miércoles, 17 de julio de 2019

LOS GITANOS Y LOS ANTECEDENTES AL PROYECTO DE EXTERMINIO Y LA REDADA GENERAL DE 1749



Las Cortes abiertas el 5 de mayo de 1592, a pesar de su tinte claramente económico, se convirtieron en receptáculo de propuestas para “sujetar” a los gitanos. Ya en la sesión del 5 de junio de ese año, se estableció el nombramiento de comisarios para que informaran sobre lo que convenía en el “problema” gitano. Si bien, el punto culminante llegaría en la sesión del 19 de marzo de 1594, cuando los procuradores por la ciudad de Burgos, Jerónimo de Salamanca y Martín de Porras, presentaron una propuesta para “exterminar” a esta minoría étnica.
Como justificación, hicieron una exposición plagada de todo tipo de prejuicios peyorativos, en consonancia al estereotipo gitano negativo que se hallaba ya consolidado en estas fechas. En su alegato, comenzaron denunciando la forma de vida de los gitanos, calificándola como 
“la más perdida que hay en toda la república cristiana, ni aun bárbara”.
La razón de esta mala vida se debía a que eran “gente sin ley”, que vivían
“llenos de vicios, sin ningún género de recato, con gran escándalo de estos reinos y de los naturales de ellos”.
Es en el punto donde se asocia el tema de los gitanos con un problema de orden público, en el que se hallaba también inserta la problemática morisca, tal como se comprobaría en la sesión de 5 de abril de 1596, cuando el representante conquense, Juan Suárez propuso
“que los moriscos y gitanos se repartan por vecindades en el reino, y no traten sino solo en labrar y criar, y servir a labradores y criadores”.
Temerosos de que el “gitanismo” contagiara al resto de la población, pidieron
“poner remedio en un daño tan grande”, y así conseguir “disipar y deshacer de raíz este nombre de gitanos y que no haya memoria de este género de gente”.



El “exterminio” biológico propuesto consistía en la separación física de ambos sexos y la aculturación de los más pequeños. Para justificarlo, hicieron una exposición plagada de prejuicios peyorativos, acusándolos de ser “gente sin ley”, que vivía “llenos de vicios”. No llegándose a un acuerdo, el proyecto se desechó y se optó por continuar con la política represiva basada en la fijación de las familias gitanas a un domicilio conocido bajo un estricto control de sus personas, costumbres y caballerías.
El temor de que esta forma de vida acabara siendo adoptada por el resto de la población se mantuvo presente en la legislación represiva que siguió, en la que se pretendió perfeccionar el sistema de avecindamiento forzoso en localidades, de las que no debían salir sin licencia. Sin embargo, las medidas basadas en el “exterminio” biológico y la expulsión a tierras americanas no se habían olvidado, y en 1610, el rey encargó en Aranda del Duero su expulsión, encargando su ejecución al marqués de Salvatierra. Afortunadamente, todo quedó en aguas de borrajas una vez se comprobaron  las graves consecuencias derivadas de la medida realizada en el caso morisco.


Sin olvidarse completamente la amenaza de la expulsión y el “exterminio” biológico, se volvió nuevamente al asentamiento forzoso en vecindarios cerrados para ocuparlos exclusivamente en la labranza. Una política criticada abiertamente por muchos arbitristas, representantes en Cortes y camaristas del Consejo de Castilla, al exigir medidas más contundentes, algo que lograron en 1749, cuando efectuada una redada para expulsar del reino a los gitanos, acabó desechándose otra vez al tenerse en cuenta diferentes aspectos de carácter poblacional y de seguridad, con lo que acabó transformándose en un proyecto de exterminio” biológico a través de la separación física de hombres y mujeres. Encomendada la tarea de señalar los destinos de ambos sexos, el marqués de la Ensenada aprovechó la mano de obra gratuita de los varones mayores de siete años, para hacer frente a su programa de reconstrucción de la Armada Naval. Un cautiverio, cuyo punto final llegó demasiado tarde en 1765. La desconfianza entre ambas comunidades era ya completa.


Con la creación en 1721 de la llamada Junta de Gitanos se llegó a la conclusión de la inutilidad de la política seguida hasta entonces hacia esta minoría étnica, así como el inconveniente que suponía la inmunidad eclesiástica para lograr una prisión general. Despojados en 1748 de este derecho, el Consejo de Castilla, con su presidente Gaspar Vázquez de Tablada al frente, acordó su arresto para
“sacarlos de España y enviarlos divididos en corto número a las provincias de América”.
Conocedores de que una medida similar había fracasado en Portugal, se acordó emprender el “exterminio” biológico, por lo que en junio de 1749 ya se planeaba una redada para capturar el mayor número posible de gitanos y gitanas de todas las edades a partir de los padrones confeccionados con motivo de la pragmática de 1745.
Fue un miércoles 30 de julio cuando la historia de España adquiere tintes macabros,cuando en este país el odio tendió la alfombra de bienvenida a una  crueldad que se ha llamado la Gran Redada o la Prisión General de los Gitanos de 1749. 
Desde la llegada a España de los gitanos (Rroma), alrededor del año 1417, muchos fueron los intentos de asimilación forzosa que tuvieron el punto de salida con la pragmática de Medina del Campo dictada por los Reyes Católicos en 1499 y que continuaron con una serie de ordenes que marcan una represión sin límite y que de una manera directa o indirecta pretendían o bien el abandono de las costumbres, trajes y tradiciones o bien la desaparición y arrinconamiento de la población romaní española. Entre estas medidas, por entresacar algunas, tenemos desde las que obligan al asentamiento, a la prohibición de ejercer el trabajo que les procuraba su medio de vida, la trata de animales el chalaneo, y otras en la que se les obliga a convertirse en agricultores… todo este cúmulo de sentimientos antigitanos y romafobia tiene su culmen en esta orden del 30 de julio pronunciada por Fernando VI de “exterminar la raza gitana”, para ello ordenó 
...“prender a todos los gitanos avecindados y vagantes en estos reinos, sin excepción de sexo, estado ni edad, sin reservar refugio alguno a que se hayan acogido”... 
Unida a esta orden y mediante un plan urdido en secreto y organizado por el Marqués de la Ensenada, fueron detenidos casi todos los gitanos españoles, unos 9.000 (otros 3.000 ya estaban en prisión), los hombres enviados a los arsenales de la marina y las mujeres y los niños encarcelados. Para llevar a cabo con esta operación se contó con la cooperación de la Iglesia y la “provechosa” colaboración delatora de la población. Para facilitar el apresamiento de los gitanos y gitanas, el cardenal Valenti Gonzaga, nuncio en Madrid antes de ser secretario de Estado en el Vaticano, obtuvo expresamente permiso para excluir a los gitanos del asilo eclesiástico en abril de 1748. Era el último trámite para que Fernando VI autorizara el genocidio del verano de 1749

