gran maestro en esa ciudad. Estos obispos, junto con Teodoreto y Domno, el sobrino y sucesor de Juan de Antioquía, fueron depuestos por Dióscoro de Alejandría en el Concilio Ladrón de Éfeso (449). Ibas estaba imbuido de la teología antioquena, pero en su famosa carta a Maris el persa desaprueba a Nestorio tanto como a Cirilo, y en el Concilio de Calcedonia estaba dispuesto a gritar mil anatemas a Nestorio. El y Teodoreto fueron ambos reinstalados por dicho concilio y parece que ambos creyeron que el Tomo de San León era una rehabilitación de la teología antioquena. Lo mismo creyeron los monofisitas que veían en San León al adversario de las enseñanzas de San Cirilo. Nestorio, en su exilio, se alegró de este cambio en la política romana, tal como él creía. Loofs, seguido por muchos escritores, incluso católicos, opina igual. Pero San León creía estaba completando y no deshaciendo la obra del concilio de Éfeso, y de hecho su enseñanza no es más que una forma más clara de las anteriores enseñanzas de Cirilo tal como las había expuesto en los cinco libros contra Nestorio. Pero es verdad que la última fraseología de Cirilo, de la que las dos cartas a Succenso son el tipo, se basa en la fórmula que se sintió obligado a adoptar de un tratado apolinarista que se creía que era de su gran predecesor San Atanasio: mia physis ton Theou Logou sesarkomene. San Cirilo hallaba incómoda esta fórmula, como muestra la forma en que la trata, y de hecho se convirtió en la consigna de la herejía. Pero San Cirilo hizo lo mejor que pudo por entenderla en un sentido correcto y se sale de su camino para admitir dos naturalezas hasta después de la unión en theoria, una admisión que iba a salvar al mismo Severo de una buena parte de su herejía.
Es fácilmente explicable que Loofs y Harnack no perciban la diferencia vital entre los antioquenos y San León, puesto que no creen en la doctrina católica de las dos naturalezas y por consiguiente no captan la perfectamente simple explicación dada por San León. Así como algunos escritores declaran que los monofisitas siempre tomaron physis en el sentido de hipóstasis, así Loofs y otros mantienen que Nestorio tomó hipóstasis siempre en el sentido de physis, y que quería decir por dos hipóstasis no más de lo que quería decir por dos naturalezas. Pero las palabras parecen haber tenido significados perfectamente definidos para todos los teólogos del período. Es probable que los monofisitas las distinguieran y todos admiten que incuestionablemente querían decir por hipóstasis una naturaleza subsistente. Es bastante obvio que Nestorio no puede, por el contrario, haber creído que naturaleza significaba lo mismo que hipóstasis, y que ambas significaran esencia, por tres razones: primera, él no pudo haber querido decir algo tan absolutamente opuesto al significado dado a la palabra hipóstasis por los monofisitas; segundo, si quería decir naturaleza por hipóstasis no le quedaba ninguna palabra para “subsistencia” (ya que ciertamente usó ousia queriendo decir “esencia” en vez de “subsistencia”); tercero, toda la doctrina de Teodoro de Mopsuestia, y la propia negación de Nestorio a admitir casi cualquier forma de communicatio idiomatum, nos fuerza a tomar sus “dos naturalezas” en el sentido de naturalezas subsistentes.
Los críticos modernos también consideran que la doctrina ortodoxa de los griegos contra el monofisismo---de hecho la doctrina de Calcedonia tal cual se defendió durante muchos años---era prácticamente la doctrina antioquena o nestoriana, hasta que Leoncio la modificó en el sentido de la conciliación. Esta teoría es completamente arbitraria, pues de Calcedonia en adelante no hay controversista ortodoxo alguno que nos haya dejado texto alguno considerable en griego por el que podamos juzgar hasta que punto Leoncio fue un innovador. En todo caso, sabemos, por los ataques de los mismos monofisitas, que aunque consideraban a sus oponentes católicos como cripto-nestorianos, al hacerlo así los distinguían de los verdaderos nestorianos que profesaban abiertamente dos hipóstasis y condenaban la palabra Theotokos. De hecho podemos decir que después de que Juan de Antioquía y Teodoreto hicieron las paces con San Cirilo, no volvió a oírse hablar en el mundo griego de la teología antioquena. La escuela había sido distinguida pero pequeña. En la misma Antioquía, en Siria y en Palestina, los monjes, que tenían muchísima influencia, eran seguidores de Cirilo, y una gran parte de ellos acabaron siendo monofisitas. Era más allá del mundo griego que el nestorianismo tendría su desarrollo.
Había en Edesa una famosa escuela para persas, que probablemente había sido fundada en los días de San Efrén, cuando Nisibis había dejado de pertenecer al imperio romano (363). Los cristianos de Persia habían sufrido terrible persecución y la Edesa romana había atraído a persas para el estudio pacífico. Bajo la dirección de Ibas, la escuela persa de Edesa se empapó de la teología antioquena. Pero Rábulas, el famoso obispo de Edesa, aunque se había mantenido aparte de San Cirilo en el Concilio de Éfeso junto con otros obispos del patriarcado antioqueno, después del concilio se convirtió en un convencido y hasta violento seguidor de Cirilo, e intentó lo que pudo contra la escuela de los persas. El mismo Ibas le sucedió. Pero a la muerte de su protector (457) los persas fueron expulsados de Edesa por los monofisitas, que se convirtieron en todopoderosos. Entonces Siria se convirtió en monofisita y surgieron Filoxeno y muchos otros escritores. Persia se hizo nestoriana. De los exilados de Edesa a su propio país, nueve llegaron a ser obispos, incluidos Barsumas, o Barsauma, de Nisibis y Acacio de Beit Aramage. La escuela de Edesa se cerró por fin en 489.
En este momento, la iglesia de Persia era autónoma, habiendo renunciado a toda sujeción a Antioquía y a los obispos “occidentales” en el concilio de Seleucia en 410. El superior eclesiástico de todos ellos era el obispo de Seleucia-Tesifonte, que había asumido el rango de catholicos. Este prelado era Babaeus o Babowai (457-84) en tiempos de la llegada de los profesores nestorianos de Edesa. Parece que los recibió con los brazos abiertos. Pero Barsauma, una vez que fue obispo de Nisibis, cerca de la gran ciudad de Edesa, rompió con el débil catholicos y en un concilio celebrado en Beit Lapat en abril de 484, pronunció su deposición. Ese mismo año Babowai fue acusado ante el rey de conspirar con Constantinopla y fue matado cruelmente, colgado por el dedo anular y, se dice, crucificado y azotado. No hay suficiente evidencia para la historia de que fue Barsauma quien lo acusó.
El obispo de Nisibis era, en todo caso, muy estimado por el rey Peroz (457-84) y había logrado convencerle de que sería una buena cosa para Persia que los cristianos persas fueran todos de naturaleza distinta de los del imperio y no tuvieran tendencia a inclinarse hacia Antioquía y Constantinopla, que no estaban oficialmente en la línea de influencia del "Henoticon" de Zenon. Así pues, los cristianos que no fueran nestorianos fueron expulsados de Persia. Pero generalmente no se considera confiable la historia de esta persecución,, tal como la narra la carta de Simeón de Beit Arsam; el número de 7,700 mártires monofisitas es bastante increíble. Solo la ciudad de Tagrit permaneció monofisita. Los armenios, sin embargo no se convirtieron y en 491 condenaron en Valarsapat al Concilio de Calcedonia, a San León y a Barsauma. Peroz murió en 484, poco después de haber asesinado a Babowai y el enérgico obispo de Nisibis tenía menos que esperar de su sucesor, Balash.
