sábado, 18 de mayo de 2019

EL IMPERIO MONGOL...HISTORIA Y ARTE

Es una formación político-territorial constituida por miembros de la etnia mongol de los zungares, también conocidos como mongoles occidentales, oirates o calmucos, originaria de la región montañosa de Zungaria (Dzungaria), que en el siglo XVII alcanzó una notable expansión territorial, hasta rivalizar con China por la hegemonía sobre Asia Central. Dicha región de Zungaria, de aproximadamente 1.200.000 kmde extensión, está situada en la parte Norte de la actual región autónoma china de Xinjiang, justo al Oeste de la República de Mongolia y al Noroeste del Turkestán chino.
Los zungares formaron parte durante siglos del Gran Imperio Mongol fundado por Gengis Kan, junto a otros pueblos vecinos como oirates, torgutos y derbetos, todos ellos integrantes del grupo étnico de los mongoles occidentales. Se sabe que en el siglo XV un caudillo oirate, Esen Taiji, derrotó al ejército Ming y llegó a capturar al propio emperador chino; un siglo más tarde, otro gran líder guerrero oirate, Altan Kan, trajo en jaque a Pekín con sus constantes incursiones más allá de la Gran Muralla. Sin embargo, no fue hasta bien entrado el siglo XVII cuando las tribus zungares lograron cierta unidad política, bajo el mando del caudillo Galdan . Galdan utilizó el vehículo de la religión, en concreto el culto del lamaísmo tibetano, como factor unificador, y paulatinamente fue logrando hacerse con la hegemonía entre todos los príncipes mongoles occidentales. En la década de 1680 los zungares atacaron a los mongoles kalkas u orientales, quienes buscaron la alianza de la China de los manchúes para contener la agresión; en las luchas consiguientes los zungares salieron derrotados y su líder muerto, episodio que sin embargo no significó ni mucho menos el final del poder zungárico.
Un pariente de Galdan, llamado Tsewang Rabtan , hizo resurgir el Imperio de los zungares a comienzos del siglo XVIII, anexionando a sus dominios gran parte de Turkestán, Mongolia occidental y el Tíbet. Aprovechando una crisis de poder, los zungares conquistaron incluso la capital tibetana, Lhasa , y establecieron un Protectorado. Pese a que el emperador chino Kangxi reaccionó y expulsó de Lhasa a los zungares, éstos siguieron teniendo bajo su dominio la mayor parte de Asia Central hasta la muerte de Rabtan. A partir de entonces, las encarnizadas luchas internas por la sucesión, unido a la constante presión ejercida desde Pekín, marcaron el lento declive zungárico. El último de sus soberanos, llamado Amursana , no tuvo más remedio que aceptar la preponderancia china y su condición de vasallo de los soberanos manchúes, actuando en nombre de ellos. En la década de 1750 los zungares se rebelaron para intentar recuperar su anterior esplendor, pero la respuesta de los ejércitos chinos fue esta vez implacable: la nobleza zungárica fue masacrada, sus asentamientos destruidos, y hasta eliminado oficialmente su nombre, sustituido por la designación de tribu Olot.
La región de Zungaria, junto con el Turquestán Oriental y la cuenca del río Tarim, pasó desde entonces a estar bajo soberanía del Imperio Chino, primero, y de la República Popular China, después; por su parte, el pueblo zungárico fue seriamente diezmado a raíz de los acontecimientos relatados, pasando a constituir una minoría olvidada dentro del gran mapa étnico de la región de Xinjiang.
Los mongoles eran pueblos nómadas que ocupaban un amplio territorio, aquél por el que se trasladaban con sus ganados, y se agrupaban en confederaciones de clanes, sin límites geográficos claros, cuando las necesidades de defensa lo exigían.
Ante esta continua trashumancia uno de los medios para agrupar e identificar a estos pueblos es la lengua, que pertenece a la familia altaica, dentro de la cual se distinguen varios dialectos: el oirat de los mongoles occidentales situados principalmente en la región del Volga; el buriato localizado en Siberia en la zona del lago Baikal; el khalkha, dialecto principal (y nombre del pueblo dominante) de la actual República de Mongolia y los de Mongolia interior, hoy Región Autónoma china.
Los mongoles habitan territorios caracterizados por la hostilidad del medio físico, un gran desierto donde se engloban el de Gobi y una alta meseta que llega a alcanzar los 4.000 metros de altura. La población se agrupa en unidades nómadas de varias familias o se sedentariza en las ciudades.
La economía se basa en la ganadería, formada por ovejas, cabras, híbridos de yak, camellos y caballos (estos últimos se consideran artículos suntuarios), que garantiza el autoabastecimiento pues es el medio de transporte, la base de la alimentación (carne y productos lácteos), facilita lana y pieles (para cubrirse y construir la vivienda, la yurta) y sus excrementos se usan como combustible. Además, algunos productos llegaban a través del comercio con China, como por ejemplo el té.
Aunque existen algunos datos anteriores, la entrada de los mongoles en la historia se produjo en 1206 cuando Gengis Kan  unificó las diversas tribus y fundó el estado del que luego surgiría la dinastía Yuan  que conquistó China, Corea y dominó Tíbet, Asia Central, Irán e India.
Los emperadores de la dinastía Yuan mantuvieron estrechos contactos con los tibetanos, basados en la protección militar que otorgan a éstos a cambio de su asesoramiento espiritual (relación protector-sacerdote). Especialmente importante es la adopción del Budismo Vajrayana como religión de la corte mongola durante el reinado de Khubilai Kan . Este hecho se produce gracias a la labor del abad de la orden Sakyapa que ve a partir de este momento respaldado su poder político en Tíbet. 
En 1368 los Ming, una dinastía local, toma el poder en China expulsando a los mongoles que se ven obligados a regresar a sus territorios de origen. A partir de este momento se abre un período de descomposición del poder político que vuelve a disgregarse en grupos nómadas.
En el siglo XVI destacan los reinados de Dayan Khan  y de Altan Khan . Este último fundó  Köke-khota, la capital de Mongolia interior, y reinició las relaciones protector-sacerdote con Tíbet, produciéndose la segunda conversión al budismo Vajrayana de los mongoles, más masiva que la primera. Además, Altan Khan otorgó al abad de la orden Gelukpa el título de Dalai Lama y, a partir de ese momento Köke-khota será el centro del Lamaísmo mongol.
En 1635 la dinastía manchú Qing inicia su expansión anexionándose Mongolia interior y después China . Desde este momento se empiezan a utilizar los términos Mongolia interior y exterior que aluden a las fronteras chinas. Se abre así un largo período en el que, cortadas las alas a los caudillos de Mongolia interior, se producen sin embargo conatos de unificación entre los pueblos mongoles.
Estatua que representa a Zanabazar, museo etnológico de Viena.
Si bien las primeras creencias de los mongoles eran animistas, centrándose en el culto a las fuerzas de la Naturaleza y en la importancia de los ritos mágicos, e incluso existe una religión primitiva que liga estas creencias al culto al rey (khan), la adopción del budismo Vajrayana va a ser fundamental para el desarrollo del estado.
En la Mongolia dividida por la dinastía Qing, especialmente en la exterior, la iglesia lamaísta se va a configurar como una institución política capaz de centralizar a la sociedad.
En esta tarea juega un papel fundamental Zanabazar , monje que es iniciado en el budismo Vajrayana en Tíbet, con quien comienza el linaje espiritual de Jebtsundamba, la autoridad máxima religiosa de Mongolia exterior, el equivalente del Dalai Lama tibetano. El linaje se mantiene hasta el VIII Jebtsundamba, Bogda Gegen.
Zanabazar, que establece la capital en Urga, la actual Ulan-Batar, es sobre todo conocido por sus aportaciones a la cultura tibetana: construye edificios sagrados, realiza esculturas de metal y posiblemente pinturas, inventa un alfabeto y traduce obras religiosas del tibetano.
A partir del siglo XVIII, aunque la iglesia lamaísta sigue manteniendo su poder (en el siglo XIX funciona como un estado dentro del estado chino), los habitantes de Mongolia exterior se ven obligados a aceptar la soberanía china que establece un control sobre el país bajo la forma de protectorado en el siglo XVIII.
En 1911 Mongolia interior quedó definitivamente incorporada a la recién creada República China y Mongolia exterior quedó bajo la influencia rusa adoptando, tras la creación de la URSS, el modelo soviético. Su independencia se mantiene con el nombre de República Popular de Mongolia que en 1992, tras la desaparición de la URSS, se simplifica en República de Mongolia.
El gran impulso cultural de los pueblos mongoles va unido a su adopción del budismo Vajrayana e inevitablemente gira en torno a Tíbet, foco de irradiación fundamental de esta religión. La lengua utilizada en las ceremonias, los textos religiosos y científicos proceden de Tíbet, tanto es así que no existe propiamente una literatura escrita en lengua mongola hasta el siglo XIX en que se recopila la abundante tradición oral.
En las manifestaciones artísticas, además de la lógica influencia china, su contenido religioso hace que la inspiración provenga de las fuentes tibetanas. Destacan especialmente la escultura realizada en aleaciones cobrizas y la arquitectura religiosa.
Además, hay que reseñar la existencia de thankas, pinturas de meditación, que siguen el modelo tibetano tanto en las técnicas y estilos como en las reglas de representación y en los modelos iconográficos. En ocasiones, sobre todo desde el siglo XIX, los thankas también se realizan uniendo trozos de telas, frecuentemente seda, y añadiendo, según una tradición original de Mongolia, bordados y piedras semipreciosas. 
Dentro de las manifestaciones artísticas de Mongolia destaca la abundante producción de imágenes de culto, y también de objetos rituales, realizadas en aleaciones cobrizas lo que muestra la continua demanda de la iglesia lamaísta mongola.
Dentro de la estatuaria hay que destacar en primer lugar las obras atribuidas a Zanabazar  y a su escuela (hasta finales del siglo XVIII), que representan el momento de clasicismo del arte mongol.
Esta escuela, que se desarrolla en Mongolia exterior, muestra características en común con el arte de los newars, los habitantes del valle de Katmandú, cuya maestría en el trabajo de los metales se transmite a través del Himalaya y Asia Central, llegando hasta los pueblos mongoles. El aspecto plácido y juvenil y la belleza de las proporciones de las imágenes, unidos al dorado y la policromía que se utiliza en ellas, parece inspirado en modelos nepalíes. (Ver arte nepalí)
En Mongolia interior, por otro lado, en la provincia de Chahar, existe en el siglo XVIII un gran florecimiento del budismo Vajrayana (destacan los monasterios de Koke y Shira) y aparece el estilo Dolonnor que se manifiesta en esculturas, de tamaño generalmente grande, realizadas uniendo varias piezas de cobre repujado, sistema que facilita el traslado de las esculturas.