Marqués de Ensenada
De esta colaboración tenemos datos históricos que la prueban que se recogen en un escrito de P. Minguella, autor de la Historia de la Diócesis de Sigüenza y de sus Obispos, en el se nos cuenta como tuvo lugar la famosa redada de los gitanos , concebida por el Secretario de Guerra, D. Zenón Semodevilla y Bengoechea, el famoso Marques de La Ensenada,secundada por el Obispo de Sigüenza.
Un año antes de morir el Duque de Anjou, que reinó en España con el nombre de Felipe V, dictó un decreto de pena de muerte contra los gitanos sorprendidos fuera del término de su vecindario. A tal efecto muchos de ellos, abandonando la vida nómada, se habían afincado en lugares, donde ejercían oficios serviles, útiles a sus convecinos, hasta que,como ya comenté,un miércoles 30 de julio de 1749, fueron sorprendidos por el Ejército. Ni siquiera les acogió el derecho de asilo que cualquier delincuente tenía, porque la Iglesia les excluyó del privilegio. Es cierto que hubo clérigos que clamaron contra tal desmán, pero fue a título personal, como el del Vicario de Sevilla. 
También la ambición de alcaldes, corregidores, alguaciles y particulares jugó su baza en el asunto, pues eran recompensados los delatores con la apropiación de sus exiguos bienes, que se vendían en pública almoneda. Los apresados mayores de 12 años eran enviados a los arsenales de la Marina y a las mujeres y los menores se les redujo a guetos. Los hombres que se hallaban en una mejor condición de fortaleza física y, puesto que hacia falta mano de obra, eran enviados a galeras para construir barcos que irían destinados a traerse el oro del nuevo continente, allí morían a causa de la extenuación, el hacinamiento, las enfermedades y la mala alimentación.

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A fin de obtener la autorización real, el Consejo justificó la medida para“contener el vago y dañino pueblo que infecta a España”, asegurando ser el único “preciso remedio” el “exterminarlos de una vez”. El carácter universal de la redada se hallaba implícito. Su desarrollo a partir de los listados de familias avecindadas y las instrucciones de captura lo confirma:
“Habiendo resuelto el rey se recojan para destinar como lo tenga por conveniente todos los gitanos avecindados y vagantes en estos reinos, sin excepción de sexo, estado, ni edad”.
El 8 de julio Ensenada ya había enviado las instrucciones a los tres intendentes de Marina, junto con la relación de los lugares y destacamentos militares designados para desarrollar la operación. Los aspectos económico y logístico fueron cuidadosamente previstos, detallándose incluso la tropa y sus mandos. Éstos,una vez en sus objetivos, abrieron las órdenes y se dispusieron a ejecutarlas “de acuerdo, en la mejor armonía y buena correspondencia” con las autoridades locales...

Respecto a los bienes de los presos, se procedió tras la redada a la custodia y cierre de las casas para impedir su saqueo, inventariándose “todos los bienes raíces, muebles o dinero” que se hallaron para su posterior subasta y así costear la propia operación.
En Andalucía, tradicionalmente la región española con más presencia gitana se produjo el mayor número de capturas, especialmente en los reinos de Sevilla y Granada, a pesar de que, como en Cataluña, por no haber llegado la orden, hubo de esperar varias semanas a ejecutarla en poblaciones como Málaga. En casi su totalidad, no hubo resistencia. En Vélez Málaga, por ejemplo, a la llegada de los soldados, los gitanos no esperaron a ser capturados, y ante el asombro de éstos, se dirigieron a la cárcel diciendo que “ya sabían se les habían de prender, y que desde luego venían a que S.M. les mandase donde había de ir”

Ensenada que tenía claro el envío de los hombres a los arsenales, dudaba del destino de las mujeres, pues su prioridad era impulsar su programa reconstrucción naval, por lo que se olvidó de éstas y de los hombres inhábiles para el trabajo. Olvidadas, pasaron años esperando destino. A sus quejas y a la de los gitanos que habían obtenido ejecutorias de castellanía, se unió el malestar del propio monarca por medida tan desproporcionada.
A los tres meses de este fatídico día, se dicta una orden que libera a los ancianos y las viudas y en la que se prohíbe la procreación. Aunque estos Rroma liberados tenían el derecho a recuperar sus bienes no es difícil imaginar las dificultades que tuvieron que atravesar no solo en este aspecto económico sino también para rehacer sus vidas y superar la pesadilla que les había tocado vivir.
Las condiciones de vida infrahumanas y la negación de indultos desde el año 1757 hizo que la población romani encarcelada pasara a ser de tan solo unos ciento cincuenta individuos cuando en 1783 fueron liberados, no por motivos humanitarios sino por la falta de rentabilidad que suponía el mantenimiento de esta población enferma y envejecida prematuramente. 
Una vez liberados surgió la duda sobre que hacer con ellos, surgieron varias propuestas entre las que se encuentran la de diseminarlos y colocar a solo una familia por pueblo, la de internarlos en prisiones para que vivieran con sus familias como inquilinos libres o la de enviarlos a las colonias americanas como ya hacían otros países como Portugal e Inglaterra, pero la falta de consenso sobre esto nos llevaría a la Pragmática del 19 de septiembre de 1783 dictada por Carlos III que daría a los gitanos libertad de elección domiciliaria y laboral.
Reunida la Junta de Gitanos el 7 de septiembre bajo la supervisión de Francisco Rávago, éste criticó con dureza la improvisación con que se ejecutó la redada, pero la Junta no asumió su responsabilidad respecto a la generalidad con que se diseñó, ya que achacó el abuso cometido a la mala interpretación de sus ejecutores.
El Consejo de Castilla recondujo entonces el proyecto y lo centró exclusivamente en los gitanos contraventores, disponiendo en el capítulo sexto de la Orden de octubre de 1749, la libertad a todos aquellos que acreditaran su buena forma de vida. Los que no pudieron hacerlo, Ensenada los distribuyó en función de su capacidad laboral: los hombres útiles mayores de siete años se remitieron a los arsenales, en tanto a los menores se les permitió permanecer con sus madres hasta cumplirla, momento en que pasaban a las maestranzas de los arsenales.
La injusticia cometida hacia unas personas, a las que sin delito ni juicio fueron privadas de su libertad, tuvo su continuación en la aplicación de dicho artículo sexto. Algunos responsables de su custodia señalaron lo desacertado y nada equitativo que resultó, al advertir cómo por ser personas sin familia y sin medios económicos no pudieron “justificar lo necesario para su libertad”.
Casi cuatro mil personas pasaron a sus destinos definitivos, hasta que Carlos III las rescató del olvido y concedió en 1765 su indulto, medida tardía, pues ya se había causado una profunda brecha entre ambas comunidades.

