lunes, 21 de noviembre de 2016

JOHN WYCLIF Y EL LOLARDISMO



Movimiento de protesta popular acontecido en Gran Bretaña cuyos tintes religiosos, espirituales y, especialmente, su relación con el pensamiento de John Wyclif, el gran renovador oxoniense de la teología bajomedieval, le hicieron merecedor del calificativo de herejía. Etimológicamente, el término parece proceder de una onomatopeya inglesa que se aplicaba, con matiz despectivo, a ciertos predicadores británicos, los poor priest, cuyo discurso de pobreza, humildad y caridad recorrió el clima espiritual durante todo el período, prestando el sustento básico para la difusión de las ideas de Wyclif. Poco después del fin de la principal revuelta, el vocablo pasó a ser sinónimo de "hereje" y, concretamente, de los partidarios del pensamiento de Wyclif. Por otra parte, si en todas las herejías medievales, o los movimientos que sufrieron tal anatema, resulta bastante difícil deslindar el componente religioso del componente de revuelta popular, el lolardismo es uno de los más difíciles de cribar, ayudado también por las particularidades e idiosincrasias propias del clero de las islas británicas.


Las ideas de Wyclif acerca de una vida caritativa, pura y con una Iglesia reformada que viviera para los creyentes contaron con unos predicadores puritanos y errantes, los citados poor priest, que fueron abanderados del movimiento. Hay que recordar que la reforma preconizada por el clérigo oxoniense era, en principio, totalmente intelectual, nacida al abrigo de las complejas disquisiciones teológicas y filosóficas del mundo académico británico. Dichos predicadores, empero, se encargarían de "trasladar las ideas de Wyclif del ambiente académico al popular". (Granda, op. cit., p. 262). Los poor priest fueron los primeros seguidores de Wyclif, cuya acción se pareció mucho tanto a lo que hicieron las órdenes menores en el XIII, desde el lado ortodoxo, como a los predicadores valdenses, por el lado heterodoxo.

El lolardismo completa tres vértices de un triángulo formado por componentes intelectuales, políticos y populares. En el plano intelectual, el lolardismo emanó de la Universidad de Oxford, desde la entrada de Wyclif en ella. Pese a la prohibición existente, las obras del maestro se seguían copiando en la clandestinidad, la Biblia era traducida a lengua vulgar (verdadero caballo de batalla tanto de las últimas herejías medievales como de la inminente Reforma protestante) y los alumnos seguían estando interesados en los Quodlibets de Wyclif.
En lo que respecta al plano político, la lucha en el Parlamento inglés, contemporánea a la extensión del lolardismo, era evidente. Dos miembros del estamento parlamentario y religioso británico, John Latimer (padre del obispo Hugh Latimer, el que sería apoyo fundamental de Enrique VIII en la ruptura con Roma) y Gordon Oldcastle, fueron los más acérrimos defensores de una reforma de la Iglesia basada en las tesis de Wyclif.
Por contra, Roger Dymnock, Thomas Netter o Reginald Pecock, en los ambientes políticos y universitarios, combatieron con dureza los nuevos proyectos políticos basados en lo que ellos consideraban como errores teológicos. Sin embargo, quizá el apoyo de las masas populares al espíritu de reforma sustentó todo el entramado lolardista. Alejados de las sutiles cuestiones teológicas, la crítica a las costumbres y moral del clero, a acabar con el aparente caos que regía las cuestiones eclesiásticas británicas, fue lo que, en opinión de Cristina Granda: "les conduciría a las ideas revolucionarias: y es en este punto donde se separan de Wyclif". (Op. cit., p. 264). Efectivamente, el lolardismo del pueblo se convirtió en un movimiento de protesta popular, influido de igual manera por algunas ideas de la Hermandad del Libre Espíritu o de las teorías milenaristas de Joaquín de Fiore.
El gran enemigo del lolardismo, de Wyclif y de cualquier idea de reforma fue el arzobispo de Canterbury, Robert Courtenay, quien desde las prohibiciones sobre el maestro oxoniense de 1375 a la promulgación de las Arundel Constitutions (1389), ya con Wyclif fallecido, no cejó en tratar de imponerse a quienes preconizaban la secularización de los bienes del clero y a los que pretendían acercar al pueblo los textos divinos traduciéndolos a lengua vulgar. Como quiera que la Iglesia británica, al contrario que sus vecinas europeas, estaba privada de un mecanismo como la Inquisición, Courtenay también fue el abanderado de unas nuevas leyes penales, entre las que el Santo Oficio ocupaba el primer lugar, para controlar las ideas heréticas.


Antes de que el lolardismo estallara con violencia en Inglaterra, conviene analizar con detenimiento la situación general del reino. Metido de lleno en la Guerra de los Cien Años, las cargas impositivas destinadas a sufragar la contienda bélica no habían hecho sino devaluar la ya de por sí pobre situación del campesinado inglés, puesto que, pese a que el rey lo solicitaba directamente a nobles y clérigos, estos aumentaban los impuestos de sus siervos para no perder en el negocio. Por si fuera poco, ante la tesitura de pagar más para que los intereses británicos fuesen defendidos por mercenarios, la mayoría de comunidades optaron por enviar a sus trabajadores a la guerra, con la consiguiente pérdida de mano de obra agraria y artesanal que repercutiría negativamente en sus economías. Tampoco conviene olvidar la gran mortandad provocada en 1349 por la temida Peste Negra, cuyas reacciones pandémicas continuaban vigentes treinta años después del primer estallido.
El conflicto comenzó en mayo de 1381, cuando un comisario del Parlamento para la recaudación de impuestos tuvo prácticamente que huir de los aperos de labranza agrícolas, convertidos en armas debido a la violenta situación, para salvar su vida. Desde Londres hasta Suffolk, pasando por Kent, Essex, Hertfordshire y todo el sudoeste británico, los trabajadores, arengados por los poor priest e imbuidos de un espíritu mesiánico y justiciero, sembraron el pánico en el reino.
En este primer momento, surgió la figura de Wat Tyler como cabeza del movimiento, de ahí que a los lolardos se les conozca en algunas fuentes también como tyleristas. En el mes de junio, Wat Tyler y los lolardos tomaron Canterbury, donde se les unió un personaje que iba a tener una importancia decisiva en el devenir del movimiento, John Ball. La confusa situación se agravó aún más debido a la minoridad del legítimo rey, Ricardo II, con lo que al frente de la autoridad se encontraba el personaje más odiado por los campesinos, el más ácido representante de la clase nobiliaria y terrateniente, Richard Gloucester, el maléfico duque de Lancaster, al que los británicos llamaron con su sorna y flema habitual, The Kingsmaker.
Pese a todo, el alzamiento campesino sorprendió a éste en Escocia, así que los dirigentes del movimiento se aprestaron a forzar una entrevista con el rey y sus tutores. Ante la negativa, varios palacios y casas de la nobleza británica fueron asaltadas, saqueadas y quemadas, como medida para obtener la cita, que se produjo el 14 de junio de 1381, y por la cual Ricardo II concedió la amnistía y la abolición de la servidumbre y del Statute of Labourers. No contentos con ello, los lolardos tomaron al asalto la Torre de Londres y libertaron a todos los presos de la Bloody Tower, con lo que el desconcierto se tornó en un auténtico caos.
Regresado de Escocia, el duque de Lancaster se aprestó a lanzar al ejército contra los alborotadores, que se habían quedado sin la dirección de Tyler (muerto en una emboscada callejera), de resultas de la cual fueron aniquilados en el mes de julio, lo que no impidió que el tirón del movimiento lolardo aún provocara acciones similares en Saint Albans, Norfolk, York y, en general, las ciudades del sur; sin embargo, como protesta antiseñorial estaba condenado a desaparecer, no sin derramamiento de sangre inocente, bajo las garras del ejército de la corona.