Aunque al principio Barsauma se oponía al nuevo catholicos, en agosto de 485 Acacio se entrevistó con él y se sometió reconociendo la necesidad de estar sujeto a Seleucia. Sin embargo, se excusó de estar presente en el concilio de Acacio de 484 en Seleucia, en el que estuvieron presentes doce obispos. En esta asamblea se afirmó la teología antioquena y se repitió un canon de Beit Lapat que permitía el matrimonio del clero. El concilio declaró que despreciaban la vanagloria y se sintieron forzados a humillarse a sí mismos para poner fin al horrible escándalo clerical que no edificaban a los magos persas ni a los fieles; por lo tanto, decretaron que los clérigos debían emitir un voto de castidad, los diáconos podían casarse, y que en el futuros no serían ordenados sacerdotes excepto los diáconos que tuvieran una esposa legal e hijos. Aunque no se daba permiso a los sacerdotes u obispos para casarse (porque iba contra los cánones de la Iglesia Oriental), parece que en la practica se toleró, posiblemente para regularizar las uniones ilícitas. El mismo Barsauma parece haberse casado con una monja llamada Mamoé, aunque según Mare, fue por inspiración del rey Peroz y fue solo un matrimonio de nombre con la intención de que la fortuna de la señora no fuera confiscada.
La Iglesia Persa estaba ahora organizada, aunque no estaba completamente unida, estaba formalmente comprometida con la teología antioquena. Sin embargo, Acacio cundo fue enviado como legado del rey a Constantinopla, fue obligado a aceptar el anatema contra Nestorio para ser recibido en la comunión allí. A su regreso se quejaba amargamente de ser llamado nestoriano por el monofisita Filoxeno, declarando que “no sabía nada” de Nestorio. Sin embargo, Nestorio siempre ha sido venerado como santo por la Iglesia Persa.
Solo faltaba una cosa para la iglesia nestoriana: necesitaba escuelas teológicas propias para que su clero pudieran defender sus argumentos teológicos sin ser tentados para estudiar en centros ortodoxos del Oriente o en las numerosas y brillantes escuelas que los monofisitas estaban estableciendo. Barsauma abrió una escuela en Nisibis que se convertiría en más famosa que la de Edesa. El rector era Narses el leproso, un escritor muy prolífico, del que se ha preservado poco. Esta universidad tenía un solo colegio, con la vida regular de un monasterio. Sus reglas se guardan aún (ver Nisibis). En algún momento llego a tener 800 estudiantes y su gran doctor fue Teodoro de Mopsuestia. Sus comentarios se estudiaban en las traducciones de Ibas y tratadas casi como infalibles. Se adoptó el canon de las escrituras de Teodoro como sabemos por el "De Partibus Divinae Legis" de Junilius, (P.L., LXVIII y ed. por Kihn), obra que es una traducción y adaptación de las conferencias publicadas por un cierto Pablo, profesor en Nisibis. El método es aristotélico y debe haber entrado en contacto con el renacimiento aristotélico que se dio en Grecia y asociado principalmente al nombre de Filópono y en Occidente con el de Boecio. La fama de este seminario teológico fue tan grande que el Papa San Agapito I y Casiodoro quisieron fundar uno similar en Italia, aunque resultó imposible en esos agitados días. Sin embargo el monasterio de Casiodoro en Vivario se inspiró en el de Nisibis. Hubo otras escuelas importantes en Seleucia y otros sitios, hasta en pequeñas ciudades.
Barsauma murió entre 492 y 495, Acacio en 496 ó 497, Narses parece que vivió algo más. La iglesia nestoriana que fundaron, aunque separada de la Iglesia Católica por exigencias políticas, nunca intentó hacer otra cosa que practicar una autonomía como la de los patriarcados orientales. Su herejía consistía principalmente en su negación a aceptar los Concilio de Éfeso y Calcedonia. Es interesante notar que ni Junilio ni Casiodoro hablan de la escuela de Nisibis como herética. Probablemente eran conscientes de que no era muy ortodoxa, pero los persas que aparecían en los Santos Lugares como peregrinos o en Constantinopla pueden haber parecido como católicos por su odio a los monofisitas, que eran los grandes enemigos en Oriente.
La enseñanza oficial de la iglesia nestoriana en tiempos del rey Cosroes (Khusran) II  nos ha llegado bien en el tratado "De unione" compuesto por el enérgico monje Babai el Grande, preservado en un manuscrito del que Labourt ha sacado extractos . Babai niega que hipóstasis y persona tengan el mismo significado. Una hipóstasis es una esencia (ousia) singular que subsiste en su ser independiente, numéricamente uno, separado de otros por sus accidentes. Una persona es esa propiedad de la hipóstasis que la distingue de otros (esto parece más bien “personalidad” que “persona”) como siendo ella misma y no otra, así que Pedro es Pedro y Pablo es Pablo. Como hipóstasis Pedro y Pablo no se distinguen puesto que tienen las mismas cualidades específicas, pero se distinguen por sus cualidades particulares, su sabiduría u otra cosa, su altura y su temperamento etc. Y puesto que la propiedad singular que posee la hipóstasis no es la hipóstasis misma, la propiedad particular que la distingue se llama “persona”.
Parece que Babai quiere decir que “un hombre” (individuum vagum) es la hipóstasis, pero no la persona, hasta que se añaden las características individuales por las que se sabe que es Pedro o Pablo. Esto no es de modo alguno lo mismo que la distinción entre naturaleza e hipóstasis, ni se puede afirmar que por hipóstasis Babai quisiera decir que deberíamos decir naturaleza específica y por persona lo que debemos llamar hipóstasis. La teoría parece ser un intento sin éxito para justificar la formula tradicional nestoriana: dos hipóstasis en una persona. Respecto a la naturaleza de la unión, Babai cae en el dicho antioqueno de que es inefable y prefiere las metáforas usuales---asunción, inhabitación, templo, vestidura, reunión---a cualquier definición de unión. Rechaza la communicatio idiomatum porque crea confusión de la naturaleza, pero permite un cierto” intercambio de nombres”, que explica con gran cuidado.
Los cristianos persas fueron llamados “orientales “o “nestorianos” por sus vecinos del oeste. Se daban a si mismo el nombre de caldeos, pero esta denominación está generalmente reservada para una gran parte de los restos aun existentes que se han unido a la Iglesia Católica. La situación de estos Uniatas, así como la rama en la India conocidos como cristianos malabares, se describe en Cristianos Caldeos. La historia de la iglesia nestoriana aparece en el artículo Persia. Los nestorianos también penetraron en China y Mongolia y dejaron detrás de ellos una piedra inscrita, colocada en febrero de 781, que describe la introducción del cristianismo en China desde Persia en el reinado de T'ai-tsong (627-49). La piedra se halla en Chou-Chih, 50 millas al sur de Sai-an Fu, que en el siglo VII era la capital de China. Se le conoce como “el monumento nestoriano” 
 http://ec.aciprensa.com/wiki/Nestorio_y_Nestorianismo