lunes, 15 de julio de 2019

LA REVUELTA JACQUERIE


Con este nombre se designa a la revuelta campesina desarrollada en Francia, concretamente en las tierras de l`Ile-de-France, entre los meses de mayo y junio de 1358. Etimológicamente, jacquerie deriva del nombre propio Jacques y de su abreviación Jacq, nombre por el que se conocía despectivamente en los ámbitos señoriales a los campesinos franceses. Debido a ello, jacquerie ha servido para designar a cualquier movimiento de revuelta campesina acontecido en Francia, aunque el primero y más importante de todos ellos fue el que se analizará a continuación.
 El cronista J. Froissart la denominó en su día la "gran maravillosa tribulación". Su nombre lo toma de "Jacques Bonhomme", apelativo genérico con el que se designaba en aquella época en tierras francesas a los rústicos. Sin duda, el motivo último de la revuelta se inscribía en la estructura social del mundo feudal, con su conocida dicotomía señores-campesinos. Pero los azotes que habían padecido los franceses en los años anteriores, desde la peste negra y los malos años hasta la negativa evolución de la situación militar en la confrontación con los ingleses, contribuyeron sin duda a agravar el panorama. A partir de estos datos se explica la afirmación del historiador H. Neveux de que la Jacquerie fue, en definitiva, "un acta de acusación". 


Aunque no se conoce con exactitud cuál fue la chispa que encendió la rebelión, lo cierto es que hacia mediados del mes de mayo de 1358 un poderoso contingente de campesinos armados (las fuentes citan más de 5.000 hombres y mujeres) se concentró en Saint-Luc d´Esserent, en la confluencia de los territorios franceses de I´lle-de-France y Beauvaisis. Desde su primigenio alzamiento, la revuelta se extendió en apenas unos días por las regiones de Picardía y Champagne, llegando incluso a alcanzar amplios sectores de Lorena, Artois y Normandía. El movimiento de protesta, con un claro componente anti-señorial, tuvo un comportamiento violento, saqueando, arrasando e incendiando cualquier posesión nobiliaria que encontraron a su paso.
Desde los primeros momentos del conflicto la jacquerie intentó agrupar a todos los campesinos que encontraron a su paso, organizándose mediante unas divisiones en las que el criterio se encontraba en la correspondencia a una parroquia determinada, es decir, tal y como estaban censados en sus lugares de origen. Al frente de cada peculiar "parroquia" había un jefe con mando militar, mientras que por encima de todos ellos se alzaba una especie de caudillo, un "general" de los ejércitos llamado Guillaume Carle. Las noticias sobre la vida de Carle son confusas, aunque es probable que descendiera de alguna empobrecida rama nobiliaria o fuese hijo bastardo de algún linaje picardo. Quien quiera que fuese, lideró a las tropas de la jacquerie en su largo y violento peregrinar por los campos franceses y llegó, incluso, a entablar alianza con los partidarios del parisino Etienne Marcel, que había sublevado la Ciudad de la Luz en la misma época atendiendo a criterios que no se alejaban demasiado de las amargas quejas campesinas.
Sin embargo, la reacción no se hizo esperar por parte de la aristocracia. Naturalmente, los linajes nobiliarios afectados por los saqueos de la jacquerie abrieron los contactos con las familias emparentadas con el fin de detener el desastre. A tal efecto, se formó un contingente de tropas nobiliarias con mayor peso, más entrenamiento y mejores armas para una lucha final que no tardaría en presentarse. Por si fuera poco, a la cabeza del ejército nobiliario se encontraba el rey de Navarra, Carlos el Malo, un príncipe sin escrúpulos que destacaba tanto por su buena espada como por sus habituales y fraudulentos métodos. 

Así pues, Carlos el Malo hizo suya la máxima cesariana ("divide y vencerás") y consiguió atraerse hacia la causa nobiliaria al propio Guillaume Carle, bajo la promesa (naturalmente, falsa) de recompensar su traición con un título nobiliario y un señorío a su favor. Privadas de dirección táctica y, como era lógico, sin la fuerza militar de unos soldados expertos en su oficio, las tropas de la jacquerie fueron masacradas en la batalla de Mello, pequeña villa situada en las cercanías del actual Clermont-en-Beauvisis (10-VI-1358). No contento con ello, Carlos el Malo, además de mandar a la horca al cándido traidor Carle, ordenó una durísima represión en la que fueron ejecutados más de 3.000 jacqs, levantando un infranqueable muro de sangre, horror y depravación para servir de escarmiento a quienes, en un futuro, volviesen a osar levantarse contra la autoridad señorial.