La arquitectura mongola está condicionada por las severas condiciones físicas del territorio y la forma de vida de sus habitantes. La vivienda tradicional y más habitual es la yurta, especie de tienda realizada con piel de animales, que inspira algunas formas de la arquitectura mongola realizadas en materiales más duraderos.
Con la conversión al budismo Vajrayana se inicia la arquitectura religiosa y aparecen tres tipos de edificios: Khüriye, los monasterios cercados generalmente de planta circular; süme, los templos; y Keyid, los lugares de residencia de los monjes ermitaños. Esta arquitectura, a pesar de la obvia influencia tibetana, da muestras de eclecticismo y en ella aparecen también con frecuencia elementos de origen chino.
El monasterio más grande y antiguo de Mongolia exterior es Erdene-zü, construido en 1586 por Abadai Kan. Consta de un recinto que encierra varios edificios: tres templos de estilo chino de la época de su fundación; el Labrang, templo y residencia del Jebtsundamba, erigido en 1780 de estilo tibetano; y numerosas stupas, así como otros templos posteriores. 
Amarbayasgalant representa el modelo keyid en la arquitectura mongola y fue financiado por sucesivos emperadores de la dinastía Qing china en el siglo XVIII en memoria de Zanabazar. Se trata en realidad de un monasterio construido en estilo chino.

jueves, 16 de mayo de 2019

LOS COSACOS....GUERREROS-GUARDIANES RUSOS



A lo largo de varios siglos los cosacos han tenido un papel clave en las guerras y en la formación del Estado ruso. Mediante una larga transformación de una explosiva mezcla de grupos de aventureros y buscadores de libertad con las tribus que habitaban las estepas entre los mares Negro y Caspio nació una casta militar que a juicio de muchos extranjeros que la vieron “en acción” fue una caballería única e incomparable en el mundo.

Jinetes natos, los cosacos se mostraban también brillantes guerreros polifacéticos, sabiendo sobrevivir y vencer en combates de todo tipo. Los cosacos pudieron resistir asedios de tropas enemigas muy superiores actuando como artilleros y zapadores. En las largas marchas por desiertos y estepas y en condiciones de agua racionada y escasez valían más que la caballería regular de cualquier país, Rusia incluida.
Menos conocida e incluso más importante que sus proezas y audacia en la guerra fue el duro servicio de los cosacos en las extensas fronteras rusas y su lucha contra las incursiones de pueblos nómadas (de los que adquirieron varias de las tácticas y maniobras “de estepa” que tanto sorprendían a la caballería regular de los países europeos, por ejemplo en la guerra contra Napoleón). Los destacamentos cosacos hicieron una importante labor de escolta de numerosas expediciones de geógrafos, oficiales de inteligencia militar, exploradores y topógrafos rusos y también sirvieron de guardianes de embajadas rusas en Estados asiáticos.
El origen étnico de los cosacos es aún una cuestión en estudio, pero en cualquier caso con el tiempo entre ellos empezó a predominar la etnia eslava y la religión cristiana ortodoxa.