lunes, 15 de agosto de 2016

PACTO DE FAMILIA....FRANCIA,ESPAÑA Y NÁPOLES EN EL SIGLO XVIII


Nombre que reciben tres Tratados firmados entre España y Francia en el siglo XVIII para la defensa mutua de los intereses de los representantes de la Casa de Borbón, reinante en ambos países. La alianza dinástica establecida es la que da nombre a los pactos. Posteriormente a esta alianza se agregaron el reino de Nápoles y Parma, también gobernados por Borbones.


Desde que los Borbones llegaron al poder en España se enfrentaron a dos problemas: el primero, respetar las autonomías que la dinastía anterior había consentido en sus reinos (la decisión de los Borbones fue tajante, no estaban dispuestos a mantener diferencias de Hacienda ni de leyes); el segundo conflicto fue respetar la evidencia de que, aun siendo familia (Felipe V, duque de Anjou, era nieto de Luis XIV), los Borbones se entendían muy mal con la rama francesa de la dinastía y peor con la otra gran potencia del momento, Inglaterra. Como España no podía permanecer en el ostracismo debido a sus inmensas posesiones territoriales y a su aún grande poder militar, los Borbones españoles se decantaron por la alianza familiar.
El primer Pacto fue firmado en 1733 a iniciativa de Isabel de Farnesio, y tenía como objetivo defenderse de cualquier agresión producida por Inglaterra o Austria.
El primer Pacto de Familia se engloba en la Guerra de Sucesión de Polonia. Al fallecer Augusto II, rey de Polonia y elector de Sajonia, el 1 de febrero de 1733, las diferentes potencias europeas iniciaron una serie de movimientos diplomáticos tendentes a situar a sus respectivos candidatos en el trono vacante, con el fin de inclinar la balanza del poder europeo hacia sus intereses particulares.
El interés de Francia en apoyar a Estanislao Leczinski, suegro de Luis XV, frente a las aspiraciones de Augusto de Sajonia, apoyado por Rusia, Austria y Dinamarca, derivó en un pacto francés con el rey de Cerdeña Carlos Manuel III y, con el fin de reforzar la alianza, con el rey de España, Felipe V.
El pacto entre Francia y España se firmó en El Escorial, el 7 de noviembre de 1733, y ha pasado a la historia como el Primer Pacto de Familia. En él se estipuló que España ocupase militarmente el sur de Italia, para dañar de ese modo las posiciones imperiales en Nápoles y Sicilia, mientras que Francia se encargó de intervenir en el Rin y el rey de Cerdeña en el Milanesado. Este reparto de las operaciones bélicas respondía perfectamente a la política italiana de Isabel de Farnesio, consistente en la recuperación a cualquier precio de las antiguas posesiones españolas en Italia, perdidas en el Tratado de Utrecht, para colocar en sus tronos a sus hijos, tenidos con Felipe V y que no tenían derecho al trono de España por no ser ninguno de ellos el primogénito.
Con el auxilio de la Armada, un ejército al mando de Montemar, transportado por la escuadra comandada por el conde de Clavijo, se apoderó sucesivamente de Nápoles y Sicilia, que quedaron bajo la autoridad del infante Carlos, al que se le concedió el título de Rey por cesión de los derechos de su padre Felipe V. A todo esto, fallecido Patiño, José del Campillo heredó su escuela y las líneas básicas de su gestión. A la muerte de Campillo en abril de 1743, se hizo cargo de las cuatro secretarías que éste desempeñaba —Guerra, Hacienda, Marina e Indias— el mayor talento organizador del siglo XVIII español, Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada.
En 1738 se firmó la paz por el Tratado de Viena, hecho muy favorable para España, ya que se avecinaba un nuevo conflicto bélico, esta vez contra Inglaterra, alarmada por la recuperación del poder naval español gracias al crecimiento de la construcción de navíos y a la creación de reales compañías de comercio que lograron agilizar el intercambio mercantil con América y Filipinas, consecuencia todo ello de una serie de medidas acertadas concernientes a la política atlántica, que hizo de España una potencia capaz de competir con Inglaterra. Para los intereses franceses la paz no fue tan provechosa, ya que fueron derrotados en la guerra y tuvieron que admitir a Estanislao Leczinski en el trono de Polonia.
La situación insostenible creada por el contrabando de los guardacostas españoles se intentó atemperar por el acuerdo de El Pardo de 1739, pero el incumplimiento de lo estipulado por ambas partes hizo inevitable la guerra, que estalló el 23 de octubre de 1739. La escuadra británica del almirante Vernon tomó Portobello ese mismo año, pero la del almirante Brown fracasó ante La Habana. El ataque de Vernon y Wentworth a Cartagena de Indias también fracasó ante la defensa de Blas de Lezo y el virrey Eslava en 1741, así como las tentativas posteriores contra Cuba, Panamá, La Florida, La Guaira y Puerto Cabello entre 1742 y 1743. La guerra del corso fue muy intensa, lo que originó muchas pérdidas por ambas partes.


El segundo Pacto,también conocido como Tratado de Fontainebleau, fue firmado en 1743. En él se establecía de forma más sólida la alianza defensiva y ofensiva de las coronas francesa y española, con el fin de luchar contra los enemigos comunes, principalmente Inglaterra. El motivo que impulsó la firma de este tratado fue el inicio de la Guerra de Sucesión austríaca, tras la muerte, el 20 de octubre de 1743, del emperador Carlos IV.
El hecho clave que motivó el enfrentamiento fue la Pragmática Sanción dictaminada por Carlos IV en la que proclamaba heredera de Austria a su hija María Teresa, orden contraria a la ley vigente, pero, sobre todo, contraria a los intereses que las distintas potencias europeas tenían, pues deseaban aprovechar este momento de incertidumbre y debilidad en la corona austríaca para colocar en el trono de Viena un candidato que respondiera a sus intereses.
En este conflicto, España apoyó desde el primer momento al pretendiente elector de Sajonia, suegro del rey Carlos VII de Nápoles y Sicilia, posteriormente rey de España con el nombre de Carlos III. Al mismo tiempo, las reivindicaciones desde Madrid sobre los ducados de Parma, Piacenza y Toscana para el infante Felipe, segundo hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio, hicieron pensar en el conflicto como el momento idóneo para conseguir sus pretensiones. Mientras, Francia se aliaba con Baviera y Prusia para formar la Liga de Nymphenburg contra Austria.
La guerra comenzó muy favorablemente para la Liga Nymphenburg, hasta el punto de nombrar a su candidato Carlos Albertoen enero de 1742, pero la derrota de Chotusitz hizo que María Teresa negociara por separado con Prusia la Paz de Bresslau el 11 de junio de 1742, con lo que se aseguraba prácticamente la corona bajo su persona.
No obstante, la situación se complicó cuando, a principios de 1743, Inglaterra decidió intervenir en el conflicto a favor de Austria, a Inglaterra se sumaron Sajonia y Cerdeña. Esta internacionalización del conflicto provocó la alarma de Francia que, bajo las nuevas circunstancias, necesitaba urgentemente aliados dispuestos a entrar en el conflicto contra la amenaza inglesa. Por este motivo, desde París se instó a renovar el Primer Pacto de Familia, firmado con la corona española en 1733 a consecuencia de la Guerra de Sucesión polaca.
Ambas coronas se comprometieron en la firma del Tratado de Fontainebleau a continuar la guerra contra Viena y Turín, sin poder unilateralmente deponer las armas sin previo aviso y aceptación de la otra parte. Respondiendo a intereses claramente españoles, Francia se comprometió a colaborar en la conquista del Milanesado, Parma y Piacenza, que serían entregados al infante don Felipe, así como a respetar y defender las posesiones de la corona española de Nápoles y de Sicilia, y confirmó a Carlos como rey de dichos territorios. Unido a todo esto, España exigió, condición sine qua non para entrar en guerra, la ayuda necesaria para conseguir la devolución de las plazas de Gibraltar y Menorca.
Como consecuencia de esta alianza ofensiva-defensiva, España y Francia declararon la guerra a Cerdeña el 30 de septiembre de 1743; el 15 de marzo del año siguiente a Inglaterra, y el 26 de abril a Austria. Para liberar Tolón de la escuadra inglesa que bloqueaba este puerto, a principios de 1744 una flota española mandada por don José Navarro partió desde Barcelona, y se enfrentó, junto con la flota francesa de Court a la armada británica del almirante Mathews, el 22 de febrero de 1744 entre las islas Hyères y el cabo Sicié. Al mismo tiempo, los ejércitos hispano-franceses se enfrentaron a los austríacos en Italia, donde se llegó a un punto muerto al no ser capaz ninguno de los contendientes de establecer la supremacía. Sin embargo, la muerte del emperador Carlos VII de Alemania y príncipe de Baviera el 20 de enero de 1745 alteró el desarrollo de la guerra, ya que su hijo Maximiliano José acordó un arreglo con María Teresa de Austria por el que se detenía la guerra en Alemania y la limitaba a los frentes italianos.
La muerte de Fleury dio paso como ministro de Negocios Extranjeros a René-Louis de Voyer, marqués de Argenson, defensor de finalizar una guerra que interesaba cada vez menos a Francia. El embajador especial francés en Madrid, mariscal Noailles, intentaba, mientras tanto, convencer a los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio de que el ducado de Parma o Mantua sería una mejor herencia para el infante Felipe que el Milanesado.
Los acuerdos alcanzados en el Tratado de Aranjuez, del primero de mayo de 1745, concernientes a Génova, permitieron a los ejércitos borbónicos avanzar frente a los austríacos y en diciembre controlar Milán y otras muchas ciudades lombardas. Sin embargo, negociaciones secretas entre Argenson y Viena permitieron la reacción militar de los austríacos en 1746, que consiguieron Asti, Milán y el ducado de Parma.
El 9 de julio de 1746 se produjo el fallecimiento repentino de Felipe V, por lo que la Guerra de Sucesión austriaca y sus derivaciones fueron cerradas por el nuevo monarca Fernando VI en 1748, en la llamada Paz de Aquisgrán, en la que consiguió los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla para el infante Felipe, con lo que sus aspiraciones se vieron colmadas.