Tradicionalmente, se ha tendido a explicar la revuelta como uno de tantos conflictos anti-señoriales de la Baja Edad Media, debido a que reúne varias características que son esenciales en dichos movimientos, tales como su efímera existencia, su espontaneidad, la violencia de todos lo hechos (por todas las partes contendientes) y su carácter estrictamente anti-nobiliario o anti-señorial, no siendo más que una reivindicación plausible en el mundo feudal y que, en ningún caso, pretendía alterar el orden social establecido sino exigir la justicia del mismo.
Además de ello, varios historiadores han ligado el atroz levantamiento con una no menos cruda coyuntura económica, principalmente debida a la crisis demográfica, económica y social provocada por la Peste Negra de 1348, de la que, diez años después, no sólo aún se pagaban las consecuencias sino que éstas se incrementaban con rebrotes endémicos en bastantes regiones de Francia y del resto de Europa.
Sin embargo, superando los conceptos localistas y las explicaciones coyunturales, se debe razonar que, efectivamente, la jacquerie fue uno de tantos conflictos anti-señoriales de la Baja Edad Media, pero, como es lógico, hay que inscribirlo en esos otros tantos. Desde la expansión de los dominios agrícolas a costa de las zonas de bosque acontecida en el siglo XII, el campesinado no había dejado de ser un elemento oprimido por el ansia de riqueza señorial; debido a ello, durante toda la Plena Edad Media (siglos XI, XII y XIII) los oprimidos habían mostrado un tenaz espíritu de lucha que, a veces, se manifestaba mediante violentas revueltas como la Jacquerie y, la mayoría de ellas, provocaba resistencias pasivas con larga persistencia en la memoria colectiva, lo que hacía que el odio anti-señorial pasase de generación en generación. Esta persistencia se vio agravada en los siglos XIV y XV por la crisis coyuntural que vivió Europa en todos sus aspectos: a las pérdidas demográficas siguió la caída de la mano de obra y, por consiguiente, el aumento del precio de ésta. Pero el intervencionismo señorial hizo equiparar de nuevo salarios y precios al mismo nivel al que se encontraban antes de 1358 (medida coyunturalmente buena pero que levantó las iras del campesinado). Además, otro factor importante fue el hecho de que a la caída de las rentas señoriales, los terratenientes no optaron por medidas inteligentes, sino que emprendieron una "huida hacia adelante" pidiendo empréstitos sobre las futuras cosechas o (la mayoría de las veces) incrementando brutalmente las cargas al campesinado dependiente.

Por eso, la jacquerie, pese a tener sentido aisladamente en el contexto del campo francés, revela su verdadera dimensión en el ámbito de revueltas campesinas que se extendieron como un torrente por toda la Europa bajomedieval: la revuelta de los marineros de Flandes , el levantamiento tylerista de Inglaterra  o el movimiento taborita de Bohemia . Por lo que respecta a la Península ibérica, los procesos sucedieron de modo análogo, como muestran tanto la revuelta de los Payeses de Remença catalanes o las llamadas Guerras Irmandiñas .
No obstante, la descripción más precisa de la Jacquerie nos la proporciona el cronista Froissart, cuyas opiniones, como es bien sabido, reflejaban ante todo los puntos de vista de la alta nobleza francesa. "Algunas gentes de las villas campesinas se reunieron sin jefes en Beauvais. Al principio no eran ni 100 hombres y dijeron que todos los nobles del Reino de Francia, caballeros y escuderos, traicionaban al Reino, y que sería un gran bien destruirlos a todos... Entonces, sin otro consejo y sin otra armadura más que bastones con puntas de hierro y cuchillos, se fueron a la casa de un caballero, realizando actos de brutalidad sin cuento". Pero continuemos con el relato de Froissart: "Así hicieron en muchos castillos y buenas casas, y fueron creciendo tanto que llegaron a 6.000... Estas gentes miserables incendiaron y destruyeron más de sesenta buenas casas y fuertes castillos del país de Beauvais y de los alrededores de Corbie, Amiens y Montdidier. Y si Dios no hubiera puesto remedio con su gracia, la desgracia habría crecido de modo que todas las comunidades habrían destruido a los gentileshombres, después a la santa Iglesia, y a todas las gentes ricas de todo el país". Así pues, Froissart, después de señalar cómo los rústicos carecían de los elementos definitorios de cualquier ejército (no tenían jefes y no poseían armas adecuadas), se ceba en los desastres que causaron y pone el acento en la ruina que se avecinaba, si Dios no ponía remedio inmediato, para todos los sectores poderosos de Francia, tanto laicos como eclesiásticos. De todas formas, es innegable que Froissart generalizaba, pues la violencia campesina únicamente se dirigió contra la nobleza laica, respetando en todo momento, en cambio, los bienes eclesiásticos.
A partir de esos textos se elaboraron las primeras interpretaciones historiográficas de la Jacquerie. El movimiento parecía una explosión de cólera, más o menos espontánea, protagonizada por los campesinos de más baja condición. Así fue considerado por la historiografía tradicional. Pero en los últimos años se han matizado notablemente esos puntos de vista. Es innegable, desde luego, que la rabia de los campesinos miserables jugó un papel muy destacado en la insurrección de la Jacquerie. Pero no es menos cierto que en la misma participaron también labriegos de buena posición económica. Es posible incluso que uno de los principales motivos de la revuelta fuera la caída de los precios de los granos. ¿No induce a esa conclusión el hecho de que la Jacquerie se produjera precisamente en una de las principales regiones cerealísticas de Francia? G. Fourquin, para el cual los "jacques" no eran sino una asociación de "pequeñas bandas mal organizadas", ha señalado, no obstante, que la Jacquerie fue, en cierta medida, una revuelta "contra las secuelas de la crisis frumentaria de principios de siglo". 



Por otra parte, el movimiento no fue tan anárquico como en principio podía parecer. Tuvo una organización y tuvo, sobre todo, jefes, a pesar de las opiniones de los cronistas coetáneos. ¿Cómo olvidarnos, por ejemplo, de Guillaume Carle, caudillo indiscutido de la insurrección? Carle organizó dentro del movimiento una especie de cancillería. A el se debía igualmente la idea de ocupar sólo aquellos castillos que en verdad tuvieran interés desde el punto de vista estratégico, evitando ataques innecesarios a los restantes. En cualquier caso, la Jacquerie fue un movimiento de gran intensidad pero de corta duración. Ni los esfuerzos de Marcel, por una parte, ni los de Carle, por otra, lograron que llegara a conectar el movimiento campesino con el que por las mismas fechas había estallado en París. Así las cosas, el 10 de junio de 1358 Carlos el Malo acababa con la resistencia de los "jacques". Su líder, Guillaume Carle, fue hecho prisionero y, posteriormente, ajusticiado. A continuación se puso en marcha una dura represión contra los participantes en la revuelta. Mas aunque fracasada, no se puede olvidar que la Jacquerie dejó una huella muy profunda en la conciencia colectiva del campesinado del país galo.
El periodo comprendido entre los años 1358 y 1378 fue, dentro de lo que cabe, una era de paz social. No puede negarse que si analizamos con un mínimo de detalle los acontecimientos de esos años pueden señalarse movimientos populares en este o en aquel lugar, aunque por lo general todos ellos fueran de escasa incidencia. Tal sería, por ejemplo, el caso de la sublevación que se produjo en la ciudad alemana de Augsburgo en 1368, o de determinados movimientos que tuvieron lugar por esas mismas fechas en el mundo rural inglés. Es posible que ejercieran un peso muy fuerte, en esa situación de relativa paz social, los gravísimos trastornos que habían padecido los europeos en los años medios de la centuria, lo que habría originado un cansancio generalizado en todos los sectores sociales. Pero en 1378 el fuego se reavivó, con inusitada fuerza, inaugurando una etapa, ciertamente breve (apenas duró cinco años, desde 1378 hasta 1383), pero de especial intensidad por lo que a las luchas sociales se refiere siendo la revuelta de los "ciompi" florentinos su máxima expresión.