La gran mayoría de historiadores que han analizado el conflicto de los lolardos desde el plano social, como Rodney Hilton, están de acuerdo en otorgar un importante papel al Statute of Labourers ('Estatuto de los Trabajadores'), aprobado en 1351, y a todo el sistema impositivo desarrollado posteriormente para impedir una subida salarial desmedida, en el estallido de la revuelta de 1381. Conviene aclarar que, con motivo del déficit demográfico producido por la Peste, el Parlamento británico aprobó un estatuto en el que se congelaban los salarios de los trabajadores al mismo nivel al que se encontraban antes de la Peste, con el fin de evitar la inflación por la escasez de mano de obra. Esta medida, lógica desde el punto de vista de la clase terrateniente (es decir, todos los parlamentarios), únicamente hizo que los agentes reales y la nobleza fueran objeto de las iras antiseñoriales de los campesinos. Por si fuera poco, desde 1371 hasta 1381 el impuesto de capitación inglés, Poll Tax, sufrió incrementos brutales. El hecho de que fuese un asistente regio, un cobrador de impuestos, el primer asaltado en 1381 no debe, vistos estos detalles, extrañar lo más mínimo.
Es decir, desde el punto de vista social se plantean unos conflictos entre los estamentos populares contra los anacrónicos puntos de vista de nobleza y clero. No conviene olvidar que las zonas donde el conflicto latió con más fuerza eran, paradójicamente, las que comenzaban a vivir, en el campo y en la ciudad, cierto proceso de pre-industrialización, lo cual chocaba frontalmente con la odiada servidumbre nobiliaria y con las anacrónicas prerrogativas de jurisdicción eclesiástica de algunos puntos.
Los habitantes de las ciudades apoyaron la revuelta lolarda porque su situación, con unas estructuras gremiales anticuadas y con ciertos privilegios nobiliarios y oligárquicos que cercenaban la posibilidad de desarrollo económico para los sectores artesanos de la ciudad, era paralela a la que vivían los habitantes del campo, en lucha contra parecidas e injustas, según su punto de vista, prerrogativas. En este sentido, no hubo, en el estallido lolardo de 1381, enfrentamiento campo-ciudad; más bien, y sin llegar a la afirmación materialista de la lucha de clases, sí se pudo palpar constantemente, tanto en el tiempo como en los elementos de análisis actuales, un problema latente: la crisis del feudalismo.
El fracaso del movimiento se debió, además de la absoluta falta de organización inherente a las revueltas sociales de la Edad Media, a que la adhesión de presos, vagabundos y malhechores llenó las filas lolardas de elementos de radicalización, lo que enlaza directamente con el siguiente punto: los factores espirituales que hicieron de los lolardos una herejía. Sin excluir dicho componente, lo cierto fue que el lolardismo, al menos desde el punto de vista social, tuvo muchos elementos similares a varios otros momentos de resistencia antiseñorial acontecidos en la Europa medieval.



Además de los poor priest, fueron muchos clérigos que participaron de forma activa en la sublevación, especialmente los mendicantes y los miembros del bajo clero. Uno de ellos, John Wrawe, que dirigió el movimiento del sur, se mostró como un acérrimo defensor de la abolición de la servidumbre y de la derogación del Statute of Labourers, leyes a las que también estaban sujetas los clérigos británicos. En cualquier caso, y siguiendo la opinión de Cristina Granda: "si bien hay cierto anticlericalismo, la sublevación no tiene nada de antireligiosa". 
Sin embargo, en la pretendida humanización de las representaciones divinas, el pueblo inglés había comenzado a interpretar a Jesucristo en representaciones pictóricas, poemas y cantos, como el primer trabajador pobre, hecho que podía ser altamente subversivo aún dejando de lado la humanización ya que, como acertadamente califica Cristina Granda, igualar a Cristo con un trabajador agrario era un fenómeno comunistizante. En todo ello tuvo que ver la popularización, a veces manipulación, a su favor de las ideas de Wyclif en Gran Bretaña. Al unirse las connotaciones religiosas y espirituales, el lolardismo no finalizó con la brutal represión señorial de 1381, sino que continuó muy vivo gracias, entre otras cosas, a los popularistas, exaltados y, a veces, demagogos sermones de John Ball.
En líneas generales, Wyclif siempre se manifestó en contra de la revuelta, puesto que sus prédicas eran pacifistas y nunca preconizaron una subversión del sistema; realmente, culpar a Wyclif de los asaltos y saqueos sería como hacer que ahora recayeran en la conciencia de Karl Marx las famosas purgas de Stalin. Sin embargo, Ball hizo que las facciones "intelectual" y "popular" del lolardismo se confabulasen para convertir el movimiento en herejía. En primer lugar, por su insistencia en la comunidad de bienes, en el igualitarismo y en la abolición de la servidumbre; si todos venimos de Dios, no es cuestionable la preeminencia de unos sobre otros. Ball hizo suyo uno de los lemas de 1381: When Adam delved / and Eve span / who was the gentleman. ('Cuando Adán araba / y Eva hilaba / ¿quién era el gentilhombre?'). Aunque extraído sin duda del refranero popular británico, la extremada habilidad de Ball para argumentar una reivindicación trabajadora en clave bíblica fomentó la asociación entre los conceptos de justicia divina y justicia social. Por otra parte, la idea de un gobierno popular mediante asamblea, negando a los jueces, caballeros y clérigos el papel que habían desempeñado, le hizo depositario del ideal conciliarista esgrimido por Marsilio de Padua en 1314, con la publicación de su obra Defensor Pacis. Por último, las tesis milenaristas atribuidas a Fiore y que había manejado Wyclif se convirtieron, por el discurso de Ball, en la visión apocalíptica de un mundo que se aprestaba a llegar al Juicio Final. El mesianismo, el profetismo y la idea de pobreza como divinidad contribuyeron a que el lolardismo continuase vigente hasta bien entrado el siglo XV.
Las sucesivas condenas eclesiásticas (1394, 1396, 1400, todas ellas por el incansable Courtenay) se vieron refutadas con la declaración, en el Concilio de Constanza (1415), de John Wyclif como herético y cismático. Por ello, a John Ball y a la radicalización del movimiento se debe la continuación del lolardismo más allá del siglo XV, pero también se le debe su definitiva defunción no sólo como movimiento de lucha social sino también como cualquier ideal reformista que, en el seno de la propia obediencia de la jerarquía eclesiástica, tuvieran desde Wyclif a Tyler, pasando por todo el círculo intelectual oxoniense.



