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martes, 14 de julio de 2015

GIULIO MAZARINO....MINISTRO PRINCIPAL DEL CONSEJO DE REGENCIA FRANCES



Cardenal y primer ministro de Francia, nacido en Pescina (Italia) en 1602 y muerto en París en 1661. Perteneciente a una poderosa familia de Roma, estudió en el colegio jesuita de dicha ciudad y, posteriormente, en la Universidad de Alcalá de Henares. Tras concluir sus estudios se incorporó al Ejército Pontificio, donde alcanzó el grado de capitán.



Su ascensión al poder francés

Desde muy joven mostró grandes aptitudes diplomáticas. Fue nombrado vicelegado papal en la ciudad francesa de Aviñón y, en 1634, nuncio del Papa en París. En la corte francesa se ganó la admiración del cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII. En 1639 se naturalizó súbdito francés y entró a formar parte del Conseil des Affaires, el Consejo de asuntos exteriores francés. Su labor como diplomático de la corte francesa en Saboya le valió el capelo cardenalicio, solicitado para él por Richelieu, a pesar de que nunca fue ordenado sacerdote. Antes de morir en 1642, Richelieu lo recomendó al rey como su sucesor al frente del Consejo real.
Tras la muerte de Luis XIII , Mazzarino se convirtió en el ministro principal del Consejo de Regencia presidido por la reina madre, Ana de Austria, nombrada gobernadora mientras durase la minoridad de Luis XIV, y sobre la que el cardenal ejercía gran influencia. En mayo de 1643 la reina obligó al Parlamento a anular las disposiciones testamentarias de Luis XIII, disolvió el Consejo de Regencia y nombró a Mazzarino primer ministro de la Corona. A partir de entonces, el cardenal dictaría la política de Francia apoyado fielmente por la reina, con la que pudo haberse casado secretamente. El gobierno de un extranjero apenas afrancesado y la grave crisis socioeconómica que atravesaba Francia como consecuencia de la Guerra de los Treinta Años, provocaron la hostilidad general hacia el cardenal.


Los problemas del gobierno de Mazarino

Poco después de su ascensión al poder, éste tuvo que hacer frente a una conjura nobiliaria conocida como la Cábala de los Importantes, que concluyó con la detención y destierro de los conjurados. Las exacciones fiscales extraordinarias decretadas por Mazzarino en el Edicto de Retroventa hicieron crecer la oposición popular hacia el cardenal, especialmente entre la burguesía parisiense representada en el Parlamento de la ciudad. Por su parte, la nobleza continuó sus esfuerzos por detener el avance del absolutismo monárquico que propugnaba la política del cardenal. El descontento general cristalizó en julio de 1648 en el estallido en París de una rebelión encabezada por el Parlamento, conocida como la Fronda. La insurrección se convirtió en una guerra civil que obligó a la familia real a abandonar París y que, con distintas fases, se prolongó hasta 1653. La agitación popular y la aparición de una serie de libelos contra el cardenal, conocidos como las mazzarinadas, hicieron insostenible la permanencia de Mazzarino al frente del gobierno. El cardenal se vio obligado a autoexiliarse en 1652 y 1653, primero en Sedán y después en la ciudad alemana de Brühl, para permitir la reconciliación entre los insurrectos y el rey.

El desgaste de la nación y la difícil coyuntura internacional llevaron en 1653 al agotamiento de la rebelión y a la restauración de un absolutismo monárquico que salía fortalecido de la crisis gracias a la pericia política de Mazzarino. Aunque Luis XIV había alcanzado la mayoría de edad en el transcurso del conflicto, el cardenal se mantuvo al frente del gobierno como rector indiscutible de la política monárquica hasta su muerte en 1661.
En cuanto a las relaciones internacionales, Mazzarino continuó la política de Richelieu encaminada a establecer la hegemonía francesa sobre Europa. Su objetivo prioritario fue poner fin a la Guerra de los Treinta Años con una paz ventajosa para Francia. Sus esfuerzos diplomáticos y las victorias del ejército francés condujeron en 1648 a la firma de la Paz de Westfalia con el Imperio de los Habsburgo, primera fase de los acuerdos de paz que sellarían el fin de la guerra. Desde entonces Mazzarino se convirtió en árbitro del conflicto europeo. Sus siguientes pasos estuvieron dirigidos a obtener la paz con España, que lograría tras su alianza con la Inglaterra de Cromwell y tras la derrota del ejército español en la batalla de las Dunas (1658).
Con la firma de la paz franco-española de los Pirineos en 1659, Francia se proclamaba vencedora de la contienda y obtenía sustanciosas ventajas territoriales. Mazzarino selló la paz con el acuerdo matrimonial entre Luis XIV y la infanta María Teresa, que abría el camino para una posible sucesión francesa al trono español. En la última fase de los acuerdos de paz de la Guerra de los Treinta Años, actuó como mediador en el conflicto que mantenían los países bálticos, que concluyó con los tratados de Oliva-Copenhague (1660) y Kardis (1661).