El origen exacto de los cosacos modernos se desconoce pero existen muchas teorías al respecto, que se pueden clasificar en dos grandes grupos: “migratorio” y “autóctono”.
La idea básica del primer grupo de teorías es que los cosacos son descendientes de los cherkeses del Cáucaso, los kasogos (tribu de origen tártaro), los pechenegos, los torkos y bródnicos (tribu nómada de origen eslavo) entre otros pueblos.
El segundo grupo de teorías defiende la idea de que las comunidades cosacas se formaron a partir de grupos de rusos y ucranianos que en la Edad Media huyeron de sus señores. Otra versión de esta teoría es que se desplazaron por razones económicas (teoría de la colonización).
Los principales núcleos de población cosaca se encuentran en las regiones de los ríos Don y Dniéper. A finales del siglo XIV en estas regiones se formaron varias comunidades grandes cerca de las vías comerciales más importantes de la época. En el siglo XVI las comunidades cosacas formaron dos potentes organizaciones territoriales independientes, las llamadas “huestes”: la Hueste del Don (en los meandros bajos del río Don) y la Hueste de Zaporozhie (en el río Dniéper, también llamada “Zaporózskaya Sech”). Estas comunidades sirvieron de imán para todo tipo de buscadores de fortuna, aventureros, siervos huidos de sus amos… Varios historiadores afirman que los destacamentos cosacos también incluían pueblos de origen turco. 
Más tarde, con el crecimiento del Estado ruso y la incorporación a Rusia de Ucrania (en cuyo territorio se ubicaba la Hueste de Zaporozhie), en el territorio ruso surgieron otras “huestes” de cosacos. A inicios del siglo XX en el país había once huestes cosacas: la del Don, la del Kubán, la de Oremburgo, la de Siberia, la de los Urales (denomida “del Yaik” hasta la sublevación de Pugachov), la del Amur, la de Semirechie, la de Astracán, la del Ussuri, la del Térek y la del Yeniséi.
En 1917, año en que estalló la revolución rusa, en el país había 4 434 000 cosacos.
Hoy por hoy no existen datos oficiales sobre el número de cosacos y sus descendientes ya que en la elaboración del censo no se pregunta sobre el origen étnico. Según diferentes sondeos, en Rusia residen cerca de cinco millones de cosacos.

Inicialmente los principios básicos de la organización interna de las comunidades cosacas eran la libertad personal de todos sus miembros, la igualdad social, el respeto mutuo y la libertad para expresar su opinión en el Círculo de Cosacos, el máximo organismo administrativo de la comunidad. Cualquier cosaco podía votar en la elección de los atamanes, así como ser electo a este cargo administrativo. 
Hasta el siglo XVIII los cosacos fueron totalmente independientes en cuanto a su administración militar y civil, jurisdicción, relaciones exteriores, etc. Pero durante este siglo el Imperio ruso les exigió el servicio militar y lealtad a cambio de tierra, salario y otros privilegios. La paulatina subordinación de las comunidades cosacas al poder de los zares con frecuencia llevaba a sublevaciones de estos guerreros, muchos de los cuales recordaban los relatos de sus antepasados sobre los años de su independencia. El control estatal, recrudecido sobre todo durante el gobierno de Pedro I desembocó en varias sublevaciones (a veces protagonizadas por campesinos pero siempre encabezadas por cosacos), las más importantes de las cuales fueron las de Stepán Razin (en el siglo XVII), Kondrati Bulavin (durante el reinado de Pedro I) y la lucha campesina liderada por cosacos con Yemelián Pugachov a la cabeza (durante el reinado de Catalina II).
Los pronunciamientos de los cosacos recibieron siempre una contundente respuesta punitiva de las autoridades rusas. Por ejemplo, tras la sublevación de Bulavin, la Hueste del Don fue oficialmente privada de su autonomía. Para castigar la fuerte y violenta insurrección campesina de Pugachov, liderada por los cosacos de la Hueste del Yaik, Catalina II mandó, además de privar a los cosacos de la zona de autonomía que les quedaba, cambiar el nombre tanto del río Yaik como de la propia hueste cosaca, que, como el río, recibió entonces el nombre de “Ural” en uno de los pocos casos de la historia en los que un cambio de nombre no se efectuó para recordar sino para olvidar. La misma Catalina ordenó la disolución de la Hueste de Zaporozhie y el derribo de la fortaleza de estos cosacos ucranianos por temor a que brindaran apoyo a Pugachov. Como consecuencia de ello parte de los cosacos de Ucrania hubo de retirarse a las orillas del río Kubán, donde formaron la Hueste del Kubán.
A inicios del siglo XIX los cosacos constituían una clase social reconocida en Rusia, siendo los principales defensores de las fronteras del país (aunque el Gobierno también tuvo que enviar tropas regulares a sus fronteras meridionales para defenderse de las incursiones de los tártaros de Crimea). El contingente cosaco participaba además en todas las guerras que llevaba a cabo Rusia e incluso formaba parte de la guardia personal de los emperadores. Como recompensa a su servició militar recibieron una amplia autonomía social, tierras de cultivo y la exención del pago de impuestos.
A partir de 1815, un año después de la derrota definitiva de Napoleón, a la que inestimablemente contribuyeron los cosacos, todas las Huestes pasaron a ser administradas por el Estado Mayor del Ministerio de Defensa. Además, también después de las guerras napoleónicas, tres regimientos de cosacos se incorporaron a la guardia rusa. Se estableció que el servicio militar de los cosacos durase veinte años (reducidos a dieciocho años en 1909), cinco de ellos a tiempo completo y el resto en la reserva. Cabe destacar que el Gobierno daba tanta importancia a esta espina dorsal de la caballería rusa que a partir del 1827 el atamán formal de todas las Huestes cosacas era también heredero al trono imperial.

Durante la guerra civil(1927) rusa la mayoría de los cosacos intervino en contra del poder soviético. Pese a que algunos tomaron partido por el lado bolchevique (quizá el más conocido de ellos fue Semión Budionny, futuro mariscal del Ejército Rojo), las regiones con población cosaca fueron un baluarte del movimiento blanco. Sus agrupaciones más numerosas fueron el ejército del Don, en el sur de Rusia, y los ejércitos de Oremburgo y los Urales, en el este.
Sin embargo, al inicio de la guerra civil, los cosacos se limitaron a expulsar a los bolcheviques de sus tierras sin brindar apoyo al emergente movimiento blanco. Varios cosacos de la Hueste del Don tenían planes para fundar su propio Estado y otra parte de los cosacos se unió al Ejército Blanco. Cuando el movimiento antibolchevique fue derrotado, los cosacos se quedaron solos ante el Ejército Rojo.
Durante la guerra civil la población cosaca fue sometida a represiones masivas, que comenzaron en 1919 por decisión del Comité Central del Partido Bolchevique. Lev Trotski fue totalmente tajante: “Los cosacos son la única parte de la nación rusa capaz de alcanzar la autodeterminación. Por esta razón deben ser eliminados”, afirmó el fundador del Ejército Rojo y segunda persona más importante del país. Lenin respaldó el macabro fallo y empezó la llamada “descosaquización”: fusilamientos, arrestos y deportaciones. Las tierras cosacas fueron repobladas por personas leales al nuevo régimen. Gran parte de los cosacos que participaron en el movimiento blanco emigró. En el exilio algunos de los que durante las guerras anteriores habían formado parte de los destacamentos de plastuný sirvieron de instructores de combate cuerpo a cuerpo en la Legión francesa y en unidades de la Infantería de Marina estadounidense.