Pese a la desaparición del movimiento, los salarios y, en general, la vida del campesino y artesano inglés sufrió una leve mejoría durante todo el siglo XV. Lo que sí que cambió por completo fue la línea eclesiástica, sobre todo tras la condena de Constanza. La pobreza, la justicia y la honradez fueron eliminadas de los discursos religiosos, pues la identificación con los lolardos y, por ende, con herejes, hizo que la espada de la excomunión pesase más que la conveniencia espiritual de los sermones. La vida se normalizó y, parafraseando a Ball, los hombres volvieron a arar y las mujeres a hilar, pero continuaron los gentileshombres aprovechándose de sus privilegios.
Por otra parte, el estallido popular y la calificación de herejes hizo que los ideales de reforma, piedad, caridad y vida espiritual se interiorizasen, vistos los pobres resultados de su popularización. En efecto, durante el siglo XV tomaría cuerpo la gran literatura mística británica medieval, con autores Richard Rolle y autoras como Juliana de Norwich. En el plano político, la conocida ruptura de Enrique VIII con la autoridad romana y el surgimiento de la iglesia anglicana hundió fuertemente sus raíces en la indisoluble polémica del control de los bienes del clero, polémica que el lolardismo avivó desde sus inicios. Para finalizar, el aspecto intelectual encontró dos caminos tan separados como comunes: los miembros más conservadores continuaron preconizando el valor de la Biblia vernácula y la reforma, la de Wyclif, como vía de perfección, dando lugar en el siglo XVI y posteriores al movimiento de evangelización británico. Por otra parte, por la parte radical del pensamiento espiritual de Wyclif, sus tesis fueron exportadas por Jan Hus a tierras checas para fundamentar intelectualmente la más peligrosa herejía bajomedieval: el husismo...

Bibliografía

  • HILTON, R. Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381.
  • MITRE, E. & GRANDA, C. Las grandes herejías de la Europa cristiana
  • MITRE, E. et al. Las herejías medievales. (Madrid: Cuadernos de Historia 
  • https://es.pinterest.com/pin/297096906651105375/
  • http://www.iglesiapueblonuevo.es/index.php?codigo=enc_lolardos
  • http://www.enciclonet.com/articulo/lolardismo/
  •  https://books.google.es/books?id=5W0vjMci_scC&pg=PA73&lpg=PA73&dq=JOHN+WYCLIF+Y+EL+LOLARDISMO&source=bl&ots=w18H4R4tvl&sig=BJHjr3hoYdRpyyj3TYhz59jMH4w&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwi21cyunrrQAhUF_IMKHRlEBMkQ6AEITDAN#v=onepage&q=JOHN%20WYCLIF%20Y%20EL%20LOLARDISMO&f=false



viernes, 11 de noviembre de 2016

JEAN-JACQUES ROUSSEAU Y EL CONTRATO SOCIAL



Filósofo y escritor suizo, de lengua francesa, nacido en Ginebra en 1712, y muerto en Ermenonville (Oise-Francia) el 2 de julio de 1778. Por su apego al sentimiento y a la naturaleza, es considerado uno de los precursores del Romanticismo. Su pensamiento ejerció fuerte influencia sobre los ideales de la revolución francesa y en favor de la expansión de las ideas democráticas.

 El contrato social

Esta obra de Jean-Jacques Rousseau es el resultado final de un proyecto iniciado en 1743, cuando era secretario del embajador en Venecia; lo que había de ser un amplio volumen sobre las instituciones políticas acabó convirtiéndose en un extracto que el autor tituló El contrato social o principios de derecho político (1762). De ahí la advertencia inicial: “Este pequeño tratado se ha extraído de una obra más extensa, iniciada sin haber consultado mis fuerzas y abandonada después de algún tiempo. De los diversos fragmentos que podían extraerse de ella, éste es el más considerable, y lo que me ha parecido menos indigno de ser ofrecido al público. El resto ha desaparecido”.
En su Discurso sobre las ciencias y las artes , premiado por la Academia de Dijon, Rousseau había afirmado el carácter irreconciliable de naturaleza y cultura (ciencias y letras no han promovido las luces de la humanidad, sino que la han envilecido, oprimiendo más sus cadenas); luego, en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres , estableció el carácter dañino de la sociedad, su intrínseca corrupción, al estar basada en la negación de la naturaleza.

Si la sociedad es intrínsecamente mala, se pregunta ahora Rousseau, por fundarse en la desigualdad y haber alejado al hombre del estado de naturaleza (estado primigenio en que el ser humano no vive escindido entre el hecho y el derecho, sino en armonía con su bondad original), ¿puede este hombre ya corrompido por la sociedad construir una nueva sociedad justa? La respuesta de Rousseau es afirmativa, porque el mal no está en el hombre sino en su relación con la sociedad. La perversión se ha producido por el mal gobierno y es el “corazón del hombre” quien puede cambiar la situación.
En El contrato social, Rousseau establece la posibilidad de una reconciliación entre la naturaleza y la cultura: el hombre puede vivir en libertad en una sociedad verdaderamente igualitaria. El problema fundamental es “Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común proporcionada por la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos los demás, no se obedezca más que a sí mismo, y permanezca, por tanto, tan libre como antes”.
La solución reside, según Rousseau, en un contrato social basado en la enajenación de todas las voluntades, de forma que cada uno recupere finalmente todo lo que ha cedido a la comunidad. De este modo, dándose cada individuo a todos, no se da a nadie, y no hay ningún miembro de la sociedad sobre el que no se adquiera el mismo derecho que se cede. Se gana en equivalencia lo mismo que se pierde, adquiriendo mayor fuerza para conservar aquello que cada cual posee.
El contrato será, pues, expresión de la voluntad general. La voluntad general es distinta de la simple voluntad de todos porque no es una mera totalización numéricamente mayoritaria de las voluntades particulares y egoístas, cuya resultante es siempre el puro interés privado. La voluntad general, en cambio, es siempre justa y mira por el interés común, por el interés social de la comunidad, por la utilidad pública. De esa voluntad general emana la única y legítima autoridad del Estado.

                       Primera edición de El contrato social (1762)