No obstante, la descripción más precisa de la Jacquerie nos la proporciona el cronista Froissart, cuyas opiniones, como es bien sabido, reflejaban ante todo los puntos de vista de la alta nobleza francesa. "Algunas gentes de las villas campesinas se reunieron sin jefes en Beauvais. Al principio no eran ni 100 hombres y dijeron que todos los nobles del Reino de Francia, caballeros y escuderos, traicionaban al Reino, y que sería un gran bien destruirlos a todos... Entonces, sin otro consejo y sin otra armadura más que bastones con puntas de hierro y cuchillos, se fueron a la casa de un caballero, realizando actos de brutalidad sin cuento". Pero continuemos con el relato de Froissart: "Así hicieron en muchos castillos y buenas casas, y fueron creciendo tanto que llegaron a 6.000... Estas gentes miserables incendiaron y destruyeron más de sesenta buenas casas y fuertes castillos del país de Beauvais y de los alrededores de Corbie, Amiens y Montdidier. Y si Dios no hubiera puesto remedio con su gracia, la desgracia habría crecido de modo que todas las comunidades habrían destruido a los gentileshombres, después a la santa Iglesia, y a todas las gentes ricas de todo el país". Así pues, Froissart, después de señalar cómo los rústicos carecían de los elementos definitorios de cualquier ejército (no tenían jefes y no poseían armas adecuadas), se ceba en los desastres que causaron y pone el acento en la ruina que se avecinaba, si Dios no ponía remedio inmediato, para todos los sectores poderosos de Francia, tanto laicos como eclesiásticos. De todas formas, es innegable que Froissart generalizaba, pues la violencia campesina únicamente se dirigió contra la nobleza laica, respetando en todo momento, en cambio, los bienes eclesiásticos. 



A partir de esos textos se elaboraron las primeras interpretaciones historiográficas de la Jacquerie. El movimiento parecía una explosión de cólera, más o menos espontánea, protagonizada por los campesinos de más baja condición. Así fue considerado por la historiografía tradicional. Pero en los últimos años se han matizado notablemente esos puntos de vista. Es innegable, desde luego, que la rabia de los campesinos miserables jugó un papel muy destacado en la insurrección de la Jacquerie. Pero no es menos cierto que en la misma participaron también labriegos de buena posición económica. Es posible incluso que uno de los principales motivos de la revuelta fuera la caída de los precios de los granos. ¿No induce a esa conclusión el hecho de que la Jacquerie se produjera precisamente en una de las principales regiones cerealísticas de Francia? G. Fourquin, para el cual los "jacques" no eran sino una asociación de "pequeñas bandas mal organizadas", ha señalado, no obstante, que la Jacquerie fue, en cierta medida, una revuelta "contra las secuelas de la crisis frumentaria de principios de siglo".
Hay que indicar, asimismo, que la Jacquerie contó con el apoyo de algunos sectores urbanos, particularmente de artesanos. Por otra parte, el movimiento no fue tan anárquico como en principio podía parecer. Tuvo una organización y tuvo, sobre todo, jefes, a pesar de las opiniones de los cronistas coetáneos. ¿Cómo olvidarnos, por ejemplo, de Guillaume Carle, caudillo indiscutido de la insurrección? Carle organizó dentro del movimiento una especie de cancillería. A el se debía igualmente la idea de ocupar sólo aquellos castillos que en verdad tuvieran interés desde el punto de vista estratégico, evitando ataques innecesarios a los restantes. En cualquier caso, la Jacquerie fue un movimiento de gran intensidad pero de corta duración. Ni los esfuerzos de Marcel, por una parte, ni los de Carle, por otra, lograron que llegara a conectar el movimiento campesino con el que por las mismas fechas había estallado en París. Así las cosas, el 10 de junio de 1358 Carlos el Malo acababa con la resistencia de los "jacques". Su líder, Guillaume Carle, fue hecho prisionero y, posteriormente, ajusticiado. A continuación se puso en marcha una dura represión contra los participantes en la revuelta. Mas aunque fracasada, no se puede olvidar que la Jacquerie dejó una huella muy profunda en la conciencia colectiva del campesinado del país galo.
El periodo comprendido entre los años 1358 y 1378 fue, dentro de lo que cabe, una era de paz social. No puede negarse que si analizamos con un mínimo de detalle los acontecimientos de esos años pueden señalarse movimientos populares en este o en aquel lugar, aunque por lo general todos ellos fueran de escasa incidencia. Tal sería, por ejemplo, el caso de la sublevación que se produjo en la ciudad alemana de Augsburgo en 1368, o de determinados movimientos que tuvieron lugar por esas mismas fechas en el mundo rural inglés. Es posible que ejercieran un peso muy fuerte, en esa situación de relativa paz social, los gravísimos trastornos que habían padecido los europeos en los años medios de la centuria, lo que habría originado un cansancio generalizado en todos los sectores sociales. Pero en 1378 el fuego se reavivó, con inusitada fuerza, inaugurando una etapa, ciertamente breve (apenas duró cinco años, desde 1378 hasta 1383), pero de especial intensidad por lo que a las luchas sociales se refiere siendo la revuelta de los "ciompi" florentinos su máxima expresión.