                                                   SEPULCRO DE FELIPE V E ISABEL DE FARNESIO


  


El Tercer Pacto fue firmado en 1761 y es conocido como Tratado de Versalles. En él se reafirmaban los acuerdos anteriores y sobre todo se definía la alianza contra Inglaterra.
El desarrollo de la Guerra de los Siete Años, que enfrentaba a Francia e Inglaterra en el ámbito americano, favorecía a los británicos de tal manera que España no podía mantenerse en la neutralidad que había caracterizado el gobierno de Fernando VI, el nuevo monarca español, Carlos III, necesitaba reforzar la posición española en América, para lo que apoyó a los franceses ante un enemigo que ponía en peligro los territorios hispánicos, especialmente por la rapidez y facilidad de las conquistas inglesas en Quebec. Por esta razón, el 15 de agosto de 1761 Grimaldi, como representante español, firmó en la embajada española en París el Tercer Pacto de Familia, que suponía un acercamiento a Francia y el alejamiento de los británicos, que usurpaban territorios en Honduras y Yucatán, y no cesaban ni en sus ataques corsarios ni en el contrabando. Por este nuevo Tratado España y Francia se defenderían mutuamente de ataques externos, especialmente los de Inglaterra. Ambos monarcas borbones, se obligaron a considerar enemigos propios a los enemigos del otro, a defenderse en tierra y mar, y a velar por los intereses de los dos países como si de uno solo se tratara.
La primera consecuencia del Tercer Pacto de Familia fue la declaración inmediata de guerra por parte de Gran Bretaña a España, el 2 de enero de 1762. En respuesta, España hizo lo propio con Portugal, aliada de Gran Bretaña, cuando se solicitó que cerrara sus puertos a los barcos ingleses, entre mayo y junio de dicho año.
El marqués de Sarriá invadió las fronteras portuguesas y tomó Miranda el 9 de mayo. Continuó la ofensiva española en el norte, hacia Oporto, con las conquistas de Braganza y Moncorvo, seguidas de la que hizo el conde de Aranda en Almeida el 25 de agosto. No obstante, los lusitanos con apoyo británico hicieron retroceder a las tropas españolas hasta la frontera en el otoño siguiente. En ultramar, los británicos consiguieron tomar La Habana el 13 de agosto, bombardearon y capturaron Manila el 5 de octubre y penetraron en La Florida.
Frente a lord Egremont y lord Butte, deseosos de obtener ventajas de los éxitos militares contra franceses y españoles, los ministros británicos Pitt y Cumberland eran partidarios de finalizar la guerra de los Siete Años. A cambio de la Florida, que los británicos se negaban a devolver a España, Carlos III recibió de Francia la Luisiana, mediante el Tratado de Fontainebleau de 3 de noviembre de 1762. Este Tratado fue consecuencia de las tremendas exigencias británicas, que pretendía obligar a España a que cediera Florida, Pensacola y Sacramento. Ante la eventualidad de que esto se realizase, España exigió en Fontainebleau a Francia que le entregase la Luisiana a modo de compensación. Este territorio -que correspondería a los actuales estados de Illinois, Missouri, Arkansas, Mississippi y Louisiana- constituía una de las más ricas colonias francesas en América. Con este acuerdo franco-español se facilitaba la negociación que culminó en la Paz de París el 10 de febrero de 1763. La Habana y Manila eran devueltas a España por los ingleses. Éstos conseguían expulsar a los franceses de América del Norte, ya que Francia cedió a Inglaterra Nueva Escocia, Canadá, la isla de Cabo Bretón, así como las islas y costas del golfo y río San Lorenzo. A su vez, Gran Bretaña devolvía a Francia las islas de Guadalupe, Marigalante, Deseada, Martinica y Belle Île. Como compensación, Inglaterra obtuvo las islas de Granada y Granadinas, así como el río Senegal con sus factorías ribereñas de San Luis, Podor y Galam a cambio de las islas de Gorea. Con esto Francia perdió su primer imperio colonial, apenas conservaba algunas posesiones en la Antillas y unos pocos territorios costeros diseminados en América y África. España devolvía a Portugal la colonia de Sacramento, en el Río de la Plata, y permitía a Gran Bretaña recobrar Menorca, además de conseguir permiso para exportar palo de campeche desde Honduras. Los marinos españoles renunciaron a la pesca en las aguas de Terranova
Pese a que las pérdidas territoriales no fueron significativas, incluso se puede hablar de que España ganó algunos territorios, el resultado final fue desastroso para los Borbones; Francia, totalmente agotada, perdió su Imperio americano, y España, que había intervenido demasiado tarde como para que la báscula se inclinara hacia su lado, salió del conflicto con la Hacienda en ruina.
El Tratado de París de 1763 supuso la constatación de la decadencia colonial de Francia, de la hegemonía y superioridad británica en el mar, así como el mantenimiento de la situación ultramarina de España.

                                   Protocolo del Tercer Pacto de Familia.


 http://www.enciclonet.com/articulo/pacto-de-familia/#

jueves, 21 de julio de 2016

LA BATALLA DE LAS PIRAMIDES....NAPOLEON BONAPARTE EN EGIPTO



Campaña en la que Napoleón Bonaparte derrotó a los mamelucos de Egipto, cerca de las Pirámides, en 1798.
Esta batalla formó parte de la operación de ofensiva preparada por Napoleón contra los ingleses, a los que atacó indirectamente en el Mediterráneo. En primer lugar ocupó Malta, para luego desembarcar en Alejandría; después se produjo la Batalla de las Pirámides, que le permitió llegar hasta El Cairo.

                                                                  

Todos asociamos las pirámides de Giza con el Antiguo Egipto de los faraones y La Biblia. Nos fascina lo enigmático de una cultura que se desarrolló hace más de 5.000 años, libró mil batallas y firmó otros tantos acuerdos de paz con sus pueblos vecinos, llegó al cénit de su desarrollo con la construcción de estos colosos de Giza, y después se fue apagando progresivamente y cediendo a la fuerza emergente de otras culturas. Para cuando Alejandro Magno entró en Egipto, poco o nada quedaba ya de una cultura tan original como misteriosa, rematadamente diferente a sus vecinas.
Sin embargo, hay otros eventos e historias fascinantes que las impertérritas pirámides han contemplado a lo largo de tantos siglos de existencia, y una de ellas fue la batalla que se desarrolló en sus inmediaciones por el control de Egipto a finales del siglo XVIII, entre el ejército de Napoleón Bonaparte y la casta de los Mamelucos.


La expedición militar de Napoleón a Egipto, en 1798, fue un punto de inflexión en la Historia por varias razones. Culturalmente, abrió Oriente a Occidente, después de varios siglos de ignorarse mutuamente. Oriente llevaba siglos somnoliento en contraste con un Occidente hiperactivo, justo lo contrario que había sucedido en el periodo de las Cruzadas en donde una Europa prácticamente paralizada por la religión y la oscuridad de la Edad Media se las veía con un Oriente de luces y en agresiva expansión.
Los historiadores militares han señalado la Batalla de las Pirámides como el choque que estableció la superioridad armamentística y de táctica militar occidentales sobre las orientales, aunque una semana antes Bonaparte ya había luchado una batalla trascendental con los Mamelucos en una villa al norte de El Cairo, y allí fue donde pudo detectar las características y debilidades de su oponente antes de asestar el golpe final.


A mediados del verano de 1798,Napoleón se encontraba en el norte de África, pero ¿por qué? Se trataba de un cúmulo de varios factores. De una parte, tenía el objetivo de bloquear la ruta comercial que más rédito económico proporcionaba a Inglaterra, gran enemiga de Francia de la época: la ruta con la India. También pretendía establecer un colonialismo francés inexistente hasta entonces en la región, e incluso se llevó a 167 de los mejores científicos y eruditos de Francia, especialistas en varias ramas del saber, para que estudiaran la cultura del Antiguo Egipto.


Otra razón de mucho peso, esta vez pretendida por el Directorio (gobierno francés post Revolución Francesa), fue sin duda la de alejar de París a un joven pero ya poderoso general Napoleón, victorioso en las campañas italianas con Austria, que ya apuntaba la máximas ambiciones.
Se dice que Bonaparte idealizaba a Alejandro Magno, como tantos otros en la Historia, y que quizá hubo una componente de emulación en la invasión de Egipto. En 332 AC Alejandro era recibido en Egipto como liberador de los persas; contaba con 24 años de edad. Napoleón, con 28, quizá podía alcanzar a Alejandro Magno si se daba prisa, y conquistar Egipto, Jerusalem y Siria. Incluso podría llegar a Constantinopla y la India, una vez establecida una fuerte base en Egipto. Napoleón había escrito previamente al Directorio exponiendo que Francia podía dominar el Mediterráneo con poca oposición por parte del decadente Imperio Otomano: “ocupemos Egipto, y tendríamos una ruta directa a la India”.
Pero para ocupar Egipto había que vencer a la casta que lo gobernaba desde hacía siglos: los Mamelucos. Se trataba de una clase guerrera que vivía en tierras egipcias con grandes lujos e independencia del Imperio Otomano, desde el siglo XIII, antes incluso de la existencia del propio imperio. Mameluco significa “hombre comprado” en árabe, y de hecho, estos hombres eran comprados de niños a familias cristianas en varias partes de Asia (básicamente el Cáucaso) para ser educados como musulmanes. Se les entrenó durante siglos como guerreros del Imperio Otomano, de los más feroces y cualificados. En el siglo XVIII seguían disfrutando de una autonomía casi completa del imperio. No pagaban tributos, y seguían una política totalmente independiente. Para cuando llegó Napoleón con su ejército de 30.000 franceses, los mamelucos no eran más de 10.000.