A la muerte del cardenal en 1661, Francia ostentaba la supremacía política en Europa, sus fronteras estaban consolidadas y la nación preparada para el auge del absolutismo monárquico que cristalizó en el reinado de Luis XIV, el Rey Sol.

Bibliografía

  • BENASSAR, Bartolomé. Historia Moderna. Madrid
  • CORVISIER, André. Historia Moderna. Barcelona
  • GOUBERT, Pierre. Historia de Francia. Barcelona
  • BERTIER DE SAUVIGNY, G. de. Historia de Francia
    http://www.enciclonet.com/articulo/mazarino-jules/#



jueves, 28 de mayo de 2015

PACTO DE NYMPHENBURG....PRUSIA Y LAS DIPLOMACIAS FRANCESA Y BRITÁNICA



 El detonante fue la invasión prusiana de Silesia. Federico II, ante las indecisiones francesas y sin declaración previa, entró en el territorio en diciembre de 1740 con los pretextos de ciertos derechos sobre cuatro ducados silesios y librar a la población de la conquista sajona. Confiado y con la esperanza de evitar una costosa contienda hizo varias propuestas a María Teresa para la cesión: el voto a Francisco de Lorena, su esposo, para el trono imperial, el pago de una indemnización, la confirmación del resto de los dominios austriacos y, por último, la aceptación de parte de Silesia como garantía de los anteriores compromisos. Buen estratega, el elector conocía bien el juego de poderes del momento y, por tanto, la difícil posición austriaca. Las propuestas de Federico II fueron desestimadas con la excusa de que el traspaso de Silesia iba en contra de la Pragmática Sanción, aunque únicamente contase con el hipotético compromiso de británicos, hannoverianos, holandeses, sajones y rusos.
Tras la decisión tomada por Fleury con respecto a Baviera, envió al conde de Belle-Isle de embajador a Alemania para que preparase una coalición contra María Teresa. En marzo de 1741 se firmaba, en apoyo al candidato Carlos Alberto, el Tratado de Nymphenburg por Francia, España, las Dos Sicilias, el Palatinado y Colonia, al que se unió Federico II, por el Tratado de Breslau, de junio de 1741, con las garantías de una parte de Silesia y el respaldo francés. Sin previa declaración de guerra, un ejército franco-bávaro ocupó Bohemia y entró en Praga en noviembre de 1741. Mientras, Federico II se aprovechaba de dos situaciones: la apertura de varios frentes le permitía maniobrar con seguridad por la dispersión de fuerzas austríacas y las disputas en el gabinete británico entre Newcastle y Walpole, especialmente preocupados por los conflictos ultramarinos. Tales circunstancias condujeron al entendimiento entre Gran Bretaña y Prusia para la entrega de la Baja Silesia, al tiempo que se firmaba el armisticio de Kelin-Schellendorf, en 1741, entre Berlín y Viena.



