lunes, 15 de julio de 2019

LA REVUELTA JACQUERIE


Con este nombre se designa a la revuelta campesina desarrollada en Francia, concretamente en las tierras de l`Ile-de-France, entre los meses de mayo y junio de 1358. Etimológicamente, jacquerie deriva del nombre propio Jacques y de su abreviación Jacq, nombre por el que se conocía despectivamente en los ámbitos señoriales a los campesinos franceses. Debido a ello, jacquerie ha servido para designar a cualquier movimiento de revuelta campesina acontecido en Francia, aunque el primero y más importante de todos ellos fue el que se analizará a continuación.
 El cronista J. Froissart la denominó en su día la "gran maravillosa tribulación". Su nombre lo toma de "Jacques Bonhomme", apelativo genérico con el que se designaba en aquella época en tierras francesas a los rústicos. Sin duda, el motivo último de la revuelta se inscribía en la estructura social del mundo feudal, con su conocida dicotomía señores-campesinos. Pero los azotes que habían padecido los franceses en los años anteriores, desde la peste negra y los malos años hasta la negativa evolución de la situación militar en la confrontación con los ingleses, contribuyeron sin duda a agravar el panorama. A partir de estos datos se explica la afirmación del historiador H. Neveux de que la Jacquerie fue, en definitiva, "un acta de acusación". 


Aunque no se conoce con exactitud cuál fue la chispa que encendió la rebelión, lo cierto es que hacia mediados del mes de mayo de 1358 un poderoso contingente de campesinos armados (las fuentes citan más de 5.000 hombres y mujeres) se concentró en Saint-Luc d´Esserent, en la confluencia de los territorios franceses de I´lle-de-France y Beauvaisis. Desde su primigenio alzamiento, la revuelta se extendió en apenas unos días por las regiones de Picardía y Champagne, llegando incluso a alcanzar amplios sectores de Lorena, Artois y Normandía. El movimiento de protesta, con un claro componente anti-señorial, tuvo un comportamiento violento, saqueando, arrasando e incendiando cualquier posesión nobiliaria que encontraron a su paso.
Desde los primeros momentos del conflicto la jacquerie intentó agrupar a todos los campesinos que encontraron a su paso, organizándose mediante unas divisiones en las que el criterio se encontraba en la correspondencia a una parroquia determinada, es decir, tal y como estaban censados en sus lugares de origen. Al frente de cada peculiar "parroquia" había un jefe con mando militar, mientras que por encima de todos ellos se alzaba una especie de caudillo, un "general" de los ejércitos llamado Guillaume Carle. Las noticias sobre la vida de Carle son confusas, aunque es probable que descendiera de alguna empobrecida rama nobiliaria o fuese hijo bastardo de algún linaje picardo. Quien quiera que fuese, lideró a las tropas de la jacquerie en su largo y violento peregrinar por los campos franceses y llegó, incluso, a entablar alianza con los partidarios del parisino Etienne Marcel, que había sublevado la Ciudad de la Luz en la misma época atendiendo a criterios que no se alejaban demasiado de las amargas quejas campesinas.
Sin embargo, la reacción no se hizo esperar por parte de la aristocracia. Naturalmente, los linajes nobiliarios afectados por los saqueos de la jacquerie abrieron los contactos con las familias emparentadas con el fin de detener el desastre. A tal efecto, se formó un contingente de tropas nobiliarias con mayor peso, más entrenamiento y mejores armas para una lucha final que no tardaría en presentarse. Por si fuera poco, a la cabeza del ejército nobiliario se encontraba el rey de Navarra, Carlos el Malo, un príncipe sin escrúpulos que destacaba tanto por su buena espada como por sus habituales y fraudulentos métodos. 

Así pues, Carlos el Malo hizo suya la máxima cesariana ("divide y vencerás") y consiguió atraerse hacia la causa nobiliaria al propio Guillaume Carle, bajo la promesa (naturalmente, falsa) de recompensar su traición con un título nobiliario y un señorío a su favor. Privadas de dirección táctica y, como era lógico, sin la fuerza militar de unos soldados expertos en su oficio, las tropas de la jacquerie fueron masacradas en la batalla de Mello, pequeña villa situada en las cercanías del actual Clermont-en-Beauvisis (10-VI-1358). No contento con ello, Carlos el Malo, además de mandar a la horca al cándido traidor Carle, ordenó una durísima represión en la que fueron ejecutados más de 3.000 jacqs, levantando un infranqueable muro de sangre, horror y depravación para servir de escarmiento a quienes, en un futuro, volviesen a osar levantarse contra la autoridad señorial.



Tradicionalmente, se ha tendido a explicar la revuelta como uno de tantos conflictos anti-señoriales de la Baja Edad Media, debido a que reúne varias características que son esenciales en dichos movimientos, tales como su efímera existencia, su espontaneidad, la violencia de todos lo hechos (por todas las partes contendientes) y su carácter estrictamente anti-nobiliario o anti-señorial, no siendo más que una reivindicación plausible en el mundo feudal y que, en ningún caso, pretendía alterar el orden social establecido sino exigir la justicia del mismo.
Además de ello, varios historiadores han ligado el atroz levantamiento con una no menos cruda coyuntura económica, principalmente debida a la crisis demográfica, económica y social provocada por la Peste Negra de 1348, de la que, diez años después, no sólo aún se pagaban las consecuencias sino que éstas se incrementaban con rebrotes endémicos en bastantes regiones de Francia y del resto de Europa.
Sin embargo, superando los conceptos localistas y las explicaciones coyunturales, se debe razonar que, efectivamente, la jacquerie fue uno de tantos conflictos anti-señoriales de la Baja Edad Media, pero, como es lógico, hay que inscribirlo en esos otros tantos. Desde la expansión de los dominios agrícolas a costa de las zonas de bosque acontecida en el siglo XII, el campesinado no había dejado de ser un elemento oprimido por el ansia de riqueza señorial; debido a ello, durante toda la Plena Edad Media (siglos XI, XII y XIII) los oprimidos habían mostrado un tenaz espíritu de lucha que, a veces, se manifestaba mediante violentas revueltas como la Jacquerie y, la mayoría de ellas, provocaba resistencias pasivas con larga persistencia en la memoria colectiva, lo que hacía que el odio anti-señorial pasase de generación en generación. Esta persistencia se vio agravada en los siglos XIV y XV por la crisis coyuntural que vivió Europa en todos sus aspectos: a las pérdidas demográficas siguió la caída de la mano de obra y, por consiguiente, el aumento del precio de ésta. Pero el intervencionismo señorial hizo equiparar de nuevo salarios y precios al mismo nivel al que se encontraban antes de 1358 (medida coyunturalmente buena pero que levantó las iras del campesinado). Además, otro factor importante fue el hecho de que a la caída de las rentas señoriales, los terratenientes no optaron por medidas inteligentes, sino que emprendieron una "huida hacia adelante" pidiendo empréstitos sobre las futuras cosechas o (la mayoría de las veces) incrementando brutalmente las cargas al campesinado dependiente.