                          
                                              Plastuný
En 1936 las tropas cosacas renacieron en la Unión Soviética y los cosacos volvieron al Ejército por decreto especial del Gobierno. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial una parte, sobre todo emigrados, batalló del lado alemán.
En 1945 los “cosacos colaboracionistas” (parte de los cuales no eran ciudadanos soviéticos) fueron extraditados por las tropas británicas a la URSS. Distintas fuentes indican que se trataba de entre 45 000 y 50 000 personas. Los generales y oficiales colaboracionistas fueron ejecutados. Los cosacos de unidades colaboracionistas fueron condenados a distintas condenas de exilio y trabajos forzados. En 1955 fueron amnistiados.
No obstante las anteriores persecuciones, la mayoría aplastante de cosacos, sobre todo del Kubán y del Térek, peleó heroicamente por la patria en unidades de caballería y cuerpos mecanizados de caballería creados en 1943. Asimismo los cosacos del Térek y Kubán integraron los famosos batallones y hasta divisiones de plastuny, con permiso para llevar fuera de combate el uniforme tradicional de sus respectivas Huestes.
Además de las unidades puramente cosacas, muchos cosacos destacaron individualmente. Los más famosos fueron el armero Fiódor Tókarev, diseñador de la famosa pistola TT-30/33 y el fusil semiautomático SVT-40; el oficial tanquista Dmitri Lavrinenko, el mejor de las tropas blindadas soviéticas, que destruyó 52 tanques alemanes hasta su muerte en diciembre de 1941; el teniente general Dmitri Kárbyshev, especialista de fama mundial en fortificaciones, torturado hasta la muerte en 1945 junto con otros 500 prisioneros del campo de concentración de Mauthausen; y el almirante Arseni Golovkó, comandante de la Flota del Norte durante la guerra.

Matvéi Plátov, Fiódor Tókarev, Semión Budionny y Dmitri Lavrinenko

En los años de postguerra los cosacos fueron vistos por el Gobierno como simples campesinos, aunque con tradiciones folclóricas y trajes regionales propios. Hasta finales de los años ochenta del siglo XX, durante la perestroika de Mijaíl Gorbachov, los descendientes de cosacos no comenzaron a reavivar sus tradiciones. Tras la desintegración de la URSS los cosacos participaron activamente en varios conflictos militares en el territorio del extinto país.
Actualmente el Gobierno ruso está impulsando el restablecimiento de los cosacos como casta militar. Se fundan nuevas escuelas de cadetes que se rigen por las antiguas reglas del Imperio ruso.


Campañas cosacas más destacadas

Colonización del sur de Rusia, Siberia y Lejano Oriente
Hasta el siglo XVI las relaciones entre los cosacos y el poder central ruso se caracterizaron por los esfuerzos del Gobierno por canalizar la actividad y belicosidad cosaca en provecho del país… en caso contrario estos atrevidos amantes de la libertad podrían lanzarse en alguna empresa peligrosa.
Bastaría como ejemplo de esta política de contención la fundación en 1589 a orillas del Volga de la ciudad de Tsaritsin, llamada a defender esta importante vía fluvial de las incursiones cosacas, y que a mediados del siglo XX entraría en la historia de la Segunda Guerra Mundial bajo el nombre de “Stalingrado” (ahora Volgogrado).
Sin embargo, mediante una colonización económico-militar los cosacos unieron a Rusia vastos territorios en las estepas al sur del país que ahora forman parte de Rusia y Ucrania. Pero un regalo aún más importante fue entregado a Rusia en el siglo XV, cuando un destacamento de 500 cosacos encabezado por el atamán Yermak Timoféyevich conquistó Siberia e, incapaz de retener tal extensión de tierra, recurrió a la ayuda del Gobierno ruso.
Terminado el periodo de caos y guerra civil en Rusia que siguió a la muerte del entonces zar ruso Borís Godunov, fueron los cosacos los que procedieron a una colonización normal de Siberia hasta el océano Pacífico y fundaron fortalezas que pronto se convirtieron en ciudades. Ahora estas ciudades y puntos geográficos llevan los apellidos de estos cosacos, como el cabo Dezhnev, el punto más oriental de Asia, en la costa ártica de Siberia, o la ciudad de Jabárovsk, llamada así en honor a Yeroféi Jabárov.

                   
Conquista de Siberia
El asedio de Azov
A medida que el Gobierno ruso estrechaba sus lazos con los cosacos con el envío de “salario” y pertrechos (plomo y pólvora), las comunidades cosacas, sobre todo la Hueste del Don, se iban sintiendo más dependientes de Rusia. Finalmente los cosacos del Don optaron por recuperar su independencia absoluta tomando la ciudad de Azov, el punto más importante de las tierras adyacentes al estratégico mar Negro y mar de Azov, desde el cual podrían controlar las rutas comerciales del área. En 1637 los cosacos del Don, dirigidos por Mijaíl Tatarin (por cierto, apellido que significa “tártaro”) y en alianza con los de Zaporozhie, empezaron el asedio de esta ciudad, parte entonces del Imperio otomano. Los trabajos de ingeniería, durante los que se voló un fragmento del muro de la fortaleza, fueron dirigidos por un cosaco “de la tierra alemana”, según los manuscritos. En menos de tres meses, tras un ingenioso asedio, la fortaleza fue tomada por asalto y la guarnición turca eliminada.
Los cosacos declararon que la ciudad sería la capital de la Hueste del Don… tremenda bofetada al poderoso Imperio otomano. Durante las conversaciones con el Gobierno turco, Rusia condenó la incursión cosaca, pero tal como siempre había defendido, afirmó que los cosacos son independientes de Rusia. Además la permanencia de cosacos en Azov relajó considerablemente la presión sobre las fronteras rusas por parte de los tártaros de Crimea (vasallos de Turquía) y redujo drásticamente la cantidad de incursiones tártaras en el sur de Rusia. Los cosacos recibieron (en secreto) cantidades adicionales de pertrechos.  
Los turcos tardaron años en reunir un ejército para recuperar la ciudad. Inicialmente la contraofensiva se postergó debido a una guerra contra Irán y a la muerte en 1640 del sultán Murad IV. El nuevo sultán, Ibrahim I, envió un enorme ejército turco, calculado en 240 000 guerreros, en 1641.
Unos 7500 cosacos se defendían en la fortaleza. Tras un intento fallido de asalto, los turcos procedieron al asedio, que empezó en junio de 1641, hostigando la fortaleza con la artillería e intentando minar sus muros. Pero los cosacos resultaron superiores a los turcos en el arte de la guerra de minas: las contraminas cosacas volaban las galerías subterráneas turcas con los zapadores dentro. Aunque en agosto la artillería turca había prácticamente arrasado los muros de la fortaleza, los turcos cesaron los ataques, con graves bajas y totalmente desgastados. El veintiséis de agosto el ejército turco de retiró. Los cosacos pagaron cara su sorprendente victoria: tan solo mil defensores sobrevivieron.
Los supervivientes se dieron cuenta de que en lo sucesivo no podrían resistir ante un enorme imperio y enviaron una embajada a Moscú para solicitar, como sucediera en Siberia durante el reinado de Iván el Terrible, que “tomara la ciudad bajo el mando del zar ruso”. Esta vez Rusia, tras largas discusiones, rechazó el “regalo” cosaco y recomendó a los guerreros que abandonasen la ciudad. 
En 1642 los cosacos se marcharon de Azov.
En 1695 Rusia quiso repetir la hazaña de los siete mil cosacos pero el numeroso ejército enviado fracasó en la misión. Un año después, y con el propio Pedro I a la cabeza, otro gran ejército ruso se enfrentó al reto. En esta ocasión lo superó, pero con multitud de bajas. Sin embargo, en 1711 Rusia tuvo que devolver la ciudad a Turquía. Finalmente, tras otra guerra ruso-turca, en 1739 la ciudad pasó definitivamente a formar parte de Rusia.