jueves, 4 de julio de 2019

"RERUM NOVARUM" 1891....UNA ENCICLICA ACTUAL EN EL ANALISIS SOCIAL



Resulta curioso que una encíclica del año 1891 escrita por el sumo pontífice León XIII, en la que se imparte doctrina sobre la situación que vivía la sociedad obrera de la época, sea tan actual y aplicable en el momento en el que vivimos.
Si analizamos este insigne documento pastoral, así como otros elaborados por este gran visionario, caeremos en la cuenta de cómo debemos abordar el eterno conflicto que subyace de la llamada “cuestión social”.
Este Papa, no solo desarrollo su doctrina en el análisis de la situación que vivía la clase obrera de la época, sino que dibujó las líneas maestras sobre temas tan capitales para el hombre, como el fundamento de toda sociedad humana, que es la familia, el sacramento del matrimonio, tan despreciado en la época actual, sobre el origen del poder civil, sobre los deberes de los ciudadanos y la libertad del hombre por encima de todo planteamiento económico y político.
La encíclica Rerum Novarum, es especial ante todas las demás, ya que aporta al género humano, las normas más fiables para la consecución de la “paz” y poder asentar los cimientos necesarios para la construcción de un nuevo orden social que confronte y supere los problemas de convivencia resultantes de “la cuestión social” y del enfrentamiento entre los que poseen el capital y los que “solo” tienen la fuerza de su trabajo.
En el siglo XIX coincidiendo con la irrupción de un nuevo sistema económico y con la polarización de la sociedad humana, en dos clases: una poseedora de la casi totalidad de los bienes de la época y otra cada vez más precaria y excluida, cuya única razón de ser, era liberarse del yugo que los primeros les imponían, apareció esta Carta Encíclica, en la que proclamaba con total valentía “los derechos y deberes a que han de atenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo” (Rerum Novarum, 1), así como cual es el papel de la Iglesia y de los poderes públicos.
Además existe durante todo el desarrollo de este planteamiento doctrinal, un tema se suma importancia en el momento actual, que no es otro que la defensa de la “familia” como primer agente socializador de persona y “germen” de toda sociedad conocida.
El Papa Juan Pablo II, nombrado beato hace ya algún año, afirma en su encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” (1987), que León XII, por medio de la Rerum Novarum, dio comienzo en la Iglesia a la creación de un cuerpo doctrinal, que buscara soluciones a los problemas del hombre, al desarrollo de los pueblos, a la justicia social, y en definitiva a instruir a los hombres en el descubrimiento de que son ellos los que verdaderamente tienen que contribuir a la creación de una sociedad que viva en comunión y no en permanente conflicto.

 
 
1. APORTACIONES DE LA “RERUM NOVARUM”.
Si repasamos los beneficios y aportaciones que se han producido desde la irrupción de esta encíclica, constataremos que la importancia de la misma ha sido capital para el desarrollo de las naciones y las posteriores doctrinas sociales elaboradas por la Iglesia y otras corrientes de pensamiento.
Las novedades fundamentales de la esta obra pueden quedar agrupadas en tres espacios principales:
  I.El reto de la Iglesia ante la cuestión social.
  II.El papel del Estado.

 III.El comportamiento de las partes interesadas en el conflicto
                                           
1.1. EL RETO DE LA IGLESIA ANTE LA CUESTIÓN SOCIAL.
Como punto de partida, León XIII señaló que la Iglesia durante toda su historia ha sido la única capaz de acabar con el sufrimiento del hombre o hacerlo más soportable por medio de el ejercicio de la caridad, pilar fundamental de la vida cristiana. Este hecho es constatable en el momento actual, si analizamos la situación de un gran número de personas que desprotegidas y desamparadas por los poderes públicos, se refugian y fían sus necesidades de alimento, vestido, vivienda, salud, etc,  a las Instituciones y Organizaciones de la Iglesia Católica que en un ejercicio de responsabilidad y reconocimiento del “otro” como persona y superior al resto de la creación, deciden compartir la carga de numerosas familias que atraviesan las más duras situaciones de exclusión y pobreza.
Si repasamos la historia de la sociedad actual, nos daremos cuenta que la doctrina social y económica que ha promulgado la Iglesia Católica, por medio de los diferentes Papas, ha ido siempre en defensa de los más pobres y desprotegidos de la sociedad, realizando siempre una denuncia de la distribución justa de las riquezas y el reconocimiento de la persona por encima de las cuestiones político- económicas de cualquier régimen conocido.
Una de las afirmaciones que fundamentan todo el análisis del estado de la cuestión social y del conflicto de clases que subyace del mismo, es que tal como afirma el mismo León XIII “Es mal capital, en la cuestión que estamos tratando, suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en el perpetuo duelo….: ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital”. (Rerum Novarum, 14).
Este planteamiento, aunque parece sencillo resume de manera muy acertada, cual es el problema del hombre, cuando cegado por la codicia no acepta el papel que tiene que desempeñar en la sociedad que le ha tocado vivir y focaliza su objetivo en la búsqueda de la riqueza y en la confrontación como la solución a los problemas sociales que aparecen en el desarrollo vital de cualquier pueblo.
La solución que se aporta en esta encíclica al conflicto de las clases sociales enfrentadas, pasa por el llamamiento al cumplimiento de sus deberes respectivos, respetando los términos de la justicia social.
 
De esta manera podría lograrse que los dueños del capital, no consideren meros instrumentos de producción a los trabajadores, sino que dignifiquen su posición como asalariados y refuercen aquellas carencias que se pudieran producirse en otros espacios vitales de la persona, velando de una manera especial porque el trabajo que tenga que desarrollar cualquier persona no sea superior ni a sus fuerzas ni capacidades y que se adecue a su sexo y edad.
Otra aportación en este sentido es la protección del más débil, ya que “han de evitar cuidadosamente los ricos, perjudicar en lo más mínimo los intereses de los proletarios, ni con violencias, ni con engaños…., mientras más débil sea su economía, tanto más debe considerarse sagrada”. (Rerum Novarum, 15).
Tras la aparición de Rerum Novarum, muchos Papas han profundizado en los conflictos que se producen en la sociedad humana y en todo lo relativo a la “cuestión social”.
Así Pablo VI, declaró en la “Populorum Progressio” (1967), la universalidad del problema de la “cuestión social” y de los conflictos que se derivan de ella (lucha de clases, subdesarrollo de sociedades, etc.…), ya que según las palabras de la misma Encíclica “cada uno debe tomar conciencia” de este hecho, precisamente porque interpela directamente a la conciencia, que es la fuente de las decisiones morales.
Por lo tanto para enfrentarnos a la solución de la llamada cuestión social, los responsables de la política, los ciudadanos y el resto de agentes sociales, tienen la obligación moral de tener en cuenta en las decisiones que tomen, este carácter universal y dependiente del problema que subsiste entre la forma de comportarse de unos con el subdesarrollo de otros.