Por eso, la jacquerie, pese a tener sentido aisladamente en el contexto del campo francés, revela su verdadera dimensión en el ámbito de revueltas campesinas que se extendieron como un torrente por toda la Europa bajomedieval: la revuelta de los marineros de Flandes , el levantamiento tylerista de Inglaterra  o el movimiento taborita de Bohemia . Por lo que respecta a la Península ibérica, los procesos sucedieron de modo análogo, como muestran tanto la revuelta de los Payeses de Remença catalanes o las llamadas Guerras Irmandiñas .
No obstante, la descripción más precisa de la Jacquerie nos la proporciona el cronista Froissart, cuyas opiniones, como es bien sabido, reflejaban ante todo los puntos de vista de la alta nobleza francesa. "Algunas gentes de las villas campesinas se reunieron sin jefes en Beauvais. Al principio no eran ni 100 hombres y dijeron que todos los nobles del Reino de Francia, caballeros y escuderos, traicionaban al Reino, y que sería un gran bien destruirlos a todos... Entonces, sin otro consejo y sin otra armadura más que bastones con puntas de hierro y cuchillos, se fueron a la casa de un caballero, realizando actos de brutalidad sin cuento". Pero continuemos con el relato de Froissart: "Así hicieron en muchos castillos y buenas casas, y fueron creciendo tanto que llegaron a 6.000... Estas gentes miserables incendiaron y destruyeron más de sesenta buenas casas y fuertes castillos del país de Beauvais y de los alrededores de Corbie, Amiens y Montdidier. Y si Dios no hubiera puesto remedio con su gracia, la desgracia habría crecido de modo que todas las comunidades habrían destruido a los gentileshombres, después a la santa Iglesia, y a todas las gentes ricas de todo el país". Así pues, Froissart, después de señalar cómo los rústicos carecían de los elementos definitorios de cualquier ejército (no tenían jefes y no poseían armas adecuadas), se ceba en los desastres que causaron y pone el acento en la ruina que se avecinaba, si Dios no ponía remedio inmediato, para todos los sectores poderosos de Francia, tanto laicos como eclesiásticos. De todas formas, es innegable que Froissart generalizaba, pues la violencia campesina únicamente se dirigió contra la nobleza laica, respetando en todo momento, en cambio, los bienes eclesiásticos.
A partir de esos textos se elaboraron las primeras interpretaciones historiográficas de la Jacquerie. El movimiento parecía una explosión de cólera, más o menos espontánea, protagonizada por los campesinos de más baja condición. Así fue considerado por la historiografía tradicional. Pero en los últimos años se han matizado notablemente esos puntos de vista. Es innegable, desde luego, que la rabia de los campesinos miserables jugó un papel muy destacado en la insurrección de la Jacquerie. Pero no es menos cierto que en la misma participaron también labriegos de buena posición económica. Es posible incluso que uno de los principales motivos de la revuelta fuera la caída de los precios de los granos. ¿No induce a esa conclusión el hecho de que la Jacquerie se produjera precisamente en una de las principales regiones cerealísticas de Francia? G. Fourquin, para el cual los "jacques" no eran sino una asociación de "pequeñas bandas mal organizadas", ha señalado, no obstante, que la Jacquerie fue, en cierta medida, una revuelta "contra las secuelas de la crisis frumentaria de principios de siglo". 



Por otra parte, el movimiento no fue tan anárquico como en principio podía parecer. Tuvo una organización y tuvo, sobre todo, jefes, a pesar de las opiniones de los cronistas coetáneos. ¿Cómo olvidarnos, por ejemplo, de Guillaume Carle, caudillo indiscutido de la insurrección? Carle organizó dentro del movimiento una especie de cancillería. A el se debía igualmente la idea de ocupar sólo aquellos castillos que en verdad tuvieran interés desde el punto de vista estratégico, evitando ataques innecesarios a los restantes. En cualquier caso, la Jacquerie fue un movimiento de gran intensidad pero de corta duración. Ni los esfuerzos de Marcel, por una parte, ni los de Carle, por otra, lograron que llegara a conectar el movimiento campesino con el que por las mismas fechas había estallado en París. Así las cosas, el 10 de junio de 1358 Carlos el Malo acababa con la resistencia de los "jacques". Su líder, Guillaume Carle, fue hecho prisionero y, posteriormente, ajusticiado. A continuación se puso en marcha una dura represión contra los participantes en la revuelta. Mas aunque fracasada, no se puede olvidar que la Jacquerie dejó una huella muy profunda en la conciencia colectiva del campesinado del país galo.
El periodo comprendido entre los años 1358 y 1378 fue, dentro de lo que cabe, una era de paz social. No puede negarse que si analizamos con un mínimo de detalle los acontecimientos de esos años pueden señalarse movimientos populares en este o en aquel lugar, aunque por lo general todos ellos fueran de escasa incidencia. Tal sería, por ejemplo, el caso de la sublevación que se produjo en la ciudad alemana de Augsburgo en 1368, o de determinados movimientos que tuvieron lugar por esas mismas fechas en el mundo rural inglés. Es posible que ejercieran un peso muy fuerte, en esa situación de relativa paz social, los gravísimos trastornos que habían padecido los europeos en los años medios de la centuria, lo que habría originado un cansancio generalizado en todos los sectores sociales. Pero en 1378 el fuego se reavivó, con inusitada fuerza, inaugurando una etapa, ciertamente breve (apenas duró cinco años, desde 1378 hasta 1383), pero de especial intensidad por lo que a las luchas sociales se refiere siendo la revuelta de los "ciompi" florentinos su máxima expresión.