Cosacos contra Napoleón
Los méritos de los cosacos del Don en la lucha contra la invasión napoleónica son ampliamente conocidos. Hasta la toma de París, todas las tropas cosacas estuvieron bajo las órdenes del conde Matvéi Plátov, legendario atamán de la Hueste del Don.
En todo el Ejército ruso y hasta en Europa se dio a conocer la extraordinaria promesa de Plátov  contraída durante la retirada de las tropas francesas. El afamado general prometió la mano de su hija María (las mujeres cosacas tenían fama de ser muy hermosas) y dos mil rublos (una suma colosal, puesto que en aquella época una vaca costaba entre dos y tres rublos) a cualquier soldado que hiciese prisionero a Napoleón.
El teniente Jean-Baptiste Nicolas Savin-Dernier, el último veterano vivo de la Grande Armée, se quedó a vivir en Rusia y durante sesenta años sirvió de profesor en un colegio de Sarátov. El antiguo militar recordaba que cuando fue llevado ante Plátov, el furioso general le golpeó en la cara y mandó que le llevasen un vaso de vodka para que no se congelara.
“Los cosacos son la mejor caballería ligera de todas las existentes. Si los tuviera en mi ejército, cruzaría todo el mundo con ellos”, afirmó Napoleón sobre este pueblo. Sin embargo, pronto abandonaría los elogios…  
En su huida de Rusia, el emperador se detuvo en Varsovia, donde en presencia del asombrado Gobierno polaco narró que había tenido que pelear en Rusia contra bárbaros y contra cosacos que no eran sino demonios transformados en seres humanos. “El diablo está dentro de los cosacos”, asustó a su auditorio el emperador.  
El mismo retrato fue repetido por Napoleón en vísperas de la toma de París por las tropas aliadas. En toda la ciudad se desplegaron imágenes de cosacos con cara de feos diablos prendiendo fuego a casas. Sin embargo, los parisinos vieron atractivos jinetes, perfectamente formados, uniformados y disciplinados. Según recordó el famoso escritor Victor Hugo, los cosacos se mostraron apacibles y corteses.


lunes, 13 de mayo de 2019

LA DESAMORTIZACION DE MEDIZÁBAL


La desamortización      es un proceso económico por el que los bienes inalienables o de manos muertas pasan a contratación pública, por lo que quedan exentos de las trabas jurídicas de carácter señorial que impiden su libre circulación en el mercado. En la terminología jurídica del siglo XIX, se llamaba manos muertas a los propietarios de bienes no permutables, cuyos ejemplos típicos eran la Iglesia y los titulares de mayorazgos. Este tipo de propiedad impedía la enajenación y la libre disposición de los bienes afectados, pero, en cambio, permitía su acumulación ilimitada mediante nuevas adquisiciones. De ahí que el fenómeno de las manos muertas fuera característico del régimen latifundista señorial, pues favorecía el acaparamiento de tierras por parte de las clases privilegiadas y la perpetuación de la propiedad fundiaria en el seno de una institución o de una misma familia nobiliaria.El concepto de desamortización no implica únicamente el acto jurídico de la desvinculación de los bienes amortizados, por el cual éstos adquieren la condición de bienes libres para sus propios poseedores (caso que afectó esencialmente a los mayorazgos de la nobleza), sino que significa específicamente la pérdida de la propiedad de estos bienes por parte de sus poseedores, ésta pasa al Estado, que se arroga el derecho a vender los bienes nacionalizados y a destinar los beneficios de la venta a sus fines propios.La desamortización española debe entenderse en el marco del proceso de liquidación del Antiguo Régimen que afectó a toda la Europa occidental. Este proceso tuvo uno de sus principales símbolos económicos en la reforma agraria de carácter capitalista, que requirió la eliminación de las formas jurídicas de propiedad señorial y la puesta en circulación y explotación de las tierras hasta entonces intocables.
Las primeras desamortizaciones de la historia europea datan de la época de la Reforma protestante, cuando los poderes laicos cismáticos se apropiaron de los bienes de la Iglesia católica en los territorios del Imperio alemán. La Revolución Francesa puso en marcha el primer proceso desamortizador en un sentido contemporáneo, es decir, como ataque de un estado secularizado al régimen señorial y como instrumento financiero al servicio de la Hacienda pública. Sin embargo, el término se aplica por antonomasia a los grandes procesos liquidadores de las manos muertas que tuvieron lugar en la España del siglo XIX como parte esencial de la reforma liberal burguesa.En España, la primera etapa de la reforma agraria preindustrial tomó la forma de un ataque directo a la propiedad inalienable, retenida fundamentalmente por la Iglesia, la Corona y los municipios. El proceso desamortizador (que se prolongó a lo largo de más de un siglo, siguiendo los avatares políticos de la revolución burguesa) convirtió en bienes nacionales las propiedades y derechos de diversas entidades civiles y eclesiásticas, y afectó tanto a la propiedad plena (fincas rústicas y urbanas), como a los derechos censales de diversa naturaleza y al patrimonio artístico y cultural de las instituciones afectadas. Con ello se pretendía crear un régimen de propiedad ajustado al sistema político liberal, es decir, una propiedad libre, plena e individual que permitiera el despegue del capitalismo agrario. El patrimonio de las manos muertas no era de libre disposición, ni pleno (ya que a menudo mediaba la cesión del dominio útil de la propiedad a censatarios), ni individual (pues la titularidad correspondía a sujetos colectivos e instituciones). La venta de estos bienes se efectuó a través de dos procedimientos básicos: la subasta pública al mejor postor (sobre todo en el caso de las propiedades plenas) y la redención por el censatario cuando se trataba de derechos sobre la tierra. Los ingresos obtenidos de la venta masiva de los bienes nacionalizados se destinaron a subsanar el déficit crónico de la Hacienda pública, al mismo tiempo que la liberación de la tierra hacía posible, al menos en teoría, una redistribución más justa de la propiedad fundiaria, la introducción de nuevas técnicas de producción capitalista y la creación de una base social de propietarios medios que ligara su suerte al triunfo del régimen liberal.