 
 
1.2. EL PAPEL DEL ESTADO.
En este apartado, trataremos de sintetizar de manera clara, qué respuesta debe esperarse del Estado, ante el fenómeno del la lucha de clases, la cuestión social, el desarrollo de los pueblos, y demás cuestiones objeto de este artículo.
Parece de sentido común, que la misión del Estado es relativamente sencilla, ya que lo único que se espera de los que gobiernan es que cooperen con la fuerza de las leyes que producen, en la creación de una sociedad, de la cual nazca espontáneamente la prosperidad del hombre, de su familia y por tanto de la sociedad que les rodea, ya que esta es la misión del servicio “público” que lleva intrínseco la política y el deber de los gobernantes que la forman.
Debe tenerse en cuenta que el Estado como “padre” de los miembros de una sociedad, debe preocuparse por todos sus “hijos”, pero en el ejercicio de su responsabilidad como “padre”, debe poner especial interés por aquellos “hijos” más débiles o desprotegidos.
Así aunque todos somos ciudadanos y debemos contribuir al bien común de la sociedad, esta aportación no debe ser igual para todos, ya que no todos poseemos lo mismo. Por lo que para que exista una sociedad equilibrada y justa, las autoridades públicas tienen que asegurarse que los más débiles de la sociedad reciben algo de lo que aportan al bien común, asegurando así los derechos fundamentales de  alimento, vestido, sanidad, vivienda,  y educación. De esto se desprende que los gobiernos deben fomentar aquellas prácticas que resulten favorables a la clase trabajadora y a los más vulnerables de la sociedad.
Aunque hay que tener en cuenta que ningún individuo ni familia debe ser absorbido por la intervención del Estado, ya que hay que dejar a cada uno la libre facultad de actuar hasta donde le sea posible, sin que esta libertad dañe a nadie y no ataque el bien común de la sociedad. Esto no quiere decir que el Estado permanezca impasible ante las situaciones de injusticia o las de desamparo que sufren algunas personas, que bién por su historia o bién por su falta de competencias y recursos no son capaces de procurarse lo suficiente para el desarrollo de una vida digna.
Por lo tanto el Estado debe anticiparse a los conflictos de clases que puedan producirse en situaciones futuras, elaborando leyes y desarrollando políticas que defiendan los derechos de los débiles, las familias y de aquellos que sólo poseen la fuerza de su trabajo.
En cuanto a las protecciones que debe ofrecer el Estado debemos poner especial interés en mencionar a la familia, ya que esta es el núcleo fundamental de toda sociedad conocida y es el “sistema” en el que toda persona se prepara para las exigencias de la vida futura y el que te da soporte en las situaciones de dificultad.
Así León XIII afirma que la familia o sociedad doméstica, bien pequeña, es cierto, pero verdaderamente sociedad y más antigua que cualquier otra, es de absoluta necesidad que posea unos derechos y unos deberes, totalmente independientes de la potestad civil (Rerum Novarum).
Si los ciudadanos de cualquier sociedad, si las familias participes en la convivencia y sociedad humanas, encontraran en los poderes públicos perjuicio en vez de ayuda, un cercenamiento de sus derechos más bien que una tutela de los mismos, la sociedad resultante, más que deseable, sería digna de repulsa (Rerum Novarum, 10).
Resulta alarmante ver como en las últimas décadas, uno de los principales objetivos de muchos gobiernos ha sido controlar la natalidad por medio de la difusión de agresivas campañas en contra de ella y del papel de la mujer dentro de cualquier familia, en contra de la identidad cultural y religiosa de la sociedad a la que ataca y coartando de una manera cobarde la libertad de decisión de las personas afectadas, con el fin de someterlas a esta nueva forma de opresión y control injustificado.
Desde la DSI, este hecho es totalmente condenable ya que la Iglesia reconoce al hombre y por extensión a la familia, como aquello que está por encima de todo y como núcleo inviolable.
Así el Papa Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987), recoge: “no se puede negar la existencia –sobre todo en la parte Sur de nuestro planeta- de un problema demográfico que crea dificultades al desarrollo. Es preciso afirmar enseguida que en la parte Norte este problema es de signo inverso: aquí lo que preocupa es la caída de la tasa de natalidad, con repercusiones en el envejecimiento de la población, incapaz de renovarse biológicamente. Fenómeno éste capaz de obstaculizar de por si el desarrollo. Como tampoco es exacto afirmar que tales dificultades provengan solamente del crecimiento demográfico; no está demostrado que cualquier crecimiento demográfico sea incompatible con un desarrollo ordenado”.

 
 
1.3. EL RETO DE LAS PARTES INTERESADAS EN EL CONFLICTO.
Si se realiza  una revisión histórica desde la fecha en la que se público la Rerum Novarum, hasta nuestros días podremos comprobar que independientemente del desarrollo industrial, de las leyes que existieran, del color político que gobernara, y de otros muchos factores que afectan al funcionamiento de cualquier sociedad, caeremos en la cuenta, que aunque parezca algo simplista “la cuestión social”, puede quedar resumida en la confrontación entre los que poseen los medios de producción y los que poseen la fuerza de sus manos.
Muy acertadamente León XIII, demuestra en la encíclica que los patronos y los mismos obreros tienen mucho que hacer en la solución del conflicto que subyace de la “cuestión social”, dando especial protagonismo a las asociaciones que aparecieron en la época, ya sean de obreros, empresarios, o ambos juntos, ya que son estas las que pueden acercar una clase social a la otra.
Estas se han de construir y gobernar de tal modo que proporcionen los medios idóneos y convenientes para el fin que se proponen, consistente en que cada miembro consiga de la sociedad, en la medida de lo posible, un aumento de los bienes del cuerpo, del alma y de la familias. (RerumNovarum, 42).