No obstante, la descripción más precisa de la Jacquerie nos la proporciona el cronista Froissart, cuyas opiniones, como es bien sabido, reflejaban ante todo los puntos de vista de la alta nobleza francesa. "Algunas gentes de las villas campesinas se reunieron sin jefes en Beauvais. Al principio no eran ni 100 hombres y dijeron que todos los nobles del Reino de Francia, caballeros y escuderos, traicionaban al Reino, y que sería un gran bien destruirlos a todos... Entonces, sin otro consejo y sin otra armadura más que bastones con puntas de hierro y cuchillos, se fueron a la casa de un caballero, realizando actos de brutalidad sin cuento". Pero continuemos con el relato de Froissart: "Así hicieron en muchos castillos y buenas casas, y fueron creciendo tanto que llegaron a 6.000... Estas gentes miserables incendiaron y destruyeron más de sesenta buenas casas y fuertes castillos del país de Beauvais y de los alrededores de Corbie, Amiens y Montdidier. Y si Dios no hubiera puesto remedio con su gracia, la desgracia habría crecido de modo que todas las comunidades habrían destruido a los gentileshombres, después a la santa Iglesia, y a todas las gentes ricas de todo el país". Así pues, Froissart, después de señalar cómo los rústicos carecían de los elementos definitorios de cualquier ejército (no tenían jefes y no poseían armas adecuadas), se ceba en los desastres que causaron y pone el acento en la ruina que se avecinaba, si Dios no ponía remedio inmediato, para todos los sectores poderosos de Francia, tanto laicos como eclesiásticos. De todas formas, es innegable que Froissart generalizaba, pues la violencia campesina únicamente se dirigió contra la nobleza laica, respetando en todo momento, en cambio, los bienes eclesiásticos. 



A partir de esos textos se elaboraron las primeras interpretaciones historiográficas de la Jacquerie. El movimiento parecía una explosión de cólera, más o menos espontánea, protagonizada por los campesinos de más baja condición. Así fue considerado por la historiografía tradicional. Pero en los últimos años se han matizado notablemente esos puntos de vista. Es innegable, desde luego, que la rabia de los campesinos miserables jugó un papel muy destacado en la insurrección de la Jacquerie. Pero no es menos cierto que en la misma participaron también labriegos de buena posición económica. Es posible incluso que uno de los principales motivos de la revuelta fuera la caída de los precios de los granos. ¿No induce a esa conclusión el hecho de que la Jacquerie se produjera precisamente en una de las principales regiones cerealísticas de Francia? G. Fourquin, para el cual los "jacques" no eran sino una asociación de "pequeñas bandas mal organizadas", ha señalado, no obstante, que la Jacquerie fue, en cierta medida, una revuelta "contra las secuelas de la crisis frumentaria de principios de siglo".
Hay que indicar, asimismo, que la Jacquerie contó con el apoyo de algunos sectores urbanos, particularmente de artesanos. Por otra parte, el movimiento no fue tan anárquico como en principio podía parecer. Tuvo una organización y tuvo, sobre todo, jefes, a pesar de las opiniones de los cronistas coetáneos. ¿Cómo olvidarnos, por ejemplo, de Guillaume Carle, caudillo indiscutido de la insurrección? Carle organizó dentro del movimiento una especie de cancillería. A el se debía igualmente la idea de ocupar sólo aquellos castillos que en verdad tuvieran interés desde el punto de vista estratégico, evitando ataques innecesarios a los restantes. En cualquier caso, la Jacquerie fue un movimiento de gran intensidad pero de corta duración. Ni los esfuerzos de Marcel, por una parte, ni los de Carle, por otra, lograron que llegara a conectar el movimiento campesino con el que por las mismas fechas había estallado en París. Así las cosas, el 10 de junio de 1358 Carlos el Malo acababa con la resistencia de los "jacques". Su líder, Guillaume Carle, fue hecho prisionero y, posteriormente, ajusticiado. A continuación se puso en marcha una dura represión contra los participantes en la revuelta. Mas aunque fracasada, no se puede olvidar que la Jacquerie dejó una huella muy profunda en la conciencia colectiva del campesinado del país galo.
El periodo comprendido entre los años 1358 y 1378 fue, dentro de lo que cabe, una era de paz social. No puede negarse que si analizamos con un mínimo de detalle los acontecimientos de esos años pueden señalarse movimientos populares en este o en aquel lugar, aunque por lo general todos ellos fueran de escasa incidencia. Tal sería, por ejemplo, el caso de la sublevación que se produjo en la ciudad alemana de Augsburgo en 1368, o de determinados movimientos que tuvieron lugar por esas mismas fechas en el mundo rural inglés. Es posible que ejercieran un peso muy fuerte, en esa situación de relativa paz social, los gravísimos trastornos que habían padecido los europeos en los años medios de la centuria, lo que habría originado un cansancio generalizado en todos los sectores sociales. Pero en 1378 el fuego se reavivó, con inusitada fuerza, inaugurando una etapa, ciertamente breve (apenas duró cinco años, desde 1378 hasta 1383), pero de especial intensidad por lo que a las luchas sociales se refiere siendo la revuelta de los "ciompi" florentinos su máxima expresión.

jueves, 4 de julio de 2019

"RERUM NOVARUM" 1891....UNA ENCICLICA ACTUAL EN EL ANALISIS SOCIAL



Resulta curioso que una encíclica del año 1891 escrita por el sumo pontífice León XIII, en la que se imparte doctrina sobre la situación que vivía la sociedad obrera de la época, sea tan actual y aplicable en el momento en el que vivimos.
Si analizamos este insigne documento pastoral, así como otros elaborados por este gran visionario, caeremos en la cuenta de cómo debemos abordar el eterno conflicto que subyace de la llamada “cuestión social”.
Este Papa, no solo desarrollo su doctrina en el análisis de la situación que vivía la clase obrera de la época, sino que dibujó las líneas maestras sobre temas tan capitales para el hombre, como el fundamento de toda sociedad humana, que es la familia, el sacramento del matrimonio, tan despreciado en la época actual, sobre el origen del poder civil, sobre los deberes de los ciudadanos y la libertad del hombre por encima de todo planteamiento económico y político.
La encíclica Rerum Novarum, es especial ante todas las demás, ya que aporta al género humano, las normas más fiables para la consecución de la “paz” y poder asentar los cimientos necesarios para la construcción de un nuevo orden social que confronte y supere los problemas de convivencia resultantes de “la cuestión social” y del enfrentamiento entre los que poseen el capital y los que “solo” tienen la fuerza de su trabajo.
En el siglo XIX coincidiendo con la irrupción de un nuevo sistema económico y con la polarización de la sociedad humana, en dos clases: una poseedora de la casi totalidad de los bienes de la época y otra cada vez más precaria y excluida, cuya única razón de ser, era liberarse del yugo que los primeros les imponían, apareció esta Carta Encíclica, en la que proclamaba con total valentía “los derechos y deberes a que han de atenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo” (Rerum Novarum, 1), así como cual es el papel de la Iglesia y de los poderes públicos.
Además existe durante todo el desarrollo de este planteamiento doctrinal, un tema se suma importancia en el momento actual, que no es otro que la defensa de la “familia” como primer agente socializador de persona y “germen” de toda sociedad conocida.
El Papa Juan Pablo II, nombrado beato hace ya algún año, afirma en su encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” (1987), que León XII, por medio de la Rerum Novarum, dio comienzo en la Iglesia a la creación de un cuerpo doctrinal, que buscara soluciones a los problemas del hombre, al desarrollo de los pueblos, a la justicia social, y en definitiva a instruir a los hombres en el descubrimiento de que son ellos los que verdaderamente tienen que contribuir a la creación de una sociedad que viva en comunión y no en permanente conflicto.