Los Mamelucos tenían dos gobernantes en aquella época: Ibrahim Bey y Mourad Bey, el primero asentado en El Cairo, el segundo en Giza. Ambos eran jefes poco impresionables por las fuerzas francesas, ya que a pesar de la fama que las precedía ellos daban toda la importancia en una batalla a la caballería, y no era precisamente de lo que los franceses estaban más sobrados en Egipto.
Mientras Napoleón marchaba con su ejército de Alejandría a El Cairo, después de conquistar la primera, se encontró con las fuerzas mamelucas a 15 km de las pirámides y a sólo 4 km de El Cairo. Las pirámides se veían pues a lo lejos, en toda su majestuosidad. Bonaparte, que sabía muy bien de las artes de la propaganda, se cuidó mucho de asociar la batalla con las pirámides milenarias y les hizo referencia en su famoso discurso de inicio de la batalla: “¡Adelante soldados! Recordad que desde lo alto de las pirámides, cuarenta siglos os contemplan”.


La batalla que se desencadenó no fue nada igualada: por un lado, 25.000 tropas francesas repartidas en 5 divisiones, perfectamente alineadas en escuadrones rectangulares, con la caballería en el centro y los cañones en la periferia, y con una potencia de fuego irresistible. Por el otro, la caballería mameluca de Murad Bey, 6.000 jinetes, apoyados por unos 15.000 infantes de muy inferior calidad. Armados con sables y lanzas, de los cuales eran maestros en su uso, apenas disponían de armas de fuego.
La caballería mameluca se lanzó a la carga contra las huestes francesas, pero fue parada en seco por toneladas de acero, disparadas con gran sincronía por los escuadrones de Napoleón. En pocas horas murieron más de 3.000 jinetes mamelucos, y el resto del ejército huyó junto con su jefe hacia el Alto Egipto. Ibrahim Bey huyó a Siria para reorganizar la resistencia, pero todo estaba perdido. Tras 700 años de dominio, los mamelucos entregaban Egipto.


El desenlace de la conquista de Egipto no fue ni mucho menos el esperado por Napoleón, ya que pocos días después de la Batalla de las Pirámides perdió prácticamente toda su flota a manos del almirante Nelsón, con lo que el ejército francés quedaba incomunicado en África. Posteriormente, Napoleón tuvo que abandonar Egipto dado que la política se estaba complicando mucho en París, y su ejército no tuvo más remedio que rendirse en pocos meses al inglés, que lo repatrió a Francia a cambio.
No obstante, la misión científica francesa fue un éxito sin precedentes, y fue la única compensación por las vidas y material perdido en las tierras de Egipto. La Descripción de Egipto, un fabuloso trabajo compuesto por 24 volúmenes repletos de descripciones de las ruinas de los templos faraónicos, bellísimas ilustraciones de prácticamente todos los aspectos de la vida en Egipto (antiguedades, edad moderna e historia natural etc.) han maravillado a generaciones desde entonces y fueron la base de la Egiptología que todavía hace furor en el mundo.



En la actualidad estas descripciones tienen un fabuloso valor ya que en menos de 200 años desde su publicación, muchos de los templos descritos han desaparecido, ya sea bajo las aguas de la presa de Asuán o bajo el pillaje, guerras, o poco respeto de la población del momento en relación a sus antepasados, que no conocen y muchas veces rechazan.
Además, un destacamento francés descubrió la famosa Piedra Rosetta, confiscada después por el ejército inglés y expuesta en el Museo Británico desde 1802, clave para descifrar los jeroglíficos egipcios que llevaban más de 1.400 años sin nadie que los supiese leer.


Tras la célebre Batalla de las pirámides, algunos oficiales visitaron la Gran Pirámide e incluso subieron a su cima (la cima desde la que la que cuarenta siglos los contemplaban). Napoleón prefirió descansar a la sombra, pero no estuvo inactivo.
Cuando los oficiales bajaron y se reunieron con él, les explicó que había estado calculando la cantidad de piedra que formaba la pirámide. Había suficiente, dijo, para construir un muro de piedra de 3 metros de alto y 0,3 metros de grosor alrededor de toda Francia.
El grupo debió de quedarse perplejo, porque el matemático Monge, que estaba entre ellos, hizo su propia estimación, que confirmó la de Napoleón.



Otro hecho histórico poco conocido es sin duda el relativo a la noche que pasó Napoleón en solitario en el interior de la llamada “Cámara del Rey” de la pirámide de Keops (Khufu en egipcio). El hecho está suficientemente documentado históricamente. ¿Qué ocurrió la noche del 12 de agosto de 1799, por cierto, sólo a 3 días de cumplir 30 años? Napoleón sabía que tanto Alejandro Magno como Julio César habían pasado una noche en la pirámide de Keops… Probablemente, el gran corso estaba buscando su sitio en la Historia.
Cuentan los cronistas que a la mañana siguiente el general salió de las entrañas de la pirámide de Khufu demacrado y mudo. No queriendo contar nada de lo sucedido allí dentro. Nadie, ni su fiel Kebler, ni ningún otro general, supo jamás qué ocurrió aquella noche, pues Napoleón no quiso que le tomaran por loco.

Camara del Rey de la Piramide de Keops


http://www.3viajes.com/napoleon-en-egipto-la-batalla-de-las-piramides/
http://www.enciclonet.com/articulo/piramides-batalla-de-las/
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miércoles, 20 de julio de 2016

EL FEUDALISMO...CONSOLIDACION Y CRISIS SIGLO X AL XIII

                      
Con el comienzo del milenio se llegó a la consolidación tanto del régimen feudal propiamente dicho como del señorío. El fundamento de las relaciones feudovasalláticas era la prestación de servicio y ayuda militar por parte del vasallo a cambio de un beneficio, el feudo. De ser una recompensa gratuita, como lo había sido en el Bajo Imperio romano, había pasado hacía tiempo, sobre todo en época carolingia, a convertirse en la condición sin la cual no se conseguían vasallos. En palabras de Julio Valdeón, “vasallaje y beneficio se habían fusionado, lo que quiere decir que el sistema feudal, en su aspecto jurídico-institucional, había nacido".
A partir del siglo X estas relaciones proliferaron y se generalizaron. Se revistieron de un ritual que, aunque con variaciones y en algunas zonas ya prácticamente constuido dos o tres siglos antes, era muy similar en todas partes: consistía en el contrato del homenaje, ceremonia mediante la cual se prestaba el vasallaje y, a continuación, la investidura, por la que el vasallo obtenía su feudo. Robert Boutruche lo describe así: “Sin armas, sin cinturón ni caperuza, el dependiente se inclina o se arrodilla ante el señor. Es un instante decisivo: pone sus manos juntas entre las del señor, quien las cierra sobre aquéllas en señal de consentimiento y toma de posesión. Los contratantes intercambian un beso. Es signo de paz, de amistad y de fidelidad... Un segundo acto sigue inmediatamente al homenaje: el juramento de fidelidad, prestado sobre un objeto sagrado. En ese momento se intercambian algunas palabras: uolo o declaración de voluntad, por la que el señor declara que lo recibe como su hombre y el vasallo promete ser fiel”. A continuación tenía lugar la investidura: el señor, que se había comprometido a ofrecer protección al vasallo, le entregaba el feudo, generalmente tierras, pero, ya en esta época, también cargos, castillos, o incluso dinero. Esto se simbolizaba con algún objeto: flores, un puñado de tierra, vara del castillo, monedas, etc. En algunas ocasiones, aunque no es frecuente, había un contrato escrito.