martes, 18 de junio de 2019

LOS DISTURBIOS DE NIKA...EL INICIO DE UNA MASACRE


El principal acontecimiento de los primeros años del reinado de Justiniano fue la llamada revuelta de Nika. Se trató de una gran sublevación urbana llevada a cabo por las masas populares de la ciudad de Constantinopla y organizada por las facciones de los verdes y azules en las carreras de carros del hipódromo. La protesta comenzó por el reclamo popular ante el prefecto  de la ciudad Eudaimon de indulto a dos simpatizantes acusados de asesinato que habían escapado de la muerte en la horca al romperse la soga del cadalso.
Ante la falta de respuesta de las autoridades, las facciones se unieron en enero del 532 en un intenso reclamo al emperador en el hipódromo. Al finalizar el primer día, los manifestantes marcharon al pretorio a exigir el indulto al prefecto y lo incendiaron al no conseguir su objetivo. A partir de este momento, la protesta escaló rápidamente para transformarse en una fuerte expresión de malestar popular contra el gobierno de Justiniano, sus políticas y algunos de sus funcionarios más importantes, cuya renuncia se exigía.
A partir de ese momento, a pesar de que Justiniano había accedido a remover a los funcionarios cuestionados, la revuelta se transformó en una rebelión abierta. Las masas causaron importantes destrozos y generaron varios incendios que escaparon de control y destruyeron gran parte del centro de la ciudad, incluida la iglesia principal de Constantinopla, Hagia Sophia. Un primer intento represivo con tropas comandadas por Belisario genera sangrientos conflictos callejeros. Los participantes de la protesta intentan proclamar como nuevo emperador a un sobrino de Anastasio, pero el plan fracasa al encontrar su casa vacía. La rebelión se transforma así en un intento abierto de usurpación del poder, lo que indicaría la participación de algunos sectores de las elites.


Se conoce con el nombre de Revuelta Niká esta rebelión popular contra el gobierno de Justiniano que asoló la ciudad de Bizancio . Tomó su nombre del grito lanzado por los rebeldes: «Niká», que significa «Victoria» en griego. Los acontecimientos tuvieron lugar en los alrededores de la residencia del emperador Justiniano I. Las razones fueron varias, pero fundamentalmente dos: en primer lugar había un grave trasfondo de rivalidad política y religiosa entre dos sectores de la sociedad que estaban protagonizando un enfrentamiento civil. Por un lado estaban las clases medias de comerciantes, trabajadores y funcionarios, que en el ámbito religioso practicaban el monofisismo (una interpretación del cristianismo que creía únicamente en la naturaleza divina de Cristo y no en la humana), y por otra, el grupo privilegiado de dignatarios aristócratas, que profesaban el cristianismo oficial y que estaban apoyados por el poder imperial. La otra causa de la rebelión se convertiría en el detonante de la misma, al producirse una repentina subida de impuestos a la población con la que Justiniano pretendía negociar una paz con persas y bárbaros. Pero a parte de todos estos temas de tensión social la revuelta se inicio debido a un juego, una intrascendente discusión entre las facciones rivales “Verdes” y “Azules” (colores con los que competían) sobre carreras de carros  se transformó en un estallido popular sin precedentes que hizo tambalear el trono de Justiniano I.
Mural en el que aparece la cara del emperador Justiniano I
El procopio de Cesarea  nos relata las consecuencias: “La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules… sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco.”  La revuelta comenzó en el Hipódromo, donde se encontraban los emperadores, y se fue extendiendo por toda la ciudad, atacando y destruyendo edificios públicos como el Gran Palacio y la iglesia más importante de la ciudad, Santa Sofía (que más tarde debería ser reconstruida por Justiniano).Los rebeldes llegaron a nombrar hasta un nuevo emperador, Hipatio, que era sobrino del antiguo emperador Anastasio I. A punto estuvo de abdicar Justiniano,aunque por encima del temor de Justiniano se impuso la fría serenidad de Teodora, que le convenció de que sólo una represión ejemplar acabaría con esta y sucesivas rebeliones. Curiosa esta mujer, antigua actriz y artista de circo con la que para casarse, Justiniano tuvo que derogar la ley que prohibía a los miembros de la clase senatorial contraer matrimonio con una mujer de clase inferior, algo escandaloso en su época, pero que a la postre le salvaría a él y a su imperio.

 Mural en el que aparece la imagen de la emperatriz Teodora mujer de Justiniano I
Belisario y Nárses, fingiendo negociar, rodearon a los rebeldes en el hipódromo y los masacraron. Se calcula que murieron cerca de 30.000 personas. La ciudad quedaría totalmente destruida, pero el emperador tendría la excusa de reconstruirla con nuevos edificios, que curiosamente constituirían el núcleo principal de lo que se ha dado en llamar la Edad de Oro del arte bizantino. 



                                      La iglesia de Santa Sofía




Iglesia de San Sergio y San Baco, que se concluye también después de los disturbios


La llamada Cisterna Basílica

Construida bajo una stoa en forma de basílica que había construido Constantino, y que también sería ampliada por Justiniano después de la revuelta Niká. La gigantesca cisterna se construye precisamente para proveer de agua la ciudad sin depender únicamente del acueducto de Valente, que en situaciones como la vivida podía ser destruido con facilidad.


Tradicionalmente, diversos estudiosos intentaron relacionar a las facciones del hipódromo con diferencias ideológicas o sociales en la población de las ciudades bizantinas, creyendo poder encontrar indicios de que los azules representaban los intereses de la aristocracia, mientras que los verdes los de sectores sociales medios ligados al comercio; o que los azules eran ortodoxos y los verdes monofisitas, pero no existen evidencias firmes que permitan realizar este tipo de identificaciones. Desde la publicación del fundamental estudio de Alan Cameron sobre las facciones del circo en Contantinopla, se acepta comúnmente que las facciones del circo tienen poco que ver con grupos de intereses políticos, económicos o religiosos y que sólo representan un genuino fanatismo por las carreras de caballos.
En el caso de la revuelta de Nika, fue la unión de ambas facciones, azules y verdes, lo que dio a la protesta un potencial mayor. Por otra parte, parece indudable que, una vez estallada la revuelta, la misma fue incentivada por algunos sectores de las elites disconformes con la política de Justiniano, como lo demuestra el hecho de que el emperador exiliara a algunos senadores una vez reprimido el alzamiento. Sin duda, el éxito en la represión fortaleció el poder de Justiniano, afianzando su posición en el trono imperial y permitiéndole identificar y reprimir a los sectores de la elite que se oponían a sus políticas. A pesar de ello, parece bastante improbable, que Justiniano hubiera escenificado la totalidad de la revuelta para tener la oportunidad de afianzar su poder, como pretende Mischa Meier.