 
 
1. APORTACIONES DE LA “RERUM NOVARUM”.
Si repasamos los beneficios y aportaciones que se han producido desde la irrupción de esta encíclica, constataremos que la importancia de la misma ha sido capital para el desarrollo de las naciones y las posteriores doctrinas sociales elaboradas por la Iglesia y otras corrientes de pensamiento.
Las novedades fundamentales de la esta obra pueden quedar agrupadas en tres espacios principales:
  I.El reto de la Iglesia ante la cuestión social.
  II.El papel del Estado.

 III.El comportamiento de las partes interesadas en el conflicto
                                           
1.1. EL RETO DE LA IGLESIA ANTE LA CUESTIÓN SOCIAL.
Como punto de partida, León XIII señaló que la Iglesia durante toda su historia ha sido la única capaz de acabar con el sufrimiento del hombre o hacerlo más soportable por medio de el ejercicio de la caridad, pilar fundamental de la vida cristiana. Este hecho es constatable en el momento actual, si analizamos la situación de un gran número de personas que desprotegidas y desamparadas por los poderes públicos, se refugian y fían sus necesidades de alimento, vestido, vivienda, salud, etc,  a las Instituciones y Organizaciones de la Iglesia Católica que en un ejercicio de responsabilidad y reconocimiento del “otro” como persona y superior al resto de la creación, deciden compartir la carga de numerosas familias que atraviesan las más duras situaciones de exclusión y pobreza.
Si repasamos la historia de la sociedad actual, nos daremos cuenta que la doctrina social y económica que ha promulgado la Iglesia Católica, por medio de los diferentes Papas, ha ido siempre en defensa de los más pobres y desprotegidos de la sociedad, realizando siempre una denuncia de la distribución justa de las riquezas y el reconocimiento de la persona por encima de las cuestiones político- económicas de cualquier régimen conocido.
Una de las afirmaciones que fundamentan todo el análisis del estado de la cuestión social y del conflicto de clases que subyace del mismo, es que tal como afirma el mismo León XIII “Es mal capital, en la cuestión que estamos tratando, suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en el perpetuo duelo….: ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital”. (Rerum Novarum, 14).
Este planteamiento, aunque parece sencillo resume de manera muy acertada, cual es el problema del hombre, cuando cegado por la codicia no acepta el papel que tiene que desempeñar en la sociedad que le ha tocado vivir y focaliza su objetivo en la búsqueda de la riqueza y en la confrontación como la solución a los problemas sociales que aparecen en el desarrollo vital de cualquier pueblo.
La solución que se aporta en esta encíclica al conflicto de las clases sociales enfrentadas, pasa por el llamamiento al cumplimiento de sus deberes respectivos, respetando los términos de la justicia social.
 
De esta manera podría lograrse que los dueños del capital, no consideren meros instrumentos de producción a los trabajadores, sino que dignifiquen su posición como asalariados y refuercen aquellas carencias que se pudieran producirse en otros espacios vitales de la persona, velando de una manera especial porque el trabajo que tenga que desarrollar cualquier persona no sea superior ni a sus fuerzas ni capacidades y que se adecue a su sexo y edad.
Otra aportación en este sentido es la protección del más débil, ya que “han de evitar cuidadosamente los ricos, perjudicar en lo más mínimo los intereses de los proletarios, ni con violencias, ni con engaños…., mientras más débil sea su economía, tanto más debe considerarse sagrada”. (Rerum Novarum, 15).
Tras la aparición de Rerum Novarum, muchos Papas han profundizado en los conflictos que se producen en la sociedad humana y en todo lo relativo a la “cuestión social”.
Así Pablo VI, declaró en la “Populorum Progressio” (1967), la universalidad del problema de la “cuestión social” y de los conflictos que se derivan de ella (lucha de clases, subdesarrollo de sociedades, etc.…), ya que según las palabras de la misma Encíclica “cada uno debe tomar conciencia” de este hecho, precisamente porque interpela directamente a la conciencia, que es la fuente de las decisiones morales.
Por lo tanto para enfrentarnos a la solución de la llamada cuestión social, los responsables de la política, los ciudadanos y el resto de agentes sociales, tienen la obligación moral de tener en cuenta en las decisiones que tomen, este carácter universal y dependiente del problema que subsiste entre la forma de comportarse de unos con el subdesarrollo de otros.

 
 