A diferencia de toda monarquía absoluta, o de toda forma de poder autocrático, con el ejercicio de la voluntad general la soberanía residirá en el pueblo. Esta soberanía es, por tanto, absoluta, dado que no depende de ninguna otra autoridad política, no estando limitada nada más que por sí misma; es inalienable, dado que la ciudadanía atentaría contra su propia condición si renunciara a lo que es expresión de su propio poder; y, finalmente, es indivisible, ya que pertenece a toda la comunidad, al todo social, y no a un grupo social ni a un estamento privilegiado.
El pueblo, partícipe de la soberanía, es también al mismo tiempo súbdito, y debe someterse a las leyes del Estado que el mismo pueblo, en el ejercicio de su libertad, se ha dado. Se concilian así libertad y obediencia mediante la ley, que no es sino concreción de la voluntad general y alma del cuerpo político del Estado. La cuestión de quién dicta las leyes la resuelve Rousseau con la figura del legislador, que será “el mecánico que inventa la máquina”.
Los principios hasta aquí expuestos constituyen las ideas básicas de los dos primeros libros de El contrato social. Parten de una situación histórica y sirven para diseñar la hipótesis jurídica del tránsito del estado natural al estado civil, de forma tal que el hombre pierde su libertad natural pero gana la libertad civil, circunscrita a la voluntad general, y su igualdad natural no queda destruida por una sociedad que le es impuesta, sino que es reemplazada por la igualdad moral.
En los dos últimos libros, Rousseau trata del gobierno, al que define como un “cuerpo intermediario establecido entre súbditos y el soberano para su mutua comunicación, a quien corresponde la ejecución de las leyes y el mantenimiento de la libertad tanto civil como política”. Su poder ejecutivo es delegado por el único soberano, el pueblo, y sus miembros podrán ser destituidos por ese mismo sujeto. 
Rousseau parece preferir la democracia como forma de gobierno, considerando conveniente su aplicación, especialmente para los pequeños estados. De hecho, la constitución de un estado como el postulado por Rousseau se parece a la democracia ginebrina de su época, en la que las leyes eran propuestas al pueblo soberano por un número limitado de magistrados. Pero Rousseau sostiene también un cierto relativismo que le hace considerar que no existe una forma de gobierno apta para todos los países, si bien, en todo caso, cualquier forma de gobierno debe ser expresión de la voluntad general de la ciudadanía para ser legítima.
Finalmente, Rousseau considera las condiciones del sufragio y las elecciones; propone la antigua Roma como modelo para impedir las transgresiones, y termina con la necesidad de fundar una religión civil, entre cuyos dogmas positivos figurarán la santidad del contrato social y las leyes establecidas como expresión de la voluntad general. Esta religión civil tendría un único dogma negativo: la intolerancia.
Las teorías contenidas en El contrato social ejercieron una acción decisiva en la evolución del pensamiento político y moral del mundo moderno; influyeron sobre numerosos pensadores (como Kant y Fichte) y en la misma Revolución francesa , que adoptó un lema de inspiración rousseauniana (“Igualdad, Libertad, Fraternidad”) y que intentó, en varias ocasiones, especialmente en la constitución de , seguir las líneas esenciales de la doctrina jurídica del contrato social. La Declaración de los Derechos del Hombre hallaría también en sus ideas una de sus fuentes de inspiración.

http://www.enxarxa.com/biblioteca/ROUSSEAU%20El%20Contrato%20Social.pdf
http://www.biografiasyvidas.com/obra/contrato_social.htm
http://www.enciclonet.com/articulo/rousseau-jean-jacques/
http://redhistoria.com/el-contrato-social-de-rousseau/
http://www.biblioteca.org.ar/libros/70390.pdf



jueves, 3 de noviembre de 2016

REVUELTA DE LA CIOMPI....LA FLORENCIA DEL SIGLO XIV


Revuelta de carácter urbano sucedida en la ciudad de Florencia, entre los meses de junio y agosto del año 1378. Los sublevados contra el gobierno del concejo pertenecían a las capas más desprotegidas (Ciompi) de la floreciente industria textil florentina. Estos sucesos violentos fueron la respuesta de los trabajadores del textil a un cúmulo de situaciones, de índole económicas y sociales, que venían soportando por parte de las oligarquías ciudadanas.

La revuelta de los Ciompi hay que encuadrarla en un contexto histórico muy determinado, no sólo para explicar las causas que la produjeron, sino también para entender su desarrollo y posteriores consecuencias. Con el inicio del siglo XIV, los espectaculares progresos que se habían producido en la economía occidental, tales como el aumento de cultivos, crecimiento demográfico, revolución comercial, renacimiento urbano, etc., disminuyeron, provocando un cambio de coyunturas, que además enlazará con apariciones periódicas de hambre, peste, mutaciones monetarias, guerras continuas, pobreza general, desolación. Pero el elemento más dañado por la crisis general fue el sistema de relaciones feudales o señoriales. La nueva sociedad demandó un cambio de la economía tradicional. Los señores feudales, ante el abandono de tierras y la bajada de población, vieron como iban disminuyendo sus rentas alarmantemente, por lo que endurecieron su presión sobre sus arrendatarios. Este mismo hecho sucedió en los ambientes urbanos: un poder local (oligarquías, eclesiásticos) que trató de perder el mínimo poder ante los nuevos tiempos que se avecinaban. Los fenómenos revolucionarios que sacudieron todo el siglo XIV fueron causados por esos cambios, coyunturales y estructurales, además de por las enormes dificultades por las que pasaron las estructuras productivas del poder para adaptarse a la nueva realidad. Por todo ello, se desataron, tanto en el campo como en las ciudades, movimientos de tipo popular, protestando contra el orden establecido, y contra el predominio de las oligarquías patriciales. Hubo levantamientos campesinos, como el de Flandes entre los años 1323-1328, la Jacquerie francesa de 1358, la revuelta inglesa de 1381, etc. También se sucedieron en los ambientes urbanos, como la revuelta de los Ciompi, la de los tejedores de los Países Bajos de los años 1320-1332, o el motín de París de 1306-1307. Todo ello sin contar los innumerables ataques, éstos ya mezclados con un sentimiento religioso, contra las numerosas aljamas judías de las ciudades.

El clima de tensión social que se respiraba en la ciudad de Florencia no era nuevo. Ya había habido antecedentes de situaciones similares en años atrás, con alta subida de los impuestos, problemas de abastecimiento, salarios bajos, y sobre todo reivindicaciones laborales por parte de la inmensa masa de trabajadores que no estaban incluidos dentro de ninguna de las Artes (gremios) que dominaban la industria textil. En los momentos previos al estallido de la revuelta, había un gran número de sottoporti (Ciompi) mal pagados y que subsistían en condiciones precarias, con un alto número de parados. Estos sottoporti reivindicaban el derecho a ser reconocidos profesionalmente, y así constituir ellos un Arte propio. Por su parte los integrantes de las Artes Mayores impidieron esto a toda costa. Dicho suceso agrupó en la protesta a un nutrido y heterogéneo grupo social. Con la entrada en la Señoría (gobierno ciudadano) de Salvestro dei Medici, los ánimos se encresparon más todavía, ya que éste utilizó la demagogia para atraerse las simpatías de los desheredados, aumentando su poder. El 12 de junio se inició la protesta de los peleteros y se incendió una docena de palacios y conventos. La Señoría intentó aplacar los ánimos prometiendo para ello medidas favorables. La medida de persuasión no sirvió para parar a la gran masa. En Florencia se respiraba una ambiente de inminente confrontación civil.
A la protesta de los Ciompi se les unió los representantes de las Artes Menores, las cuales tenían vedado en ingreso a la Señoría. Sus reivindicaciones eran que les dejaran participar en el poder político, además de crear tres nuevas Artes Menores, donde se englobarían a los tintoreros, jubeteros y al trabajador de baja cualificación.