En estos siglos muchas personas presentaban vasallaje a diversos señores; esto daba lugar a situaciones conflictivas, al deber fidelidad a varios señores que podían estar enfrentados entre sí. Se formó así el llamado homenaje ligio, el principal de todos y el que había de prevalecer en caso de conflicto. Faltar a los compromisos del vasallaje, por parte del señor o del vasallo, se denominaba felonía y traía como consecuencia la disolución del mismo y, en el caso del vasallo, la pérdida del feudo. Estos se hicieron hereditarios, aunque los herederos debían renovar el vasallaje y pagar normalmente las rentas de un año al señor. Si el que moría era el señor, los vasallos también se presentaban ante el sucesor, que volvía a adquirir con ellos el mismo compromiso. El vasallo adquiría deberes para con el señor: consejo, ayuda, sobre todo militar, servicios de corte (es decir, acompañarlo en fiestas), servicios domésticos, labores administrativas, intervención en los tribunales, cuya jurisdicción pertenecía al señor, ayuda económica, además de todo tipo de servicios, muchas veces casi irrisorios.
El señor adquiría deberes a su vez: no perjudicar en ningún aspecto al vasallo, protegerlo y darle garantías de seguridad, ayuda material y proporcionarle medios de subsistencia (que en primera instancia hacía al otorgar el feudo), e, incluso, mantenerlo en sus dominios si aún no le había sido concedido éste. Estos señores encabezaban la pirámide social de la Edad Media: no sólo eran los grandes propietarios sino que habían adquirido auténticos poderes que afectaban a los principales aspectos de la sociedad; desde sus señoríos controlaban, sobre todo desde época carolingia, la vida de todas las tierras y personas que había bajo sus dominios. Debido a la debilidad del poder monárquico y a la fragmentación del mismo, los señores feudales habían adquirido la delegación del mando fiscal, judicial, monetario -algunos llegaron a acuñar moneda-, monopolios, derechos de peaje, pontaje, junto a los derechos económicos de todo tipo de tributos, impuestos, rentas, etc. que se derivaban de la posesión de sus tierras. El señorío se había convertido en una unidad de poder y el conjunto de derechos del señor era el llamado ban o bannus.
Pero quizá lo más importante de esas atribuciones era la capacidad de administrar justicia. Existía la justicia real desde luego: el rey era, en última instancia, el máximo administrador de la misma, pero localmente había ido delegando este poder. Así, existía la justicia condal; los condes la administraban en estos grandes territorios, pero la fuerte fragmentación y jerarquización social de la clase dirigente hizo que prácticamente cada señor tuviera su propio poder judicial en sus territorios. Estos señores ejercían la justicia por medio de sus agentes: administradores, ministeriales, etc., en general vasallos que componían los tribunales. Algunas veces, estos agentes, originariamente de estratos más bajos, incluso serviles, terminaban ascenciendo a ciertos escalafones de la clase dirigente en razón de su cargo. De esta forma, la justicia terminaba por aplicarse en ámbitos privados. Frecuentemente había en los territorios cruceros y horcas, como símbolo de que en ellos se administraba la justicia.


El principal símbolo del poder del señor era el castillo, o, en el caso de la Iglesia, los monasterios, catedrales y edificios eclesiásticos. Al principio, el permiso para la construcción del castillo lo otorgaba el rey, pero poco a poco llegaron a edificarse por la simple voluntad del señor, sin que mediara de hecho la intervención real. Estos castillos eran el símbolo del poder y, a la vez, centros de administración de justicia, de recogida de tributos y rentas, almacenes de víveres, residencia de los señores, refugios para los habitantes de la zona, lugar de prestación de homenajes... Se convirtieron así en los centros neurálgicos de la vida de extensiones territoriales considerables.
No todos los señores tenían el mismo poder. Lógicamente, ya se ha dicho que dentro de la misma clase social había una fuerte jerarquización: príncipes, condes, duques, marqueses, barones o castellanos, es decir, desde los señores más poderosos, cuya cabeza era el propio rey y luego los príncipes, hasta los más simples. La categorización variaba de unos países a otros, así como sus relaciones con respecto al rey, incluso al Parlamento en el caso de Inglaterra. Pero, en cualquier caso, prácticamente todos se hallaban dentro de la compleja trama de las relaciones de dependencia existentes. Suele decirse que en la Edad Media cada hombre pertenecía a una familia, a una comunidad, pueblo y a un señor. Un aspecto fundamental y que, en cierto modo, unificaba a todos, era que todos ellos eran quienes practicaban la guerra y eran, por tanto, caballeros. En esta época, debido al desarrollo técnico de armamentos y armaduras, sólo unos pocos tenían posibilidades reales de pagar un adecuado equipamiento. Igualmente, el ideal de caballero para el que se preparaban los nobles se vio culminado por la aspiración, imbuida por la Iglesia, de conquistar Tierra Santa y partir hacia las Cruzadas, especialmente a partir de las épocas en que las guerras de unos nobles contra otros habían disminuido o, cuando menos, se habían regulado, gracias sobre todo al establecimiento de las llamadas tregua de Dios y paz de Dios, que, desde época carolingia, la Iglesia había tratado de imponer entre los señoríos de Europa.
 La Iglesia, como el otro orden incluido en la misma clase gobernante, también estaba sometida a esta feudalización de la sociedad. Por una parte, tenía similares capacidades a las de los señores laicos, al poder administrar justicia o cobrar impuestos y rentas, pero, por otra, estos señores solían intervenir y hacer valer su poder a la hora de nombrar cargos eclesiásticos. Esto originó diversas controversias, sobre todo a partir de la reforma gregoriana. Como recuerda Valdeón, la más destacada fue la que se produjo entre el Papa Gregorio VII y el emperador alemán Enrique IV, que continuó con sus sucesores hasta la firma del Concordato de Worms en 1122, aunque volvió a surgir nuevamente a mediados del siglo XII con Federico Barbarroja y en otros momentos posteriores.




Es evidente que, a pesar de la múltiple jerarquía existente, incluso de las diferencias entre poderes laicos y eclesiásticos, unos y otros (los dos órdenes señalados) pertenecían a un mismo grupo social, el de los señores y gobernantes. Dicho grupo se servía del otro, el de los campesinos y trabajadores, del que dependía para poder vivir. Realmente, los primeros ejercían un poder coercitivo sobre los segundos y entre unos y otros se habían establecido todo tipo de vínculos o relaciones de dependencia, económica y social, aunque también personal, habida cuenta del enorme alcance de los poderes y atribuciones que tenían los señores en todas las facetas de la vida. Por otra parte, la relación económica fue evolucionando progresivamente. Las rentas y prestaciones que los campesinos pagaban a los señores habían sido durante la Antigüedad Tardía y en la época carolingia fundamentalmente de dos tipos: de un lado, su propio trabajo gratuito en las tierras de los señores, en las reservas; de otro, los excedentes de las tierras que ellos mismos cultivaban, es decir, rentas-trabajo y rentas-especie. El pago de dinero, en cambio, era menor; pero a partir de los siglos XI y XII éste comenzó a cobrar importancia, debido al aumento del comercio y la venta de productos manufacturados que empezaban a circular en las ciudades y de los que los señores deseaban proveerse. Así, progresivamente, se fue prefiriendo este tipo de pagos. Las rentas, por otra parte, no se limitaban a las obligaciones contraídas por la tierra, sino al pago de impuestos, censos, etc., que se derivaban de los diferentes poderes, sobre todo judiciales, fiscales y militares que tenían los señores. Una de las más características fue la del diezmo, es decir la contribución de los fieles a la Iglesia con la décima parte de sus bienes. El hecho de que algunos señores tuvieran iglesias propias en sus señoríos hacía que en ocasiones también ellos fueran los beneficiarios.
La clase baja estaba constituida, fundamentalmente, por campesinos; como se ha indicado, los pequeños propietarios de tierras libres, alodios, eran cada vez menos, al igual que los esclavos. Puede decirse que, cuando se habla de población servil en estos siglos, se hace referencia tanto a los campesinos libres o semilibres como a los propios siervos, ya que, en la práctica, todos estaban confundidos en un mismo sistema de dependencia y en una misma realidad social, la de la clase del campesinado frente a la de los señores.
No obstante, dentro de la propia clase de los campesinos comenzó a darse una diferenciación progresiva con el paso del tiempo. La posibilidad de vender los productos excedentes no sólo beneficiaba a los señores, sino también a los campesinos, al menos a algunos que fueron acumulando poco a poco mansos, productos y dinero; incluso llegaban a tener a otros campesinos trabajando para ellos. Frente a éstos, que eran los menos, había otros que sobrevivían y se autoabastecían, aunque la inmensa mayoría seguía en una situación de subsistencia mínima. Esta diferenciación se tradujo en una jerarquización nueva dentro de la clase baja, hasta el punto de que en ocasiones se llegó a reproducir en ella la fórmula jurídica que caracterizaba a la clase alta: hubo efectivamente homenajes serviles, lo que refleja, sin duda, que la mentalidad feudal impregnaba toda la sociedad. Como señala Pierre Bonnassie: “No hay que ver el feudalismo únicamente como un sistema que regula las relaciones internas de una clase dominante. Sobre todo en el sur de Europa es una estructura global que determina la totalidad de las relaciones sociales, de arriba abajo de la sociedad. La mejor prueba de esto es la difusión del homenaje, en forma de homenaje servil, a las capas inferiores del campesinado. El advenimiento del feudalismo y su corolario, la instauración del régimen señorial, tuvieron repercusiones determinantes en las poblaciones rurales”. El campesinado desarrolló sus propias instituciones, especialmente la comunidad aldeana, encargada de mantener el orden y la paz en las aldeas, y formó las asambleas de vecinos o concejos, que no dejaban de ser ciertas delegaciones del poder señorial en las aldeas; con todo, estas formas trajeron consigo cierta independencia de las aldeas y formas de control propio. Como cabe suponer en este contexto, poco a poco se produjo un acaparamiento de funciones y de poderes entre los campesinos más ricos, que, en definitiva, respondían a esa misma mentalidad feudal. Lo mismo podría decirse de las ciudades. Tras siglos de declive y retroceso, comenzaban a cobrar cierta importancia y desarrollo, gracias al intercambio comercial y la producción de manufacturas; pero aquí también se daba una tendencia a la bipolarización en dos clases, la de los caballeros ricos y la de la población, denominada gente menuda.