1.2. EL PAPEL DEL ESTADO.
En este apartado, trataremos de sintetizar de manera clara, qué respuesta debe esperarse del Estado, ante el fenómeno del la lucha de clases, la cuestión social, el desarrollo de los pueblos, y demás cuestiones objeto de este artículo.
Parece de sentido común, que la misión del Estado es relativamente sencilla, ya que lo único que se espera de los que gobiernan es que cooperen con la fuerza de las leyes que producen, en la creación de una sociedad, de la cual nazca espontáneamente la prosperidad del hombre, de su familia y por tanto de la sociedad que les rodea, ya que esta es la misión del servicio “público” que lleva intrínseco la política y el deber de los gobernantes que la forman.
Debe tenerse en cuenta que el Estado como “padre” de los miembros de una sociedad, debe preocuparse por todos sus “hijos”, pero en el ejercicio de su responsabilidad como “padre”, debe poner especial interés por aquellos “hijos” más débiles o desprotegidos.
Así aunque todos somos ciudadanos y debemos contribuir al bien común de la sociedad, esta aportación no debe ser igual para todos, ya que no todos poseemos lo mismo. Por lo que para que exista una sociedad equilibrada y justa, las autoridades públicas tienen que asegurarse que los más débiles de la sociedad reciben algo de lo que aportan al bien común, asegurando así los derechos fundamentales de  alimento, vestido, sanidad, vivienda,  y educación. De esto se desprende que los gobiernos deben fomentar aquellas prácticas que resulten favorables a la clase trabajadora y a los más vulnerables de la sociedad.
Aunque hay que tener en cuenta que ningún individuo ni familia debe ser absorbido por la intervención del Estado, ya que hay que dejar a cada uno la libre facultad de actuar hasta donde le sea posible, sin que esta libertad dañe a nadie y no ataque el bien común de la sociedad. Esto no quiere decir que el Estado permanezca impasible ante las situaciones de injusticia o las de desamparo que sufren algunas personas, que bién por su historia o bién por su falta de competencias y recursos no son capaces de procurarse lo suficiente para el desarrollo de una vida digna.
Por lo tanto el Estado debe anticiparse a los conflictos de clases que puedan producirse en situaciones futuras, elaborando leyes y desarrollando políticas que defiendan los derechos de los débiles, las familias y de aquellos que sólo poseen la fuerza de su trabajo.
En cuanto a las protecciones que debe ofrecer el Estado debemos poner especial interés en mencionar a la familia, ya que esta es el núcleo fundamental de toda sociedad conocida y es el “sistema” en el que toda persona se prepara para las exigencias de la vida futura y el que te da soporte en las situaciones de dificultad.
Así León XIII afirma que la familia o sociedad doméstica, bien pequeña, es cierto, pero verdaderamente sociedad y más antigua que cualquier otra, es de absoluta necesidad que posea unos derechos y unos deberes, totalmente independientes de la potestad civil (Rerum Novarum).
Si los ciudadanos de cualquier sociedad, si las familias participes en la convivencia y sociedad humanas, encontraran en los poderes públicos perjuicio en vez de ayuda, un cercenamiento de sus derechos más bien que una tutela de los mismos, la sociedad resultante, más que deseable, sería digna de repulsa (Rerum Novarum, 10).
Resulta alarmante ver como en las últimas décadas, uno de los principales objetivos de muchos gobiernos ha sido controlar la natalidad por medio de la difusión de agresivas campañas en contra de ella y del papel de la mujer dentro de cualquier familia, en contra de la identidad cultural y religiosa de la sociedad a la que ataca y coartando de una manera cobarde la libertad de decisión de las personas afectadas, con el fin de someterlas a esta nueva forma de opresión y control injustificado.
Desde la DSI, este hecho es totalmente condenable ya que la Iglesia reconoce al hombre y por extensión a la familia, como aquello que está por encima de todo y como núcleo inviolable.
Así el Papa Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987), recoge: “no se puede negar la existencia –sobre todo en la parte Sur de nuestro planeta- de un problema demográfico que crea dificultades al desarrollo. Es preciso afirmar enseguida que en la parte Norte este problema es de signo inverso: aquí lo que preocupa es la caída de la tasa de natalidad, con repercusiones en el envejecimiento de la población, incapaz de renovarse biológicamente. Fenómeno éste capaz de obstaculizar de por si el desarrollo. Como tampoco es exacto afirmar que tales dificultades provengan solamente del crecimiento demográfico; no está demostrado que cualquier crecimiento demográfico sea incompatible con un desarrollo ordenado”.

 
 
1.3. EL RETO DE LAS PARTES INTERESADAS EN EL CONFLICTO.
Si se realiza  una revisión histórica desde la fecha en la que se público la Rerum Novarum, hasta nuestros días podremos comprobar que independientemente del desarrollo industrial, de las leyes que existieran, del color político que gobernara, y de otros muchos factores que afectan al funcionamiento de cualquier sociedad, caeremos en la cuenta, que aunque parezca algo simplista “la cuestión social”, puede quedar resumida en la confrontación entre los que poseen los medios de producción y los que poseen la fuerza de sus manos.
Muy acertadamente León XIII, demuestra en la encíclica que los patronos y los mismos obreros tienen mucho que hacer en la solución del conflicto que subyace de la “cuestión social”, dando especial protagonismo a las asociaciones que aparecieron en la época, ya sean de obreros, empresarios, o ambos juntos, ya que son estas las que pueden acercar una clase social a la otra.
Estas se han de construir y gobernar de tal modo que proporcionen los medios idóneos y convenientes para el fin que se proponen, consistente en que cada miembro consiga de la sociedad, en la medida de lo posible, un aumento de los bienes del cuerpo, del alma y de la familias. (RerumNovarum, 42).

martes, 18 de junio de 2019

LOS DISTURBIOS DE NIKA...EL INICIO DE UNA MASACRE


El principal acontecimiento de los primeros años del reinado de Justiniano fue la llamada revuelta de Nika. Se trató de una gran sublevación urbana llevada a cabo por las masas populares de la ciudad de Constantinopla y organizada por las facciones de los verdes y azules en las carreras de carros del hipódromo. La protesta comenzó por el reclamo popular ante el prefecto  de la ciudad Eudaimon de indulto a dos simpatizantes acusados de asesinato que habían escapado de la muerte en la horca al romperse la soga del cadalso.
Ante la falta de respuesta de las autoridades, las facciones se unieron en enero del 532 en un intenso reclamo al emperador en el hipódromo. Al finalizar el primer día, los manifestantes marcharon al pretorio a exigir el indulto al prefecto y lo incendiaron al no conseguir su objetivo. A partir de este momento, la protesta escaló rápidamente para transformarse en una fuerte expresión de malestar popular contra el gobierno de Justiniano, sus políticas y algunos de sus funcionarios más importantes, cuya renuncia se exigía.
A partir de ese momento, a pesar de que Justiniano había accedido a remover a los funcionarios cuestionados, la revuelta se transformó en una rebelión abierta. Las masas causaron importantes destrozos y generaron varios incendios que escaparon de control y destruyeron gran parte del centro de la ciudad, incluida la iglesia principal de Constantinopla, Hagia Sophia. Un primer intento represivo con tropas comandadas por Belisario genera sangrientos conflictos callejeros. Los participantes de la protesta intentan proclamar como nuevo emperador a un sobrino de Anastasio, pero el plan fracasa al encontrar su casa vacía. La rebelión se transforma así en un intento abierto de usurpación del poder, lo que indicaría la participación de algunos sectores de las elites.