La tensión estalló el 20 de julio. Varios miles de hombres armados sitiaron a la Señoría, reclamando la liberación de uno de los cabecillas, que previamente habías sido detenido. Ante dicha presión se instituyó un nuevo gobierno, compuesto por miembros de las Artes Mayores, Artes Menores, y de las tres Artes de nueva creación. Pero la proporción de miembros seguía siendo favorable a las Artes Mayores. Con la situación algo más sosegada, la Señoría volvió a olvidarse de las peticiones de los Ciompi, además de actuar de forma un tanto reaccionaria ante el temor de un nuevo levantamiento popular. Los Ciompi volvieron a levantarse, pero esta vez la Señoría adoptó la táctica de la evasiva. Michele di Lando, miembro de la Señoría, y antaño miembro de las clases populares, desencadenó una campaña de difamaciones y de propaganda contra sus antiguos correligionarios, haciéndoles parecer ante el pueblo como una masa de exaltados peligrosos que sólo querían instaurar una tiranía, como la que hubo tiempo atrás a cargo de Colla di Rienzi. Dicha táctica le salió bien: el pueblo florentino no quería soportar otro período de tiranía como el que sufrió, por lo que provocó que la revuelta de los Ciompi fracasara. La represión de la Señoría sobre los Ciompi fue feroz y sistemática, y se extendió unos cuantos años más. Con todo esto la situación de los Ciompi se tornó aún peor que antes.
A la hora de buscar explicaciones al fracaso de la revuelta, se han barajado varias causas: en primer lugar, el movimiento no contó con un líder de peso capaz de organizar las protestas y conseguir objetivos concretos; en segundo lugar, fue un grupo muy heterogéneo y disperso, sin programa político claro; y en tercer lugar, dicho movimiento no tuvo apenas conexiones ni apoyos con el mundo rural, cosa que sí pasó, por ejemplo con la revuelta inglesa de 1381, o con la Jacquerie francesa de 1358...

Bibliografía

  • SARASA SÁNCHEZ, E: Las claves de las crisis en la Baja Edad Media: 1300-1450, Barcelona, 1991.
  • HEERS, J: Occidente durante los siglos XIV y XV. Aspectos económicos y sociales, Barcelona, 1968.
  • MARTÍN, J.L: Conflictos sociales en la Edad Media, Madrid, 1985.
  • VALDEÓN, J: Vida cotidiana en la Edad Media, Madrid, 1985.
    http://www.enciclonet.com/articulo/revuelta-de-los-ciompi/#


martes, 1 de noviembre de 2016

REVUELTA IRMANDIÑA.....CAUSAS Y CONSECUENCIAS



La Guerra irmandiña, una revolución antinobiliaria, una verdadera rebelión popular que toma el poder y hace justicia por su cuenta. Una revuelta ciudadana muy violenta contra los señores naturales y contra el orden vigente. Hay poca información sobre ella, poca bibliografía y tomo mis notas del estudio que Carlos Barros hace sobre la mentalidad irmandiña en su época. Acaso una de las primeras revoluciones antiseñoriales por su violencia y extraña en Galicia, que es tierra tradicionalmente pacífica y donde casi nunca sucede nada importante. Pues algunas veces suceden cosas. Y fue en el siglo xv, en pleno fervor feudal, una revuelta en armas contra sus amos y con la destrucción de todas –es decir, todas- las fortalezas y castillos del reino, unos 130. No queda piedra sobre piedra. Arrojan a los nobles al destierro, a Castilla y Portugal, incluido el arzobispo Fonseca, el patriarca, debe pasar diez años fuera de Santiago. Es decir, dos años sin nobleza y el poder en la mano de las hermandades. Hay pocos hechos parecidos en España. Sucede antes del levantamiento de los comuneros de Castilla, antes de la revolución francesa, antes de morir los zares. Se hacía en nombre de ese rey que mantenía la línea monárquica a toda costa; aunque, en realidad, se trataba de un rey virtual, una ficción, un imaginario colectivo, un arquetipo justiciero que llevaba más de un siglo sin pisar tierras gallegas y nada tenía que ver con el desvalido Enrique IV que luchaba en Madrid con su impotencia y su levantisca nobleza. 


El movimiento, que las fuentes de la época denominaron como Guerra Irmandiña o Guerra Hermandina, presentó dos momentos con especial virulencia, correspondientes a los años 1418-35 y entre 1466-69. Aún cuando la historiografía tradicional tiende a dar por finalizado el conflicto en esta última fecha, todavía a primeros del siglo XVI existieron algunas tentativas de resucitar el espíritu de la lucha irmandiña.

El territorio de Galicia había pasado a la corona de Castilla a raíz de la unificación entre este territorio y el reino de León en el año 1037. Pese a la unión efectuada en tan temprana época, Galicia conservaba aún en el siglo XV una especial idiosincrasia, caracterizada por un ruralismo acusado de sus explotaciones económicas y por el enorme peso que la nobleza, tanto laica como eclesiástica, tenía en todos los aspectos de la vida cotidiana de sus pobladores. La tendencia a la división del territorio en cotos cerrados de jurisdicción señorial provocó la concentración de la propiedad agraria en las manos de unos cuantos linajes nobiliarios (como los Osorio, Andrade, Sarmiento, Moscoso, Sotomayor o Ulloa) que, a su vez, habían contribuido a formar una especie de aislamiento del reino con respecto a los problemas castellanos.
Por lo que respecta al pueblo, las quejas sobre su situación fueron constantes ya desde el más temprano siglo XV. Los puntos en los que más énfasis se hacían eran los correspondientes a las malfetrías de los señores, que se concretaban en un desarrolladísimo bandidaje señorial, organizado y promovido por estos desde sus propios palacios y señoríos, de los que, se decía en la época, eran como nidos de serpientes. Todo ello, además, se veía reforzado por el constante incremento tanto de la presión fiscal como de las prestaciones personales (sernas o corveas) que, desde las primeras décadas del siglo, los señores feudales hicieron como consecuencia de la caída de sus rentas; sin embargo, lejos de motivar mayores rendimientos, consiguieron destrozar una estructura agraria arcaica que también era uno de los motivos de la crisis generalizada, aunque, como ha sido constantemente habitual, los campesinos fueran los peor parados por la caótica situación.


Primera revuelta irmandiña (1418-1435)

Ya desde los primeros años del siglo XV los campesinos habían organizado cierto tipo de resistencia pasiva al bandidaje señorial. Para ello, el método que utilizaron fueron las asociaciones de Hermandad, que, en origen, eran una especie de milicias pagadas por los concejos que protegían los caminos de asaltos y bandoleros. Lo novedoso del movimiento irmandiño fue que utilizasen el mismo cauce, esto es, "hermanarse", para luchar contra la férrea aristocracia que ellos llamaban "os seniores malfechores". El movimiento contó con el apoyo de la mayoría de habitantes de las ciudades (que sufrían también las mismas asechanzas) y de bastantes miembros segundones de los linajes nobiliarios, que aspiraban a mayores venturas que las estipuladas para ellos por la intransigencia aristocrática.
La violencia antiseñorial tuvo como primer objetivo a los todopoderosos señores episcopales. Concretamente, en el año 1418 el concejo de la ciudad de Santiago de Compostela se organizó contra el obispo, dado que el absentismo de éste había derivado en una despótica y cruel situación por la incompetencia de sus delegados. Tras los primeros asaltos, saqueos e incendios de posesiones nobiliarias, en el año 1421 un segundón del linaje de los Moscoso, Ruy Sánchez, aglutinó las fuerzas irmandiñas contra el impopular clérigo. El movimiento se extendió hasta afectar también al obispo de Orense (1422), tras lo cual fue necesaria la intervención de tropas nobiliarias para calmar la situación. Al frente de los ejércitos señoriales se encontraba quizá el señor más odiado por los irmandiños: Nuño Freire de Andrade, apodado el Malo (aparte de razones obvias) por sus múltiples vasallos, que poseía en sus dominios jurisdiccionales agrupados en torno a Villalba, Puentedeume, Lugo y Modoñedo. Pese a la durísima represión señorial, los irmandiños volvieron a "hermanarse" contra el Andrade malo bajo la dirección de un hidalgo de baja estirpe, Ruy Xordo. La revuelta alcanzó prácticamente toda Galicia, donde se saquearon y arrasaron todas las posesiones nobiliarias más fuertes, especialmente las del linaje Andrade (su casa señorial incluida). La rápida reacción de la nobleza, "hermanándose" a su vez contra la revuelta, dio por finalizado el combate en 1435 tras ejecutar a los principales cabecillas del movimiento y a un gran número de aquellos que habían iniciado los incendios y saqueos. Por desgracia, no se tiene constancia del número, siquiera aproximado, de los fallecidos por la represión, aunque se sospecha una cifra muy elevada que influyó notablemente en el descenso de producción de los campos gallegos.