Las conversaciones iniciadas para un acercamiento a Francia no tuvieron los resultados previstos y Federico II firmó el segundo Tratado de Breslau, en julio dé 1742, donde Viena reconocía la cesión de toda Silesia a Prusia, no sin antes sufrir las presiones económicas de los diplomáticos británicos. Austria se sintió defraudada, pero era el único modo de frenar la ofensiva prusiana, y, además, necesitaba la paz porque Londres buscaba el respaldo holandés en la invasión de Francia. Desunidos sus enemigos, María Teresa reaccionó y recuperó Bohemia y entró en Baviera, gracias al respaldo militar de la nobleza húngara a la que hizo algunas concesiones relativas a sus libertades. Carteret denunció la Convención de Hannover de Jorge II y elaboró un plan de ataque dirigido contra Francia. Gracias a la política británica, María Teresa contaba ahora con su apoyo sin trabas, cuyo objetivo consistía en la creación de graves problemas a Francia. La red política londinense surtió pronto los efectos deseados. Augusto III pasó al bando austriaco cuando la archiduquesa accedió a varias de las cláusulas, que antes se había negado a ratificar, del tratado de abril de 1741, sobre subsidios, compensaciones territoriales en Sajonia y compromisos de conversión del Electorado en reino, a cambio de su voto a Francisco de Lorena y ayuda militar en la guerra. También aquí María Teresa cedía por la presión diplomática y, por tanto, consideraba provisionales los acuerdos. Vista la situación, la mayoría de los príncipes alemanes se acercaron a Austria, sobre todo tras la firma del Tratado de Westminster, en noviembre de 1742, entre Londres y Berlín. Los acontecimientos militares se sucedieron en contra de Francia y Jorge II, con un ejército de británicos, hannoverianos y austriacos, los derrotó en Dettingen, en junio de 1743. Luis XV era vencido en todos los frentes europeos y el fracaso definitivo parecía que sólo era cuestión de tiempo, pero un cambio de planes británico, ante la actitud antibelicista de los regentes holandeses, salvó la situación. 
Otro escenario fueron las ambicionadas posesiones italianas de los Habsburgo. Uno de los principales personajes era Carlos Manuel de Cerdeña, que buscaba el equilibrio entre Borbones y Habsburgos en su propio provecho, ya que París le ofrecía territorios y Viena el apoyo a sus pretensiones, previo reconocimiento de la Pragmática Sanción. Las reclamaciones de Felipe V e Isabel de Farnesio hicieron que, finalmente, se acercara al bando austriaco, ya que sólo la presencia de la marina británica, añadida a presiones militares terrestres, impidieron que se lograsen los deseos de los Borbones en Italia. Después de Dettingen, los políticos londinenses posibilitaron la firma del Tratado de Worms, en septiembre de 1743, por Austria, Cerdeña y Gran Bretaña, donde Carlos Manuel conseguía la ayuda económica británica y la cesión por la archiduquesa de parte del Milanesado, Piacenza y ciertos derechos sobre Finale. Las ventajas se debían al miedo de Londres a la amistad de Cerdeña con Francia y España. Ningún estadista había sido capaz de preveer las consecuencias de un tratado que, en principio, carecía de importancia con respecto a los anteriores. Sin embargo, la coyuntura internacional lo convirtió en una pieza clave en la Guerra de Sucesión austríaca. Génova denunció el punto relativo a Finale y Carlos Manuel rechazó la conquista y reparto de Nápoles y Sicilia por Austria porque alteraría el equilibrio peninsular en favor de los Habsburgo, lo que disgustó a María Teresa. La difusa diplomacia de París en Italia, tras la muerte de Fleury, se oponía tanto al acercamiento de Felipe V a Viena o Londres, como a una alianza familiar.


 No obstante, poco después, el enojo de ambos Estados por la firma del Tratado de Worms se plasmó en el segundo Pacto de Familia, en octubre de 1743, por el que Francia apoyaba la reconquista de Gibraltar y Menorca y aseguraba a don Felipe Parma, Piacenza y Lombardía. Además, Federico II participó en la contienda porque en Worms se confirmaba la Pragmática Sanción, inclusive en Silesia, lo que permitiría a María Teresa la ocupación de Baviera y las intrigas internas en el Imperio en favor de una reunificación bajo los Habsburgo.
Carteret, respaldado por los éxitos militares, propició la más ambiciosa empresa diplomática del momento: la reunión de Carlos VII y María Teresa, con el fin de formar la antigua alianza antifrancesa de 1701. Los delegados británicos y bávaros llegaron a un consenso en julio de 1743 por el Tratado de Hanau: Carlos se pasaba al bando antifrancés, renunciaba a los derechos sobre los territorios de la archiduquesa, se le restituían sus dominios hereditarios y parte del Palatinado, recibía importantes cantidades de dinero y se le prometía la conversión en reino de su Electorado. Pero estos compromisos quedaron invalidados por la reanudación de la guerra y el rechazo del Parlamento británico a votar otros subsidios. A partir de 1744, la política londinense estuvo caracterizada por la ausencia de una dirección conveniente, la inestabilidad y la falta de coordinación entre el rey y los ministros.
Europa septentrional también se vio mezclada en el conflicto por la instigación francesa a los suecos en contra de Rusia. Estocolmo, con la excusa de la Guerra de Sucesión austríaca, quiso recuperar las provincias bálticas en manos zaristas, de ahí que se aceptaran los encuentros secretos con la hija de Pedro I, Isabel, para la sustitución de Iván IV. A cambio de apoyo militar sueco, se procedería a la devolución de las pérdidas de Nystadt, pero la traición de la emperatriz y la existencia de problemas dinásticos concretos hicieron imposible cualquier reclamación. El asunto quedó zanjado con el Tratado de Abö, agosto de 1743, donde Suecia aceptaba la tutela rusa, rechazaba la francesa y perdía parte de Finlandia. La zarina tomó una actitud favorable a Austria y Gran Bretaña para garantizar las ganancias obtenidas y evitar el intervencionismo francés, siempre proclive a las pretensiones antirrusas.


 http://www.artehistoria.com/v2/contextos/2129.htm