Se conoce con el nombre de Revuelta Niká esta rebelión popular contra el gobierno de Justiniano que asoló la ciudad de Bizancio . Tomó su nombre del grito lanzado por los rebeldes: «Niká», que significa «Victoria» en griego. Los acontecimientos tuvieron lugar en los alrededores de la residencia del emperador Justiniano I. Las razones fueron varias, pero fundamentalmente dos: en primer lugar había un grave trasfondo de rivalidad política y religiosa entre dos sectores de la sociedad que estaban protagonizando un enfrentamiento civil. Por un lado estaban las clases medias de comerciantes, trabajadores y funcionarios, que en el ámbito religioso practicaban el monofisismo (una interpretación del cristianismo que creía únicamente en la naturaleza divina de Cristo y no en la humana), y por otra, el grupo privilegiado de dignatarios aristócratas, que profesaban el cristianismo oficial y que estaban apoyados por el poder imperial. La otra causa de la rebelión se convertiría en el detonante de la misma, al producirse una repentina subida de impuestos a la población con la que Justiniano pretendía negociar una paz con persas y bárbaros. Pero a parte de todos estos temas de tensión social la revuelta se inicio debido a un juego, una intrascendente discusión entre las facciones rivales “Verdes” y “Azules” (colores con los que competían) sobre carreras de carros  se transformó en un estallido popular sin precedentes que hizo tambalear el trono de Justiniano I.
Mural en el que aparece la cara del emperador Justiniano I
El procopio de Cesarea  nos relata las consecuencias: “La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules… sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco.”  La revuelta comenzó en el Hipódromo, donde se encontraban los emperadores, y se fue extendiendo por toda la ciudad, atacando y destruyendo edificios públicos como el Gran Palacio y la iglesia más importante de la ciudad, Santa Sofía (que más tarde debería ser reconstruida por Justiniano).Los rebeldes llegaron a nombrar hasta un nuevo emperador, Hipatio, que era sobrino del antiguo emperador Anastasio I. A punto estuvo de abdicar Justiniano,aunque por encima del temor de Justiniano se impuso la fría serenidad de Teodora, que le convenció de que sólo una represión ejemplar acabaría con esta y sucesivas rebeliones. Curiosa esta mujer, antigua actriz y artista de circo con la que para casarse, Justiniano tuvo que derogar la ley que prohibía a los miembros de la clase senatorial contraer matrimonio con una mujer de clase inferior, algo escandaloso en su época, pero que a la postre le salvaría a él y a su imperio.

 Mural en el que aparece la imagen de la emperatriz Teodora mujer de Justiniano I
Belisario y Nárses, fingiendo negociar, rodearon a los rebeldes en el hipódromo y los masacraron. Se calcula que murieron cerca de 30.000 personas. La ciudad quedaría totalmente destruida, pero el emperador tendría la excusa de reconstruirla con nuevos edificios, que curiosamente constituirían el núcleo principal de lo que se ha dado en llamar la Edad de Oro del arte bizantino. 



                                      La iglesia de Santa Sofía




Iglesia de San Sergio y San Baco, que se concluye también después de los disturbios


La llamada Cisterna Basílica

Construida bajo una stoa en forma de basílica que había construido Constantino, y que también sería ampliada por Justiniano después de la revuelta Niká. La gigantesca cisterna se construye precisamente para proveer de agua la ciudad sin depender únicamente del acueducto de Valente, que en situaciones como la vivida podía ser destruido con facilidad.


Tradicionalmente, diversos estudiosos intentaron relacionar a las facciones del hipódromo con diferencias ideológicas o sociales en la población de las ciudades bizantinas, creyendo poder encontrar indicios de que los azules representaban los intereses de la aristocracia, mientras que los verdes los de sectores sociales medios ligados al comercio; o que los azules eran ortodoxos y los verdes monofisitas, pero no existen evidencias firmes que permitan realizar este tipo de identificaciones. Desde la publicación del fundamental estudio de Alan Cameron sobre las facciones del circo en Contantinopla, se acepta comúnmente que las facciones del circo tienen poco que ver con grupos de intereses políticos, económicos o religiosos y que sólo representan un genuino fanatismo por las carreras de caballos.
En el caso de la revuelta de Nika, fue la unión de ambas facciones, azules y verdes, lo que dio a la protesta un potencial mayor. Por otra parte, parece indudable que, una vez estallada la revuelta, la misma fue incentivada por algunos sectores de las elites disconformes con la política de Justiniano, como lo demuestra el hecho de que el emperador exiliara a algunos senadores una vez reprimido el alzamiento. Sin duda, el éxito en la represión fortaleció el poder de Justiniano, afianzando su posición en el trono imperial y permitiéndole identificar y reprimir a los sectores de la elite que se oponían a sus políticas. A pesar de ello, parece bastante improbable, que Justiniano hubiera escenificado la totalidad de la revuelta para tener la oportunidad de afianzar su poder, como pretende Mischa Meier.


lunes, 17 de junio de 2019

RAMIRO I REY DE ASTURIAS



"Ramiro, hijo del príncipe Vermudo", fue elegido para el trono a la muerte de Alfonso II, según la "Crónica de Alfonso III". El príncipe Vermudo tiene que ser el Vermudo I que renunció al trono en 791, tras ser derrotado por los musulmanes en Burbia . No se sabe cuando nació Ramiro, pero muy probablemente tenía más de 50 años en el año 842. Estaba entonces viudo, pues la citada crónica cuenta que cuando se produjo el fallecimiento de Alfonso II no estaba presente, pues se había trasladado a la provincia de Vardulia, «para tomar esposa». Vardulia era entonces el norte del territorio que luego se llamó Castilla, y la esposa en cuestión sería Paterna, que aparece como reina en el ara de Santa María del Naranco, fechada el 23 de junio de 848. Ramiro I reinó del 843 al 850.

La "Crónica Albeldense"nada dice de la ascendencia de Ramiro, ni de su elección como rey. En su versión, Ramiro se hizo con el trono tras derrotar a Nepociano, "junto al puente del Narcea".Y Nepociano, según coinciden las listas de los reyes conservadas en varios códices, sucedió a Alfonso II y precedió a Ramiro I. Lo que no aclaran esas listas reales es el tiempo que duró el reinado de Nepociano.
En el relato de la "Crónica de Alfonso III",a la muerte de Alfonso II, Nepociano, conde de palacio, se aprovechó de la ausencia de Ramiro para hacerse con el reino de forma ilegítima. (El de conde de palacio era un cargo que no había existido en la corte visigoda y sí en la carolingia, en la que constituía el máximo responsable de la administración cortesana). Ramiro se encontraba en la provincia de Vardulia para tomar esposa y al tener noticia de la muerte de Alfonso II y el acceso al poder de Nepociano.buscó refugio en Galicia, concretamente en la ciudad de Lugo, donde reunió un ejército para regresar a Asturias a recuperar o lograr el trono. La "Sebastianense"matiza que Ramiro, desde Lugo, en Galicia, se "hizo con el ejército de toda la provincia" y marchó hacia Asturias, donde le salió al encuentro Nepociano, apoyado por astures y vascones.