El 19 de febrero de 1836 comenzaba el proceso desamortizador impulsado por el primer ministro Juan Álvarez Mendizábal. Cuando Mendizábal llegó al poder en 1835 tenía ante sí lo que consideraba dos problemas fundamentales, el precario estado de las arcas públicas y la guerra civil contra los carlistas. Para remediar ambos problemas en una sola jugada, ideó la desamortización, una medida injusta  que pretendía poner en el mercado bienes y tierras mediante la expropiación forzosa, para venderlas mediante subasta pública. Mendizábal pretendía así financiar la recluta de 100.000 soldados y terminar con la guerra, al tiempo que renovaba el flujo de caudal público y ganaba para la causa liberal un buen puñado de compradores agradecidos.
Lo que se conoce por bienes de "manos muertas" eran aquellos patrimonios que procedían del Antiguo Régimen y que se encontraban "amortizados", esto es, que no podían ser vendidos ni divididos. Pertenecían a un título nobiliario o eclesiástico, a una villa, a un convento, a una orden militar o a un mayorazgo y en ocasiones tenían vinculado un determinado uso, a menudo comunal. Su titularidad podía transmitirse a quien correspondiese en herencia, pero debían permanecer íntegros. La desamortización parcial de estos bienes se venía produciendo desde el siglo xvi por necesidades concretas de los monarcas. Y gobernantes como Godoy y José I la habían puesto en práctica, el segundo como medida hostil ante el apoyo del clero a la resistencia.
Mendizábal no era un pionero pero sí fue el impulsor definitivo de esta medida, que con él se volvió irreversible. Con la finalidad de «disminuir la deuda pública», el primer ministro legisló a base de "decretazos" (sus medidas no pasaron por el Parlamento), la supresión de todas las órdenes religiosas que no tuvieran como fin la beneficencia, al tiempo que expropiaba sus bienes y los ponía en venta. Como medida social, el proceso no tuvo efecto igualitario alguno, pues el método de subasta dirigía los bienes hacia unas pocas manos, las que disponían de capital. No se formó en España ninguna burguesía agraria, pues sólo la nobleza terrateniente se interesó por las grandes pujas. La reforma acrecentó el latifundismo en el sur y atomizó los minifundios del norte. Tampoco logró el flujo de capital deseado, pues el proceso de venta fue lento y el dinero llegó con cuentagotas. Bien es cierto que se liberaron miles de hectáreas para su explotación, pero al no venir acompañada de una reforma agraria, sus consecuencias fueron limitadas.
A partir de 1834, la normativa desamortizadora, muy abundante, forma un voluminoso corpus jurídico recogido en los llamados Manuales de desamortización, pero la legislación fundamental sobre la cuestión se limita a un puñado de leyes, cuyo primer hito importante fueron las medidas adoptadas entre 1835 y 1837 por el liberal progresista Juan Álvarez Mendizábal, ministro de Hacienda durante la regencia de María Cristina.
La desamortización de Mendizábal es sin duda la más conocida, pero no la más importante en cuanto a su alcance y magnitud. Las primeras medidas desamortizadoras se tomaron en 1834 y 1835, antes de la llegada al poder de Mendizábal, con la supresión definitiva de la Inquisición, de la Compañía de Jesús y de los conventos con menos de 12 profesos, cuyos bienes pasaron al Estado para su venta y cuyos beneficios se destinaron al pago de la deuda nacional. La obra de Mendizábal contaba, pues, con precedentes inmediatos. El ministro de Hacienda, dotado de poderes especiales por las Cortes, se limitó a sistematizar y radicalizar unas medidas que, aunque aplicadas sólo parcialmente, se consideraban parte de una línea ya tradicional en la política de los liberales españoles. La originalidad de Mendizábal radica únicamente en el alcance de su legislación desamortizadora, que significó un ataque definitivo contra la propiedad eclesiástica y la vinculación de los bienes inalienables en manos de laicos. Esta política tenía cuatro objetivos esenciales: sanear el erario público y conseguir fondos para la continuación de la guerra contra el partido carlista, entonces en su apogeo; acumular un capital nacional que respaldase los intentos del gobierno de conseguir préstamos extranjeros; llevar a efecto el ideal progresista de la liberalización de la propiedad que permitiese la explotación capitalista de la tierra; y crear una base social interesada en la consolidación del régimen liberal burgués frente al absolutismo.
El 11 de octubre de 1835 se promulgó mediante decreto la supresión de las órdenes religiosas y la confiscación de sus bienes, justificada por la desproporción de los mismos:
 "... cuán inútiles e innecesarias son la mayor parte de ellas (las casas monásticas) para la asistencia espiritual de los fieles, cuán grande es el perjuicio que al Reino se le sigue de la amortización de las fincas que poseen y cuánta conveniencia pública de poner éstas en circulación para aumentar los recursos del Estado y abrir nuevas fuentes de riqueza".
Esta medida se completó con el decreto de 19 de febrero de 1836 que declaró en venta todos los bienes de las comunidades y corporaciones religiosas extintas, así como de los ya nacionalizados y de los que se expropiaran en el futuro. Los bienes podrían pagarse en títulos de deuda pública (muy devaluados) o en metálico, pero, dada la necesidad de liquidez del Estado, se ofrecieron ventajas a quienes lo hicieran de esta última forma. Hubo a continuación dos nuevos decretos desamortizadores, que ampliaron las medidas anteriores (así, el del 29 de julio de 1837 extendió la desamortización a los bienes del clero secular).
La desamortización provocó un áspero debate parlamentario y extraparlamentario. En primer lugar, hizo resurgir un antiguo problema jurídico-político: el conflicto entre la jurisdicción eclesiástica y la civil. El Estado liberal había asumido las viejas pretensiones de la monarquía absoluta de ejercer la superioridad de su potestad sobre las cuestiones temporales de la Iglesia, invalidando la jurisdicción eclesiástica separada. Según ha señalado R. Carr, el conflicto entre la Iglesia y los liberales que generó la desamortización a partir de 1834 se centró en esta cuestión jurisdiccional, pues no existió por parte de aquéllos un verdadero intento de establecer un Estado laico y secularizado ni de socavar la autoridad de la Iglesia católica en España. Esta cuestión generó un arduo debate en las Cortes. Los argumentos utilizados por los liberales para defender la capacidad del Estado de expropiar a la Iglesia se inspiraban en los antiguos ideales galicanos, que proclamaban el sometimiento del clero al poder civil y negaban al papado la posibilidad de intervenir en la política nacional. Se trataba, pues, de una reedición modernizada del antiguo regalismo. Frente a los argumentos desgranados por los apologetas de la desamortización, los moderados asumieron la defensa de la Iglesia de manera oportunista. Mientras se mantuvieron en la oposición, atacaron los proyectos desamortizadores calificándolos de "expolio" y apoyaron los intentos de la jerarquía católica por mantener el respeto al fuero eclesiástico. En realidad, temían que la acometida contra los bienes de la Iglesia fuera el primer paso de un ataque futuro de los progresistas contra la propiedad en general. Sin embargo, al llegar al poder en 1837, no osaron derogar las medidas desamortizadoras y se limitaron a suspender las ventas de allí en adelante, al tiempo que negociaban con el papado la aprobación de las ya efectuadas. El resultado de esta política de los moderados fue hacer irreversible el proceso iniciado e impedir, aun sin pretenderlo, la reconstrucción del poderío latifundista de la Iglesia.
Pero el debate público en torno a la desamortización alcanzó también al otro extremo del espectro político, representado por los radicales de izquierda. Para muchos de ellos, tanto en las Cortes como en la prensa, la desamortización, concebida como un expediente de urgencia para salvar al Estado de la bancarrota, significaba la pérdida de una oportunidad única de emprender una auténtica reforma agraria que permitiera una distribución más justa de la riqueza. El economista Álvaro Flórez Estrada dirigió en las Cortes un intenso ataque al proyecto desamortizador de Mendizábal. Para Flórez, la desamortización debía ser un medio para conseguir una reforma de la estructura de la propiedad de la tierra que favoreciera al campesinado pobre. En lugar de la pública subasta de los bienes desamortizados, propuso su entrega en arrendamiento enfitéutico (es decir, a muy largo plazo y a muy bajo precio) a los colonos que ya trabajaban las tierras de la Iglesia. "¿Será posible que nuestro gobierno, a costa de tan graves inconvenientes, se desentienda de abrazar la única medida capaz de sacar a la clase numerosa de la sociedad del estado de abyección y de miseria en que se halla?", clamaba Flórez Estrada. Sin embargo, estas llamadas a la justicia social fueron desatendidas tanto por el gobierno liberal de 1836-1837 como por el de 1841-1844, y la desamortización se aplicó esencialmente como un medio rápido de obtener ingresos para el Estado.