Al igual que la formación del feudalismo se gestó durante siglos, su crisis y desaparición fue también larga y prolongada; incluso ciertas relaciones de dependencia económica se mantuvieron tanto tiempo que, como sostienen algunos autores, su desaparición no se consumó hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX. Sin embargo, puede considerarse que el sistema feudal, entendido globalmente, desapareció en torno a los siglos XIV y XV. Los factores fueron múltiples y debe hablarse de la transformación completa de la sociedad. En primer lugar, las monarquías se fueron fortaleciendo debido a una progresiva concentración de poder económico y, sobre todo, judicial y militar en manos de los reyes. A ello contribuyeron decisivamente las crisis y guerras de estos siglos, que fomentaron la necesidad de formar ejércitos numerosos, nutridos cada vez más por masas populares y mercenarios. Las luchas bélicas, por otra parte, dejaron de ser cuerpo a cuerpo entre caballeros para dar paso a los armamentos pesados. En este sentido, la Guerra de los Cien Años fue decisiva. Además, las guerras se convirtieron en un instrumento de primer orden para recaudar impuestos que terminaron por considerarse fijos y permanentes, con lo que se consolidó y amplió la idea de un sistema fiscal público que favoreció el desarrollo de un aparato estatal organizado y fuerte. Paralelamente, este fortalecimiento de la monarquía, que fue concentrando poco a poco poderes públicos tan fragmentados en los siglos anteriores, hizo que terminase por surgir una primitiva idea de Estado y, consecuentemente, una pérdida de protagonismo de los señores feudales en este terreno. Por otra parte, la relación de señoríos y campesinado dejó de ser la casi única existente, debido al creciente desarrollo de las ciudades y a la aparición de grandes fortunas en ellas, como familias de banqueros o comerciantes, no necesariamente poseedores de señoríos (aunque luego tratasen de adquirirlos). Esta idea naciente de colectividad se vio afianzada con las guerras: unos pueblos se enfrentaron a otros y surgió la conciencia de grupos de población unidos en territorios cada vez más precisamente definidos y bajo un poder monárquico, al que, además, se consideraba el puntal de la justicia, por encima de las decisiones particulares y arbitrarias de los señores.
El rey ya no era el primer señor feudal, sino alguien que estaba muy por encima de todos los demás. Incluso las crisis sociales y revueltas de labradores de estos siglos, debidas a un aumento de la conciencia de poder organizarse frente a los señores feudales, debilitó a estos y fortaleció a la monarquía, ya que, como señala Julio Valdeón “el realengo era, al menos desde la mentalidad popular, tierra más propicia a la libertad, en tanto que los dominios de la nobleza se equiparaban a tierras de servidumbre”. Los mismos señores feudales se vieron abocados a acercarse cada vez más a las cortes reales existentes y pujantes y terminaron por transformarse ellos mismos en cortesanos.
Esta situación no dio al traste con los señoríos y grandes propiedades territoriales, ni con muchos de los privilegios de los grandes señores. La antigua nobleza fundiaria se convertiría poco a poco en la nueva nobleza de la época moderna; sin embargo, al mismo tiempo trajo consigo una desaparición del sistema feudal como forma de gobierno de la Europa medieval que había presidido toda la sociedad, la vida política y la mentalidad de las gentes.
 

Bibliografía

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martes, 19 de julio de 2016

BATALLA DE GUADALETE....UN HITO EN LA HISTORIA DE LA PENINSULA IBERICA


  1. La batalla de Guadalete del año 711, también conocida como batalla de Barbate, señaló, como pocos acontecimientos bélicos, un hito en la historia de la Península Ibérica. La derrota del rey visigodo Rodrigo frente a las huestes norteafricanas recién islamizadas de Tariq ben Ziyad, determinó, en palabras de la historiografía tradicional católica, la “pérdida de España”. En efecto, en aquella batalla de incierta localización, se perdió el reino visigodo de Toledo y, con él, el imperio del cristianismo en el solar hispánico durante al menos las tres siguientes centurias. Con la llegada de los arábigo-beréberes se inauguró, en cambio, uno de los períodos más brillantes de la civilización hispánica y de la historia de lo que se ha dado en llamar el Islam clásico.



Conocemos los sucesos que dieron lugar a la conquista islámica de la Península Ibérica a través de las crónicas de autores cristianos y musulmanes. El relato de estas últimas es más completo pero igualmente fruto de elaboraciones posteriores a los acontecimientos y no menos entreverado de narraciones legendarias. La fuente más antigua que se conserva sobre la batalla de Guadalete data del siglo X.
La conquista se convirtió en un acontecimiento de tintes apocalípticos tanto para cristianos como para musulmanes. Así, los relatos árabes están plagados de referencias simbólicas de carácter premonitorio. Entre ellas, la historia de la torre o palacio cuya entrada tenían prohibida los reyes visigodos. Rodrigo, ignorando a sus consejeros, rompió sus cerraduras y penetró en el recinto, del que salió aterrado por la visión de las pinturas que decoraban sus muros, en las que había visto las escenas de su derrota frente a los musulmanes. Sobre el rey Rodrigo se propalaron tras la batalla de Guadalete numerosos relatos que deben considerarse en su mayoría legendarios, pero que han configurado a lo largo de la historia el acervo popular sobre lo ocurrido en aquella ocasión. Las crónicas islámicas abundan especialmente en este tipo de noticias. De ellas procede el famoso relato de la hija del conde Julián de Ceuta -llamada Florinda, la Cava, por la tradición hispano-cristiana-, hermosa virgen que, enviada por su padre a Toledo para ser educada en los usos de la corte, despertó la lascivia de Rodrigo. Salvada a tiempo por su padre de los abrazos del rey, el conde Julián juró vengarse. De ahí que, a su regreso a África, tratara de incitar al gobernador musulmán de Ifriqiya (nombre árabe de la región norteafricana) a invadir las ricas tierras que se abrían al otro lado del Estrecho.
Sin duda la sorprendente facilidad con que se llevó a cabo la conquista de la Hispania visigoda despertó en el imaginario colectivo la necesidad de crear esta fantástica leyenda. Sin embargo, las razones que hicieron que la batalla de Guadalete pasara de ser una mera campaña de saqueo y reconocimiento a convertirse en el inicio de una invasión en toda regla, son menos novelescas. La escasa o nula resistencia de la población (que a menudo se tradujo en abierta colaboración, como en el caso de los judíos, perseguidos tenazmente en los últimos tiempos de la monarquía visigoda) denotó el profundo divorcio existente entre aquélla y el “estado” visigodo. Los treinta años que precedieron a la invasión musulmana son los más desconocidos de la historia del reino visigodo de Toledo, pero las noticias que han llegado hasta nosotros dan cuenta de un estado de profunda crisis social y quiebra política. Las sediciones provinciales, las luchas por la sucesión al trono y las ambiciones políticas de la nobleza y el clero debilitaron hasta tal punto el andamiaje político del reino visigodo que éste sucumbió al primer envite de unos pocos invasores bien organizados.