Las alianzas étnicas que se producen en este conflicto sucesorio tienen su explicación. Los astures defendían, sin duda, la legitimidad de Nepociano como heredero de Alfonso II, y los vascones, probablemente, a un miembro de su pueblo, pues Nepociano debía pertenecer a la familia de Munia, la princesa vascona madre de Alfonso II.
El apoyo de los gallegos a Ramiro se explica por alianzas y lazos matrimoniales. Sánchez-Albornoz supuso que la primera esposa de Ramiro era gallega basándose en la existencia documentada de un personaje llamado Gatón, que fue conde del Bierzo durante el reinado de Ordoño I. Este Gatón era o bien hijo de Ramiro I y hermano de Ordoño I, o cuñado de éste, y poseía numerosos bienes en Galicia, sobre todo en Triacastela (Lugo). En cualquiera de los dos casos, Ramiro había establecido fuertes alianzas en Galicia antes ya de la muerte de Alfonso II; de ahí que se dirigiera a Lugo para reunir fuerzas con las que asaltar el trono astur. No sabemos si había conseguido también la alianza con los castellanos, fin que perseguía su matrimonio con Paterna, perteneciente a la nobleza de esa zona. Un pariente de ésta, Rodrigo, aparece en la documentación como el primer conde de Castilla.


Ramiro debió de tardar bastante tiempo en sellar alianzas y pactos para reunir su ejército gallego. Una vez logrado, marchó sobre Oviedo. De su expedición supo Nepociano, que salió a su encuentro con una tropa integrada por astures y vascones. Debía ser la primavera de 843, o 844, y el choque, del que se ignoran los detalles, se produjo junto a "un puente sobre el río que se llama Narcea". Ese puente del río Narcea hay que localizarlo en las proximidades de Cornellana, importante nudo de comunicaciones desde época romana. Allí confluían la vía que desde Lugo de Llanera ("Lucus Asturum")conducía a Lugo de Galicia ("Lucus Augusti") y la que venía de tierras de León por el puerto de La Mesa. En la margen derecha del Narcea, frente a Cornellana, hay un lugar llamado Casas del Puente, donde hay vestigios de un viejo puente que, al parecer, cayó de viejo en 1580. Según la "Rotense", una vez entablado el combate Nepociano fue abandonado por los suyos, tras lo cual se dio a la fuga. La "Sebastianense" no llega a mencionar si hubo encuentro armado, pues dice que sin tardanza fue abandonado por los suyos. La "Albeldense" dice a las claras que Ramiro "venció a Nepociano junto al puente del Narcea".
Perdida la batalla, Nepociano emprendió la huida, siendo apresado por los condes Escipión y Sonna cuando marchaba hacia el oriente, a la región de Primorias (la zona de Cangas de Onís). Capturado, se le aplicó la ley II, 1, 8 del "Liber Iudicum", establecida por Chindasvinto, que castigaba con la ceguera a quienes delinquían contra el príncipe.


Poco después de esta batalla se produjo la llegada ante la costa de Gijón de una flota de normandos. La "Rotense" dice que los normandos eran un pueblo desconocido hasta entonces para ellos, paganos e infinitamente crueles. Los normandos no llegaron a desembarcar en Gijón, pero sí lo hicieron en el lugar llamado Faro Brigancio, que hay que identificar con La Coruña. Ramiro había movilizado un gran ejército y les plantó batalla. Según la "Crónica de Alfonso III", los normandos sufrieron muchas bajas y perdieron varias naves, quemadas por el ejército de Ramiro. El resto de la flota continuó viaje hacia Sevilla, ciudad en la que causaron grandes destrozos, de los que da cuenta el historiador árabe Ibn Hayyan, en su "Almuqtabis".Era el final del verano de de 844.
Tras derrotar a Nepociano, Ramiro hubo de hacer frente a lo que las crónicas califican de nuevas rebeliones, seguramente seguidores del rey destronado o parientes en diverso grado de Alfonso II, abriendo un período que no dudan en calificar de "guerras civiles".El cronista autor de la "Rotense" escribe: "Dos magnates, un prócer y el otro conde de palacio, se levantaron en su soberbia contra el rey. Pero cuando el rey conoció sus designios, a uno de ellos, cuyo nombre era Aldroito, ordenó que le sacaran los ojos, y al otro, de nombre Piniolo, lo mató por la espada con sus siete hijos"La "Albeldense"que califica a Ramiro de "vara de justicia",cuenta que "acabó con los bandoleros arrancándoles los ojos. Terminó con los magos por medio del fuego, y con admirable celeridad desbarató y exterminó a los rebeldes".No cabe duda, ante estos hechos, que Ramiro era un hombre de recio carácter,fuerte temple y mano dura.
Aparte de estos episodios de luchas internas, añaden las crónicas cristianas que hizo dos veces la guerra contra los sarracenos, saliendo victorioso, sin dar más detalles. Por el contrario, Ibn al-Athir y otros historiadores árabes cuentan que en septiembre de 845, un ejército musulmán penetró en Galicia, llegando a la ciudad de León, a la que pusieron sitio. Abandonada en la noche por sus habitantes, fue saqueada y destruida, aunque no lograron abatir sus murallas, "pues tenían diecisiete codos de ancho".Según las crónicas cristianas, León no fue repoblado hasta el reinado de Ordoño I, planteando esta noticia la cuestión, no resuelta, de si hubo un previo intento de repoblación por parte de Ramiro, o si la ciudad estaba ocupada por gentes del entorno que se hallaban fuera de control cristiano y musulmán.