Real Decreto declarando la venta de los bienes del clero. Mendizábal, 19 de Febrero de 1836. 
"Vender la masa de bienes que han venido a ser propiedad del Estado, no es tan sólo cumplir una promesa solemne y dar una garantía positiva a la deuda nacional por medio de una amortización exactamente igual al producto de las ventas, es abrir una fuente abundantísima de felicidad pública; vivificar una riqueza muerta; desobstruir los canales de la industria de la circulación; apegar al país por el amor natural y vehemente a todo lo propio; ensanchar la patria, crear nuevos y fuertes vínculos que liguen a ella; es, en fin, identificar con el trono excelso de Isabel II, símbolo de orden y de la libertad [..,] El Decreto sobre la venta de esos bienes adquiridos ya para la Nación así como en su resultado material ha de producir el beneficio de minorar la fuerte suma de la deuda pública, es menester que en su tendencia se encadene, se funda con la alta idea de crear una copiosa familia de propietarios, cuyos goces y cuya existencia se apoye principalmente en el triunfo completo de nuestras actuales instituciones."

Nos encontramos ante un fragmento del Decreto de Desamortización de los Bienes del Clero, más conocido como la "Desamortización de Mendizábal", es una fuente primaria de tipo legislativo. Es de carácter público y su destinatario es la nación española. La intención del autor es la de justificar la necesidad de realizar una desamortización de los bienes del clero.
La idea principal es la de justificar la desamortización de los bienes del clero. En su justificación subyacen varias ideas secundarias que conviene que sean tratadas. Una de las ideas es la necesidad de vender las tierras del clero para poder hacer frente al pago de la deuda pública. El Estado se ha endeudado recientemente con la Guerra Carlista con la emisión de letras, bonos y obligaciones que amenazan con la bancarrota del Estado. Otra idea a destacar es la necesidad de poner a la venta las tierras que se encontraban vinculadas y amortizadas por la Iglesia en el conocido como "régimen de manos muertas" que impedía su venta, la salida a venta de estas tierras sería clave para una redistribución de la tierra y un cambio en la estructura de la propiedad agraria, además estas tierras tributarían en adelante al Estado. Por otro lado, al pasar a manos de campesinos, las explotarían incrementando así el Producto Interior Bruto del país, y se espera que también la productividad agraria. Además, los nuevos propietarios consolidarían en el trono a la futura Isabel II y crearían una masa de población afín al liberalismo y contraria al Carlismo.
Para hablar del contexto histórico de este texto tenemos que remontarnos a 1833, con la muerte de Fernando VII, su hija, la futura Isabel II se convierte en heredera al trono, sin embargo, se encuentra con la oposición del bando carlista, un grupo que no admite la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica y proclama como heredero legítimo al trono a Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII. María Cristina, la reina de Isabel, es proclamada regente debido a la minoría de edad de la Reina, ante la oposición carlista no encuentra otra salida que la alianza con los liberales, hasta entonces denostados y represaliados en la llamada Década Ominosa. Esta alianza supone el fin del Antiguo Régimen en España, a partir de 1834, el régimen liberal comenzará a dictar leyes que terminen con el Antiguo Régimen y consoliden el liberalismo en España, de las más importantes de este periodo será la Constitución de 1837 y la conocida como Desamortización de Mendizábal. 
A pesar de los buenos propósitos de esta ley, sus resultados fueron bastante mediocres, por ejemplo, no se consiguió recaudar con la venta de estos bienes mucho dinero, puesto que se aceptaron vales de deuda, los conocidos como "Vales Reales" endosables y que habían sido emitidos por Carlos IV, así que las arcas del Estado siguieron siendo exiguas.
También se pretendía un incremento de la producción así como de la productividad. Y aunque es cierto que se consiguió aumentar el volumen de producción debido al aumento de tierra cultivable, en lo que se refiere a productividad, los rendimientos bajaron notablemente, ya que las tierras que se explotaron no eran tan ricas ni fértiles y no eran capaces de dar grandes cosechas por lo que disminuyó la productividad por hectárea.
Tampoco se consiguió cambiar la estructura de la propiedad de la tierra, ni redistribuir la riqueza, ya que la venta se realizó en pública subasta y no existió ningún tipo de limitación, así que las nuevas tierras fueron a parar a la alta burguesía y a la nobleza latifundista. Así fue una oportunidad perdida para llevar a cabo una auténtica reforma agraria.
Podemos decir que la desamortización de Mendizábal fracasa en sus objetivos sociales, sin embargo, es cierto que consigue aumentar la producción agraria nacional, que conllevará un aumento demográfico, y conseguirá en cierto modo paliar la deuda pública contraída con la guerra. También conseguirá introducir la agricultura en el sistema capitalista liberal, que se basa en la libertad de propiedad, explotación y comercio.


sábado, 16 de marzo de 2019

PROPISKA Y LA ISLA DE LA MUERTE


La Propiska era una especie de pasaporte interno que se introdujo en 1922 en la Unión Soviética. El documento era obligatorio para todos los ciudadanos, y mediante éste, el gobierno obtenía una información completa y exhaustiva de todos los habitantes.

Propiska o pasaporte de la ex URSS
Se supone que este pasaporte servía para saber exactamente cuántas personas habitaban en cada pueblo o ciudad, en barrios obreros, a quienes se asignaba viviendas, y para desalojar de los centros urbanos a delincuentes y antisociales. Pero la cara oculta del régimen también lo utilizaba para deshacerse de los kulaks.