En verano del 710 había sido elevado al trono el duque Rodrigo, gobernador de la provincia Bética, con lo que se apartaba de la sucesión a la prole del anterior rey, Witiza, que posiblemente había designado sucesor a su hijo Ákhila. Se produjeron luchas entre los partidarios del nuevo rey y los witizanos y parece que Rodrigo triunfó con facilidad sobre éstos. Por su parte, hacia 710 los árabes concluían el proceso de conquista del África del Norte, al que la invasión de la Península Ibérica se halla íntimamente ligado. El mando militar de la conquista estaba a cargo de Musa ibn Nusayr, gobernador de las provincias de Ifriqiya y Magrib.
Las noticias acerca de la riqueza de Hispania y el estado de crisis política que vivía el reino visigodo probablemente bastaron a Musa como acicates para enviar a una parte de su ejército en misión de reconocimiento al otro lado del Estrecho. Las crónicas árabes conceden, sin embargo, un papel crucial al conde Julián en los acontecimientos que llevaron a Guadalete. Es probable que este Julián fuera el exarca de la plaza de Septem (Ceuta), última posesión bizantina en África del Norte, y que se encontrara bajo obediencia vasallática del gobernador musulmán de Ifriqiya. Quizás actuó como intermediario entre los opositores visigodos a Rodrigo, agrupados en torno a los hijos del rey Witiza, desprovistos de fuerza militar, y los musulmanes, a los que habrían acudido con el fin de expulsar del trono al nuevo rey. Cabe la posibilidad de que el conde Julián diera refugio en Ceuta a los partidarios del clan witizano, perseguidos por Rodrigo.
El relato tradicional cuenta que, persuadido Musa ibn Nusayr de la oportunidad de invadir Hispania, el gobernador habría ordenado a Julián llevar a cabo una primera expedición de reconocimiento, de la que el bizantino regresó cargado de botín. Entonces el califa al-Walid habría ordenado el envío de nuevas misiones de exploración con el fin de calibrar la capacidad de reacción del reino visigodo. Un primer desembarco musulmán, de apenas unos centenares de hombres al mando de Tarif ibn Malluk, habría tenido lugar en julio de 710. La expedición desembarcó en una pequeña bahía que recibió el nombre del capitán musulmán: Tarifa. El éxito de esta campaña habría impulsado a Musa a preparar la invasión, a cuyo frente puso a su liberto y gobernador de Tánger, Tariq ibn Ziyad. Actualmente se considera la expedición de 710 como legendaria, fruto de la confusión de los relatos acerca de la definitiva campaña que culminó en Guadalete.
Desde un punto de vista histórico puede considerarse que la conquista de la Hispania visigoda fue una continuación de la recién concluida conquista del Magreb por el Islam. La expedición de 711 habría sido una mera campaña de reconocimiento del terreno, como indica el hecho atípico de que el gobernador musulmán no se encontrara al frente de sus tropas, como era tradicional en las campañas de conquista. Sólo la debilidad endémica del reino visigodo de Toledo hizo posible que la victoria de Tariq en Guadalete se convirtiera en el hecho fundacional de la España musulmana.



En abril o mayo del año 711 un ejército al mando de Tariq ibn Ziyad cruzó el Estrecho, en el momento en que el rey Rodrigo se encontraba en el norte combatiendo a los vascones. Las dificultades que el desplazamiento por mar representaban para un pueblo sin tradición marítima como los árabes hacen poco probable que las tropas de Tariq fueran muy numerosas: entre siete y nueve mil soldados, la mayoría de ellos beréberes, algunos libertos de diverso origen y una minoría de árabes. Tariq se atrincheró en el peñón que recibiría después su nombre (Chabal Tariq: Gibraltar), a la espera de la arribada del grueso de sus tropas. Los relatos árabes cuentan que Tariq, tras poner pie en tierra firme, dirigió la oración arengando a sus tropas a triunfar o morir y que, para asegurarse, mandó quemar la flotilla que les había llevado hasta allí.
Tariq inició su ofensiva con la toma de Carteya (Cádiz), después de lo cual se dirigió al oeste e instaló su base de operaciones en lo que hoy es Algeciras (la “isla verde”, al-Yazirat al-jadra). Entretanto el rey Rodrigo regresó precipitadamente de su campaña contra los vascones y mandó reunir sus tropas en Córdoba. El ejército musulmán había crecido con la llegada de cinco mil nuevos combatientes enviados por Musa ibn Nusayr, pero Tariq actuó con prudencia y, lejos de dirigirse a Córdoba, centro de poder del rey visigodo, decidió proseguir sus incursiones al oeste de Tarifa y esperar en una posición ventajosa el avance de los visigodos.
Se plantea en este punto el problema de la localización exacta de la batalla, que ha generado ríos de tinta por parte de los especialistas. Tradicionalmente se ha identificado el lugar, llamado Wadi Lakkah por las fuentes árabes, con el río Guadalete, que tiene su desembocadura en la bahía de Cádiz. Según C. Sánchez Albornoz, el Wadi Lakkah debería su nombre a una ciudad prerromana, Lakko, situada junto a Arcos de la Frontera, lugar por el que discurre el río Guadalete. Sin embargo existe otra hipótesis, más aceptada en la actualidad, según la cual este río no sería otro que el arroyo de Barbate, desagüe natural de la laguna de la Janda, junto a la que se supone que acampó el ejército de Tariq. Tampoco se conoce con certeza el día en que tuvo lugar el encuentro de los dos ejércitos, que suele datarse entre el 19 y el 23 de julio de 711. Según el cronista árabe Razi, la batalla habría durado toda una semana.



Aceptando la localización en el río Barbate, las tropas musulmanas debieron instalarse entre la ribera de la laguna de la Janda y las pendientes de la Sierra de Retín. El ejército visigodo debía acercarse por el este, atravesando los cerros de Medina Sidonia. Las crónicas dicen que 100.00 hombres formaban las huestes de Rodrigo. Esta cifra es sin duda muy abultada, pero los efectivos cristianos debían de ser mucho mayores que los musulmanes. Según los relatos árabes, el ejército visigodo estaba dividido en dos cuerpos laterales mandados por partidarios del clan witizano. Nada más iniciarse la batalla, éstos habrían desertado del ejército cristiano, junto con todos sus hombres, para unirse a los musulmanes. El ejército de Rodrigo quedó así a merced de sus enemigos y emprendió la retirada en gran desorden. Tariq ordenó entonces su persecución, en la que murieron muchos nobles visigodos. No se conoce con certeza la suerte que corrió Rodrigo. Los relatos más fidedignos no registran su muerte, pero su nombre no vuelve a aparecer en las fuentes, de modo que puede pensarse que pereció en la batalla o que, en cualquier caso, no consiguió presentar resistencia a la invasión tras su derrota en Guadalete.
Todo indica que la batalla no fue de gran envergadura, ya que las fuerzas de Tariq eran escasas y Rodrigo probablemente no pudo reclutar gran número de guerreros ya que su centro de poder era territorialmente limitado. Es posible que sólo le acompañaran las tropas de la casa real y las fuerzas que pudiera reclutar en sus posesiones de la Bética, ya que, por otra parte, no se trataría de una invasión en toda regla. Sin duda la fulminante victoria de las fuerzas árabes se debió al desconocimiento cristiano de las tácticas de combate de los árabes. La probable muerte de Rodrigo, la destrucción de su comitatus, su guardia real y la nobleza cortesana, dieron al enfrentamiento su carácter decisivo. Por otra parte, la rápida conquista de Toledo por Tariq aumentó la confusión creada por la destrucción del ejército real y evitó la elección de un nuevo rey visigodo y la articulación de la resistencia. Por ello la escaramuza de Guadalete / Barbate se convirtió en una conquista.



Las fuentes musulmanas son muy dispares en cuanto a los acontecimientos que siguieron a la derrota de los visigodos. Al parecer Musa había mandado esperar nuevas órdenes tras la batalla. Pero sin duda la asombrosa facilidad de la victoria de Tariq animó a éste a proseguir por su cuenta la conquista de las ricas tierras que se ofrecían a la rapacidad de su ejército.
Los restos de las maltrechas tropas visigodas se habían refugiado en Écija. Hasta allí las persiguió Tariq y obtuvo una nueva victoria que desbarató definitivamente la capacidad de resistencia del ejército visigodo. Muchos descontentos se fueron uniendo a las tropas de Tariq, que encontró la colaboración de la población judía, muy castigada por las persecuciones a la que la había sometido la católica monarquía visigoda. Desde Écija, Tariq inició un paseo militar que le llevó a conquistar Córdoba y Toledo sin apenas resistencias, aniquilando así los restos del reino visigodo. De esta forma comenzaba la historia secular de al-Andalus.


CHEJNE, A. G. Historia de España musulmana.
LÉVY-PROVENÇAL, E. España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031)
ARIÉ, Rachel. España musulmana. vol. 3 de la Historia de España dirigida por M.Tuñón de Lara
http://www.enciclonet.com/articulo/guadalete-batalla-de/#