Pero, sobre todo, Ramiro I pasó a la historia como un rey "constructor", por los excepcionales monumentos que mandó levantar en el Naranco. Dice la "Rotense": "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo". La "Sebastianense" da nombre a una de las construcciones, una iglesia en memoria de Santa María, a la que califica de "admirable belleza y hermosura perfecta", y añade, que "si alguien quisiera ver un edificio similar a ése, no lo hallará en España". Murió en su palacio del Naranco el 1 de febrero de 850 y sus restos fueron enterrados en Oviedo, en el panteón real de la iglesia de Santa María construida por su antecesor Alfonso II.


martes, 11 de junio de 2019

THOMAS COCHRANE...SUS ARMAS Y TÁCTICAS




Thomas Alexander Cochrane (Lord Cochrane), fue sin duda alguna uno de los mejores y más intrépidos comandantes navales que ha engendrado las islas británicas. No en vano fue la inspiración para crear a Horatio Hornblower y al legendario Jack Aubrey.
Tras concluir una ajetreada carrera al servicio de Gran Bretaña, Chile, Brasil y Grecia; el afamado marino regresó a su patria para restaurar su posición en la sociedad británica, ya que tras la muerte de su padre heredó el título de conde.
Lord Cochrane sabía que si bien Reino Unido y Francia ahora eran países amigos tras la caída de Napoleón; la paz duraría solo hasta que los intereses de ambas naciones colisionasen irreversiblemente otra vez y pronto los viejos rivales volverían a enseñarse los dientes. Por este motivo, ya  en 1811 cuando todavía estaban en guerra, había diseñado un plan que permitiese a la Royal Navy barrer por completo a la flota francesa de un solo golpe.



La batalla de la isla de Aix fue una batalla naval librada entre británicos y franceses entre el 11 y 12 de abril de 1809 en la embocadura del río Charente, al sur de la isla de Aix, Francia. Fue el primer intento de Lord Cochrane de llevar a cabo sus tácticas utilizando buques menores. Y le salió muy bien.

Para hacerlo se concentraría en emplear burlotes, es decir buques que a causa de su larga exposición al mar o averías eran considerados inútiles para la navegación y prescindibles.
Si bien era un elemento que ya era conocido por haber sido empleado a lo largo de la historia,la innovación del apodado “lobo de los mares” consistía en la utilización a gran escala de este tipo de buques y no solo lanzarlos ardiendo como en la antigüedad, sino añadiéndoles lanchas con pólvora y alquitrán.
En términos generales, la idea era causar un terrible daño a cualquier embarcación que estuviera dentro del puerto. Pero para lograr este objetivo, primero debía solventar las defensas que protegen las ensenadas.
Para sortear este obstáculo, propuso lanzar buques viejos o desechables; esta vez de mayor tamaño y repletos de pólvora, alquitrán, más todo tipo de metralla pesada como trozos de cañones o anclas. La explosión resultante podría destrozar las murallas del mar y abrir paso a los burlotes.
Finalmente la operación sería rematada con buques “malolientes”, llamados así por contener  alquitrán y azufre. Estos serían lanzados contra los fortines un día en que el viento fuera favorable a los atacantes; al estallar incendiarían las instalaciones y los gases asfixiarían a cuantos se encontraran allí defendiendo sus posiciones.
Con esta combinación de elementos, los principales puertos como por ejemplo Cherburgo, Brest, Rocheford y Toulon podían ser presa para la armada británica.

La idea puede parecer sacada de la época medieval y demasiado ambiciosa tanto por el número de buques necesarios, como coordinación entre las escuadras. Pero varios estudios realizados por el almirantazgo británico concluyeron que el plan era viable y podría haber puesto a Francia en un gran aprieto.
Lord Cochrane con sus luchas contra Francia, España, Portugal y el Imperio Otomano (actual Turquía) conocía de primera mano los perjuicios que suponían perder una flota para una potencia naval.
Si analizamos con cuidado veremos que es un buen plan, ya que a corto plazo proporciona una enorme ventaja y a largo plazo solo podría terminar con una derrota total, pues los daños que hubiesen sufrido los galos serían graves.
Para entenderlo imaginemos por un momento que ha estallado la guerra y que el plan se ha ejecutado con éxito. ¿Qué consecuencias tendría? Analizando otros precedentes históricos, se hubiesen podido encontrar  con:
  • Los  principales puertos y astilleros inutilizados.
  • Dificultad para reparar cualquier buque en condiciones de navegar.
  • Dificultad de efectuar un contraataque o cualquier otra acción naval de importancia; pues en caso de haber sobrevivido algún buque, difícilmente podría hacer frente a toda una flota.
  • Toda la costa del país queda vulnerable a un bombardeo desde el mar.
  • El país entero expuesto a un desembarco de un contingente armado. Poco probable, pero la ocasión lo permite.
  • La flota mercante vulnerable a un ataque de la Royal Navy o corsarios.
  • Comercio exterior interrumpido, con todas las consecuencias económicas que conlleva. Es decir un encarecimiento de transporte marítimo, por consíguete una subida del precio de algunos productos; pero a la vez un descenso de las exportaciones e importaciones que culmina con una caída de la economía.
  • Bloqueo de las comunicaciones entre la metrópoli y sus colonias de ultramar.
  • Imposibilidad de defender adecuadamente las colonias en caso de ataque.
  • Debilidad de la metrópoli, tanto en poder como prestigio, ante los demás países y sus colonias; con el riesgo de que se revelen.

Si todos estos ejemplos ya parecen terribles por sí solos, habría que sumarle, solo en el peor escenario posible, que otra nación aprovechase la debilidad de Francia para declararle la guerra simultáneamente; por ejemplo un intento de España por recuperar el Rosellón en venganza por la paz de los pirineos de 1659.
Pero la contrarrevolucionaria Francia de Luis XVIII y sus sucesores,se privaron de seguir los mismos pasos que Napoleon respecto a las relaciones con Gran Bretaña; quien por entonces era la indiscutible “árbitro de Europa”.
O sea que el plan nunca fue ejecutado, aunque ello no impidió que fuese retocado durante los siguientes años, como una bala de emergencia en la recámara. Este hecho implicó que fuera un secreto que el mismo Lord Cochrane tuvo que jurar que jamás revelaría a ninguna otra nación; ya que existía el temor de que una idea similar fuera utilizada contra sus ideólogos.
No fue dado a conocer al público hasta 1908, cuando estaba claro que Francia y Reino Unido ya no serían rivales pues a la otra orilla del Rin había aparecido un nuevo peligroso enemigo común, Alemania.
Además, el alto mando no veía con malos ojos la mayor parte del plan; pero si la utilización de los buques “malolientes”, alegando que era una idea barbárica, inhumana e impropia de la guerra moderna (otra ironía de la historia). Igualmente Cochrane lo propuso antes y durante la guerra de Crimea sin éxito.
Por su parte el afamado marino, ya almirante, continuó con sus innovaciones; aunque menos bélicas. Tales ingenios fueron una máquina de vapor rotatoria, un nuevo tipo de lámpara de comunicación de señales entre buques, una patente para la utilización del betún como medio de combustión. Y finalmente, junto al ingeniero Marc Brunel, la creación del túnel de escudo; cosa que permitió la construcción del túnel del Thames.