Segunda revuelta irmandiña (1465-1469)

La resistencia de los campesinos gallegos permaneció larvada durante una generación, puesto que el recuerdo de la represión bastó para calmar sus pretensiones. Sin embargo, también perduró en todas las memorias la gran colaboración prestada por todos los irmandiños a la hora de reivindicar justicia, por lo que el logro psicológico y moral de la primera revuelta canalizó la practicidad de la segunda. Dicha segunda revuelta hay que enmarcarla en el contexto de la débil situación acontecida durante los primeros tiempos de reinado de Enrique IV. El monarca y su valido, don Beltrán de la Cueva, tuvieron como enemigos al antiguo favorito de Enrique, don Juan Pacheco, marqués de Villena, y a su linaje, los poderosos Mendoza. Ello fue aprovechado de nuevo por los irmandiños para reorganizar la Hermandade contra argumentos muy parecidos a los de treinta años antes: los "muitos roubos, furtos e omisios e mortes de homes e males e quebrantamentos de camiños e outras forzas".
Además, lo que iba a diferenciar totalmente esta segunda revuelta de la primera fueron dos factores con los que, a priori, no contaban los irmandiños: el primero fue el apoyo que varios nobles (incluidos clérigos) prestaron a su causa, en especial Pedro Osorio, hermano del conde de Trastámara y fiel aliado enriqueño; por lo que respecta al segundo, se trató de la inesperada legalización del movimiento irmandiño (ca. 1465) por parte del propio Enrique IV, alentado sin duda por los excelentes servicios que los sublevados podían prestar a su causa, casi definitivamente perdida ya tras su deposición figurada en la Farsa de Ávila y el nombramiento del infante don Alonso como nuevo monarca por los nobles.
En tan buena compañía, los irmandiños pasaron a organizarse de un modo mucho más efectivo. Dos hidalgos de confianza de Pedro Osorio fueron los cabecillas del movimiento: Alonso de Lanzós (segundón del antaño odiado linaje de Andrade) y Diego de Lemos (segundón del linaje de Sotomayor); ambos dirigentes establecieron una estructura paramilitar dividida en cuadrillas (una por ciudad), alcaldes con mando militar en las cuadrillas y procuradores, al cargo de la administración y de la intendencia. Entre 1466 y 1468 los nobles gallegos tuvieron que emigrar a Portugal, tras el incendio y saqueo de más de 130 posesiones señoriales por parte de unos 80.000 irmandiños (según un registro de la Audiencia fechado en 1527). El triunfo pareció incontestable hasta que, pasados los primeros momentos de euforia, la organización irmandiña pasó a diluirse entre los diferentes intereses de sus componentes (pequeños artesanos urbanos, campesinos, hidalgos...). Por si ello fuese poco, tras el Pacto de los Toros de Guisando (1469), la facción nobiliaria contraria a Enrique IV se aseguró la derrota de su causa, hecho que dio lugar a que los linajes gallegos (en especial, los Pimentel y los Sotomayor) regresasen de su exilio luso para recuperar las posesiones. Pero esta vez no hubo represión, en parte porque el número de irmandiños era ya muy reducido (debido a la emigración y a las muertes de las revueltas) y en parte porque el ímpetu de la segunda revuelta forzó una decisión negociada. Así pues, pese al establecimiento de varias multas contra los principales dirigentes irmandiños, las malfetrías quedaron abolidas por la nueva reina de Castilla, Isabel la Católica, garantizando de su "motu proprio e mi poderio real absoluto" el cumplimiento de la justicia en Galicia. Para tal fin, ya en el siglo XVI los Reyes Católicos emplazaron un tribunal, la Audiencia, en territorio gallego, con lo que finalizaron los conflictos.


Consecuencias

El movimiento de los irmandiños es un fenómeno social que ha sido frecuentemente analizado por toda clase de estudiosos. Las conclusiones que ha ofrecido la historiografía más reciente pasan por enmarcar el conflicto entre dos fenómenos bajomedievales que cuentan con amplia representación, no sólo en el marco peninsular (Payeses de Remença), sino también en el ámbito europeo (Jacquerie): las luchas de bandos y los movimientos anti-señoriales. En cualquiera de los dos casos, el contexto de la Crisis de la Baja Edad Media puede observarse con claridad meridiana.
Lejos de las generalizaciones, hay que hacer notar un aspecto concreto del caso irmandiño. Pese a que la condición de vida de los vasallos gallegos no debió sufrir ninguna variación importante en el transcurso del siglo XVI, sin embargo sí es factible admitir que las posiciones anteriores a 1430 habían sufrido un brusco cambio: la incontestable y despótica actitud nobiliaria cedió ante el empuje de una nueva monarquía, la representada por los Reyes Católicos, que fue la máxima beneficiada del conflicto. Mediante la implantación de la Audienciaen Galicia como solución a las demandas de los irmandiños, Isabel y Fernando inauguraron esa especial conexión existente entre pueblo y monarquía característica de su reinado, poniendo así las bases de lo que la historiografía ha denominado con el nombre de España Imperial.



Bibliografía

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  • BECEIRO PITA, I. La rebelión irmandiña. (Barcelona, Akal: 1977).
  • MARTÍN, J. L. La Península en la Edad Media. (Barcelona, Teide: 1993).
  • PARDO DE GUEVARA, E. Notas para una lectura del fenómeno "hermandinode 1467. (Actas del Congreso "Señorío y Feudalismo", Zaragoza: 1995).
  • REYNA PASTOR, J. Resistencias y luchas campesinas. (Madrid, Siglo XXI: 1980).
  • RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, A. Las fortalezas de la mitra compostelana y los irmandiños. (Santiago de Compostela, II vols: 1984).
  • VALDEÓN BARUQUE, J. Los conflictos sociales en el reino de Castilla. (Madrid, Siglo XXI: 1975).
    http://www.enciclonet.com/articulo/revuelta-irmandinna/ 
  • http://cronicasdelnoroeste.blogspot.es/1221596880/
  • http://4.bp.blogspot.com/-Wu79cnl4NDk/VOuJdiSpeOI/AAAAAAAAOV0/0cT36s_uPog/s1600/787.JPG