¿Quiénes eran los kulaks? Pues se trataba de cualquier ciudadano que poseía tierras para producir. Muchos eran pequeños agricultores y campesinos soviéticos que conservaron pequeñas parcelas y contrataban trabajadores. A ellos se los condenaba, deportaba y se los consideraba “enemigos del pueblo”, ya que a las autoridades les recordaban a los antiguos terratenientes y hacendados rusos, y los veían como un peligro de la dictadura del proletariado.

"Kulaks" o agricultores soviéticos
Cuando detectaban algún kulak, le confiscaban su predio por más pequeño que sea, y le privaban a éste y a su familia del bendito pasaporte, de esta forma, no tenían acceso a la salud pública, y tampoco podían movilizarse, ya que era un requisito indispensable para transitar dentro de la ciudad o para salir de la misma. Todos quienes carecían de pasaporte eran considerados “elementos de clase inferior”, y eran los primeros candidatos para ir a colonizar grandes y heladas extensiones, a base de trabajos forzados.
Y así empezaron las purgas, las mismas que se acentuaron en 1932, ya que el deseo original de Stalin era llevar mano de obra y hacer productivas las tierras de Siberia y Kazajstán. Obviamente esto no era ningún premio, era el peor de los castigos.
En esta campaña de limpieza y “reasentamiento”, fueron detenidas más de 50.000 personas indocumentadas, especialmente de Moscú y Leningrado (actual San Petersburgo). Generalmente eran mendigos, delincuentes de poca monta, gitanos, pero en su gran mayoría eran personas que habían sido despojadas de sus tierras y que tuvieron que emigrar a la ciudad.
El problema se agravó cuando las autoridades sintieron premura por colonizar Siberia y Kazajstán, y por medio de la GPU (policía secreta soviética), se apresaron a miles de ciudadanos con el pretexto de los controles de pasaporte. Estas redadas se llevaron a cabo de forma tan abrupta, que la mayoría de detenidos eran personas que sí tenían su pasaporte, pero fueron capturadas por encontrarse en la calle, en la estación, o por estar haciendo “nada” literalmente. Fueron apresados ciudadanos comunes, transeúntes, profesores universitarios, pintores, tanto hombres como mujeres, para ser reubicados en las estepas siberianas. En el libro del historiador Ígor N. Kuznetsov se exponen casos concretos como este:


“Golenko Nikífor iba con su hijo por tren, el cual hizo escala en Moscú y durante la parada fue detenido en la estación sin motivo alguno. Sí tenía pasaporte.”


Estos ciudadanos fueron trasladados hasta la ciudad de Tomsk, donde los mezclaron con el grupo de “bandidos y delincuentes” desterrados. Los subieron en barcazas sin agua ni comida, apenas con la ropa que llevaban puesta, y se los llevaron hacia el norte, a través del Río Ob. El primer desembarco fue en la Isla de Nazino, el 18 de mayo de 1933, en donde dejaron a más de seis mil personas.

Embarcando hacia Nazino
Alrededor de 30 personas murieron en las embarcaciones debido a las condiciones infrahumanas del traslado, y por lo menos la tercera parte estaba en tan malas condiciones, que tenían que ayudarse unos a otros para desembarcar. Nazino era una isla agreste, sin vegetación y totalmente abandonada, donde no había absolutamente nada, ni cabañas, ni campamentos, ni oficinas administrativas. Se suponía que era una parada provisional, pero la estancia se prolongó durante casi un mes.


Nazino en la actualidad
La mayoría de gente no tenía la vestimenta apropiada para esa región de Siberia, ya que habían sido capturados y llevados a la fuerza tal como estaban vestidos, la mayoría en ropa ligera. Sólo en la primera noche, murieron 295 personas.
Hace poco se hizo pública una carta desclasificada después de 70 años, en la cual un subalterno le informa a Stalin acerca del arribo a la isla:


“Entre el 20 y 30 de abril de 1933, desde Moscú y Leningrado fueron enviados para la solución de trabajo dos grupos de individuos de subclase (se refierían así a los indocumentados), en total 6.144 personas. Este contingente llegó a Tomsk, se los puso en barcazas y fueron trasladados a la isla de Nazino. En la isla no había ninguna herramienta, ni edificios, ni semillas, no había ni una migaja de comida. El 19 de mayo empezó nevar debido a la rosa de los vientos, y las heladas se apoderaron del lugar. Fue cuando la gente comenzó a morir. Muchos de ellos murieron alrededor de las hogueras mientras dormían, agotados por el frío y la humedad. El equipo de sepultureros enterró durante el primer día 295 cadáveres.”

Ubicación de la isla
Apenas al tercer día de haber llegado a la isla llegaron “provisiones”, pero éstas consistieron en 20 toneladas de harina… solamente harina. La entrega de raciones se transformó en un caos, ya que los grupos más fuertes  se hicieron cargo del reparto, y entregaban las porciones según sus conveniencias. Luego se formó una gran estampida de toda esa gente que moría de hambre y hubo personas que fueron pisoteadas hasta morir. El reparto de harina se había vuelto tan caótico, que los guardias tuvieron que intervenir disparando a la gente a quemarropa.
Los afortunados que lograron conseguir un poco de harina, lo hicieron en sus sombreros, sacos, abrigos... El problema era que en esa remota isla a duras penas habían logrado encender fogatas, y obviamente no había hornos, así que en su desesperación corrieron a mezclarla con el agua del río y se la comieron así nada más. Las consecuencias no tardarían en llegar, ya que enseguida se propagó un brote general de disentería y fiebre tifoidea, lo que acabó de diezmar a los deportados. Los pocos que aún se mantenían con fuerza trataron de escapar cruzando el río, trataban de nadar sujetándose a viejos troncos, pero en seguida eran acribillados por los guardias, y los que no fueron alcanzados por las balas, murieron arrastrados por el río.
Y ahí fue cuando empezó lo peor, la gente tuvo que recurrir al canibalismo como medida de supervivencia. Uno de los pocos sobrevivientes de la isla, que en aquel entonces tenía 13 años recuerda:


“La gente moría por todas partes, se mataban entre sí. Entre los prisioneros recuerdo a una bonita joven deportada que estaba siendo cortejada por uno de los guardias. Aprovecharon un momento en que él se había ido y la atraparon, la ataron a un árbol, y aún estando viva empezaron a cortarle trozos de carne de su cuerpo. Se la comieron totalmente, estaban desesperadamente hambrientos. Cuando uno caminaba a lo largo de la isla, podría encontrarse con trozos de carne humana envuelta en telas y harapos, tiras de carne humana fileteadas secándose al sol, colgadas de los árboles. Todo el terreno estaba lleno de cadáveres.”

Yuri Iván Petrovich, hijo de una de las víctimas de la tragedia de 1930
Esta es apenas una de las pocas historias que han logrado salir a la luz, y en cierta forma ha ayudado a reescribir la historia, ya que se tenía la creencia de que a Nazino sólo llevaron a mendigos y malvivientes. Sin embargo la tragedia de esta isla resulta apenas insignificante, comparándola con las muertes del "Holocauso ucraniano" de aquel mismo año. Es un secreto a voces que hubo muchos otros Nazinos, pero no se sabe si alguna vez saldrán a la luz.

Cruz conmemorativa colocada en junio de 1993 en la isla