sábado, 29 de octubre de 2016

BATALLA DE CASTILLON....LA ULTIMA BATALLA DE LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS




Esta batalla, no muy conocida, librada el 17 de julio de 1453, fue la última batalla de la Guerra de los Cien Años. En ella se enfrentaron los ejércitos inglés por una parte y franco-bretón por la otra. Como una de sus mayores características se encuentra que probablemente fue la primera batalla documentada en la cual la artillería móvil demostró ser el factor decisivo.
No puedo referirme a la batalla sin primero mencionar el contexto de la misma. Para eso vamos a remontarnos a los origenes de la guerra:
En 1137, el último duque de Aquitania murió. Su hija Leonor se casó con Luis el joven, el futuro rey de Francia, pero su matrimonio se anuló al poco tiempo. Poco después, en 1152, se casó con Enrique Plantagenêt el futuro rey de Inglaterra. Por lo tanto Aquitania adjunta a la corona Inglesa también era un vasallo del rey de Francia.
Tras la muerte de Carlos IV, y con la ausencia de un heredero, gracias a la antigua Ley sálica, Felipe de Valois es proclamado Rey en 1328. Posteriormente, el rey toma Aquitania y  se conduce a más de un siglo de conflicto entre los dos países.
Para comprender los sentimientos de la población de Aquitania(región en donde se desarrolla la batalla), hay que reconocer que el largo dominio de Inglaterra (300 años), no trajo consigo ni la miseria ni la opresión. Por el contrario los reyes de Inglaterra le concedieron autonomía y oportunidad a través de las cartas no-intervencionista de las comunas. Así el comercio fue el núcleo de la estrecha relación que une Aquitania y la corona Inglesa.
El ducado de Aquitania se supone creado en el año 675 a la muerte de Childerico II, si bien su cronología es confusa antes del año 877 siendo en ocasiones considerado como un reino o un ducado. En ese año el Reino de Aquitania se divide en dos ducados, el de Gascuña y el de Aquitania (que posteriormente pasaría a denominarse de Guyena). Los dos se reunificarían en 1058 aunque el nombre de Guyena se seguiría usando ocasionalmente para identificar el ducado.


Francia durante el reinado de Carlos VII

Lograda la reconquista de Normandía en 1450, Carlos VII de Francia envió al teniente general Dunois a reconquistar Guyena (Aquitania). El militar reunió un gran ejército y logró el objetivo que le había sido ordenado en 1451.

La rápida campaña de reconquista culminó el 30 de junio de 1451 cuando los franceses entraron victoriosos en la capital gascona de Burdeos. La estrella inglesa en el conflicto parecía a punto de apagarse y la dilatada Guerra de los Cien Años se acercaba a su fin. Sin embargo, luego de trescientos años de dominación inglesa los habitantes de la ciudad se consideraban ya —y en los hechos lo eran— ingleses. En consecuencia, enviaron una embajada a Inglaterra y exigieron al rey Enrique VI que volviera a capturar la ciudad. Estaban disconformes porque los nuevos señores franceses pretendían regular el comercio y cobrarles impuestos inusualmente altos para financiar el esfuerzo de guerra.

Ofensiva Inglesa:
Enrique VI consciente de la importancia de  Aquitania envió a Sir John Talbot para recuper el territorio perdido.El 17 de octubre de 1452 Talbot desembarcó cerca de Burdeos, comandando una fuerza de más de 3.000 hombres de armas y un grupo de experimentados arqueros.
Después de una rápida campaña Burdeos cayó el 23 de octubre 1452( Los propios habitantes de la ciudad le abrieron las puertas al ejército). Una vez más Castillon está bajo dominio Inglés.

Contraataque Francés:
A lo largo del invierno, Carlos VII de Francia decidió actuar: reunió a sus ejércitos y los preparó para efectuar una campaña punitiva y recuperar Burdeos.
El ejercito conducido por Juan Bureau avanzó a lo largo del valle de Dordoña y tomó Gensac el 8 de julio de 1453, después ordenó a su ejército oriental que pusiera sitio a la cercana ciudad de Castillon (hoy Castillion-la-Bataille), sobre la orilla del río Dordoña, obligando a Talbot a abandonar su plan original, que consistía en hacerse fuerte en Burdeos y resistir allí un asedio. Ante las novedades, el comandante inglés tuvo que abandonar la ciudad y dirigirse a Castillon para intentar levantar el sitio.



Los dos comandantes:
Juan Bureau:
Como fue común en la Guerra de los Cien Años, el ejército francés no tenía un mando unificado. El comando nominal pertenecía a Juan de Blois, conde de Périgord, vizconde de Limoges y conde de Penthievre. Blois era bretón.
Por encima de todos ellos (salvo la autoridad política que detentaba Blois) mandaba el experimentado ingeniero militar Juan de Bureau, a quien acompañaba su hermano Gaspar como jefe de artillería. Como era usual en aquellos tiempos, el jefe de ingenieros comandaba los asedios y los sitios. Blois y los demás, según correspondía a la nobleza, mandarían sobre la caballería pesada.

John Talbot:
El comando del ejercito inglés había sido entregado a John Talbot, primer conde de Shrewsbury. El comandante inglés tenía más de 70 años, pero era un veterano duro y competente.
Hijo del conde de Talbot, combatió en Gales y en Irlanda. Se destacó en las guerras contra Francia siendo hecho prisionero en Patay y conquistando, tras su liberación, Clermonty el Pays de Cau.

Preparación:
Ante el grave problema que representaba el ejército enemigo que lo acechaba, Talbot pidió y obtuvo refuerzos. Se le entregaron otros 3.000 hombres al mando de su hijo, el señor de Lisle, que, sin embargo, seguían siendo insuficientes para hacer frente a los miles y miles de franceses que se agazapaban en las fronteras de Gascuña. Muchos gascones  se unieron también a Talbot.
Convencido de que debía abandonar Burdeos para ayudar a defender Castillon(que estaba sitiado por los franceses), Talbot hizo una vez más gala de su conocida agresividad y rapidez de decisiones. Abandonó la ciudad en la madrugada del 16 de julio comandando una fuerza avanzada de jinetes, a la que seguía una gran masa de hombres de armas a pie. Con este último grupo se desplazaba su artillería. Sus fuerzas totales al salir de Burdeos consistían en aproximadamente 6.000 soldados ingleses apoyados por los ya mencionados 3 millares de gascones.
Mientras tanto el ejército francés se estableció  al este de Castillon en la orilla derecha del Dordoña.
El sitio seleccionado tenía ventajas innegables. En el norte limita la Lidoire, un pequeño río con orillas escarpadas. En el oeste, el sur y el este, un foso rodeaba la ciudad suficiente para desalentar al atacante. Construido en tres días de acuerdo con consideraciones tácticas de Vauban, el foso tenía salientes, permitiendo el fuego cruzado. Protegido por una pendiente y reforzados por troncos de árboles, se presentaba como un gran problema para la caballería Inglesa.
Despues del foso, el campo era de 200 a 300 m de norte a sur y 600 m de oeste a este. Frente a ello la llanura se extendia de 500 a 600 m del río Dordogne por el que se podía cruzar sólo en un vado, el Pas de Rauzan.

Pas de Rauzan
Pas de Rauzan
Si el enemigo venía desde el norte, se enfrentaba con la Lidoire, un obstáculo difícil de atravesar, justo al lado del campamento. Si venía del oeste, no podía ser totalmente extendido delante del borde angosto del campo (200 m), si venía del sur, el campo de batalla de la Dordogne estaba bajo el fuego de la artillería francesa.

Primer ataque:
Advertido sobre la llegada de los franceses, Talbot, aguardando en Burdeos, decidió ir en su ayuda. Al llegar a Libourne (ciudad ubicada a orillas del Dordoña)
Talbot llegó cerca del campamento enemigo al amanecer del día siguiente . Descubrió la fuerza de Roualt escondida en un bosque al norte de San Lorenzo y frente al campamento francés, y entabló con ella una escaramuza relámpago que la sorprendió y culminó con numerosos muertos franceses. Los sobrevivientes huyeron a través del bosque y se refugiaron en el campamento de Bureau. Esta acción favorable reforzó la moral de las tropas inglesas.
Luego de una marcha forzada , era imperioso dar a sus hombres un tiempo de descanso y alimentos. Mientras los soldados descansaban, un mensajero que había logrado escapar de la ciudad informó a Talbot que el ejército francés se había dado a la fuga, y que cientos de jinetes abandonaban las fortificaciones y huían. Mirando a la distancia, el comandante inglés pudo observar una enorme nube de polvo que se dispersaba en el horizonte. Talbot ordenó inmediatamente a sus tropas disponibles atacar el resto del ejército francés.

Ataque principal:
Los jinetes ingleses vadearon el Lidoire . Las fuerzas anglogasconas no avanzaron contra el enemigo directamente desde el oeste, sino que rodearon el campamento con intenciones de atacar el eje más largo del mismo, concentrándose en los bancos sobre el río del lado sur.
Al descubrir con sorpresa que los parapetos estaban defendidos por miles de arqueros armados hasta los dientes y más de 300 cañones, Talbot comenzó a pensar que podía haber infravalorado las defensas francesas, pero, sin perder la calma, Talbot ordenó atacar con ferocidad. Los artilleros franceses estaban esperando precisamente eso.
El inglés hizo desmontar a sus hombres y asaltar las defensas al grito de "¡Por Talbot! ¡Por San Jorge!". Inmediatamente los artilleros franceses abrieron fuego, las armas de fuego dispararon simultáneamente. La carnicería fue indescriptible, con los atacantes todos agrupados, incapaces de escapar o esconderse.
Valientemente, los supervivientes se reagruparon. Mientras los cañones barrían a los ingleses con fuego enfilado, en varias partes del frente la lucha degeneró en combates cuerpo a cuerpo. En ese momento la fuerza principal inglesa llegó al campo de batalla, llevando el número de los ingleses una cifra completamente insuficiente ante los números franceses. La defensa de campo francesa podía manejarlos perfectamente, sobre todo teniendo en cuenta que la artillería inglesa se había quedado atrás y nunca consiguió llegar al campo de batalla.

La sorpresa francesa:
Aunque el fuego era mortífero, los ingleses consiguieron combatir hasta un limite. En ese momento, Talbot observó que sus soldados de infantería comenzaban a retroceder. Lo que sucedía es que por el flanco derecho se aproximaba una gran fuerza de caballería enviada por el duque de Bretaña (aunque algunos historiadores posteriores afirman que fue por el flanco izquierdo). Los arqueros franceses, que se habían refugiado detrás de la empalizada después de haber sido derrotados en el bosque temprano por la mañana, salieron ahora al exterior y lanzaron una nube de flechas contra los ingleses que se veían obligados a luchar en dos frentes: estaban atrapados entre los franceses adelante y los bretones por el flanco.



El final:
Sorprendidos entre dos grandes fuerzas enemigas, los ingleses debieron abrirse y retirarse, siendo perseguidos de inmediato por la fuerza principal de Bureau. En rápida retirada, vadearon el Dordoña en Pas de Rauzan, momento en que el caballo de Talbot recibió un cañonazo y murió, atrapando al comandante bajo su cadáver. En estas circunstancias, su escudo de armas fue reconocido por un soldado francés llamado Michel Perunin, quien, atacándolo con su hacha de combate, lo mató instantáneamente. El hijo de Talbot también pereció intentando defender a su padre.

                          
La muerte de Talbot
Dejando muchos muertos en el campo de batalla, los sobrevivientes huyeron, algunos cruzan la Dordogne, otros de huyen hacia el oeste, algunos incluso llegando a Saint-Emilion, otros más escondidos en Castillon.

La capitulación:
El 18 de julio 1543 fue firmado en el castillo de Pressac, en Saint-Étienne de Lisse, el documento de rendición. El cuerpo de Talbot fue reconocido por su heraldo, y sus restos fueron puestos temporalmente a descansar en Notre-Dame de Colle, en el campo de batalla real, trasladado luego a Inglaterra y enterrado en Witchurch. Con Talbot muerto, todas las plazas en poder de Inglaterra rápidamente capitularon y Burdeos se entregó sin derramamiento de sangre.

Consecuencias:

Sociales:
Esta batalla selló la retirada definitiva de los Ingleses y ayudó a establecer la autoridad del rey de Francia. Pero para Aquitania, las consecuencias no eran beneficiosas. Todo lo que había ganado en el camino de la autonomía ha sido puesta en duda y se recuperó sólo un tiempo después. La región perdió todos sus privilegios, y estos se restauraron con dificultades.
No fue sino hasta 1474 que Jean de Foix-Candale les otorgó una carta cuyos términos fueron confirmados y ampliados por Gastón II en 1487, que les permitía ciertos privilegios. Además de todo eso, esta derrota de Inglaterra puso la economía de la región en confusión. El tráfico comercial que durante dos siglos había asegurado la prosperidad de Aquitania disminuyó. Las ventas de vino a Inglaterra no acabaron del todo, pero se redujeron severamente, además estuvieron acompañados por altos cargos y acusados de estar en mal estado. El exilio, voluntario o impuesto, también podría estrechar las filas de la nobleza, sin embargo algunos años más tarde los exiliados voluntarios serían bienvenidos otra vez, y algunos incluso pudieron recuperar las tierras que habían abandonado.

Militares:
En la esfera militar, esta victoria, el producto de una nueva concepto estratégico, destacó el importante efecto terrible de la artillería y el enorme impacto en la caballería, cuando era utilizado en el momento adecuado y en el lugar correcto. No organizadas las cargas de caballería, los ataques con flechas y los combates individuales llenos de coraje, sería impotente e incapaz de poner un campamento francés en peligro. El concepto de guerra relacionados con la Edad Media se derrumbó y demostró su ineficacia frente a las nuevas técnicas y las nuevas armas de guerra.
La batalla de Castillon representa, por tanto, el último hecho de armas de la Guerra, y la primera de la historia europea en que los cañones decidieron el destino de un combate (y de una guerra).
En ese mismo año, el rey Enrique VI de Inglaterra comenzó a manifestar claros signos de demencia, lo que precipitó el estallido de la guerra civil inglesa conocida como Guerra de las Dos Rosas.
Ante esta grave circunstancia, los ingleses debieron retirar sus tropas presentes en Francia y renunciar a todas sus pretensiones territoriales en el continente y a sus reclamos al trono francés. Todas sus posesiones les fueron arrebatadas en escasos meses excepto Calais.
Finalmente mientras Inglaterra se batía en una nueva guerra( de carácter civil) que concluiría con la coronación de Enrique VIII, los reyes franceses tratarían de aumentar su autoridad aprovechando el fin de las incursiones inglesas.

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